Fundamento teórico y técnicas psicoterapéuticas

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PSICOLOGÍA GENÉTICA

La base teórica fundamental en este servicio es la psicología genética de Jean Piaget, (Suiza, 1896-1980), quien realizó importantes aportes al conocimiento y comprensión del desarrollo psicológico infantil.  Su teoría es la guía para conocer las características del pensamiento del niño y lograr ajustar el tratamiento a su forma particular de comprender la vida. 

TERAPIA LÚDICA O DE JUEGO



Se origina en el psicoanálisis e intenta, utilizando métodos psicológicos y la comunicación verbal y no verbal entre el niño/a y el terapeuta, disminuir los síntomas perturbadores. Al ayudarle a comprender qué lo hace sufrir y a descubrir sus fortalezas para enfrentarlo, el niño/a desarrolla su propio potencial y aprende a guiar su vida.

La hipótesis central de la terapia de juego o terapia lúdica es valorar la capacidad del niño/a para ayudarse a sí  mismo, para desarrollarse y autodirigirse. La terapia de niños fue intentada por primera vez por Sigmund Freud, creador del psicoanálisis, en 1909.  Para entonces no trató directamente a su pequeño paciente Hans, que padecía de fuertes temores a los caballos, sino sugirió a sus padres algunas formas de ayudarlo.

Anna Freud (1928), hija de Sigmund, también hizo importantes aportes, especialmente el utilizar juegos y juguetes para interesar al niño en la terapia y en el terapeuta.  Conforme el niño desarrolla una relación de confianza con el terapeuta, que le permite tener experiencias aclaradoras de sus preocupaciones, aprende a encontrar en sí mismo los recursos para vencerlas.

Por su parte, Melanie Klein (1932) consideró inconveniente el uso del lenguaje para expresar los conflictos por parte de los infantes, lo cual es útil para los adultos, pero no es la forma natural de expresión de los niños, por lo que propuso sustituirlo por el juego, con el que podía representar mejor sus afectos y pensamientos complejos.

En 1959, Carl Rogers, creador de la terapia centrada en el cliente (no directiva), hace una proposición fundamental para la terapia infantil, al considerar disminuir la posición de liderazgo del terapeuta y permitir que sea el niño el que guíe la sesión, elija los materiales que desea usar y en qué forma, así como el ritmo en que avanzará para resolver lo que le hace sufrir.  Virginia Axline (1974) desarrolló con mayor amplitud las técnicas de Rogers, permitiendo al niño la responsabilidad de guiar la exploración de su propia conducta.  Sus principios siguen siendo fundamentales:

• El terapeuta  crea una relación cálida y amistosa con el niño
• Le acepta tal como es
• Mantiene un respeto profundo hacia su habilidad para resolver sus problemas
• Establece un ambiente en que el niño se sienta libre de expresar sus sentimientos
• No apresura la terapia, sino respeta su ritmo
• No intenta dirigir las acciones y conversaciones del niño: el niño conduce, el terapeuta le sigue
• Sólo establece las limitaciones necesarias para tener la terapia sujeta a la realidad y mantener el respeto en la relación.



El uso del juego como medio terapéutico es básico. Al poder reproducir sus sentimientos a través del juego, éstos se integran en la mente del niño, los comprende, los puede enfrentar directamente y sólo entonces, aprende a controlarlos, rechazarlos o sustituirlos por formas más maduras y aceptables de actuación. El juego es el medio natural con que se expresa el niño. Así se le ayuda a exponer, comprender y luego resolver lo que le preocupa.  Además, es divertido, espontáneo y libre. En la terapia de juego se ofrece al niño la oportunidad de utilizar ese tiempo como él quiera, sin tener que limitarse a cumplir órdenes de adultos, sino todo lo contrario: sentir que es él quien guía a un adulto comprensivo y genuinamente interesado en él.

En términos generales, el juego cumple con 3 objetivos:
• Recreativo: sirve al niño como entretenimiento o diversión.
• Educativo: proporciona estímulos que favorecen su adecuado desarrollo intelectual.
• Terapéutico: le sirve para expresar miedos, ansiedades y preocupaciones


El cuarto de terapia de juego es un lugar que propicia el crecimiento psíquico del niño. Dentro de la seguridad de este cuarto, en donde él/ella es la persona más importante, el niño puede controlar la situación y a sí mismo sin que NADIE LE DIGA LO QUE DEBE HACER, NI LE CRITIQUE, NI REGAÑE U OBLIGUE A NADA. Así, se siente, de momento, aceptado por completo y libre para conocerse y enfrentar sus dificultades con el afán de resolverlas. Los límites que se imponen en la sesión son mínimos: no agresiones al terapeuta ni destrucciones al salón o a los materiales, respetar el horario ¡y no llevarse los juguetes!



La edad del niño/a es decisiva para planear la terapia. Mientras más pequeño sea, más se necesita la participación de los padres. Los niños/as menores de 3 años no elaboran escenas ni utilizan los materiales disponibles con un propósito, sino más bien los descubren y los investigan: los llevan, los ponen, los sacan, se suben en ellos, los ofrecen y los reclaman, de acuerdo a sus posibilidades.  No debe haber demasiados estímulos en el salón, pues se dispersa su atención. En los niños/as preescolares (de 3-6 años) el uso del juego abarca casi toda la sesión, aunque se debe intentar entablar cortos diálogos para aprender a verbalizar sus alegrías, sus temores y enojos; así como expresarse a través de personajes como muñecos, títeres o animales.


Los juegos de armar, de construir y especialmente los que permiten elaborar escenas con personajes, con animales o transportes, son la forma ideal de determinar su madurez intelectual y la forma en que ha aprendido a comprender la vida y las relaciones con las personas de su ambiente. En la edad escolar (6-12 años), se combinan juegos no estructurados con algunos de reglas más intelectuales, que permiten desarrollar la lógica y aprender a compartir, a respetar turnos, a aceptar las derrotas, a respetar al perdedor y competir sanamente.  Sin embargo, muchos niños prefieren los juegos libres con personajes (caballeros o princesas, según el género) o con animales; el uso de la casita y los carros, barcos y aviones es lo más habitual.  Disponer de un colegio en escala es muy conveniente para expresar su vida en este ámbito.



Los juguetes elegidos deben alentar y no restringir la libertad de imaginación del niño/a, así como promover y no retardar la verbalización, la expresión del afecto y la revelación de los mecanismos que utiliza para enfrentar sus conflictos. Los juguetes son el objeto intermediario entre el terapeuta y el niño/a, a través del cual se inicia el vínculo y se expresan los sentimientos. Por estas razones, durante años he ido seleccionado cuidadosamente una amplia variedad materiales lúdicos de excelente calidad, que propician la expresión no verbal (apropiados cuando el contenido del mensaje es demasiado intenso), desarrollan el gusto estético y proveen un momento de diversión o relajación; una pausa en medio del pesar o la incertidumbre para devolver la esperanza de que siempre existe una oportunidad.



En la preadolescencia el uso del juego va desapareciendo.  Conforme el niño crece, la interacción verbal aumenta, pero a veces puede combinarse con otras actividades, incluyendo algunos juegos de mesa, escuchar música, paseos o visitas a museos. Sin embargo, siempre hay contacto con los padres y en ocasiones se decide conversar conjuntamente con ellos o jugar juntos, lo cual es muy beneficioso para todos. El terapeuta sabe que la conducta desviada del niño/a tiene una causa: es su manera de expresar sus problemas, a pesar de lo inadecuada que pueda ser.  Generalmente, se origina en su familia o en su escuela, ya que estas son las dos instancias que rigen su vida. Si no se modifica el origen de los problemas, la conducta es la única forma que encuentra de rebelarse contra algo que le perturba y ésta puede intensificarse o prolongarse por meses, incluso hasta llegar a ser parte de su personalidad con el paso del tiempo. La única alternativa cuando los padres no pueden o no están dispuestos a mejorar las circunstancias de vida, es la terapia del niño, para no abandonarlo por completo y permitirle relacionase con un adulto maduro, estable y compresivo, que le acompañará y le apoyará durante la crisis y después de ella, si es necesario. Es demasiado pedir a un niño pequeño que enfrente por sí mismo las relaciones parentales inflexibles y traumatizantes u otras condiciones negativas en su vida.


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La relación entre un niño y un adulto puede ser una experiencia gratificante para ambos--
si se basa en el respeto genuino



¡ Les espero !


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