5.1 Perictione de Atenas

PERICTIONE  o Potona ¿de Atenas?


Es contemporánea de Aspasia y en principio se nos presenta tan problemática como Theano. Veamos los dos problemas que nos sugieren la escasez de información de la que disponemos:

 

EL PROBLEMA DE LA AUTORÍA DE LAS OBRAS.

De Perictione nos han quedado referencias a dos obras, Sobre la armonía de las mujeres y Sobre la sabiduría, que han sobrevivido en fragmentos; dos fragmentos de su libro Sobre la sabiduría nos han sido transmitidos por Estobeo, quien la cita en más de una ocasión; del tratado Sobre la armonía de las mujeres nos transmite dos textos. Focio en su Biblioteca también la cita y Laercio III,1.

 Al igual que ocurre con las epístolas de Theano, las obras de Perictione no son de la misma fecha ni de la misma época, por lo que se suelen asignar a dos mujeres con el mismo nombre de Perictione:  Perictione I y Perictione II, como Théano I y Théano II.

 En Sobre la armonía de la mujer, se refiere a los derechos de la mujer respecto a su esposo, su matrimonio, y a su padres. Está escrito en griego ático, y se remonta probablemente a finales del IV-III siglo a. C (alrededor de 425-300 aC). Como texto auténtico de Perictione I (o la madre de Platón), Sobre la armonía de la mujer podría ser válido, ya que la fecha probable del libro coincidiría con que fue escrito a partir de que Perictione tuviese 32 años, buena edad para comenzar a escribir.

 En Sobre la Sabiduría ofrece una definición de la sabiduría filosófica, está escrito en griego dórico, y probablemente las fechas en que se escribió corresponden con el siglo III-II a.C.

 Pero si aceptamos que el primer tratado pudo ser escrito por ella, tendremos problemas para explicar el segundo pues fue escrito entre uno y dos siglos después. Aquí es donde entra la hipótesis de Waithe de una segunda Perictione, también pitagórica, pero de la cual no podemos hacer ni siquiera las conjeturas que más abajo haremos con la madre de Platón, ya que su existencia se deriva como consecuencia del análisis lingüístico de los textos y no de cualquier otra fuente o anacronismo, como puede ser el caso de la carta VII de Theano a Ródope.


EL PROBLEMA GENEALÓGICO, ¿ERA PERICTIONE LA MADRE DE PLATÓN?.


Otro Problema es que suele creerse que Perictione pudo ser la madre de Platón. Entonces pertenecería al siglo V-IV a.C, ya que Platon nace en 428-427 siendo el tercer hijo de Perictione y Aristón, junto a una hermana, Potona. Por lo tanto, debieron de casarse en torno al 440; siguiendo la lógica de la época ella contaría con 15 ó 16 años, de donde podemos establecer su nacimiento aproximadamente sobre el 455 o 456 a.C; contaría Platón, pues, con unos 27 años cuando en segundas nupcias su madre casa con su tío y tiene otro hijo. Si Perictione es la madre de Platón, entonces estos datos agravarían aun más el problema de las obras, que se calculan más posteriores.

 Pero, debido a que se trataba de un nombre muy común en Grecia, Perictione, no es posible saber si se trataba de la madre de Platón o no; lo cierto es que la coincidencia existe y que con ello explicaríamos más fácilmente el pitagorismo de Platón.

 

Lo que sí es cierto es que tanto si fue como si no era la madre del filósofo, sí que pudo pertenecer a la escuela pitagórica

Por el siglo V a.C. tenemos que la educación filosófica que podía recibir una mujer no existía y por tanto, estaba sujeta principalmente a que el padre fuese caprichoso con las hijas y decidiese por su cuenta darles formación, para lo cual, bien era él mismo su maestro, o delegaba en alguien de mucha confianza; otra posibilidad era que fuese educada por sus hermanos; todo esto siempre que perteneciera a una clase muy acomodada, como parece ser fue el caso de la familia de Perictione, descendiente de Solón y con influyentes familiares en el poder. Es fácil que Perictione recibiese educación.

 Dado que el padre de Perictione (potona) no era filósofo y no se le conocen hermanos filósofos, sólo nos queda pensar que Perictione pudo recibir una esmerada educación que bien pudo estar de la mano del Pitagorismo, ya que éste tenía consolidada una cierta tradición en la formación femenina, como desde sus orígenes atestigua el hecho de que se les confiase a las mujeres para que las educasen en los preceptos pitagóricos. No hay más que ver el gran número de mujeres espartanas que acudieron a la secta pitagórica en busca de formación:


Aquí puedes ver el mapa espartano-crotoniano ampliado con la información de las filósofas.

 



Textos:


1. Platón, hijo de Aristón y de Pericciona o Potona, fue ateniense. Dicha su madre descendía de Solón, pues Dropidas, hermano de éste, tuvo un hijo, Cricias, y de Cricias nació Calescros. De Calescros nació Cricias, uno de los treinta tiranos (195) y padre de Glauco. Hijos de éste fueron Cármides y Pericciona, y de ésta y Aristón nació Platón, al sexto grado de descendencia con Solón.

Laercio, III,1.

"La humanidad se creó y existe para contemplar el principio del conjunto de la naturaleza. Función de la sabiduría es ganar posesión de esta cosa, para contemplar los efectos de las cosas que son."

Sobre la virtud, citado en Waithe, página 56.



"Una mujer debe ser una armonía de la prudencia y de la templanza. Su alma debe ser entusiasta, adquirir virtud; de modo que ella pueda ser justa, valiente, prudente, frugal, y ..."

De los deberes de las mujeres, citado en este enlace http://www.worldlingo.com/ma/enwiki/es/Perictione




“Debemos juzgar que la mujer armoniosa es la que está bien dotada de sabiduría y de control de sí misma. Por supuesto, debe ser muy conveniente para su alma, que ésta tienda a la virtud para que ella pueda ser justa y valiente (literalmente: varonil), sin dejar de  de ser prudente y autosuficiente, despreciando toda buena opinión. Pues por estas cualidades, los actos justos honran a una mujer por sí misma tanto como a su marido, hijos y hogar y, si acaso, incluso a una ciudad si se diera el caso de que una tal mujer hubiera de gobernar ciudades o pueblos, como vemos en el caso de las monarquías legítimas. Con toda seguridad, controlando su deseo y pasiones, una mujer se hace devota y armoniosa, con el resultado de que no se convertirá nunca en presa de impíos episodios amorosos. Por el contrario, estará llena de amor por su marido e hijos y por el conjunto de su hogar. Pues todas esas mujeres que se entregan a las relaciones extramaritales (liter. Camas ajenas) se convierten en enemigas de todos los libertos y domésticos de la casa. Tales mujeres urden falsedades y engaños para sus maridos y cuentan mentiras a todo el mundo, de tal modo que parecen sobresalir en maestría y buena voluntad en relación con su familia y, sin embargo, sólo revelan su pereza. Pues de todas estas actividades se deriva la ruina que aflige tanto a la mujer como a su esposo. Y así, dejemos que estos preceptos se enumeren también para la mujer de hoy en día. Con relación al sustento y a los naturales requerimientos del cuerpo, debe proveerse con una adecuada proporción de vestidos, útiles de baño, cremas, objetos para el peinado y todos esos artículos de oro y piedras preciosas que se usan para adorno. Pues las mujeres que comen todas suerte de platos extravagantes y se visten suntuosamente, llevando esas cosas a las que tanto se dan las mujeres, se engalanan para seducir en forma que acaba siendo un vicio, y no precisamente delos de la cama sino de otros hechos ilícitos. Así pues, una mujer debe limitarse a satisfacer su hambre y su sed, y si es de clase pobre, su frío si posee una capa de piel de cabra. Ser consumidora de mercancías procedentes de lejanas tierras o de efectos que cuestan mucho dinero o se tienen en muy alta estima es, de todo punto, un vicio no pequeño. Y llevar vestidos que están a la última moda, excesivamente ornados, teñidos con púrpura y otros colores es una estúpida propensión a la extravagancia. Pues el cuerpo sólo desea simplemente no tener frío o no estar, al menos por lo que se debe a las apariencias, desnudo; y  ya no se necesita nada más. La opinión de los hombres corre, ignorantemente, tras las futilezas y las extravagancias. Pero las mujeres no deberán por ello cubrirse de otro o de piedras de la India ni de ninguna otra parte, ni sujetarse el cabello con objetos preciosos; tampoco debe ungirse con perfumes de Arabia ni ponerse maquillajes en la cara ni coloretes en las mejillas ni oscurecer sus ojos y pestañas o teñirse los cabellos canosos, ni debe bañarse en demasía. Pues al persistir en estos usos, una mujer lo que busca es dar un espectáculo de incontinencia femenina. La belleza que proviene de la sabiduría y no de estas cosas proporciona placer a toda mujer bien nacida. Dejen las mujeres de pensar que es necesario descender de un noble y rica cuna, proceder de una gran ciudad y poseer la estima y el amor de hombres ilustres o de la realeza, pues si una mujer es como debe ser, no tiene por qué quejarse al respecto, o en todo caso, no debe suspirar por ello. Una mujer sabia puede vivir perfectamente sin tales beneficios. Incluso si sus bienes son grandes y maravillosos, no debe dejarse que el espíritu se afane por ellos, sino, al contrario, que se aleje de ellos, pues hacen más daño que beneficio cuando alguien arrastra a una mujer a la desgracia. La mentira, la malicia y el despecho van asociados a ellos por lo que la mujer que los posee en demasía nunca gozará de serenidad. La mujer debe reverenciar a los dioses si desea ser feliz, obedeciendo también a las instituciones y leyes ancestrales. Y debo nombrar a continuación a los padres, a los que debe honrar y reverenciar. Pues los padres son en muchos aspectos equivalentes a los dioses y siempre actúan en interés de sus hijos. Una mujer debe vivir para su marido de acuerdo con las leyes y con realismo, desechando pensamientos banales, cuidando de su matrimonio y siendo guardián de él, pues muchas cosas dependen de ello. La mujer debe soportar todo lo que su marido soporte, sea él desgraciado o peque en la ignorancia, esté enfermo o borracho o duerma con otra mujer. Pues este último pecado es peculiar en los hombres pero nunca en las mujeres. Más bien, atraerá la venganza sobre ella. Por lo tanto, la mujer debe respetar la ley y no tratar de emular al hombre. Y debe soportar el estado de ánimo de su marido, sea éste agresivo, quejumbroso, celoso, prepotente o cualquier otra cosa peculiar a su naturaleza. Y  debe adaptarse a todas estas características de forma que pueda congeniar con él siendo discreta. Pues una mujer que ama a su marido y lo trata de forma agradable es una mujer armoniosa y que ama todo lo que constituye su familia y hace que en ella todo esté perfectamente. Pues cuando una mujer no encierra amor en ella, no siente el menor deseo de ocuparse de su hogar, de sus hijos, de sus esclavos ni de cualquier otra de estas cosas, sino que anhela la perdición para todos ellos, como lo haría un enemigo; y reza por la muerte de su marido como si fuera tal, odiando a todos los que a él le gustan, y así, puede irse a acostar con otros hombres. Una mujer, pues, será armoniosa cuando esté llena de sagacidad y de templanza, y así podrá ayudar no sólo a su esposo sino también a sus hijos, parientes, esclavos y al conjunto de su hogar en el cual reside la totalidad de sus bienes y de sus más queridos familiares y amigos. Llevará su hogar con sencillez, pronunciando y oyendo agradables palabras y manteniendo su forma normal de vivir, haciéndola compatible con todos aquellos parientes y amigos que su marido distingue. Y si su esposo piensa que algo es dulce, ella también lo pensará así; y si él piensa que es amargo, ella le dará la razón. De otro modo, la mujer estaría desentonando el conjunto de su universo.”

 “consejos a las muchachas” en Pomeroy (págs. 155-57).