Todo por una nariz

 
 
  
Nathan Englander y la identidad judeo-argentina en la época de la Dictadura
  
Por Alejandro Soifer

A esta altura, es claro que lo más perturbador de Michael Jackson no fueron sus escandaletes sino su radical cambio de piel, pero en especial, sus evidentes operaciones de nariz que lo convirtieron en algo cercano a un alien o un pescado. Los negros, así como los judíos, suelen cargar con el estigma, en parte físicamente visible, en parte creación racista, de su nariz como marca identitaria. El cambio de nariz de Michael Jackson coronó esa mudanza de piel que lo convirtió en la estrella solista blanca del pop más grande desde Elvis.
En 1862 Iván Turgueniev publicó Padres e hijos. Las tensiones generacionales estaban expuestas con crudeza en una novela típicamente rusa con largos soliloquios reflexivos en los que, las diferencias entre un joven estudiante y revolucionario nihilista chocaban con el carácter más plácido y de provincias de un viudo y su hijo. Dos generaciones en pugna y el trasfondo social de un tiempo revuelto, en los albores de la Revolución y el fin del zarismo, ¿Qué tienen que ver Michael Jackson e Iván Turgueniev con Nathan Englander? Englander nació en Long Island, Nueva York en el seno de una familia judía jasídica. El jasidismo es una rama del judaísmo ortodoxo con origen en Polonia y asiento profundo en las comunidades de Europa del Este. Son conocidos por tener una interpretación del judaísmo basada en la alegría y ciertos ritos bastante rigurosos. Entonces, ¿qué tiene que ver un escritor estadounidense criado bajo esta impronta con el Buenos Aires de 1976?

Ministerio de casos especiales, la primera y única novela de Englander a la fecha, narra las peripecias de una familia judía porteña en los primeros momentos del golpe de Estado del '76. Pero en el prejuicio que surge necesariamente de esta descripción, subyace una historia que apela a lo más profundo de nuestra identidad. En un primer contacto con el relato, es imposible no sentir que hay algo tramposo en un extranjero hablando de la identidad argentina porque es justo en ese punto que la novela tiene su eje: la identidad. 
 
Kadish Poznan vive con su mujer Liliana y su hijo Pato. Los tres judíos, los tres porteños, soportan el desprecio y la segregación de su colectividad. Kadish es hijo de una prostituta de la Zwi Migdal y para peor, se dedica a borrar con cincel y pico los nombres de otros judíos pertenecientes a esa Sociedad de Socorros Mutuos de la década de los '20, inscriptos en las lápidas del anexo destinado a los impuros en el cementerio judío. Rufianes, caftanes, putas, todos esos nombres caen por sus oficios para preservar la integridad moral de los hijos y familiares reconvertidos en respetables judíos de la Argentina de la década de los '70. Borrar los nombres de los padres es un primer movimiento en la desintegración de la identidad y tiene su contraparte en el borramiento de los hijos que impuso la Dictadura Militar que se presenta a partir de la segunda mitad de la novela.

Como si hubiera vergüenzas lo suficiente dolorosas que merecieran ser eliminadas en la búsqueda de una nueva vida, la identidad judía de los Poznan también es puesta en cuestión: cirujías estéticas de nariz les cambian la fisionomía “judía” a Kadish y Liliana pero el hijo escapa del cercenamiento. La búsqueda de hacerse más respetable a nivel social se expande y el blanqueamiento se manifiesta en los militares pintando con cal los árboles, las lápidas que quedan blancas de impuerzas, las rinoscopías que vuelven bellos a los Poznan, los libros “subversivos” que se queman en una bañera y como punto final del borramiento de la identidad, el secuestro de los hijos. La idea de generar una nueva identidad nacional que ya no sea vergonzosa, que ya no sea marxista ni subversiva, ni judía. Una nación católica, derecha y humana.

El judaísmo de los Ponzan que se lleva en la nariz desaparece con la rinoscopía, menos la del hijo que se niega a perder la identidad. No es Michael Jackson negando su negritud con su propia cirujía defiguradora de nariz, sino los padres negando a sus hijos y negándoles su herencia. Esa nariz mirada en el espejo, reconocida como propia, parte de una identidad, será el reflejo del hijo que no está y cuando siguiendo el ritual judío para el luto el padre que ya perdió las esperanzas de encontrar con vida a su hijo, que sabe que es responsable de haberlo matado aunque sea poéticamente, tape el espejo y la madre que se niega a aceptar que “Desaparecido” significa “Muerto” vaya a ese mismo espejo, dejará la sábana sólo para no volver a ver cómo con su operación plástica negó y mató también a su hijo.

Iniciado el golpe y con su hijo desaparecido, Kadish dirá: “No vamos a caer en la ruina, mi negocio está despegando” (p.250). No parece una cita al azar así como no parece haber un sólo cabo suelto en la prosa y la construcción de Englander. El significado exacto en el lugar exacto habla todo el tiempo de la identidad, como borrarla, como construirla de nuevo. Kadish, el que se encarga de hacer desaparecer los pasados, reflexiona ingenuamente pero escondiendo la verdad: con el golpe mucha gente va a necesitar que borren su identidad para escapar si es que no se la borran antes.

Es entonces cuando el narrador logra asir el sentido de la identidad argentina como proceso en gran medida de los hechos recientes que vivimos: “Si bien este gobierno hacía lo que hacen los gobiernos (adueñarse del presente, ofrecer visiones del futuro), también se entrometía en el pasado para cambiar lo que era, para negar lo que había sido. Y ese fue el gran triunfo de la junta militar: reconocer que para controlarlo todo hay que ir hacia atrás con el mismo fervor con que se va hacia adelante (al infinito se llega por lo dos caminos).” (p.340)

Un extranjero hablando de nuestra identidad y la incomodidad que eso genera, lleno de momentos en los que pareciera que hay un excesivo énfasis en los detalles para identificar Buenos Aires y verlo como una falla del narrador puede ser un error. Si hay un énfasis en los detalles (como si en el Martín Fierro se describiera la Pampa, como si en el Corán se incluyeran camellos) es porque los detalles definen la identidad y por lo general, son los que más escapan a los que pertenecen. La mirada lúcida de alguien que no nació acá y que ni siquiera conocía la Argentina cuando escribía la novela, genera nuevos huecos donde filtrar una mirada y reconocer la terrible metáfora que escapa al sentido común: una ciudad que se edifició de espaldas al río nunca podría haber llegado a ver cómo los cuerpos caían de los aviones al agua.

El enfrentamiento entre Padres e Hijos que planteaba Turguieniev como una perturbación moral de su tiempo quedaba en su relato como discusión en mesa de domingo. En la novela de Englander las diferencias generacionales se dirimen con la crudeza de nuestra historia reciente. Los laberintos cínicos que toman los acontecimientos son vericuetos plausibles en el juego de suplantaciones de identidad, como por ejemplo un habeas corpus por el hijo desaparecido que por una mezcla de sadismo o impericia de la burocracia termina generando la aparición de otra hija, otra identidad. Puede ser visto también, entonces, como parte del intento de reescritura de la identidad nacional del Proceso dedicado al intercambio de hijos y también, claro la apropiación de bebés.

Como la fantasía que tienen los padres del hijo desaparecido en la novela suponen que una vez que él vuelva podrán empezar una vida nueva. Es la fantasía de reconstruir una identidad que en esos tiempos se jugaba en formas tan estrictas y sutiles como la necesidad de tener siempre en el bolsillo un documento de identidad. La fantasía totalitaria del Estado que decidía quien merecía una identidad y quién no o quien merecía una nueva es la fantasía del blanqueo que uniformiza, la quita de lo propio de cada uno, es el cambio de piel, la cirujía des-judaizante y la cal en los árboles. Esa obsesión higienista que también se puede rastrear en los discursos del Proceso no está sin embargo explícita en la novela donde el Poder se manifiesta sólo en pequeños burócratas y policías de poca monta, los escalafones más bajos del sistema. Ese parece ser otro acierto de la novela: no caer en el retrato esperable sino huir por el camino de la metáfora como síntesis y condensación.

Pero también como relato de la desesperación por las desapariciones, por el clima de época, por el silencio y por los que se acomodan a las situaciones con tal de salvar su propio pellejo.  El jerarca de la comunidad judía respetable en la novela se limita a pegar de una pared en su oficina la lista de los judíos desaparecidos como toda acción de resistencia y recuerda a la pasividad con la que el judaísmo recibe los golpes a lo largo de la historia. Kadish se queja, si el judaísmo desterrado de la Zwi Migdal hubiera prevalecido nada de eso estaría pasando: entre mafiosos se entenderían.

Un sacerdote castrense reflexiona con bastante malicia que los judíos porteños siempre se metieron demasiado en el medio del poder y que desperdiciaron su posibilidad de fundar una nueva Jerusalén en las colonias de Entre Ríos. La molestia del judaísmo como mosca en la sopa de la nueva identidad nacional que el Proceso estaba construyendo.

Cuando el padre acepta que su hijo no va a volver enloquece: necesita un cuerpo para enterrar y las vueltas de la trama terminan llevando a un último desafío a la integridad identitaria y a enterrar el cadáver del padre del enemigo. El Proceso triunfa porque modifica el pasado, el presente y el futuro. El panorama es desolador.
 
Nathan Englander escribió una novela sobre nuestra identidad y su interpelación es oportuna en tiempos en los que vemos como se reactualizan los discursos de los reaccionarios y revanchistas de los tímidos pasos hacia la Justicia y la Verdad que se han dado en los últimos años. En ese discurso abominable de la “revancha setentista en el poder” lo que se pierde es la legítima lucha por darle un significado a nuestra historia reciente y restituir identidades perdidas.

El enfrentamiento entre Padres e Hijos es arcaíco y fundacional: así lo describió Freud en Tótem y Tabú con los hijos matando al padre para poder crear sociedad. La Argentina invirtió los roles: los padres matando a sus hijos. Los padres matando su pasado, su presente y su futuro. Quizás por eso sea que nuestro caso genera tanto desconcierto en todo el mundo. Lo suficiente como para que un judío neoyorquino escriba una muy buena novela extranjera sobre nuestra identidad.