Timerman: periodistas vs. periodismo

 
 
 

Por Patricio Erb

 

Una dialéctica silenciosa camina por los pasillos de las redacciones: periodistas versus periodismo, ¿son los periodistas parte del periodismo? A diez años de su muerte, la figura de Jacobo Timerman permite analizar la cuestión que, cada día con más fuerza, se presenta en el universo de los medios de comunicación. “Si nadie entre mucha gente a la que ayudó en el curso de los años, nadie entre los numerosos socios con que contó, ni nadie entre los miembros de su personal se siente movido a decir algo en su favor, me siento entonces moralmente obligado a hacerlo yo”[1], escribió el director del Buenos Aires Herald, Robert Cox, sobre la desaparición de Jacobo Timerman en plena dictadura militar.

 

Ni Clarín ni La Nación ni La Prensa, los tres diarios más reconocidos institucionalmente en los setentas, denunciaron la desaparición del director del diario La Opinión. ¿Pero Timerman no era parte del periodismo? Para el establishment de los medios de comunicación, Timerman sólo era un periodista que pretendía formar parte del poder del periodismo, pero no tenía los códigos necesarios para pertenecer. “Jacobo tenía una actitud muy crítica con los diarios. Hasta que llegó él los diarios ignoraban a los demás diarios. Jacobo empieza a criticar a los diarios y a desmentirlos. Esto creó mucho odio interno, porque expuso a los diarios. Se tuvieron que empezar a cuidar. El contenido de la crítica era riguroso, no mentía”, señaló Joaquín Morales Solá, entonces columnista político de Clarín, en diálogo con Graciela Mochkofsky[2]. 

 

En los sesentas, Timerman había creado en Primera Plana (“la Times argentina”) la sección Medios, algo inédito en el país. Su mirada crítica sobre las miserias del periodismo le impedía su ingreso al poder mediático. No importaba que más tarde creara La Opinión -el diario literariamente más moderno por aquel entonces-, Timerman no lograba conseguir el reconocimiento de los demás propietarios de los medios de comunicación. El que mejor definió esta imposibilidad fue Máximo Gainza, dueño del diario La Prensa, quien explicó que los principales editores “despreciaban a Timerman por parvenue (advenedizo) y, a la vez, lo envidiaban porque siempre había tenido un acceso a los funcionarios en el poder que ellos no habían tenido”[3].

 

Aunque había fundado revistas, diarios y su propia editorial; tenía accesos a las altas esferas del poder político y había pactado con distintos gobiernos (democráticos y militares) –lo que lo convertía en un gran candidato para conseguir la membresía necesaria para formar parte del establishment del periodismo-, Timerman no era aceptado por el poder de los medios de comunicación. Es que el creador del semanario Confirmado, a su vez, se negaba a abandonar su pasión por ser periodista. Posteriormente, esa postura que mantenía con orgullo, de alguna u otra manera, llevó a los propietarios de la prensa gráfica a justificar los tormentos que Timerman sufrió durante sus dos años y medio de cautiverio.

 

Pese a su reconocido mal carácter y su obsesión por ingresar al mundo del poder de los medios de comunicación, Timerman siempre se reservó un lugar junto a los periodistas. Quería a los mejores trabajando en sus redacciones. Para ello era consciente que debía pagar buenos salarios. Buscaba a los jóvenes más distinguidos. Seguía los pasos de Natalio Botana, creador del diario que supo juntar a Jorge Luis Borges con Roberto Arlt. Introdujo la firma de los redactores como forma de reconocimiento. Todo ello -el odio del establishment del periodismo sumado al fundamentalismo racional de la dictadura- provocó que su cautiverio terminara con su exilio obligado.

 

Con la llegada de la democracia, la racionalidad de los dueños del periodismo avanzó sobre los periodistas. Mientras los medios de comunicación crecieron económicamente (a costas del Estado), los trabajadores de prensa perdieron reconocimiento social. Al tiempo que los editores reciben jugosos bonos a fin de año por su fidelidad empresarial, los redactores ven empeorar sus condiciones laborales por las políticas de precarización laboral -que amablemente aceptan las líneas editoriales-. Pero lo más significativo es cómo el periodismo, en desmedro del periodista, arremetió sobre la rigurosidad de la información. La obscenidad se convirtió en instrumento para defender intereses particulares, tanto políticos como económicos. En esta dialéctica periodistas versus periodismo no es posible ubicar claramente de un lado a Jacobo Timerman. Sin embargo, sí se puede decir que la contradicción interna que él mismo sufrió durante su vida, aún en silencio, está más presente que nunca entre nosotros.

 

 

 

[1] De la excelente biografía Timerman. El periodista que quiso ser parte del poder, de Graciela Mochkofsky. Editorial Sudamericana. Buenos Aires, 2003.

[2] Ídem.

[3] Ídem.

 
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