por Damián Jacubovich contacto: damian.jacubovich@yahoo.fr

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LA CIUDAD DE LOS LOBOS BLANCOS


 Exterminio cultural de las minorías indígenas y africanas en la selva amazónica. 

Aviso al lector: esta novela se basa en un montaje de 36 carillas encontradas. Mitad informes, mitad esbozo de una novela. El orden de las mismas tal vez no sea el original. Los textos estaban escritos en distintos tipos de "españoles".   

Base: pueblo de Maripasoula- 5000 habitantes

Accesos al pueblo: avioneta (hora y media) o bien canoa a motor (36 hs de navegación)

Anotación encontrada en una servilleta: “interrumpe la cena con mis suegros la llamada del JEFE el lunes por la noche. llego al Aeropuerto de París proveniente de Burdeos, miércoles a la mañana, miércoles a la noche arribo al Aeropuerto Internacional de Cayena,  jueves a la mañana salida en canoa para pueblo de Maripasoula. Llegada a Maripasoula sábado por la mañana”. 

Observo el viejo presbiterio, según me dicen mi nuevo hogar. Un sacerdote negro nigeriano me da la bienvenida.

 Veinte metros más lejos en el río, 3 prostitutas del pueblo se bañan, mientras ríen y cantan. 50 metros más lejos, comienza la selva virgen, ¿dónde carajo estoy?


Hoja 1

El baaka man

"Hey baakaman, gimi balon" (¡hey hombre blanco pásame la pelota!) El partido se desarrollaba en una de las islas que tenía el río Maroni. Los negros jugaban fuerte...pegaban con ganas al baakaman. Parecían descargar en su tobillo el mismísimo eterno odio al amo blanco occidental. 

Yo me había transformado en el baakaman, el hombre blanco que tenía que pasar la pelota, el único baakaman entre los cientos de "nengues"  presentes en esta pequeña isla de la selva amazónica. Al otro lado de la orilla, en medio de la nada, terminaba Europa y comenzaba el Surinam.

Hoja 2

Suicidada

 ¿Cuántos años tenía la adolescente amerindia suicidada?

-13 años señor

Decidí recapitular para mis adentros en términos “antropológicos.

¿Porqué se había suicidado?: básicamente porque la madre le había quemado su exiguo guardarropa; pero lo más  significativo a nivel simbólico es que la madre había prendido fuego "la hamaca" de su hija.

La hamaca símbolo del vínculo familiar en las tradiciones de los actuales pueblos originarios amazónicos. Quemando la hamaca de la adolescente, la madre dejaba en claro que la negaba como hija suya. 

Bien entonces avancemos en este lío:

¿Porqué a la madre se le había dado por andar prendiendo fuego la hamaca de su hija?

Porque el prometido de su niña, Ale, un amerindio de 19 años, (pero de otro pueblo), se había negado rotundamente a irse a vivir al pueblo de su novia, tal como lo había estipulado, durante generaciones y generaciones, la tradición de la etnia Wayana a la que ambos pertenecían.

- ¿Y porqué no quiso el joven Ale irse a vivir al pueblo de su chica?, le pregunté a la “capitana”,  de Cayodé. – Cayodé (pueblo de la Guyana Francesa de 300 habitantes de dónde era el novio y en dónde había decidido instalarse la fugitiva y apasionada pareja).

Ale no quiso mudarse, había explicado la capitana del pueblo, porque allí "no tienen electricidad y aquí sí. ...El chico no podía por lo tanto conectar sus  equipos de música...usted sabe cómo son los jóvenes de hoy"

En medio de la selva amazónica, me hablaban de electricidad, parlantes, MP3...el diablo blanco seguía haciendo de las suyas.

(Unas horas antes de esta conversación con la Capitana de Cayodé)

                "¡Hubo otro suicidio en un pueblo amerindio!". La noticia corrió a toda velocidad en el pueblo de Maripasoula. Decidimos viajar inmediatamente en canoa para reunir más información.

La prensa francesa se haría un festín nuevamente.

Apenas llegados al pueblo de Cayodé, dimos con el desdichado novio, aún conmocionado. No era para menos, apenas habían transcurrido unos escasos días del macabro hecho.

-Me dejó una carta antes de ahorcarse, quedó en mi casa. Desde que la encontré colgada no volví a meter un pie ahí.

- ¿Por los kunus? (“espíritus malos" en  Taki Taki) le pregunté.

-           Si Señor por los kunus... ¿no me puede conseguir una pensión para ir estudiar a Cayena?"

             - Después vemos el tema de tu “pensión" le dije al muchacho. Ahora vayamos para tu casa y muéstrame esa carta.

¿Suicidada con tan sólo 13 años?, ¿en medio de la selva?, cosa más rara, me repetía a mí mismo

Entramos a la cabaña, y al lado de la puerta, sobre una rústica mesita de madera se encontraba la carta de despedida de la niña ahora muerta. El papel, las palabras, la caligrafía occidental, reflejaba sentimientos, sensaciones que correspondían  a las de un adulto. Se hablaba del placer de dormir abrazados, de cuerpos que se extrañaban al amanecer y del dolor insoportable que le causaba la situación de tener que despedirse para siempre de la persona que más amaba.

Hoy ya a la distancia y atrapado nuevamente en la maldita Ciudad de los Lobos Blancos, ese es el único recuerdo que me ha quedado de aquella carta.

Aunque también recuerdo que la carta estaba escrita en francés. Los Wayanas de la Guyana Francesa oralmente utilizan el dialecto "wayana";  pero a la hora de escribir utilizan el francés. El wayana escrito nunca había existido hasta la llegada del hombre blanco.

Mientras hojeaba la carta, de vez en cuando también le echaba una mirada al pobre Alex, que con sus 19 años…transitaba una experiencia forjadora pero del demonio.

Eyo, canoero aborigen Wayana que trabajaba en mi equipo, había quedado hablando a solas con el maltrecho Alex y había obtenido algún detalle más.  La fatídica noche, el “novio maldito”, después de llamar reiteradas veces, había tenido que entrar por la ventana de la choza porque la puerta de madera se encontraba extrañamente trabada por dentro. Había sentido inmediatamente la presencia de los malos espíritus, bien antes de correr la cortina que separaba los dos ambientes de la precaria casilla. Ahí estaba la niña. Colgaba de uno de los tirantes de madera del techo y las brisas nocturnas de la selva amazónica parecían mecerla. Alex recordaba poco de lo que había ocurrido después de descubrir el cuerpo. Los vecinos en cambio sí. Eyo el canoero, actuaba de intérprete,  “dicen que correr, correr y seguir corriendo por la isla, gritando como loco, tratar de sacar el kunu del pecho, dolor demasiado grande.

"Veremos", le había contestado al desdichado adolescente, cuando éste había preguntado acerca de la posibilidad de conseguirle una pensión para seguir estudiando en Cayena. Los pedidos de los amerindios se multiplicaban por decenas.

Los jóvenes amerindios soñaban con la vida de Cayena, un especie de eterno retorno intercultural.  Vivir en la gran ciudad. Aquí era Cayena, podría haber sido Pekín, Bogotá, Paris. Cayena, la gran ciudad capital amazónica de la Guyana Francesa, de tan solo 100.000 habitantes; pero  Cayena, para los amerindios, además de un fin en sí mismo, representaba el paso previo del sueño parisino, Paris, La Gran Tierra del Consumo, el gran sueño occidental de los amerindios. 

"Vamos a ver", de eso se trataba, eso era lo que había aprendido estos últimos tiempos de la política francesa, posponer las cosas para más adelante, clave comunicacional de todo funcionario público, no prometer nada que uno no pudiera cumplir, (es decir la gran mayoría de los problemas por resolver), evitar a todo precio el decir "no" a la cara del ciudadano y futuro votante. ¿El voto?: la envenenada medicina del sistema democrático global.

                "Vamos a ver lo de tu pensión", a eso parecía resumirse el juego político en el que estaba metido, zafar el momento; mantenerse con vida para la próxima misión al mejor postor.

Para colmo de males, en medio de este mierdero total; el tema del suicidio de los amerindios resultaba ser uno de los pocos acontecimientos que en ese momento lograban algún punto de rating en Paris.

El suicidio era noticia y no había mucho más que hablar al respecto.

 Hoja 3

Las locuras del euro en la selva amazónica

"La Guyana Francesa se encuentra ubicada al norte de América del Sur; limitando al oeste con Surinam, al norte con el océano Atlántico y tanto al este como al sur, con Brasil.

Se pueden subrayar dos problemáticas fundamentales de esta porción territorial francesa implantada en el continente latinoamericano. Por un lado, los problemas de cooperación que se plantean entre los diferentes grupos socioculturales que interactúan dentro del cuerpo social guyanés y por otro lado, las convulsiones socioeconómicas y políticas que la divisa europea (el euro)  impone en esta porción del territorio latinoamericano (...)”

Es poco lo que se habla de esta tierra continental europea enclavada en América Latina

Informe recibido de la Guyana Francesa antes de partir en misión hacia la selva.

1      Jóvenes aborígenes que se suicidan en promedios alarmantes, una juventud que se encuentra en un proceso muy avanzado de aculturación, ejemplos: numerosos jóvenes amerindios no saben ni cazar ni pescar a diferencia de sus padres. 

2       La mayoría de los  ancianos y adultos han perdido todo tipo de autoridad sobre la mayoría de los adolescentes amerindios. "Padre cómprame estas zapatillas de marca o me suicido", testimonio de uno de los docentes escuchado de la boca de uno de los padres de un alumno amerindio de 14 años, ambos de Maripasoula.

3       Aborígenes que hasta hace algunas décadas no conocían el dinero hoy acumulan miles de euros por "beneficios" sociales que les otorga la ciudadanía francesa, euros dilapidados en comida chatarra, alcohol, etc.

4       Docentes franceses,  alcohólicos, adictos a la pasta base, pedófilos, envíados  por el ministerio de Educación de Francia para educar a las minorías culturalesde la Guyana Francesa.

5       Paraíso intercultural y de la biodiversidad en peligro de  extinción.

6         Cadáveres de garimpeiros o buscadores de oro aparecen periódicamente flotando en los ríos internos de la selva.

7        El asistencialismo estatal francés, generador de verdaderos zombis ciudadanos que pierden el valor del trabajo. . 

 

Hoja 4

La separación (Paris)

La separación con la niña franco-colombiana había sido tan repentina como dolorosa. El llamado del Jefe Máximo avisando de la partida inminente para la misión amazónica, un simple pretexto para huir una vez más; pero esta vez la posibilidad de haber perdido la oportunidad amorosa de su vida parecía demasiado real.

La maldita llamada telefónica había estallado en la casa de sus ex suegros, colombianos, instalados en el sur de Francia, en las encantadoras afueras de la ciudad de Burdeos.

"En tres días debería estar tomándose el avión, necesito su respuesta en algunas horas" había dicho la voz del otro lado del teléfono. Un rato más tarde respondía positivamente a la proposición. "Te espero allá mi amor" le había soltado a la princesa. El padre de la princesa había sentenciado sabiamente: “ese hombre se ama más a sí mismo que a ti”. 

Algunos meses después, ya metido él, de lleno en la misión selvática; ella, la princesa Mariana abandonada y temerosa, rechazaba cualquier tipo de contacto; resguardándose detrás de un muro; un muro que la preservaba del pasado.

La princesa me temía. Lo único trascendental para mí en este asunto era la realidad en la que la princesa vivía; y más allá del dolor que esa realidad podía provocarme en sí (el no querer hablarme), una nueva y novedosa dolencia había surgido durante mi encierro amazónico. Una verdad naciente que tal vez el aislamiento de la selva me había permitido de descubrir y que a la vez, trataba de  asumir en lo más profundo de mí ser: la princesa, tenía razón de sobras para protegerse de mí.  Mis demonios eran demasiado poderosos, mi ego, mi amor por mí mismo, superaban cualquier otro amor, cualquier utopía que se le interpusiera en el camino. 

                Además estaba la maldita pared detrás de la cual la muchacha se había atrincherado; un muro hecho de odio, ya que en cada una de las pocas palabras pronunciada por mi amada, yo había sentido su odio más profundo

Había intentado infructuosamente renovar el contacto con la muchacha, ella en plena selva  parisina y yo, en plena selva amazónica. La había llamado al celular desde un teléfono de la prefectura y después de seis meses sin yo haber dado la cara, ni siquiera una señal de vida, me decidía a reaparecer ante ella, en su celda parisina, confesándole mis irrefrenables e esquizofrénicas ganas de volver a verla y estar dispuesto a dejar este mierdero de misiones ese mismo día, a cambio de una vida juntos en cualquier parte de América Latina o del mundo, lo mismo daba, por tal que estuviésemos juntos. El encierro me estaba volviendo completamente loco.

                - ¿Vernos para qué?,  respondió secamente la muchacha, ¿para qué me vuelvas a manipular?, ¿para qué me vuelvas a hacer mierda?; ¿para qué vuelva a tirar tres años de mi vida a la basura?, ¿para qué no vuelva a creer en mis sueños nunca más?,  te pido que si de verdad me amas como decís amarme, entonces no me llames nunca más.

En eso andaba, cuando bien les decía, cuando 6 meses antes había aterrizado en Maripasoula. Me encontraba en el culo del mundo, la ciudad más cercana (Saint Laurent du Maroni, 20.000 habitantes y famosa por su penitenciario inmortalizado en la película “Papillon”) se situaba a 8 horas de navegación en épocas de lluvia y 16 horas o más, en época de altas temperaturas. Las ocho horas suplementarias que podía tomar el viaje en canoa se debían a que con el calor, el caudal del río disminuía y miles de rocas aparecían en el medio y en muchos sectores, no había agua suficiente para la navegación. Tocaba entonces bajarse de las canoas y empezar a caminar con los bártulos a cuesta hasta encontrar un nivel de agua adecuado para retomar la navegación.

                Maripasoula, además de un mísero pueblito, constituía en sí mismo un municipio de 20.000 a 30.000 habitantes, repartido entre blancos, mulatos, negros e indígenas pertenecientes en su mayoría a Francia, Surinam,  Brasil,  República Dominicana y Perú.

Mi base de operaciones, un viejo presbítero de 1915 erigido a orillas del Río Maroni y habitado por dos curas, uno nigeriano y otro haitiano (no se conseguían curas franceses que aceptaran este tipo de misiones. El obispo estaba obviamente al tanto de mi llegada; me habían dado una habitación para colgar mi hamaca.  

 

Hoja 5

Penas de amor amazónicas 

Estaba sólo en la vida, una vez más, mis últimas esperanza de escaparle a esta guanaca soledad se habían quedado odiándome en Paris y para colmo de males, con mucha razón. La princesa franco-colombiana no quería saber más nada de nosotros. El canto de los pájaros, el zumbido de las moscas y mosquitos, el calor sofocante que me aplastaba a partir de las 8hs de la mañana, los gritos de los "pikin boys" (niño pequeño en el dialecto Taki Taki), el mosquitero hediondo de la hamaca pegándose a mi piel, el volumen invasor de la televisión satelital de los curas en la pieza de al lado; en fin, una y otra maldición que me recordaba que seguía vivo en medio de esta infernal nada verde. A menos de 5 minutos de marcha, comenzaban kilómetros y kilómetros de selva, extensiones que se presentaban sin rastro alguno de humanidad, una especie de desierto deleuziano amazónico que me tocaba padecer.

Necesitaba definitivamente aprender a vivir conmigo mismo. Me encontraba lejos de todo, no me cansaba de repetirlo, ni de redescubrirlo cuotidianamente. Estaba “alone”, me tenía prohibido a mí mismo pagar por compañía y en cuanto a las otras princesas: bien sabía que no podía llevar conmigo  nada (ni persona, ni sentimiento ni objeto) del cual no pudiera desprenderme al momento de efectuar en el aeropuerto de turno mi próximo check-in de salida.

Además, (tardé cierto tiempo en darme cuenta)  para no faltar a la verdad, no quería, no podía estar con nadie, la princesa seguía apareciendo detrás de cada puerta que se abría en mi vida.

Moría de desamor. Día a día, en esta selva del carajo en donde toda vegetación crecía de manera galopante, paradoja de la vida, yo en cambio me marchitaba de tristeza. 

Escribía entonces desenfrenadamente hasta 10 horas por día. Escribir en cada momento libre para superar el miedo, la falta del prójimo que me quemaba los pulmones, el quiebre emocional en el que me hallaba, el pánico ante el abismo. Escribir para vivir. Escribía cartas, libros, artículos, escribía desde mi desierto, con el corazón, cómo nunca antes me había mostrado ante mis hermanos de siempre, ante mi tribu. 

Necesitaba olvidar la nada que me rodeaba,  distraer esta puta angustia que me tenía del cogote, detener de alguna manera, como sea, el diabólico descenso del techo de mi celda occidental. Escribir para no sentir que la burbuja se me cerraba encima, el paso previo al suicidio según lo describían los propios amerindios.

Creaba entonces horizontes imaginarios, diálogos invisibles con amigos de la infancia que traspasasen el muro selvático que se extendía más allá en lo impenetrable. Este no poder visualizar horizonte en el presente, éste no poder contemplar realidad alguna más allá de los 10 metros, sin darme de bruces con la fucking selva, me colocaba en una situación de no horizonte en mi vida, un especie de punto muerto en el tiempo.

 Pensaba que la tristeza no tendría fin, que el diablo blanco dominaría mi alma para siempre. No me equivocaría.

Aunque sea selva amazónica latinoamericana, se trataba de Francia, vestigios de una de las tantas locuras de un mundo que había terminado arrodillándose ante el poder de Occidente. La Guyana Francesa, la última porción continental europea en América Latina, Maripasoula, déjenme de joder, una de las ciudades más locas y tóxicas del mundo... y por cierto, apuesto que, entre las más caras del planeta.

En Maripasoula se pagaba 8 euros un kilo de tomate o de lechuga, o bien el equivalente en gramos de oro, porque además del euro estaban los benditos gramos de oro, la divisa que manejan los  garimpeiros, los buscadores de oro y las putas.

 El imperio del oro edificaba pueblos enteros selva adentro, en los límites de las fronteras amazónicas con Brasil. Lejano oeste del siglo XXI, la gente iba armada en las calles. La mayoría de los habitantes de estos pueblitos perdidos resultaban ser mano de obra brasilera, y algún que otro negro venido del Surinam. 

¿Cuánto vale este cuadriciclo?, había preguntado al segundo día de haber desembarcado en Maripasoula a un negro de origen haitiano que trabajaba en el cabaret "Chez Madame Néné": 450 gramos, me contestó el hombre. ¿gramos de qué?, volví a preguntar  con cara de no entiendo un pomo de lo que me están hablando. ¡De oro!, ¿de qué va ser?, me respondió el negro. Podrían ser de cocaína, de merca como le dicen en el barrio, pensé para mis adentros, ¿y cuánto vale un gramo?, 11 euros me contestaron, ¡ah la mierda!, y me fui repreguntándome otra vez para mí mismo qué dónde mierda había ido a parar.

Las putas, en su mayoría dominicanas, que trabajaban en los aledaños o bien en el mismo cabaret,  también cobraban en gramos, los prostíbulos hacían fortuna: militares franceses, maestros franceses, los mismos garimpeiros, algún que otro funcionario del estado, amerindios, negros, latinos, etc; constituían su asidua clientela. Las prostitutas juntaban dinerales; y lo poco que no se gastaban en alcohol u otras tonterías que le permitiesen olvidar la locura que vivían, se lo mandaban a sus familias a sus respectivos países de origen.

A principio de mes, cuando el estado francés pagaba las subvenciones sociales mensuales a los amerindios u negros cimarrones (franceses por supuesto), o bien cuando los docentes recibían el depósito de su sueldo, o bien los cazadores de oro recibían su paga, un ambiente dionisíaco se apoderaba del pueblo de Maripasoula. 

El pueblo amanecía con gente durmiendo en los caminos de tierra, más de uno con algunos fajos de euros saliéndose de los bolsillos. Mucho dinero dando vuelta. Los salarios de los funcionarios o docentes  llegaban a la selva con una prima de 40% de adicional por trabajar en territorio de ultramar. De esta manera el Estado francés paga aproximadamente 2000 euros de salario base a cada maestro. Ya les decía yo, mucho vil metal dando vueltas; mucha diversión y muchas, pero muchas drogas. 

Los funcionarios no duraban in sito, la rotación del personal resultaba infernal. O bien algunos huían despavoridos a los pocos meses, o bien terminaban totalmente locos. Personal del cuerpo docente de todas las edades acostándose con adolescentes de 12 o 13 años. 

El jefe me había pedido poner las cosas del Estado Francés en orden; ni más ni menos; pero para mí todo resultaba un reverendo quilombo, no sabía ni por dónde empezar, tantos problemas por todos los frentes y para colmo de males, el maldito techo, el de mi  propia celda que ni bien llegadito a la selva ya comenzaba a descender peligrosamente.

                - Buenas noches, disculpe por llamarlo a estas horas (tres de la mañana), soy el jefe de la gendarmería de Maripasoula, le estoy tomando declaración a uno de los imputados en una riña callejera por un asunto de drogas, más exactamente de crack.  Uno de los implicados es el árabe "Nazhim ",  uno de los drogones del pueblo (sí, le conozco bien señor); el otro es un maestro de tercer grado (también le conozco bien capitán), sería conveniente creo, que presencie la declaración del primero. 

-          Voy para allá Capitán

Casi tres años en este pueblo de locos. Demasiadas veces me había encontrado al borde de la locura, o de la lujuria, lo mismo da cuando uno camina por la cornisa. Algunas veces se me daba por pensar que la culpa del desequilibrio psíquico que se me avecinaba era el maldito encierro dentro de la “celva”, celva con “c”, mezcla de celda y selva… verde. Otras veces, concluía que este porongo estado de asfixia existía dentro de mí mismo desde niño, tal vez de mis vidas pasadas y que lo llevaría fuere a donde fuere por el resto de mi vida. Puede que sí, puede que no, aquí o allá, lo cierto es que durante esos tres años había sentido como nunca antes,  el techo de la realidad, o de la locura,  descender hasta doblarme, arquearme por completo, la soledad, cual el vampirezco” almohadón de plumas”, me iba matando de a poquito.

Habían pasado casi 9 meses antes de que durmiera nuevamente abrazado, por algunas horas, al cuerpo de una mujer. ¿El cuerpo?,  una mulata que trabajaba en una de las oficinas del municipio, ella separada, y con una preciosura de tres años producto de una violación a la salida de un boliche en la ciudad de Cayena. Yo, casi 9 meses para decidirme a romper los muros de mi prisión asexuada en la cual me hallaba, 9 meses de abstinencia, como para no desentonar con el presbítero en el cual vivía. Durante todo este tiempo, sobre todo al principio, obviamente que había sentido que el cuerpo pedía desahogarse;  pero algo, o alguien, me lo impedía. Recuerdo muy bien, hubo un acontecimiento, una “boludez” por cierto, que hizo darme cuenta que la espera quizás se había extendido demasiado y la calentura corporal estaba tomando proporciones inauditas. Era de noche, tomé  el “pendrive” y lo introduje en el puerto USB de la notebook, la llave se iluminó con una luz azulada, y a mí se me dio por pensar, que mi llave USB estaba algo así como gozando de placer; me di cuenta que me había excitado. Pensé en voz alta (los diálogos en voz alta se hacían cada vez más recurrentes desde mi encierro) "Estás hecho mierda, necesitas ponerla en algún lado". Al tiempo después, invité la bella mulata a cenar. ¿Cuánto vale el alma de un hombre sólo?, lo mismo que la de un hombre acompañado, mierda.

Hasta aquella noche en la que al fin pude desahogarme, o bien desagotarme;  me  decía a mí mismo, y creía estar convencido de ello,  que había preferido esperar tanto tiempo, cuestión de estar bien seguro antes de lanzarme en una aventura amorosa; cuestión de no empezar con idas y vueltas afectivas en un pueblito tan pequeño y el consiguiente puterío que eso podía implicar. Sobre todo teniendo en cuenta lo mal que había sido percibido mi llegada, -me consideraban una especie de para-policía estatal (lo era) -, los distintos funcionarios públicos se sentían como vigilados (lo estaban), cualquier "paso en falso" de mi parte significaría inmediatamente una fila de individuos pidiendo mi cabeza y por ende mi renuncia. Tenía entonces que salvaguardar mi imagen al máximo, y una fama de corredor de polleras no era lo ideal en estos casos. "Cuestión de bien elegir la mujer adecuada", eso me hubiese gustado que fuese el verdadero motivo de la espera, el tema de la imagen profesional, el cargo que ostentaba, el representar al Estado francés en dos municipios ¡y la concha de su hermana!

La famosa noche de reencuentro con el placer y por ende con la mulata,  ya sólo en mi habitación del presbítero, aliviado en el alma, sonriente en todo el cuerpo, el “desagote” había sido eficaz en todos los sentidos, pero sobre todo porque sentía que se me habían destapado algunas cañerías emocionales bloqueadas, me había dado cuenta que ese famoso lapso no había sido para elegir mejor, sino simplemente era el tiempo que había durado mi duelo. Como si los nueve meses fuesen lo que había tardado en parir una bendita cicatriz, una puta pero efectiva curita para un orgullo herido, para este corazón, el mío, cerrado por derribo

-          Es la primera vez que lo hago con una negra le confesé a la bella mulata.

-          Yo nunca lo haría con un blanco, respondió la negra.

-          Pero yo soy blanco, contesté casi a las carcajadas.

-          No, tú no eres blanco, tú eres argentino no es lo mismo. Los blancos vienen de Francia, odio a los blancos, nunca estaría con alguno. ¿Te casarías conmigo?

-          ¿Porqué no?

-          Es por ritual “créole”, te va a parecer un poco extraño, dijo la mulata mientras se levantaba del colchón dejando al descubierto un cuerpo escultural de ensueño.

-          Cristiano, judío, hindú, musulmán, Wayana, Aluku (etnia de los cimarrones), ¿créole, qué más da para un mercenario como yo, o no princesa? pensé para mis adentros.

-          Tú eres como esos aparatos que se ponen en la pared (adaptadores) y se adaptan a toda la electricidad que les van mandando respondió ella mientras se trenzaba el pelo.     

Nunca me había sentido definido de manera tan precisa.

Nueve meses para lograr romper las cadenas que lo ataban al pasado, para conseguir escapar de la celda amorosa, al menos de ésa, sabiendo que detrás de la puerta me estaría esperando otra nueva jaula. Aquella cuchillada del amor sumada a la sensación de encierro que había sentido en aquél lugar inhóspito y selvático, habían sido peor que todo lo que podía recordar. Como si la selva tuviese el poder de volverlo todo mucho más. Como si se tratara de una inmensa lupa verde: el calor más calor, el mosquito más mosquito, la malaria más malaria,  el africano más africano, el indígena más indígena, el blanco más blanco, y por supuesto, yo, más yo. Angustias que le tocan vivir a uno, y a diferencia de lo que sucede a menudo en una jungla de cemento,  aquí, yo no encontraba escapatoria alguna. Como en el medio de un océano, la angustia y vos, solos los dos, a contemplarse los monos que cada uno tendría en la cabeza. Donde corriera, adonde tratase de huir, siempre terminaba topándome de narices conmigo mismo. No cine, no fútbol, no familia, no amigos, no bar, no chicas, no anonimato...Del poco tiempo que llevaba metido en estos interminables llanos verdes, ¿cuántos casos había visto o escuchado?. Gente que había aflojado, que había largado todo sin más y se había comprado el primer billete que lo retornara a la lobezna civilización, otros que se habían perdido en las drogas duras, en la bebida o en la más completa y absoluta locura. Patrick se llamaba uno de éstos, Patrick, especie de filósofo blanco amazónico que había elegido la compañía de los amerindios a sus compatriotas franceses. La primera vez que me lo habían presentado, el hombre me había saludado en un claro estado de embriaguez: "buenos días, soy alcohólico; pero de lo más tranquilo". Patrick hablaba de física, de construcciones literarias, el "viejo" tenía algunas novias entre las jóvenes amerindias según le habían contado: cazaba, pescaba, tenía canoa propia, era blanco como yo, quizás el alcohol era lo que lograba protegerlo de la celda; caminos, elecciones que todo soldado de la interculturalidad como el que suscribe se debía de respetar.

Redescubría, reconfirmaba que las angustias existenciales occidentales, la misma noción de tiempo, el mismo miedo a la muerte eran, en medio de este endemoniado paraíso, la peor de todas las maldiciones y enfermedades que había traído consigo el diablo blanco. 

 

Hoja 6

Historias de Paris, conociendo a la princesa bogotana-parisina

                Se llamaba Mariana, la niña y El Sena, el río que estábamos bordeando, ahí  en las cercanías de la Catedral de Notre Dame, en la bellísima e imponente ciudad de Paris. Era franco colombiana la mujercita que me acompañaba y yo la descubría por primera vez en ese trayecto. "Para enfrentarse a una mujer colombiana usted se tiene que poner el traje de guerrero o de samurái" me decía una vez un taxista en Bogotá. "Son empujadoras, siempre lo están tironeando a uno, exigiéndonos que demos el máximo y así todo el tiempo, " me decía el padre de una amiga mía en Medellín. "¡Son quizás las mujeres más maravillosas de la tierra pero dan un miedo padre!" decía yo en cualquier rincón del mundo.

Mariana, para mí, era como una rosa, frágil y hermosa, tratando en vano de florecer en la fría y helada jungla parisina. Después de una ruptura amorosa allá en Colombia, se le había marchitado hasta el último de los pétalos. La flor buscaba entonces reconstruir su tallo en algún refugio lejos de su maceta natal. Un año después, se encontraba instalada en la ciudad luz europea.

Debe de haber sido por esta razón, porque sentí que estábamos en la misma sintonía de desamor que le dicen, porque suponía yo, que a ambos nos habían bajado de un mismo escopetazo de las alturas de la soberbia silenciosa y babilónica; porque parecía unirnos la misma especie de hermandad bucólica y melancólica; porque me gustaba ella mucho, y a la vez, por llenar el espacio del silencio  - del que siempre traté erróneamente de hacerme cargo-; por todo esto y otras razones, debe haber sido que decidí hablarle del bendito libro; o tal vez, por haberle hablado del bendito libro, debe de haber pasado todo lo que pasó después, ¿y sino qué?.

Aproximadamente un mes atrás, "La caída", una de las tantas obras de arte literarias de Albert Camus, había explotado en mi cabeza haciendo estragos existenciales en mi mente. Dante en su versión del siglo XX, el hombre descendiendo concéntricamente los canales de su propio infierno.

             La síntesis de la novela es básicamente la siguiente: un hombre que podría considerarse para sus contemporáneos, exitoso en todos los sentidos, (filántropo, viril, inteligente, reconocido, poderoso, etc.), una noche helada, de densa neblina, se encuentra caminando justamente sobre alguno de estos innumerables puentes que unen las dos orillas del Sena parisino. De repente, escucha y de manera muy nítida, una persona que se sube a la balaustrada del puente y que se arroja a las agua heladas.

Su condición de "hombre de bien", le exige de inmediato arriesgar su vida para salvar este prójimo en dificultad a pesar de que las aguas estén casi congeladas y que su vida corra un riesgo mortal inevitable. Un acto heroico y arriesgado; pero por sobre todas las cosas...anónimo. En efecto, no hay alma alguna en los alrededores, nadie para atestiguar la belleza de la obra del artista, la inmolación de este superhombre en pos de salvar un conciudadano. Es un crudo día de invierno,  decide nuestro ya ex héroe, seguir caminando como si nada fuera.

Pero nada ya no es, lo que está escrito, escrito está, y por más que lo intente, todo en vano, nada en vino, este hombre no puede negar lo que acaba de (re) descubrir de sí mismo.  Las llamas devorándole el cuerpo, se ve como fuego, unido a millones de otros fuegos que conforman esta gran hoguera de vanidad  que es el planeta humanoide. Se siente mierda hasta el fondo de la médula, lo asume de una vez y para siempre, prosigue su andar silencioso. Acaba de iniciarse la caída. El relato transcurre una gran parte en Ámsterdam, que es la ciudad en donde nuestro protagonista decide emborrachar su triste pasado parisino.  

- Si alguien se cae al agua y te tiras para ayudarlo, de seguro que se ahogan los dos,  porque la persona de los nervios se aferra a ti y se van los dos para el fondo" contestó la niña Mariana a mi sinopsis del libro de Camus.

- ¿Se ahogan los dos?  Pregunté sorpendido,  nunca se me había ocurrido.

Seguimos caminando.

El primer momento en que apareció “él” en medio de nuestro paseo con Mariana, creo, que fue bajando las escaleras que conducen a esa especie de malecón parisino. Habíamos decidido  seguir bordeando el Sena, pero esta vez por abajo, es decir, aún más cerca del río. Mariana, en ese momento, y tampoco de eso estoy seguro, debía de estar hablándome acerca del fantasma que la tenía a maltraer. Me contaría su historia,  tal vez sí, tal vez no, ¿qué puede importar a esta altura del partido?: historias de espíritus, ustedes saben, los desaparecidos de nunca que siempre están volviendo.

¿Y yo qué? Ni lento ni perezoso, mucho gusto señor fantasma de Mariana, felicitaciones de verdad por el bomboncito del cual se ha usted apoderado, me imagino que su ego debe de andar de lo más contento, en todo caso el mío en la misma situación, también lo estaría. Cosas de hombre que le dicen, nosotros nos entendemos ¿verdad señor fantasma?, triste la vida del "macho", si me permite agregar señor fantasma.

En fin, para no faltar a más, decidía yo en ese mismo momento presentarle el mío, o sea mi fantasma, mi prisión, la celda en la cual me hallaba encerrado a su vez, la pena de amor que me tenía atormentado. Ahí estábamos los cuatro entonces, Marianita y yo, (mirando el mundo a nuestro alrededor a través de los barrotes de una prisión hecha de nostalgia y egos derrumbados), y nuestras respectivas apariciones, es decir nuestros carceleros sentimentales. Los cuatro amablemente, conversando en un mediodía de lo más soleado a orillas de una primavera con acento francés. Nos encontrábamos en la "Ciudad Luz", historias y boludeces cómo éstas,  tenían como un lado "snob" que le dicen. Porque finalmente, bien cierto es, que hagas lo que hagas en Paris, todo termina teniendo su lado “chic”, eso es lo que tienen los conchisumadre parisinos.

Pero volviendo al relato, les decía que el primer momento en que lo vi a él, creo, que fue bajando las escaleras que conducen a esa especie de malecón parisino que bordea el Sena. Venía un poco borracho, puede que se tratara de un alemán o un irlandés, quizás me haya quedado esa impresión porque antes de tirarse al agua, recuerdo que llevaba una botella de cerveza en la mano. Tenía el pelo rojizo, de seguro un extranjero más en Paris, al igual que Mariana y al igual que el que suscribe.

El gordo resultaba ser bastante gordo, tal vez unos 120 kilos. Venía conversando con algún correligionario suyo, y yo, así como así, de pronto, como surgen ese tipo de pensamientos impredecible, me viene a la cabeza, a esta sensación de presente que a veces llamamos el aquí y ahora, un presentimiento y de lo más raro:

"Este tipo se nos va a tirar al agua".

                De una, sin pensarlo, sin raciocinio alguno, saliendo de donde salió, de seguro influenciado por las distintas conversaciones que veníamos de tener: " Este  tipo se va a tirar al agua" me lo repetí o me lo repitieron las voces dejándome en claro que yo ya lo sabía. Como si lo hubiese visto escrito en su cara, en sus ojos, o sea en la mirada, que quizás no sea más que la fusión de ambos; pero lo vi.

Nos sentamos con Mariana al borde del río sobre un pequeño paredoncito, y seguimos charlando, mientras el susodicho en ese momento se perdía de vista entre la gente. La calma volvía a mi cerebro, nuevamente me concentraba en la niña que tenía enfrente, y tal vez, ella en mí;  los dos cabalgando la mini pared, los dos con un pie en el vacío del agua y el otro en la nada del asfalto. Los dos desnudando cicatrices, los dos tratando de deshabitar la tierra del olvido. En eso andábamos, cuando de pronto estalló el "pluf" en mi oído,  el gordo se había zambullido al agua.   

"Se tiró nomás y la re puta madre que lo parió" lancé incorporándome de golpe, al mismo tiempo que asimilaba el susto de haber dado en el blanco con respecto a las intenciones de nuestro hombre. Mariana, sonreía divertida por la novedad. Acababa de descubrir el extravagante personaje que parecía chapotear y cantar feliz en el agua. 

"¡Qué chistoso!" lanzaba ella en su encantador bogotano, mientras seguíamos observando nuestro personaje a gusto en su inmensa  bañadera, cachorrito de ballena en aguas parisinas que parecía en ese momento. Su compañero de juerga, desde la orilla, brindaba cerveza en mano, festejando de esta manera el osado chapuzón. Claro que, el hombre es hombre, es decir un organismo, quizás uno de los más frágiles sobre esta tierra, pero ¿porqué estoy dando semejante vuelta bio-pelotuda para decir lo que tengo que decir?, porque mejor no borrar este poco convincente artilugio literario y escribir directamente que a los cinco minutos de encontrarse en las aguas, el hombre había comenzado a sentir seriamente el cansancio. Fue en ese momento, que decidió que ya era tiempo de dar por finalizado el espectáculo e intentar regresar a la orilla de donde se había arrojado.

Yo arriba del muelle, observando incrédulo el vaticinio que venía de cumplirse, y como quien no quería la cosa, mientras seguía conversando con Mariana me iba sacando el reloj, vaciando mis bolsillos a la par que no le quitaba la vista al gordo que intentaba ahora de manera desesperada volver al especie de muelle. No era que no supiera nadar, sino que su "error" consistió en que en vez de dejarse llevar hacia el próximo muelle que se encontraba 20 metros río abajo, intentó lógicamente alcanzar una escalera que se encontraba cinco metros más atrás, pero “contra la corriente”, he de aquí el punto clave.

El pensamiento oriental taoísta compara la vida a una especie de flujo, de río, que fluye y que nos lleva, nos guste o no, consigo. Esta filosofía oriental afirma que entre más fuerte resulta la corriente, más inútil y peligroso es debatirse en contra de ésta; lo mejor es dejarse llevar y nadando tranquilamente, midiendo los esfuerzos en cada brazada,  alcanzar el lugar de la orilla que deseamos, sin dejar de aceptar que el río nos sigue llevando.

El “gordo” comenzaba a abandonar la lucha, la corriente era demasiado fuerte. Su cuerpo ya comenzaba a hundirse, mi caída, cual personaje de Camus, también era inminente. Hubo aquel brillo, o bien un apagón que nunca más habría de olvidar, si ya lo sé, muy extraño no darse cuenta si algo se enciende o se apaga; pero en el momento en que sus fuerzas lo abandonaron, hubo entonces esa manera de mirar que cambió completamente. Como una despedida, como un aceptar la muerte inminente que se le aparecía. Alzó la vista al cielo, como entregándose al más allá, comenzaba a hundirse y yo seguía bien sequito en la orilla.

Encontrarse en una situación casi análoga a la de un libro que uno acaba de leer recientemente, y más aún, que uno acaba de comentar en voz alta unos 300 metros más atrás, no sé a ustedes; pero a mí me deja como tildando, flipando como dicen en las Europas,  y entonces ni que hablar de que se trate del mismo río. Claro que análoga no significa igual, sino más bien parecida; pero lo que es, es, y son cosas así, historias de esta naturaleza, las que comenzaban a corroer mi ateísmo marxista de aquella época, ateísmo, que luego la misma selva  amazónica se encargaría de enterrar de manera definitiva.

Si no hubiese visto la lancha de la prefectura parisina que llegaba al rescate ¿qué hubiese pasado? ¿Me hubiese tirado? No creo, tal vez sí; pero me sentía como paralizado, a pesar de las voces interiores que me gritaban "Debes tirarte pedazo de maricón".

            Vi los cuatro brazos de los gendarmes franceses alzar los 120 kilos de carne humana de un saque, justito en el momento en que empezaba a entrarle agua por la nariz

 

Hoja 7

Entre la Pacha Mama, la televisión satelital 

     

                En este universo selvático que me toca contemplar hoy, principio de este tercer milenio de la era judeo-cristiana, la globalización permite la convivencia de antiguas creencias y tradiciones de origen africana y/o indígena con las más altas tecnologías europeas, disputándose de esta manera, el reinado amazónico...hasta que claro está, la era comunicacional y digital lo termine arrasando todo.

En el caso de la Guyana Francesa, esta mezcla de tecnología y magia resultaba más efectiva que nunca. En efecto, el poder de la devisa europea brindaba a las poblaciones locales que reciben los subsidios en euros del Estado francés, la posibilidad de adquirir un sinfín de vicios occidentales, empezando por las dos fuentes de contaminación principal, la televisión satelital e Internet. De esta manera, las grandes marcas del marketing global desembarcaban, adueñándose de las culturas, tradiciones y sueños de las poblaciones amazónicas.

¿Resultado? En cualquier pueblito amazónico situado a varias horas de navegación selva adentro, se pueden observar familias enteras amerindias reunidas alrededor de un televisor satelital que funciona gracias a otra genialidad del diablo blanco que es el generador de electricidad a gasolina. La fórmula resulta tan sencilla como diabólica: a diario podía observar los adolescentes indígenas y africanos pegándose a la pantalla para absorber el “Tsunami Hollywood”. De más está decir que la mezcla producida por esta “cultura Nike” con el mundo de las tradiciones indígenas o africanas de la selva, resultaba un coctel devastador, sobre todo en lo que respecta las generaciones más jóvenes que anhelaban fervorosamente pertenecer al mundo occidental que les reflejaba la TV satelital, pantalla que los atrapaba a la vez que los expulsaba. Me dolía el alma constatar la desesperación de los jóvenes, sobre todo la de los amerindios, que no se identificaban ni con sus raíces amerindias ni con la cultura occidental que les reflejaba una imagen cual un oasis en un desierto.

No había descanso para el espanto que me producía el genocidio cultural que me tocaba testimoniar silenciosamente. Los ejemplos se sucedían de a miles. Recuerdo uno en particular. Habíamos llegado a un pueblito Wayana y nos había tocado descubrir a toda una familia comentando una película pornográfica, cuyo sonido, gracias a unos parlantes de última generación, se escuchaba desde el desembarcadero que se encontraba a unos 100 metros de la choza.

          La maldición del hombre blanco, 500 años después, no sólo no se había detenido, sino que seguía más latente que nunca. Ayer la inquisición y los salvajes barbudos conquistadores, hoy la fucking comunicación digital.

 

Hoja 8

Aeropuertos, élites y el vale todo

                "Me levanto 5 de la mañana, tomo mi fusil que se encuentra sostenido en la pared al lado de una enorme cruz plateada. Eyo, mi “chofer” canoero aborigen surinamés me había recomendado el espectáculo. Llego casi a las 6hs de la mañana a los intestinos de la selva virgen. El gigante verde bosteza, se levanta y me ensordece literalmente el canto de los pájaros. Lloro de emoción y sobre todo de soledad".

(Único fragmento legible de una de las hojas del manuscrito)

          ¡En un aeropuerto! Ya está, se hizo la luz, se disparó la génesis de todo lo que me rodea. Intenten el siguiente ejercicio.

          Pongan la mente en blanco y traten de situarse en un aeropuerto. Aprecien la cantidad de imágenes que se superponen en sus cabezas en una fracción de segundo. Vuelvan a repetirlo e intenten ordenar las imágenes por orden de aparición.  En lo que a mí respecta, en un aeropuerto, la gente es lo último que integro. Primero las paredes, las luces, alguna escalera mecánica, un bar y lo último, la gente. No sé si se los dije; pero odio los aeropuertos. ¿Porqué? No sé, olor a plástico, algo así, difícil de definir; pero lo que más me llama la atención es la fauna peregrina que habita este ecosistema de transición.

Observe la gente, acérquese minuciosamente, pero confiado, quédese tranquilo no le van a hacer nada, porque usted pertenece a la misma manada, a la misma especie, a la misma elite que se desplaza, que viaja, que concentra la mayor porción del poder en el mundo. Los grandes privilegiados de la globalización, los elegidos de siempre, encerrados entre cuatro paredes por lo general de color blanco, casi siempre en situación espera. Esperar, “to wait”, cosa que la inmediatez preconizada por la globalización ha logrado que la gente deteste. ¿Y cuál es el mejor remedio para combatir una espera? Consumir violentamente,  cosa que la matrix agradece.

Observen de cómo gusta matar el tiempo la élite, es decir, cómo busca evitar el contacto con la nada, con el no tiempo, todo sea por no caer en el abismo de la espera, el miedo a la muerte…otra maldición del diablo blanco. 

Para pertenecer a cualquier élite, el primer paso es sentirse uno mismo parte. Como la definición antropológica, que tanto me gusta respecto de los indígenas. "Es indígena ante todo, aquel individuo que se siente indígena" La élite es un poco lo mismo, otra raza; pero lo mismo. "Buenos días señor", "buenas tardes señor", "el señor madruga", "el señor trasnocha", ¿porqué negarlo?  Me gustaba escuchar esas frases. Espero sabrán disculparme mis antiguos compañeros revolucionarios; pero había llegado un momento en mi vida que no quería más preguntas existenciales, que no deseaba sentir más culpa alguna, solo aceptar que  yo pertenecía a la elite, por eso me desplazaba con escolta de gendarmería, por eso me preparaban en la estancia de alguna amistad el caballo para montar. ¿Qué asco no? Mierda pura, sobre todo teniendo en cuenta el hambre que corre por el mundo, ya lo sé, por algo se los digo, degradación del hombre que le dicen; pero sabe tan rico, ¿o no?, un veneno tan dulce y para colmo de males, no va que le ofrecen a uno esa posibilidad, ese bálsamo para el olvido en medio de un universo de dolor, mi dolor, el mío, era la princesa franco colombiana.

¿Y a poco usted se cree que uno puede abandonar este vicio, esta adicción que produce el poder de manera tan fácil, así como así, de un día para el otro? Pues no. ¿Usted conoce el precio, la inversión que implica mantenerse en ese lugar?, porque le voy a decir una cosa,  toda esa mierda, digo, el mantenerse en la élite, cuesta y mucho. Como vivir en una pendiente constante, no te puedes dormir porque desciendes inevitablemente, a sabiendas que ese mismo descenso es a la vez inevitable; porque quizás nadie sea eterno en las alturas.

La elite, una especie de secta que en vez de buscar adeptos, intenta  expulsarlos; sí, medio raro; pero entonces convendrán conmigo que toca aferrarse, porque es lo que hay, y con uñas y dientes si es necesario. Así todo el tiempo, jodido la élite,  así toda la vida, no le dejan aflojar porque ese aflojar significa inmediatamente la expulsión del sistema.

    Entonces lógicamente: vale todo

 

 Hoja 9

Santarém: ciudad del Amazonas

Habían pasado más de 14 meses ininterrumpidos del comienzo de la misión amazónica, necesitaba aire, la celda occidental había descendido demasiado, el aire se tornaba cada vez más irrespirable, necesitaba cortar por lo sano si pretendía concluir el año y medio que aún me restaba en el infierno verde. Pedí autorización al jefe máximo y me largué a la mismísima mierda, algunos días, semanas, con pasaje pago a donde yo quisiera. Paris estaba vedado, la princesa no me quería ver ni en figuritas y para colmo de males, yo la veía por todas partes.

Fue en Santarém, ciudad de 250.000 habitantes, construida a orillas del río más grande del mundo,  me dirigía a la Argentina, tenía que descender desde la Guyana Francesa, prácticamente todo el continente suramericano para llegar a Buenos Aires. Había llegado en unas especies de taxis larga distancia, tipo 4x4 hasta Macapá (norte de Brasil), más exactamente al puerto de Santa Ana, ahí sobre la costa atlántica, desemboca el río Amazonas. De ahí, cinco días en barco para llegar a Santarém, durmiendo en hamaca como la mayoría de los viajeros que se desplazan por esas aguas. Creo que debía de haber unas 70 personas en aquella embarcación, y no era de las más grandes que podían avistarse por esas aguas. ¿Ustedes se imaginan en el momento en que a uno le toca irse acostar?,  70 hamacas meciéndose a la luz de la luna, cielo casi abierto, el vaivén del barco incansable, ¿y los amaneceres?, ¿y los atardeceres?,  ¡uy no!, una cosa de locos; ¿y cuándo la tormenta?, todos chocándose con todos, gruñidos por ahí, quejidos por allá, hamacas parlanchinas que le dicen.

                Infaltable en el barco eran las chicas, las de siempre, las que esperan el príncipe, aquél que las rescate, el mismo príncipe que esperan las africanas, las amerindias, las parisinas y porteñas, mientras se prostituyen, se casan, viven y se mueren: el príncipe azul, sin dudas, extendía sus besos más allá de las culturas, más allá de estas "fucking" fronteras inventadas por el fucking ser humano.

Llegué a Santarém, sabía que no disponía de mucho tiempo como para quedarme a recorrer, necesitaba descender a toda prisa el estado brasilero de Mato Grosso do Sul para llegar a Buenos Aires; pero lo que sí, debía evitar a toda costa el avión por la misma razón de siempre: odio los aeropuertos.

Según mis cálculos, partiendo de Santarém y en micro, para llegar a Buenos Aires, la travesía podía tomarme más de una semana... ¡demasiada pérdida de tiempo! decía mi diablo occidental. Por algo nuestros dioses han inventado los aviones volvía a susurrarme al oído el mismito diablito.

Las rutas amazónicas son como son, es decir para transitarlas despacio, sin apuro, con tiempo de sobra para descansar el cerebro sobre exigido en las megas urbes. Para algunos eso puede ser muy malo, para otros muy bueno, (según como uno vea el tema del aislamiento urbano). La cuestión es que el micro, debido al primitivo estado de las rutas,  no puede avanzar a más de 30 km por hora, y eso durante cientos de kilómetros. Tiene su encanto les aseguro; ya me había tocado en un viaje para Manaos, pero yo llevaba prisa, y decidí pegarme una vuelta en el aeropuerto internacional de Santarém, cuestión de ver si conseguía pasaje para ese mismo día.

Tomé un taxi moto, el tipo me cargó con mochila y todo, y desembarqué en el aeropuerto. Las puertas corredizas se abrieron, y ahí, después de  mucho tiempo, nos volvimos a encontrar cara a cara.

Al principio como que no caí en lo que me estaba perturbando visualmente y espiritualmente. Finalmente después de un rato debo confesarlo, al fin me di cuenta. ¡Había muchos blancos!, una cantidad impresionantes, montones y en tan pocos metros cuadrados, ya lo había olvidado. Ya les dije que llevaba 14 meses sin salir de la burbuja verde.

Ahora el espejo volvía a descubrirse, cual retrato de Dorian, la élite volvía a manifestarse, a tomar forma para recordarme de donde venía, cuáles eran mis orígenes y hacia donde me dirigía. Por algo les digo lo que les digo: odio los aeropuertos.

 Hoja 10

La Mochila y Surinam

 

                Una de las escenas que más me remueve el alma en la biblia, más exactamente en el Nuevo Testamento (en el Presbítero donde vivía me había convertido forzosamente en un exegeta) es cuando uno de los discípulos del Cristo, niega a este último ante terceros. Lo mismo sucedió con mi mochila.

Regresaba de mi escape a Buenos Aires, otra de las grandes tierras del consumo  y me encontraba en Curazao, pequeño país de las Antillas holandesas, necesitaba tomar un avión hasta Paramaribo (Surinam) de ahí un combi hasta la  frontera con la Guyana Francesa y después unas 12 horas de canoa hasta mi base en Maripasoula.

Entonces, si los recuerdos se ensamblan correctamente, me encontraba en este bendito aeropuerto de Curazao, más precisamente en una agencia de viaje surinamesa, intentando conseguir un vuelo. La mujer que atendía la agencia se negaba a venderme el pasaje a Surinam porque decía no tener pruebas de que yo, argentino, “sucio” tercermundista, no pretendía, una vez desembarcado en ese país, instalarme ahí de manera ilegal.

-              Pero señora yo trabajo para el ministerio de Educación Francés, tengo una visa de trabajo francesa, ¿para qué  me voy a  querer quedar en Surinam?" le dije conteniendo la risa en un inglés entremezclado con Taki Taki.

            Además, pensé para mis adentros,  ¿para qué voy a elegir su miseria a la nuestra?

-              Señora, (esto si lo dije para mis afueras),  trabajo para el rectorado francés y  una de mis responsabilidades es justamente el envío de fondos educativos al Surinam, agregué con claras intenciones de adentrarme en un terreno de conflicto diplomático. Gracias a mí, de alguna manera, el gobierno francés les otorga más divisas a ustedes. ¡Mire!, y le mostré por enésima vez mi pasaporte. El consulado de Surinam de la Guyana Francesa, me entregó una visa anual para entrar y salir de su país, está escrito, visa de cortesía, ¿a poco se la dan a cualquiera? y usted no me quiere dejar viajar, está como un poco rara esta historia, ¿no cree señora?

-              Excuse me but it's ridiculous! dejé caer sobre la mesa de la oficina de la compañía aérea.

-              ¿Tiene algún papel para probar lo que dice, es decir que usted trabaja efectivamente para el gobierno francés? Sino lo tendremos que deportar.

             Miro adentro de mi billetera, ni papeles ni un carajo, había dejado todas las credenciales allá en la selva. Fue en ese momento y no en otro que le eché un vistazo  a  la mochila y  me dije (una vez más): con este trasto que llevas en las espaldas no te pueden creer nada de lo que estás diciendo. Nunca. Un funcionario político amazónico, de supuesto rango,  con esa mochila descosida y baqueteada no encajaba ni en la matrix de esta mujer en Curazao ni de cualquier persona en cualquier otro lugar.

La idea que me deporten a la Argentina, me parecía en cambio de lo mejor que me podía pasar en ese momento de mi vida. "Hágame el favor, depórtenme" sentía ganas de decirles; denme una excusa para no volver allá, al maldito infierno verde guyanés. Eso sí, le pido, me firma un papelito en donde diga que se negaron a venderme el billete de avión; y yo les aseguro que,  chocho de la vida, me vuelvo a Buenos Aires, a ver a los pibes del barrio, a mi familia, vuelvo a la cancha, mientras la embajada francesa en Buenos Aires resuelve el caso.

¡Pero qué me iban a deportar!, era imposible, lo sabía de antemano. Siendo blanco, visa de trabajo francesa, responsabilidades políticas, tarde o temprano  me iban a terminar dejando ir, una simple cuestión de tiempo, ya lo sabía, toda una cagada por cierto, porque a decir verdad por un ratito me lo había creído y ya me imaginaba de vuelta a la Argentina.

Y así fue nomás, a los 15 minutos apareció el director de la compañía y me vendieron el billete que marcaba el regreso inminente a mi celda, después de una proto libertad condicionada otorgada por mi cúpula después de 14 meses de encierro.

 

Hoja 11

Taki Taki

 En la Ciudad de los Lobos blancos, las voces de los ancianos lo murmuraban a los ciudadanos consumidores que quisieran escucharlo: la comunicación es sin dudas el nuevo nuclear del siglo XXI.

En la región amazónica en la que me  encontraba, el nuclear era el dialecto Taki Taki (Taki Taki, deformación del inglés talk talk) Taki taki significa también hablar por hablar).  Gran parte del éxito de la misión dependía efectivamente en aprender esta lengua vehicular que utilizaban las distintas culturas guyanesas para comunicar entre sí.

¿Cuál era el origen del Taki Taki?

 Durante la época colonial, una de las estrategias de los colonos para reforzar la dominación de los esclavos en las plantaciones y dificultar la integración entre sí, era formar diversas plantillas de negros pertenecientes a distintas regiones de África con diferentes dialectos y culturas para socavar al máximo cualquier posibilidad de comunicación dentro de las plantaciones. El Taki Taki, deriva principalmente del inglés (Gran Bretaña poseía en ese entonces la mayor parte de este territorio), y fue el dialecto más utilizado por los negros cimarrones, es decir aquellos esclavos que lograban huir de las plantaciones y formar una comunidad en el interior de la selva. Los cimarrones, los únicos negros que habían desafiados el poder de los blancos en el infierno verde. Habitaban y aún hoy habitan, en la región del Río Maroni, frontera natural entre dos creaciones de lo más artificial llamadas Surinam y Guyana Francesa.

Ahí, representando los intereses del hombre blanco en general y del gobierno francés en particular, como les dije, me había posado, no sin ninguna dificultad debo reconocerlo, después de una especie de aterrizaje amoroso de emergencia, en un estado emocional lamentable. Una de las primeras tareas había sido entonces el aprendizaje del Taki Taki.

  

Hoja 12

Una almohada en el presbítero de Maripasoula y un machete brújula

 En esta misión amazónica, las reglas del ajedrez se aplicaban a la perfección, pieza tocada pieza jugada. Los errores se pagaban caros; tampoco era cuestión de terminar mis días flotando con un balazo en la cabeza en medio del río Maroni por un mero problema de comunicación. Ya el hecho de armar una logística de navegación para evitar pagar transportes privados millonarios para el desplazamiento de los hombres del ministerio francés me había costado una amenaza de muerte en la cara. El negocio era de un blanco instalado desde hacía 15 años en Maripasoula “Te voy a hacer mierda” me había escupido a la cara. Sonreí.  

Los informes confidenciales al respecto resultaban más que contundentes,  se podía joder con muchas cosas; pero mucho cuidado con querer jugar el sheriff del Estado francés en la selva amazónica guyanesa, porque la mafia del gowdu, (oro en taki taki) no aceptaba intromisiones de ningún tipo, a menos de estar seguro de tener más cartuchos que ellos, y de más está decir; que por lejos, éste no era mi caso, salvo en los momentos de patrullaje con la Prefectura francesa. En donde los militares franceses entrenados se divertían patrullando la zona cazando brasileros como les gustaba decir. ¿Ves esa bola de músculo que se encuentra al tuyo? me comentó un día un gendarme. Salió  segundo en la selva ecuatoriana en una competencia de 3 días de supervivencia. Los largan en helicóptero en un punto y en tres días tienen que llegar a otro punto. Era un agente comando, era acero puro, parecía observarnos como  quién contempla un grupo de lisiados indefensos. Para estos tipos, cazar buscadores de oro era como cazar conejos. Se ocupaban sobre todo de la custodia de los altos funcionarios franceses, cada vez que éstos se desplazaban para dar fe de las irrealidades de su estado en la selva amazónica latinoamericana.  

De mi lado mis prioridades eran otras: asegurarme la vida, o bien la simple existencia: para empezar y ya como una necesidad básica, precisaba sacarme a la princesa bogotana parisina de la cabeza.

De todos los desafíos que el presente amazónico me imponía, el de la muchacha parecía de sobras, el más difícil de todos. Los meses habían desfilado; pero rostro, nombre, aroma y cuerpo se seguían apareciendo, cortándome el aire, reflejando diariamente lo enorme  y vacía que era mi cama, por no decir mi vida, en un mundo de mierda incluso en medio del Amazonas. 

Las horas muertas transformarse en semanas, necesitaba disciplina si quería sobrevivir en medio de este espantoso e incesante "te extraño". Mis días comenzaban "religiosamente" a las cuatro y media de la mañana.

El presbítero de madera en el que vivía, se había terminado de construir en 1915, a orillas del río Maroni. Mediante un acuerdo de palabras con  el obispo de la región me había podido instalar provisoriamente en uno de los cuartos desocupados, mientras trataba de conseguir algo mejor. Así comenzó mi convivencia con los trabajadores del vaticano, los dos sacerdotes: el haitiano y el nigeriano. Recapitulemos, un nigeriano, un haitiano y un argentino trabajando para Francia, en Francia pero en América Latina. ¿Quieren más? Les doy más. Yo, de formación marxista latinoamericanista, al servicio del estado liberal francés y durmiendo en la casa del Señor.

                De lunes a viernes, el despertador explotaba entonces a las 4hs y 30. Solía oírse por aquellas horas tempraneras algún que otro gallo desplumado o bien el motor de  alguna lancha clandestina apurando  el paso en pos de evitarse algunos de los escasos controles de la prefectura francesa.

                ¿Porque me levantaba tan temprano a las 4 y media si no tenía horario, si nadie me exigía nada? Ese horario me lo imponía; pero tienen que entender una cosa, había una pizca de coherencia en medio de la locura. Venía mal de amores,  y tenía que protegerme  al máximo de una posibilidad de depresión. Dormir mucho podía, en consecuencia, resultar altamente peligroso, debía activarme.

Me levantaba dos horas antes del amanecer, activaba los megas de música, me sentaba en un viejo sillón de madera XX y las zambas del norte andino argentino me envolvían, me hermanaban, me devolvían por un rato, parte de mi identidad, la misma que en Paris, un desamor me había quitado.

Sintiéndome responsable en un ciento por ciento de este triste presente, tocaba entonces comenzar una nueva vida. La boda, los hijos, mi tierna esposa en alguna aldea del sur de Francia, todo quedaba atrás, todo malditamente atrás, definitivo y para siempre. Nuevamente sobre las rutas, y vuelta también, a  desenterrar las armas.

De 5h a 5h 30, me ponía a leer o a estudiar alguna huevada; pero que yo consideraba entonces necesaria para digamos mantener despierto el intelecto intercultural: teología que abundaba en el Presbítero, ensayos filosóficos occidentales, el Popol Vuh,  libros sobre el Taoísmo, cursos de inglés y otros etcéteras. Después del espíritu, tocaba el cuerpo, una media hora de ejercicio. Cambio de decorado musical, relajación y  10 minutos de meditación búsqueda de equilibrio, de armonía, historia también de domesticar el diablo que todos llevamos dentro.

Serán alrededor de las siete y cinco de la mañana, la temperatura ya es de 20 grados, me dirijo a mi oficina, mis días se repetían incansablemente en la eternidad verde.

Tal vez la única distracción, al menos al principio, era cumplir el sueño de salir a la selva virgen. Selva y supervivencia, dos diosas con las cuáles siempre había soñado cuando de joven leía alguna aventura guerrillera latinoamericana.

                Eyo, el canoero que me habían asignado se consideraba un experto en supervivencia  y después de reiterados pedidos se dignó a darme las instrucciones, el curso ancestral wayana de orientación amazónica como lo llamaba él:

“Nunca salgas sin machete (y sin fusil), mismo si lo seguro es que no lo uses, que te sientas seguro y confiado es lo más importante baala (hermano en taki taki).

Siempre que camines en selva virgen y no conozcas bien el terreno, lo mejor es realizar marcas en los árboles mediante  el machete cada 5 metros (o pasos).

Cuidado con las marcas, deben ser visibles desde todos los ángulos. Una marca mal hecha puede ser tu fin, o puede significar que pases un muy mal momento, aparición de los kunus (espíritu maligno).

En caso de perder el camino o desorientarte en la selva, NUNCA CORRAS, quédate bien quietecito en ese mismo lugar en el que te diste cuenta que te habías perdidos y recuerda:

Primero: controla el pánico y mantén la calma.
Segundo: en el lugar que te has detenido, traza una especie de círculo de metro y o metro y medio de diámetro.

Tercero: toma el punto en el que estás, como circunferencia de base y empieza a salir en distintos grados posibles buscando alguna marca de tu machete en los árboles, en caso de no encontrar la marca, vuelve al punto de origen (antes de salir en otra dirección).

No había entendido en ese momento, lo de controlar el pánico hasta el día en que me aventuré solo y efectivamente perdí el camino. Recuerdo mi corazón durante unos escasos segundos latiendo a mil por horas, y recuerdo haber sentido la pequeñez del hombre frente al poder la naturaleza, que según mi opinión, ya ha comenzado a cobrarse venganza contra esta raza maldita que lo destruye todo a su paso. Fueron segundos, tal vez escasos minutos hasta volver a encontrar una bendita marca del bendito machete en un bendito árbol; pero aún hoy la sensación de pánico perdura en esta alocada cabeza de recuerdos verdes.  

 

Hoja 13

¿Porqué se suicidaban los Amerindios?

La sociedad indígena amerindia de Maripasoula parecía estar completamente patas para arriba. Los padres se hallaban totalmente desbordados por una problemática muy singular para la tradición aborigen; pero muy particular de esta nueva era global: los hijos eran los que ejercían el poder sobre  los padres, así como los jóvenes sobre los ancianos en general.

Cuando un padre le teme a su hijo, aumentan considerablemente las posibilidades del chantaje, si eso se propaga en todo el clan, la situación se complica peligrosamente.

El pueblo olía a azufre blanco por todas partes.

"Cómprame esas zapatillas Nike o me suicidio", el clásico ejemplo que ilustraba la problemática a la perfección. El fenómeno del suicidio de los adolescentes amerindios, en la mayoría de los casos por ahorcamiento, parecía propagarse de forma misteriosa por toda la región amazónica. La pregunta espumaba en boca de numerosos científicos franceses. ¿Porqué se estaban suicidando los jóvenes amerindios guyaneses? Cuando se les preguntaba a los amerindios, (porque hay que reconocer que de vez en cuando se los consultaba), ellos respondían que los suicidios siempre habían existido, que tal vez ahora había más; pero que no estaban muy seguros, pero lo que si afirmaban era que para la tradición amerindia, el suicidio no tenía una connotación negativa como para la cultura occidental.

¿Cómo poder saber entonces si los suicidios siempre habían existido en esta proporción y los casos al ser investigados más exhaustivamente, emergían simplemente más a la luz, aumentando las estadísticas que antes no existían, o bien efectivamente frente al proceso de pérdida de identidad cultural producida por la globalización, el índice de suicidio entre los jóvenes amerindios estaba aumentando peligrosamente?

Ya les decía yo, complicado el tema de los amerindios; y ése, era tan solo uno, entre los varios temas considerados como prioritarios durante la misión. Tres años en este mierdero de trabajo, no me cansaba de repetírmelo, tampoco me cansaba de pensar en el final que se acercaba irremediablemente, el mismo final de siempre, levantar campamento, hacer el bolso y despedirse de todo lo que no cupiera en la andrajosa mochila, sea afectivo o material.

De ahí mi necesidad imperiosa, en el plano laboral, de desarrollar en el terreno, proyectos de largo plazo, acciones estatales de autogestión que sobrevivan a mi partida, a mi propia eterna huida.

 

 Hoja 14

Las lágrimas de los Wayanas

(extracto de un informe enviado o a envíar a la cúpula respecto al eje amerindios)

                El caso de la Guyana Francesa resulta un ejemplo esclarecedor en lo que respecta el grave problema de la integración de los amerindios y otras minorías aborígenes a la cultura occidental. Alienados por una sociedad de consumo que hace estragos, produciendo un fenómenos de aculturación muy importante (incluso en las poblaciones más aisladas de la selva), padeciendo a la vez, las gravísimas consecuencia de una crisis de identidad pocas veces vista en este tipo de proceso, los jóvenes amerindios de la Guyana Francesa representan quizás la franja poblacional más vulnerable de las diversos grupos culturales que viven en este territorio franco-latinoamericano.

Ignorados por la sociedad guyanesa en particular y por nuestro gobierno en general, los amerindios fracasan en su gran mayoría, en cada uno de sus intentos por integrarse al mundo occidental europeo. A esto, debe de sumársele también las trágicas consecuencias provocadas por el asistencialismo estatal francés.

Testimonio de un viejo indígena Wayana: "Los jóvenes de hoy no necesitan ni cazar ni pescar, y por culpa de la medicina gratuita francesa, desconocen nuestras más antiguas tradiciones indígenas"

El índice de depresión, tentativa de suicidio o de suicidio mismo, alcanza proporciones relativamente importantes en este sector  de la población; incluso más altas que sus conciudadanos parisinos, lo cual ya es un decir. Por más que en este tipo de minorías, "el suicidio existe desde hace tiempo, incluso antes de la aculturación radical, y que su relación al cambio social es compleja", cabe preguntarse acerca de las verdaderas responsabilidades del gobierno francés  con respecto a este fenómeno (…),

 

Hoja15

¿Amerindios al poder?

Tal vez el punto trunco de la misión. En su momento había sido claro con la cúpula. Necesitaba más gente para activar el tema del partido político entre los amerindios. La cúpula había sido clara: por razones presupuestaría no se podía agregar a nadie más a la célula. Éramos seis, más que suficiente para una célula, habían agregado. Una lástima, las condiciones estaban para formar el primer partido de amerindios de la Guyana Francesa. De todas maneras vendrá.  En una primera etapa necesitaba acumular la mayor cantidad de datos o información posible que me sirvieran en el análisis intercultural político; en otras palabras, trazar un mapa de los distintos conflictos etno-socio-políticos de la zona de amerindios en la que actuaba y pensar la estrategia comunicacional para reagrupar.

Prioridad número uno, trabajar el fortalecimiento de la confianza con los distintos actores de importancia de la región fueran estos legales o no, como el caso de los buscadores de oro.

Los amerindios, representan aún en la actualidad, una fuerza bastante menospreciada. El resultado de los primeros análisis geopolíticos lo habían señalado rápidamente: un espacio político del cual era necesario apoderarse y generar la autogestión. Los amerindios aún no habían ganado ninguna alcaldía francesa, los negros y mestizos sí. Pero esto, parecía tan solo una cuestión de tiempo.

Se debía movilizar el sector indígena, reagruparlo en medio de esta emergencia cultural que estaban viviendo para reforzar su identidad, reafirmar el quiénes eran, el de dónde venían, el a dónde se dirigían para aspirar a una mejor construcción del individuo y por lo tanto de la masa indígena en general.

¿Y nosotros, en esta historia finalmente qué?, ¿Porqué habríamos de hacerlo? ¿Éramos los buenos?; ¿qué había para ganar de nuestro lado?... Éramos, ya lo dije antes, una especie célula guerrillera estatal e intercultural, estábamos de paso, no teníamos mucho tiempo para actuar, cubríamos las espaldas del jefe máximo; contaminados por el estigma de nuestros valores occidentales, éramos incapaces de dar sin recibir.

El proyecto político de llevar a los amerindios al poder era de lo más tentador; pero todo propósito que superase un horizonte de 3 años, representaba demasiado para nosotros, entonces  no había tiempo, debíamos levantar campamento, éramos mercenarios de la política ante todo, los amerindios deberían esperar un poco más, llevaban ya más de 500 años. Jodido desde el principio hasta el final... el tema de los amerindios,

   

Hoja 16

La tragedia de Loka, maldiciones africanas del siglo XXI

Han pasado algunos años, tal vez tres, tal vez seis, quizás menos. Nunca fui bueno para las fechas ni para tantas otras cosas; pero qué importa.

 Había sido un domingo, de eso no había dudas,  porque recuerdo  claramente haber pensado en el ministro y el hecho que lo iban a tener que molestar un domingo.

Me dirigía a mi oficina, rogando seguramente que los dioses alukus (etnia africana de la región amazónica del Maroni) me permitieran conectarme a Internet.

 La desconexión con la Matrix era lo único bueno de estas continuas imposibilidades de conexión a la Web que sufría. La falta de conectividad me había devuelto la escritura más profunda, más reflexionada, recibía y enviaba cartas manuscritas, milagros de la comunicación del siglo XXI, delicias perdidas durante la era A.I. (Antes de Internet).

Pero volvamos al fatídico día domingo. Me había cruzado con la mujer negra, extrañamente flaca por la edad que tenía. Efectivamente era muy raro ver alguna negra mayor de 25 años sin sobrepeso. "El sida hacía estragos en la región. En el taki taki, los negros cimarrones del norte del Amazonas llamaban al HIV “siki lobi”, es decir la enfermedad del amor. El tema de la prevención resultaba muy difícil de trabajar con las poblaciones africanas y amerindias porque para ambas minorías, el sida era entendido como una maldición, como un castigo que nada tenía que ver con el uso de preservativos, sino con las cuentas que tenía que pagar cada una de las personas por los actos del pasado. La consecuencia resultaba evidente, el HIV se extendía a pasos agigantados en estas poblaciones.

Enseguida noté que la mujer negra dudaba claramente entre hablarme o no. “¿Sa a pasa mi sisa?”  (“¿Qué sucede mi hermana?”) Le pregunté. "Habi furu dede na Loka, furu pikin boy dede, ala sama go drape" contestó la mujer. (Hay muchos muertos en la aldea de Loka, muchos chiquitos muertos, todo el mundo va para allá.). No lo pensé ni un segundo, en realidad sí, lo pensé, pero era obvio que tenía que hacerlo. Marqué el número del jefe máximo aunque fuese domingo, "habría varios niños entre las víctimas" grité en el aparato satelital de comunicación. "Vaya para allá...confirme la noticia.  No se olvide que usted a partir de ahora, representa a la Educación Nacional Francesa. Si no hay nadie de Prefectura, que lo dudo, usted también asume ese rol. Comuníquese conmigo apenas confirme la información porque habrá que llamar al ministro de ultramar. Volví a pensar en que hoy era domingo, lindo desayuno para el hombre,  pero seguro lo llamarían, y el ministro obviamente avisaría de inmediato al presidente Sarkozy.

Me dirigí al desembarcadero a ver si conseguía alguna canoa que me llevara al pueblito de Loka. La noticia se iba esparciendo por toda la costa del Río Maroni. Había un gentío impresionante en la playa para embarcar, un hormiguero revolucionado y conmocionado por la terrible noticia. La gente estaba desesperada, se metía de a 60 en las canoas, embarcaciones diseñadas para transportar normalmente 20 personas. Subí y me acomodé al igual que la mayoría en el borde de la embarcación. “Nos vamos a hundir” pensé de inmediato haciendo el balance instantáneo de las pertenencias que tenía encima: teléfono satelital y billetera.

 Arrancó la travesía y ya en el medio del río, cuando las olas comenzaron a hacerse un poco más importantes, el agua comenzó a entrar de a poquito en la canoa. Recuerdo mi cola apoyada en el borde rozando el agua, recuerdo también haberme preguntado por enésima vez desde que había pisado territorio amazónico que quién carajo me mandaba meterme en este tipo de historia; y recuerdo también de este descocado trayecto, a la mujer de al lado, negra y muy gorda. Supongo que debe haber sido viendo la cara de susto que yo llevaba que decidió confesarse conmigo: "mi na sabi washi" (no sé nadar), y explotó en una carcajada.  

Luego de hora y media, llegamos a  Loka, pueblito de 300 habitantes donde había ocurrido la tragedia. Al pisar tierra, la parca, la huesuda ya nos estaba esperando en el especie de muelle de madera. La selva virgen de los alrededores, lo que nunca, en completo silencio, silencio de muerte. Los espíritus de los antiguos esclavos negros se hacían sentir en cada callecita de tierra del pueblo, el ambiente estaba enrarecido, se me hizo un nudo en el estómago, un terrible cagazo como le dicen en mi barrio.

Divisé de inmediato a los maestros del pueblo, en su mayoría todos blancos. Estaban sentados en la puerta de una choza ubicada a escasos metros de la casa maldita, el lugar de los hechos. Como el resto del pueblo, los hallé con la mirada perdida, en completo estado de shock, ninguno hablaba.

"Tengo mucho miedo, no sabes lo que va a ser a la noche todo esto, va a estar todo muy heavy", me dijo mirando hacia la selva virgen uno de los docentes señalado en diversos informes por su problemas de alcoholismo y al cuál, yo apreciaba bastante por sus  combates administrativos en pos de conseguir cosas para una escuelita totalmente aislada en la selva, la suya.

Miré hacia el infierno verde que se encontraba a escasos metros. Recuerdo haber percibido claramente a lo que se refería el docente. Las fuerzas ocultas selváticas parecían prepararse para entrar al pueblo. 

Sentí un alivio de lo más egoísta al saber que no me tocaría pasar la noche allí, o en el peor de los casos una sola, si la prefectura así lo solicitaba.

"¿Quieres volverte a la ciudad de Cayena o prefieres que te repatriemos a Paris?" le pregunté al docente en estado zombi. Me miró unos segundos sin contestar, después negó con la cabeza “ahora nadie puede irse” y siguió contemplando la nada verde amenazante.

A nivel cuerpo docente había de todo y de cualquier tipo. Dejar la dolce vita del primer mundo y venirse a zambullir de un día para el otro a la selva y dentro de una cultura extraña no era para cualquiera: soñadores, anarquistas, pedófilos, drogadictos, aventureros, etc..., para todos los gustos en las viñas del señor. Muchos funcionarios me confesaban que la Guyana era en muchos casos una especie de tacho de basura de la educación francesa. Docentes acusados de abusos de menores no probados, o maestros con antecedentes de violencia para con sus alumnos, alcohólicos… Los alumnos guyaneses acogían en numerosos casos, la lacra de la lacra del cuerpo docente, apóstoles de un genocidio cultural que se estaba produciendo en esta región del Amazonas.        

Me acerqué a la casa de la tragedia, los muchachos de la prefectura francesa ya se encontraban en el lugar, había un vallado. "Soy Educación Nacional", le dije al militar que custodiaba el lugar. Me dejaron pasar, se escuchó que alguien gritaba “¡Llegó Educación Capitán!” e inmediatamente y me llevaron a verlo. ¿Qué pasó? disparé apenas concluimos las presentaciones.

El oficial me dio algunos detalles:           

"Durante la noche murieron 11 personas, 3 adultos (dos mujeres y un hombre) y 8 niños.  Los cuerpos fueron encontrados tirados en el piso, en una especie de macabra fila india. Salvo dos niños que habrían muerto en sus hamacas. Encabezando la fila mortuoria, se encontraba una mujer, la mano tendida hacia la puerta de la casa, como queriendo alcanzar la manija. El oficial prosiguió: "todas las ventanas se encontraban cerrada, cosa de lo más rara por el calor. Todo parece indicar una intoxicación o bien un envenenamiento. En el pueblo hablan de venganza."

Yo argentino, caminando entre los cadáveres, representando el estado francés me resultaba mucho más extraño que la espuma blanca que salía de las narices de cada uno de los cuerpos.

Conocer el Taki taki me permitió hablar con distintos habitantes del pueblo. “A naa bun” decían todos. “No es bueno” y miraban al igual que el docente para la selva. La mayoría quería saber que era lo que había pasado y confiaban en la tecnología de occidente para descubrir la verdad.

Días más tardes tres de los cadáveres serían enviados a Paris para la autopsia. Tiempo después los peritos franceses parisinos no lograrían determinar las verdaderas causas de la tragedia de Loka. Los espíritus de los ancianos esclavos, seguro seguirían riendo por lo bajo pensando: "donde manda diablo negro no manda diablo blanco"

Unas horas después aterrizaría el helicóptero del ministro, cara de compungido, me miraría directo a los ojos, me daría la mano, me diría “lo siento mucho” y me olvidaría para siempre.

Lo habían despertado nomás al ministro, por eso recuerdo que era domingo.

 

Capítulo 16

Mis yoes en el aeropuerto

 

-¿Cómo será mi vida  dentro de tres meses? Ni la más pálida idea.

-¿Vuelta a empezar?

-Por lo que parece.

 -¿Y cuántas van?

 -Van muchas.

 -¿Pero demasiadas?

-Creo que sí.

-Decime la posta, ¿te da miedo terminar en total y completa soledad tus días, o no?

-Sí, ¿y qué?

-¿Quieres que cambiemos de tema?

-Sí, haceme el favor, gracias.

¡-Okay! No hay problema, sabés que los dos tiramos para el mismo lado.

-Sí puede que sí; puede que en este momento estemos los dos tirando para el mismo lado; pero no siempre fue así, y no siempre es así... y eso no es bueno... porque al final pagamos todos; si todos... pero sobre todo la termina pagando él.

-Sí obvio porque  él es el que siente, y de alguna manera... nosotros no.

-Mejor pensar en otra cosa, ¿pero en qué podríamos pensar?

-No sé, podrías pensar tal vez en por ejemplo dónde vas a estar dentro de tres meses. Tratá de imaginar el lugar, la gente.

-No tengo idea.

-¡Jaja! ¿Y cuántas van?

-No empecemos de nuevo.

-Ya lo sé...pero sos vos el que empieza.

-Si ya lo sé, de momento en que alguien empieza y no sos vos, necesariamente tengo que ser yo,  sobre todo si tenemos en cuenta  que aquí dentro estamos solamente vos y yo, o sea él...

¡Hey muchachos!... o sea yo.

Acompañado por mis distintos yo; pero solo, increíblemente solo. Definitivamente la selva me estaba volviendo fucking crazy o acelerando el proceso de locura que había comenzado, tal vez desde el mismo momento en que había nacido.

Mi realidad de hoy es que me siento solo. Tal vez no deba dramatizar, de hecho no lo estoy haciendo; pero si bien antes, ya había sentido alguna especie de soledad fuerte e intensa, nunca tanto como ésta de aquí y ahora, nunca una soledad como la de hoy.

 ¿Será el paso de los años? Tal vez; pero para decirles, que a veces me da la sensación que el aire, que la sangre... no llega donde debería de llegar y todo por…

-¡Te dije que no quiero pensar en eso! 

-Perdón, tienes razón, pero vuelve, ya sabes,  siempre vuelve... porque simplemente nunca se va. Como que se te pega a la piel, digo, la Soledad,   a tu oreja, y escuchas voces,  voces que te dicen  "estás solo", tal vez sea cuestión de género, tal vez no; pero tengo la impresión que las mujeres se angustian menos respecto de este tema.

Algunos años más tarde, citando no recuerdo a quien, un psiquiatra lobezno me diría: "La gran diferencia entre el hombre y la mujer, respecto al sobrellevar sus angustias existenciales, es que el hombre busca el ser y la mujer lo crea".

Como sea, entonces, ya conocés la historia, hay que olvidar, hay que escapar de esta otra celda (¿y van?) y para eso tenés miles de "trucos" que le dicen: te reventás todos los fines de semana, con falopa, con  sexo, con lo que vos quieras. Te podés meter a militar en alguna organización, club de fans, equipo de fútbol, budismo, neo nazis  y hasta si tenés ganas,  se te puede dar por enamorarte. 

Cada cual elige su sordera, su escalera para la fuga.

Comenzaba a despedirme de la selva, físicamente al menos, mentalmente no sería tan fácil.

 

Hoja 18

La Ciudad de los Lobos Blancos 

Finalmente este mierdero de misión amazónica había concluido después de tres años. El final de esta bizarra película había llegado tan abruptamente como se había iniciado: una llamada telefónica de la jerarquía ordenando hacer las valijas de un día para el otro.

 Después de 1000 días occidentales en la bendita selva, había realidades, tal vez nuevas, quizás de siempre, que ya no me podía negar de aquí al final de mí desorientada existencia. El infierno verde, el fuego amazónico había limado, corroído, quemado y exfoliado numerosas capas de mi vida. El tiempo occidental se había hecho añicos en mi ser, la intensidad de lo vivido me conllevaba a regresar a tierras occidentales con 60 años en un cuerpo de 30 y pico. 

Años más tarde, ya instalado en plena trinchera de la lucha cotidiana que la Ciudad de los Lobos Blancos exigía, los parpadeos verdes amazónico me seguirían acompañando por siempre; especies de descargas electro-emocionales, picanas de recuerdos tropicales, simplemente cerrar los ojos un instante y sin desearlo volver a ver el mundo verde, sentir la asfixia de mi celda intercultural aprisionarme los pulmones.

Adiós Amazonas, adiós mujer orquídea, adiós hamacas y mosquiteros, adiós locuras del euro en América Latina, adiós genocidio cultural, exterminio de tradiciones aborígenes silenciado por el marketing global, adiós mi mestiza, adiós marquesa wayana, no tengo  tiempo ni para adaptaciones ni para transiciones, menos para despedidas, la voz metálica del autoparlante del aeropuerto anuncia mi vuelo, vuelta a olvidar, vuelta a empezar, cambiar de prisión…vuelta a poner toda mi mercenaria vida en esta mochila andrajosa.

“Pasajeros con destino a Buenos Aires, favor de presentarse en puerta de embarque”.

Buenos Aires, la ciudad de los Lobos Blancos, mi próxima misión, terreno que conozco bien, tal vez demasiado bien para estar cuerdo. Mega celda occidental, jungla de cemento, mucho más poderosa y mucho más sangrienta que la selva amazónica.  Ya había fracasado una vez en mi intento de adaptación, la puerta de salida de emergencia se me había abierto entonces cuando todo indicaba el peor de los desenlaces, y ahora tocaba regresar, como la asignatura pendiente, como la nueva chance de superar, de salir adelante en este inverosímil ecosistema en donde las fieras, además de destruir su propio territorio, comerse entre ellas, se devoran a sí mismas. 

Pensar que había jurado no volver a habitarla. Las fuerzas oscuras del consumo habían resultado demasiado poderosas. Al menos estaba mi hija, mi cachorrita, la vería más seguido.

¿Debía entonces finalmente estar escrito mi regreso a estos pantanos de velocidad, compras e individualismo? ¿Entonces eso de la última parada?, ¿qué?, ¿me van a decir que esto recién comenzaba?

“Pasajeros con destino a Buenos Aires” vuelve a vomitar el altoparlante. Y yo que me pienso, yo que vivo pensando, relacionando relaciones, destino, destino momentáneo,  viajeros, viajes, y nuevamente yo, condenado yo que se pregunta qué cuándo se detendrá de una buena vez por todas esta endemoniada locomotora; este insípido e insoportable desfilar de salas de espera en donde recurso literario aparte, me la paso desesperando ¿Para cuándo la bendita última estación?, ¿o será que estoy condenado a seguir inventándome mis propias celdas de aquí hasta el final de mis días? Por más que sea verdad, eso, de que  nunca se sabe; y yo sí que lo sé, digo, eso de que nunca se sabe para cuándo la última estación.

 Cada uno su cruz; y la mía no es más que la mía, sí; pero bien mía que es. Yo pido, ¿qué pido?,  necesito, nada más ni nada menos, el poder abrazar por un tiempo, una simple y cojonuda sensación. Sí, ni me lo digan, con tanto hambre por ahí, tanta miseria por acá y yo rogando el abrazo de una sensación, ¿de lo más descarado no cierto?, ¡qué se le va a hacer!, ya se los dije antes, cada uno su cruz. Tan sólo desensillar, dejar la mochila andrajosa, guardarla en un armario, o enterrarla o quemar la puta mochila como la hamaca de la joven wayana suicidada; aquella que había elegido su última estación. Lo que sea con tal de sentir que después de una eternidad, esta serie de conchisumadres misiones han finalmente concluido. Quiero arribar,  quiero mi puerto, quiero vivir un instante como si existiera un destino para mis pasos, un mes, un día; lo que dure; pero sentir más no sea por un santiamén que finalmente estoy apoyando un pie, de preferencia el mío, en tierra firme.  

Observo como mi cuerpo, mi carcasa treintañera, queda tirada en algún desierto de la sala de embarque. Asumo y confirmo que ya había muerto en otras guerras anteriores, en otras vidas pasadas, en otras tribus lejanas, en otros karmas que hacen a lo que soy, guerrillero del siglo XXI sin guerrilla.

Presento mi ticket, mi pasaporte, me adentro en la manga aeroportuaria. 

Mejor tirar este manojo de hojas, estas memorias de misión, total ya no me pertenecen, acabo de morir.

Muerto una vez más, de eso parecía tratarse la cosa, mi vida, una sucesión de misiones, reencarnaciones y resurrecciones, algunas veces tocaba negro, otras blanco…pero siempre lobo.  

A be kava (The End)

  

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