Al dador de vida

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¡Oh vosotros señores!
Así somos únicos,
somos mortales y sin repetir,
de cuatro en cuatro nosotros los hombres,
todos habremos de irnos,
todos habremos de morir en la tierra...
Como una pintura
nos iremos borrando.
Como una flor,
nos iremos secando
aquí sobre la tierra.
Como vestidura de plumaje de ave zacuán
de la preciosa ave de cuello de hule,
nos iremos acabando...
Meditadlo, señores.
Aguilas y tigres,
aunque fuerais de jade,
aunque fuerais de oro
también allá iréis,
al lugar de los descarnados.
Tendremos que desaparecer,
nadie habrá de quedar.
 
No en parte alguna puede estar la casa del inventor de sí mismo.
Dios, el señor nuestro, por todas partes es invocado,
por todas partes es también venerado.
Se busca su gloria, su fama en la tierra.
Él es quien inventa las cosas,
él es quien se inventa a sí mismo: Dios.
Por todas partes es también venerado.
Se busca su gloria, su fama en la tierra.
Nadie puede aquí,
nadie puede ser amigo del Dador de la Vida;
sólo es invocado, a su lado, junto a él, se puede vivir en la tierra.
El que lo encuentra tan sólo sabe bien esto: él debe ser invocado.
 
“Oídme, por favor, elevaré mi canto
para dar deleite a Moteuczomatzin...
Tantalilili papapapa achala achala.
¡Sea para bien, sea para bien!
Vengo de Acolhuacan. He llegado acá.
Donde hay columnas de turquesas erguidas,
donde hay columnas de turquesa en fila,
aquí en México, en donde entre aguas negras
se yerguen los blancos sauces,
aquí te merecieron tus abuelos,
aquel Hutzilíhuitl y aquel Acamapichtli:
Ellos te vieron con compasión,
ellos te reconocieron con amor, Moteuczoma,
y mantienes el solio y el trono de ellos.
En donde hay sauces blancos
estás reinando tú, y donde hay blancas cañas,
donde hay blancas juncias,
donde el agua de jade se tiende,
aquí en México reinas.
 
CORO
Tú con preciosos sauces
verdes cual jade y quetzal, engalanas la ciudad:
la niebla se tiende sobre nosotros:
que broten nuevas flores bellas
y estén en vuestras manos entretejidas.
Estás remeciendo en el aire
tu abanico de plumas de quetzal.
La niebla se tiende sobre nosotros:
que broten nuevas flores bellas
y estén en vuestras manos entretejidas.
Flores de luz erguidas abren sus corolas
donde se tiende el musgo acuático, aquí en México,
plácidamente están ensanchándose,
y en medio del musgo y de los matices
está tendida la ciudad de Tenochtitlán,
la extiende y la hace florecer el dios:
tiene sus ojos fijos en sitio como éste,
los tiene fijos en medio del lago.
Columnas de turquesa se hicieron aquí,
en el inmenso lago se hicieron columnas.
Es el dios que sustenta la ciudad,
y lleva en sus brazos a Anáhuac en la inmensa laguna.
Flores preciosas hay en vuestras manos,
con sauces de quetzal habéis rociado la ciudad,
y por todo el cerco, y por todo el día.
El inmenso lago matizáis de colores,
la gran ciudad de Anáhuac matizáis de colores,
oh vosotros nobles.
A ti Moteuczomatzin
os ha creado el que da la vida,
os ha creado el dios en medio de la laguna”.
Nos enloquece el dador de la vida...
Nadie en verdad es tu amigo, ¡oh Dador de la Vida!
Sólo como si entre las flores buscáramos a alguien,
así te buscamos, nosotros que vivimos en la tierra,
mientras estamos a tu lado hasta hastiar tu corazón,
sólo por poco tiempo estaremos junto a ti y a tu lado.
Nos enloquece el Dador de la Vida, nos embriaga aquí.
Nadie puede estar acaso a tu lado. Sólo tú alteras las cosas,
como lo sabe nuestro corazón.
¿Eres tú verdadero?


¿Eres tú verdadero, tienes raíz?
¿Eres verdad?
¿Acaso no lo eres, como dicen?
¡Que nuestros corazones
no tengan tormento!
Todo lo que es verdadero,
(lo que tiene raíz),
dicen que no es verdadero
(que no tiene raíz),
el Dador de la Vida sólo se muestra arbitrario.
iQue nuestros corazones
no tengan tormento!
Porque él es el Dador de la Vida.
Solamente él, el Dador de la Vida.
Vana sabiduría tenía yo,
¿acaso alguien no lo sabía?
¿Acaso alguien no?
Realidades preciosas haces llover,
de ti proviene tu felicidad.
Olorosas flores, flores preciosas,
con ansia yo las deseaba,
vana sabiduría tenía yo...
¡Es un puro jade!
¡Es un puro jade,
un ancho plumaje
tu corazón, tu palabra,
oh padre nuestro!
¡Tú compadeces al hombre,
tú lo ves con piedad!
¡Sólo por un brevísimo instante
está uno junto a ti y a tu lado!
Preciosas cual jade brotan
tus flores, oh por quien todo vive;
cual perfumadas flores se perfeccionan,
cual azules guacamayas abren sus corolas...
¡Sólo por un brevísimo instante
estamos junto a ti y a tu lado!
Comienzo a cantar...
Comienzo a cantar:
elevo a la altura
el canto de aquél por quien todo vive.
Canto festivo ha llegado:
viene a alcanzar
al Sumo Arbitro:
oh príncipes,
tómense en préstamo
valiosas flores.
Ya las renueva:
¿cómo lo haré?
Con sus ramos
adórneme yo,
yo lloraré:
soy desdichado
por eso lloro.
Breve instante a tu lado,
oh por quien todo vive:
verdaderamente
tú marcas el destino al hombre
¿puede haber quién se sienta
sin dicha en la tierra?
Con variadas flores engalanado
está enhiesto tu tambor,
oh por quien todo vive,
con flores, con frescuras
te dan placer los príncipes:
Un breve instante en esta forma
es la mansión de las flores del canto.
Las bellas flores del maíz tostado
están abriendo allí sus corolas:
hace estrépito, gorjea
el pájaro sonaja de quetzal,
del que hace vivir todo:
flores de oro están abriendo su corola.
Con colores de ave dorada,
de rojinegra y de roja luciente
matizas tú tus cantos:
con plumas de quetzal ennobleces
a tus amigos Águilas y Tigres:
los haces valerosos.
¿Quién la piedad ha de alcanzar arriba
en donde se hace uno noble,
donde se logra gloria?
A tus amigos, Águilas y Tigres:
los haces valerosos.

Tú, ave azul...
Tú, ave azul, tú lúcida guacamaya
andas volando:
Arbitro Sumo por quien todo vive:
tú te estremeces, tú te explayas aquí
de mi casa plena, de mi morada plena,
el sitio es aquí.
Con tu piedad y con tu gracia
puede vivirse, oh autor de vida, en la tierra:
tú te estremeces, tú te explayas aquí:
de mi casa plena, de mi morada plena el sido es aquí”.
 

 
 
ĉ
Juan José Cesin Vargas,
2 nov. 2009 16:59
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