Mercurio


Nacido en Arcadia, hijo de Júpiter y de Maya. Desde niño le puso la zancadilla a Cupido, arrebatándole la carcaj. Hurtó la espada a Marte, el tridente a Neptuno, el ceñidor a Venus y el cetro al mismo Júpiter. Ante este cúmulo de travesuras fue arrojado a la tierra, quedándose a vivir una temporada en Tesalia. Allí en la tierra, se topó con Apolo y le robó algunas de sus reses convirtiéndose en el dios de los ladrones. Al ser descubierto Mercurio, no le quedó más remedio que regalar al engañado una lira de tres cuerdas. Apolo en compensación le regaló a éste una vara de avellano que tenía la propiedad de apaciguar y mediar entre los enemigos irreconciliables. Mercurio, que no se fiaba mucho de las propiedades de la vara, quiso cerciorarse y para ello escogió a dos serpientes que estaban en una lucha encarnizada, interpuso su vara y las dos se entrelazaron en ella, formando el caduceo.

Siguió su andadura por la tierra como un mortal dedicado al pastoreo y entre tanto cultivó el ejercicio físico ganando el título de dios de los atletas y pastores. Pero Mercurio aspiraba a mayores honores y mejores títulos. Se dedicó a recorrer ciudades, hablaba en las plazas públicas mostrándose un excelente orador. Desde entonces, los oradores se pusieron bajo su protección. También se dedicó a los negocios, perfeccionó el comercio, el cambio; inventó la medida y los pesos lo que le valió para conseguir el nombramiento de dios del comercio. Pero en el cielo echaban de menos a tan singular dios y lo llamaron. Allí, Júpiter lo nombró ministro e intérprete de la corte celestial y mensajero de los dioses, títulos que le dieron su mayor esplendor y fama entre nosotros, los mortales.