Texto Nº 2: "Picardía y viveza criolla", de Osvaldo Teodoro Hepp

Picardía y viveza criolla

     Una reciente encuesta muestra en un alto porcentaje de los consultados atribuye la corrupción a una “herencia cultural”. Eso se corresponde con muchos autores del pasado que en su tiempo han analizado minuciosamente nuestra plaga nacional. Claro que esto de la herencia puede extenderse hasta el otro lado del Atlántico, dado que en gran parte somos hijos de los barcos.

     Del mismo modo, para nosotros, picardía y viveza no están contenidas solamente dentro del campo de acción de lo lícito, sino que se extienden al campo de lo no legítimo, lugar donde se les reconoce mayor identidad y producen su indiscutible fascinación.

     La picardía, astucia rudimentaria, es el arma autodefensiva del pobre, del que sabe que las grandes cosas le están vedadas. De allí que el pícaro, hasta el más pequeño engaño, lo vive como un gran trofeo. Acostumbrado a la mishiadura, se vanagloria de comer gratis un asado, de no pagar la entrada a un partido de fútbol, de hurtar el cenicero de un bar, o pavonearse con la prebenda de su “amigo” el político.

     Pero convengamos en que solamente con la picardía el pobre no cambia su condición de tal. Para ello debe manejar la viveza, habilidad maliciosa que se aprende a destilar finamente en los sectores medios y altos de nuestra sociedad.

     Parece que la viveza primero se incubó en los hijos criados entre almohadones, cuyos padres los protegieron de la dura realidad, fabricándoles otra más dócil y sumisa. Así, se creen eje y centro del mundo, aunque no empeñen sacrifico ni talento, salvo el necesario para vivir a costa del esfuerzo ajeno.

     A diferencia de la picardía, la viveza sí sirve para ascender socialmente, ganando fama y reconocimiento social, dice Julio Mafud en Psicología de la viveza criolla.

 

Isidoro Cañones

     El desarrollo de la viveza criolla como actitud de ostentación pública se ha atribuido al “farolero”, personaje típico porteño, el señorito de la clase más acomodada y que sirvió de efecto demostrativo, de referente exitoso para los otros grupos sociales. Dice Antonio Pérez Amuchástegui que Isidoro Cañones, el personaje de la historieta Patoruzú, fue el retrato magistral de la viveza criolla encarnada en el fanfarrón o en el farolero.

     El reflejo interior apareció en el “medio pelo” que caracterizó Jauretche como grupo social natural y corporizó psicológicamente al “tilingo”, sujeto nunca conforme con nada y menos consigo mismo. Un quejoso rematado, solamente contento cuando muestra públicamente sus nuevas adquisiciones materiales. Manifiesta su valer por lo que compra, por la apariencia. El tilingo vive de la “parada”, juega su vida en la imagen externa, en la fachada, como si respondiese a un mecanismo recóndito que debe ocultar alguna severa inferioridad.

     El tilingo es un vivo convencido de que el mundo es algo que debe conquistar y aprovechar, pero nunca servir. Cree que el mundo está hecho para él, y no él para el mundo. Como buen vivo, no cree en la honestidad ni la justicia social. Nunca se inmuta si ocupa un cargo público para el que no sirve, sin vocación ni preparación. Está convencido de que todo lo puede y que se ha hecho justicia con él. Es un hombre con muchos derechos y ninguna obligación.

     Siempre necesita de un acto, de un gesto y de un escenario para demostrar su viveza. Así, cree conservar la fe en sí mismo, proteger su autoestima. En el fondo, el vivo es una máquina de defraudación., sostiene Arturo Jauretche en su libro El medio pelo.

 

 

Herencia perniciosa

     Seguramente por eso, la vigencia de la llamada viveza criolla alarmó a Eduardo Mallea en su tiempo, como si fuera hoy. Estos personajes símbolos de la Argentina visible, superficial, tienen la extraordinaria ductilidad para aceptar cualquier rol, como en el teatro, y también para callar lo que sienten y expresar solamente lo que conviene decir, como en un partido de truco.

     Generación tras generación, muchos de estos prototipos fueron saliendo de los grupos más instruidos y enseñados para respetar los símbolos externos de una apariencia cuya máxima jerarquía son los títulos, los cargos públicos y la posesión de bienes materiales.

     Por esto afirmó que de ellos recibimos una herencia perniciosa, cuyo género principal es el discurso, su apoteosis el banquete, su seducción más inquietante la publicidad. 

     Siempre una definición externa, un gesto, algo enteramente mundano y superficial, ha determinado nuestra autoestima, nuestra reputación social, afirma Eduardo Mallea en Historia de una pasión argentina.

     Para el tratamiento de la deshonestidad, que no es sólo robar sino también ocupar cargos inmerecidos, parece bueno comenzar por identificar algunos signos de nuestro largo y abundante legado, pero asimismo es bueno recordar que también la herencia puede ser doblegada.

                                                                      Osvaldo Teodoro Hepp (psicólogo social), La Voz del Interior
 
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