Tras la compostela de la vida


Camino de Santiago - Abril del 2003

 

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I)   PREPARATIVOS

Cuando yo era niña, y extrañamente coincidían una salida familiar con una noche estrellada, mi madre acostumbraba decirnos algo sobre las estrellas, no mucho, pero lo suficiente como para que aprendiéramos tempranamente en la vida, a reconocer Las Tres Marías, La Cruz del Sur y la Vía Láctea. Pero nunca decía ella la Vía Láctea, sino que hablaba del Camino de Santiago. Cuanto yo más preguntaba, menos claro me quedaba la relación entre las estrellas y Santiago. Para mí las estrellas eran un misterio y Santiago no pasaba de ser la capital de mi país. Intuía entonces, sin embargo, que en algún tiempo y en algún lugar en el mundo, ese montoncito de estrellas, tan junto y tan visible en una noche estrellada, habían servido de guía a alguien, o más de alguien.

Pasaron muchos años y a raíz de una especial devoción mía por conocer los templos españoles, me encontré con que muchas personas hablaban con admiración de la catedral de Santiago. No sé con exactitud, cómo, ni cuándo , pero por diversos motivos me empezó a “resonar” Santiago de Compostela, empezó a gestarse en mí unas especiales ganas de conocerlo, quizás por la catedral, por ser inspiración de Pedro de Valdivia al fundar nuestra capital, por estar en Galicia, no lo sé.

Tal vez fue el año 2000, cuando una de mis pacientes favoritas, Elena, me regaló para navidad una caja de bombones, preciosa caja, que aún conservo, de color plata, y con un delicado repujado con la silueta de la catedral de Santiago de Compostela. En ese momento, con la caja en la mano, tuve la certeza de que más temprano que tarde, llegaría el día en que yo contemplaría de cerca ese templo que me parecía una fantasía.

Así fue como, cuando se sucedieron nuestras visitas a España, y Javier, mi esposo, me preguntaba qué me gustaría visitar, yo respondía indefectiblemente: Santiago de Compostela. Lo cierto, es que cada viaje tuvo su afán, y nunca hubo el tiempo suficiente, ni la prioridad, para que el sueño se concretara.

Pasó el tiempo y un buen día, llega a casa nuestro amigo Roberto, más delgado y más contento que nunca. Hasta me atrevería a decir, que a su inusitada alegría se le sumaba un especial brillo en los ojos. Al preguntarle que le ocurría, no dudó en explayarse en su reciente experiencia.

Había ido a España por 16 días, para ocuparlos en forma íntegra en CAMINAR el camino de Santiago. Más de 300 kms. en 15 días. Yo lo escuchaba en una mezcla de ensoñación, emoción y no poca admiración. Roberto, pensaba, es mayor que yo, nunca he sabido que sea un gran deportista…por otra parte ¿Cómo se puede ir a España y no solo con un propósito único, sino que además caminando? La verdad es que seguía pareciéndome una misteriosa locura.

Luego, me llegaron sus escritos, una larga y cuidadosa descripción de los pueblos por donde había pasado, las huellas celtas, el arte, los castillos, la gente, los peregrinos…también sus temores y reflexiones.

Definitivamente, esta parecía una experiencia muy particular. Claro que para mí lejana, inalcanzable, prácticamente irrealizable porque 15 días ¡15 días! Simplemente es casi el total de unas vacaciones, de esas que a mí, me fascina multiplicar disfrutando de múltiples lugares. Seguramente en el próximo viaje a España, yo tomaría un tren y visitaría Santiago, claro que con un poco de suerte y quizás con un rapto de coquetería y de conquista conseguiría que mi maridito me llevara en auto.

No pasaron más de 6 meses y surgió el próximo viaje. De razones poco gratas por la enfermedad de Bernardo, el papá de Javier, pero ahí estaba yo de nuevo frente al calendario, mirando como repartiría esos 30 días de vacaciones. Esta vez, no tuve dudas, y haciendo alarde de lo aprendido de Javier, incansable buscador en Internet, me adentré en la red y revisé por muchas horas y muchas noches, las múltiples páginas del camino y los amigos del camino. Me cercioré de que incluso con pocos días, podía hacer una parte del camino, al menos para hacerme la idea de que iba. Hablé y pregunté dudas a Roberto y acto seguido simplemente lo decidí. Salvo motivos de fuerza mayor iría a Santiago de Compostela, caminando por cinco días, esta vez ni en tren, ni en auto, simplemente iría como peregrina y… sola.

En ese mismo momento, decidí también guardar el auto y empezar a caminar.

Como mi pueblo es pequeño y yo acostumbro trabajar todo el día, la verdad es que mis caminatas parecían entrenamiento para niños de pecho, 3 minutos de la casa al trabajo, 6 minutos de la casa a la consulta…solo luego de mucho esfuerzo lograba a traves de rodeos llegar a caminar hasta 20 minutos sin parar. Así fue como aprendí a llegar a la casa o al trabajo por el camino más largo, y ojalá cada día con un camino más largo que el anterior.

Me tomé varios días en elegir un par de zapatos adecuados, cosa inusitada en mí, porque en otro momento me habría comprado los de la primera tienda visitada.

Nunca tuve dudas de querer hacer el camino sola. Una de las dificultades que he encontrado en la vida, es precisamente, estar sola, aprender a estar sola y meditar o simplemente estar, figura como un desafío permanente y de los más grandes. Precisamente por eso, y por una profunda necesidad de soledad, de encuentro conmigo misma y con Dios, me parecía una oportunidad valiosísima el ponerme en camino y en solitario.

Dejar el camino, para el cuasi final de las vacaciones me venía como anillo al dedo, porque así aprovecharía de prepararme y hacer una real práctica en el caminar.

Mi estado de ánimo de esos días quedó sellado en las siguientes líneas

ESPAÑA

 

Tantas veces llegué a ti

en búsqueda de sol

sol en Murcia, en Mojácar

en Sevilla o en Córdova

en Madrid o en Valencia.

 

Hoy vengo a tí en

búsqueda de sol interior.

 

De silencio, oración

y sol interior.

Hay guerra en Irak

invaden Irak en nombre de la paz.

 

Matan niños

en nombre de la paz mundial.

 

Hoy vengo en búsqueda

de silencio, de oración

de encuentro con mi presente

y futuro.

 

También en búsqueda

de encuentro y reconciliación

con mi historia,

mis aciertos y desaciertos

esa historia de amor

y también de dolor.

 

Hoy vengo en búsqueda

de sol interior.

 

Así fue como inicié un estupendo período de caminatas. Abril es una época del año de particular belleza. Como yo soy “una alondra”, en el sentido de despertarme con el amanecer, aproveché cada mañana “para caminar”. Me deleité con los amaneceres en el norte de Inglaterra donde pasé unos días de ensueño y caminé más que nunca...

Comenzaré el nuevo día con ahínco, con energía.

Disfrutaré de este amanecer luminoso.

Iré a la colina y buscaré armonía.

Iré a la colina y buscaré la luz.

 

Quiero que nazcan en mí,

la quietud, la búsqueda.

la sabiduría interior.

Quiero que amanezca mi yo interior,

darle cabida a mi propia persona.

 

Que emerja por fin,

sin dobleces ni trabas,

sin frenos infinitos.

Quiero que amanezca en mí

y el día fluya.

Que mi vida sea fluir como el cauce de un río.

Así, simplemente,

como el cauce del río

que se desplaza en armonía permanente,

sin tregua,

así simplemente

avanzando, minuto a minuto.

 

Quiero emerger

 y que por fin amanezca.

 

Disfruté de cada escalera que se me ponía delante y estuve feliz cada vez que podía hacer largas caminatas.

Sentí que había iniciado mi camino de peregrina.

Peregrina, por ocuparme por una vez en la vida, de lo que yo quiero hacer y no ir indicándole a otros lo que tienen que hacer.

Peregrina, por ir con una mochila al hombro,

mochila que no es más que el peso que me dan los sinsabores vividos,

la experiencia, los dolores.

Peregrina porque voy en viaje. En un viaje iniciado hace casi un mes, pero que no tiene un único destino.

La primera escala se llama Santiago de Compostela.

Pero la verdad es que este peregrinar ha comenzado con una sola gran meta: APRENDER A CONOCERME,

Saber a qué he venido, conocer mi misión, aceptar mis limitaciones y restricciones. Cómo, finalmente, prepararme para una despedida de esta tierra más feliz.

Hacer la mochila fue todo un desafío, entre otras cosas porque no estaba dispuesta a cargar con un peso exagerado, y como soy bastante pequeña de porte, sabía que para mí más de 5 kilos, ya constituían un exceso. Cuando viajo y supongo que cualquier mujer de este siglo lo hace, el cosmetiquero (para llevar los cosméticos) es uno de los artículos principales, bueno… esta vez no era esencial. Los libros son mis fieles compañeros…, esta vez, solo tomé un libro de bolsillo de meditación y por cierto la Guía del camino. Mudas de ropa, por si me mojaba mucho, calcetines de treking, (de esos que cuestan una fortuna) y ya está. No necesitaba nada más, a excepción de algo de fruta y chocolates. Había mirado por muchos días unos sacos de dormir preciosos y pequeños, de esos que pesan una nimiedad, ¡pero eran tan caros! Mi decisión final fue simplemente que el saco más liviano era no llevar saco. Total, me dije, Dios proveerá y en esta época del año, después de Semana Santa, habría menos peregrinos y de seguro alguien me convidaría una frazada. En resumen, mi mochila estuvo lista pesando menos de 5 kilos. Estaba yo lista habiendo pedido la mayor parte de las cosas que llevaba, María, hermana de Javier me prestó su bordón de peregrino (bastón alto que ayuda a caminar), un pequeño bolsito para llevar el dinero, el agua y la Guía esencial del camino. Y, algo fundamental: la capa de agua. Merchán, hermana mayor de Javier me prestó la mochila. Lo que yo compré para el camino fue simplemente los zapatos, y 4 pares de calcetines de esos “Coolmax”, que dicho sea de paso, me habían costado lo mismo que el par de zapatos adquirido en Chile.

Cuando recién el viaje estaba en el pensamiento, Roberto me había sugerido algunos lugares de donde partir, y en uno de sus correos me dice algo así como “de todas maneras no recibirás la Compostela, porque para eso debes hacer más de 100 Km. y tienes poco tiempo”. Bueno, sus palabras me tocaron de manera especial. Para mí, con un cierto espíritu de ganadora en la vida, es un poco difícil quedarme en el lado de quienes no cumplen metas, así me parecía.

Recibir una Compostela, no es que fuera de tanto valor, pero bueno, es de algún modo un recuerdo y también un reconocimiento de una pequeña meta. Tal vez por eso, cuando fui a buscar mi credencial de peregrino no dudé ni un segundo en que partiría desde Sarria, de tal modo de hacer 111 Km.

Un día antes de partir pensaba:

Tengo la extraña sensación de no haber ido nunca sola por un camino desconocido. Siempre he tomado todo tipo de precauciones, mapas, diseños, dibujos, indicaciones escritas. Siempre ha habido otro que me indique por dónde seguir, dónde avanzar, qué huella tomar. Me parece que siempre he dado autoridad a otro para de algún modo dirigir mis pasos, o más bien, me ha costado creer en mí, lo suficiente como para validar mis intuiciones, capacidad de búsqueda, olfato, etc. Siempre he buscado ir por rutas conocidas, puentes seguros, decisiones certeras. La incertidumbre y el desafío pocas veces han sido mis compañeros en la vida.

Hoy he elegido este camino porque busco silencio, busco llenarme de energía, del amor que llamó a los miles de peregrinos que cruzaron esta senda hace cientos de años. Busco silencio, soledad, oración, de algún modo también iluminación. Quiero encontrarme conmigo misma y permitirme fluir en la vida. Permitirme ser y estar. Caminar en la sencillez y el anonimato, caminar desde mi esencia, sin títulos especiales, ropas ni adornos que me distraigan. Sin pretensiones de agradar, conquistar ni deslumbrar a nadie más que a mí misma.

Voy al camino ligera de equipaje, a disfrutar cada planta silvestre, cada gota de lluvia, viento y rayo de sol que se me cruce.

Voy al camino libre, sin ataduras de personas, apariencias ni pesares.

Voy al camino en una fuente de fluidez, sencillez, alegría y apertura…

Cuando llegó el momento de partir, sin saber cómo, me vi envuelta en un mar de miedos. ¿y que tal si me pierdo? ¿y que tal si me fallan las rodillas?¿o si tengo un esguince?

 Miré el clima y se avecinaban lluvias y tormentas. En realidad no tenía contemplado que lloviera, o pasar frío.

Probablemente mi principal miedo era perderme, que no encontrara las señales. O pasarme muchas horas buscando el lugar donde timbrar la credencial de peregrino. Y por último un escondido temor a no conseguir mi objetivo que era llegar a Santiago caminando. Por ejemplo, tener que tomar un tren o un autobús, solo eso me olía a “profundo fracaso”.

 

II)        EL CAMINO 

Ha llegado el día y voy camino a Sarria, en tren. Con entusiasmo, decisión, muchos deseos, y siguiendo los pasos de miles de peregrinos me dispongo a caminar.

Para muchos peregrinos Sarria es de la últimas estaciones antes de llegar a Santiago, para mí sería la primera.

Sarria duerme, en sus callecitas angostas y húmedas hay silencio, aparecen gallos, pájaros, uno que otro auto. Hay una iglesia románica que me parece abandonada.

Luego de un par de vueltas indecisas, encuentro la buscada Protección civil, donde me han dicho que me timbrarán la credencial. El recinto está cerrado y me instalo a esperar. Esperar, escribir, mirar.

Las 7 campanadas nos recuerdan a mí y al pueblo la vigencia y vitalidad de la iglesia a pesar de los años.

Y en este esperar aparece alguien que luce como yo: mochila al hombro, bordón y vieria (concha jacobea, símbolo de peregrinación)… es el primer peregrino que veo y le saludo alegremente…, es francés y no entiende castellano…seguimos hablando en inglés. Me explica que puedo timbrar mi credencial en el albergue y que sólo tengo que seguir las “flechas amarillas”, “yellow arrows” dice en un cuidadoso inglés afrancesado.

Así lo hice y en menos de 10 minutos estaba definitivamente empezando el Camino, con un amanecer precioso y con cientos de pájaros que saludaban la mañana.

Yo había pensado hasta ese momento, que este camino lo haría sola, que hablaría lo menos posible, ojalá nada. Para mi sorpresa el empezarlo necesitando de ayuda, generó en mí una especial necesidad de ir con los ojos abiertos por si podía ayudar a alguien.

Sarria quedó atrás y atravesé un río, un bosque, otro bosque. Cada tanto aparecía un peregrino o dos o muchos, con todos, el santo y seña es: “Buen camino”. Al cabo de 2 horas paré para un desayuno, una estupenda casa de turismo rural, de esas de las que no dan ganas de moverse, por lo acogedoras, calentitas y bien diseñadas, con un exquisito gusto por lo antiguo, lo rústico y tradicional…

Después de un desayuno reparador seguí con mi entretención favorita: Caminar.

Pensaba que hacía siglos o quizás desde hace muchísimos años que no caminaba tanto. La idea inicial de este primer día era llegar a Portomarín que figuraba en mi guía como un buen lugar de estadía. Al menos esas eran mis intenciones. Desfilaron ante mí, los pequeños pueblos de Galicia, esos pueblos de una calle o quizás dos, con olor a establo, con muchos perros, con huertos incipientes de primavera, con esos preciosos cercos de piedras, unos con piedras pequeñas apiladas, otros de piedras gigantes, como láminas empinadas y desafiantes. Pueblos con gente sencilla, casi como los de mi propio pueblo en Chiloé, semejantes en el porte, la mirada y quien sabe si también en los apellidos…

Siento una especial alegría por el hecho de saber que voy recorriendo Galicia. Desde niña pensé que alguna vez la visitaría, recuerdo a Julio Iglesias cantando “Un Canto a Galicia” y yo con una convicción meridiana de que algún día la visitaría.

Y ahora estaban ante mis ojos, los campos gallegos, verdes, con sus casonas, algunas viejas, otras blancas, sin duda todas de piedra. Me deleito mirando el paisaje y no deja de sorprenderme las similitudes con mi tierra. También hay espinillos. Casi podría adivinar que fueron los gallegos quienes los llevaron al sur de Chile. Lo que nunca pensaron fue que allí se propagaría como mala yerba. Los espinillos en Chiloé constituyen una verdadera plaga, cierto que hermosean el paisaje y mejoran la nutrición de la tierra, pero cuesta tantísimo sacarlos después. De seguro quienes lo trajeron a Chile nunca se imaginaron que aquí no existía un insecto-vector que se come las semillas y que si existe en España y Alemania. Lo cierto es que en cuanto a paisajes se refiere son evidentemente muy parecidos. También el verde de Galicia me recuerda un poco el verde de Yorkshire, un poco, porque aquél es casi una alfombra verde e incomparable, digo yo que llevo desde la adolescencia la anglofilia conmigo.

Me pasaba, en ese primer día y en los que siguieron que el trecho más duro me parecía el comienzo, por una parte en los primeros 30 o quizás 45 minutos de caminar sentía mis pies, mi talón de Aquiles derecho, los dedos…sorprendentemente para mí, también los dedos los sentía. Luego el caminar pasa a ser algo natural, tan incorporado al quehacer del día que casi no se siente, excepto claro, cuando toca una subida muy pronunciada o cuando ya el cansancio aparece definitivamente. Pero el cansancio real, en mí al menos no aparecía hasta luego de caminar muchas horas, digo muchas, más de seis.

Una de las primeras sorpresas fue encontrarme con estas señalizaciones antiguas, mojones ( en mi tierra mojones corresponde a otra cosa), que dicen la cantidad de kilómetros. que quedan a Santiago, claro que es curioso porque encontraba una que marcaba 100 y luego de andar casi una hora la siguiente dice 114, en fin, la primera vez me pareció desalentador, luego, simplemente asumí que es como en la vida misma, nada es exacto y está bien recordarlo, más vale no fiarse de todo lo que vemos.

El camino inicial a veces es de asfalto, otras de tierra, en general es una ruta fácil, pero llena de subidas y bajadas que terminan por impedirle a una calcular cuanto tiempo va a tomar realizar una determinada trayectoria.

Como yo soy “calculadora” por esencia, pensé al comienzo que esto era tan fácil como decir, en general camino 5-6 Km. por hora es decir en 5 horas tengo listo el trabajo del día…Tengo que reconocer, que nunca fue así. Los trayectos resultaron las más de las veces más largos de lo previsto, y cada día tenía entretenciones distintas, me dejé subyugar por el paisaje, el olor de los bosques, la vista de casas, plantas medicinales o simplemente a veces me paraba para “estar” en el camino.

Sentí una especial alegría al encontrarme con bosques de robles, pinos, incluso de eucaliptos. En especial aquellos bosques que están cercanos a ríos me trajeron un mar de quietud, naturaleza y vida.

Llegar a Portomarín fue muy agradable. Finalmente entramos al pueblo con una peregrina argentina que llevaba muchos años en Ibiza.

Portomarín, es un lugar de paso, romano, se llega a él atravesando un embalse que le da vida y encanto a la ciudad. Para mí llegar alrededor del mediodía fue un gran impulso para pensar en seguir caminando. Claro, que cada vez que preguntaba aparecía alguien recomendando que permaneciera en el lugar. Que no había un buen albergue cercano, etc. Justamente allí me encontré con una delegación de españoles, me pareció un curso completo con su profesor jefe, nunca les ví guardar ni el más mínimo silencio, todavía dudo de si alguna vez escucharon el canto de los pájaros porque a cada segundo surgía un canto, una conversación en voz fuerte, o un grito colectivo. Desafiante y también huyendo un poco del albergue de Portomarín, por lo bullicioso y grande, emprendí rumbo hacia no sabía donde.

Después de un almuerzo frugal y una minidosis de Internet para no perder el nexo con Javier me decidí a seguir avanzando. Un paseo a paso lento por el pueblo, para registrar en el disco duro la iglesia de San Nicolás que data del siglo XIII.

Siento que avanzo con la fuerza del guerrero y la tentación propia de quien inicia una tarea con mucho ahínco.

Hay sol, el mismo sol que siempre me encanta cuando me da en la cara, hoy me parece un amigo no deseado, siento el calor al caminar, y el camino que inicialmente me pareció tan fácil de seguir, en un par de ocasiones se me ha perdido. Me faltaron las flechas, ante la duda decido volver y cerciorarme de que voy por la ruta correcta. Afortunadamente son sólo mis dudas y al caer la tarde estoy llegando a Gonzar.

Se me acaba el primer día, y en especial el final me ha parecido agotador, quizás lo más agotador resulta ser la incertidumbre de no saber en ocasiones si voy por un buen camino o no. Mis pies se han portado de maravilla y me sorprende que también lo han hecho mis rodillas. Estoy contenta por el día, por la tarde de sol.

Gonzar es sólo una pequeña aldea, típica por sus casas de piedra, olor a establo. Tiene una linda capilla dedicada a Santa María, que solo logro verla por fuera. Dicen en el pueblo que solo se abre de tarde en tarde, para algún velorio o un bautismo.

Como finalmente he decidido viajar sin saco de dormir, mi tarea número uno al llegar al albergue es encontrar a quien lo cuida, para conseguirme una frazada. Tarea que no me resulta difícil. María Elisa cuida el albergue desde hace muchos años, también es la dueña de la posada más próxima: “Café bar El Gallego”. Gentilmente me proporciona no sólo el abrigo que necesito, sino, además, una muy grata acogida. El albergue es pequeño y hay solo unos pocos peregrinos, casi sin darnos cuenta terminamos cenando juntos una austríaca, dos holandeses, una irlandesa y yo. María Elisa nos cocina una deliciosa tortilla francesa, comida que después de un día de camino y solo comer fruta, a mí me sabe a manjar de dioses, por la cara de los otros peregrinos intuyo que les ocurre algo semejante. Terminamos en amena charla. El idioma común resulta ser el inglés. Los demás peregrinos llevan muchos días de camino, al menos más de 10 y varios de ellos han hecho el camino por segunda vez.

Me entusiasma la idea de acompañar a María Elisa en su próxima faena: ordeñar vacas. Así lo hago, logro familiarizarme con el ruido del ordeñador, la secuencia de aseo, ordeñe y retiro de cada vaca.

 Me sorprende que ella sola tenga que hacer tanta cosa. Sin embargo veo que se toma la vida con calma y trabaja con energía. ME SORPRENDE también lo que ocurre con las vacas, pienso en mi tierra y es increíble la diferencia. Las vacas de María Elisa, no conocen el verde pasto. Dudo que conozcan un toro, porque hace años que viven en un pequeño establo, reciben inseminación artificial y de los terneros saben poco, porque se crían aparte para optimizar la producción de leche. Un buen archivo computacional permite conocer a sus dueños, según su número, cuantas pariciones ha tenido cada una, su edad y además estimar su producción de leche. Nada se parece a mis propias vacas en el sur de Chile, donde todavía pastan en libertad y dada la dificultad de acceso viven felices con sus terneros, y comparten el toro con sus vecinas y hermanas. Es imposible compararlas.

Sellamos el día compartiendo un buen vino gallego con Harry, Dita, Veronika y Mary, ya no son los “otros peregrinos”, ahora tienen nombre, país, intereses, emociones, hablamos de lo humano y lo divino, del camino, de las vivencias de cada uno, nunca del trabajo.

Decido madrugar, cosa que no me cuesta mucho, después de una noche de descanso, pienso que habría sido mejor hacer la mochila de noche.

Levantarse sin hacer ruido resulta ser toda una odisea.

El camino a veces tiene tierra, otras, asfalto, muchas veces plano, otras en suaves pendientes. Agradezco no tener que subir El Cebreiro, que muchos peregrinos describen como un gran sacrificio. Si va un peregrino delante se me hace más aliviado caminar. A veces he tenido que desandar el camino, cuando eso ha ocurrido, la mayoría de las veces ha sido simplemente por falta de confianza, porque me he imaginado que hace mucho rato que no veo flechas amarillas y que quizás me he perdido.

Veo claramente que:

v    De cuando en cuando acomodar la mochila, cuando la carga se siente pesada resulta ser una excelente idea.

v    Descansar de cuando en cuando, puede mejorar sustancialmente el paso.

v    Estimular los pies, con un masaje cuando han caminado mucho puede ser equivalente a un aplauso gigante.

 

Al pasar de pueblo en pueblo, siento el ruido de los ordeñadores y ese ruido ya no es ruido, para mí ahora es como música que me recuerda además los dulces y celestes ojos de María Elisa.

Puedo por ahora posponer mi canto, mis ganas de cantar y ahora solo escuchar, escuchar los ordeñadores, el trinar alegre de los pájaros, el río que fluye, las hojas al viento…escuchar a la vida, la naturaleza, el ahora que me convoca.

Estoy en Palais de Rey. Aquí la gente habla gallego, que a mí me suena como portugués. Me siento en un lugar quieto, en un café, a deleitarme con una ensalada, todo lo que me apetece es una ensalada gigante de lechuga, tomate y bonito. El café tiene un baño curioso, como los que dicen hay en Turquía, a ras de suelo y hay que agacharse para orinar. Simplemente curioso.

Quiero llegar a Melide, me quedan otros 15 Km. a recorrer durante el día.

Mientras me tomo un café, pienso en una casa de turismo rural, en parar en un sitio grato, darme una larga ducha y dormir en un sitio silencioso.

Y a propósito de silencio, recapitulo en mí.

Tanto tiempo esperando acallar un poco mi mente, silenciarla, aquietarla, reducir mi ego. Difícil, lo encuentro profundamente difícil, cada tanto, se me agolpan las ideas, aparecen las mil y una posibilidades para el futuro. La mil cosas que puedo hacer, en la vida, en el trabajo, con mi propio quehacer. Me cuesta entrar en el silencio, cada momento me parece más duro. He venido en busca de silencio y el silencio no aparece.

Sigo mi camino con deleite, deleite primero del sol, luego las nubes, finalmente truenos, muchos truenos y lluvia. Me encuentro con la ansiada casa de turismo rural, preciosa, una vieja casa de campo refaccionada con todo gusto, con chimeneas de piedra, lámparas antiguas, muebles antiquísimos y preciosos, una mullida cama y por cierto una baño estupendo con tina (bañera), ideal para la ocasión. Pienso que se me iría hasta la última tensión muscular con el baño.

Reconozco entonces, que estoy, solo, en mi segundo día de peregrina…quedarse no sería, otra cosa, que una alta traición a esta experiencia de vivir como peregrina. Decido resistir la tentación y luego de un reponedor café, continúo el último trecho hacia mi destino del día: Melide.

El camino ha tenido de todo, asfalto, camino alrededor de carretera, bosques de eucaliptos y un pequeño trecho de calzada medieval, de origen romano.

El solo pisar estas piedras, me da una profunda emoción, imagino cuantas pisadas han pasado por el mismo sitio a través de los siglos. De seguro, antaño, los peregrinos no contaban con nuestras comodidades, ni los calcetines Coolmax, ni las capas de agua, ni los reponedores café.

Ahora, todo es más fácil y quizás por eso también más fácilmente disfrutable, quiero decir, al menos para mí, siento que es un deleite detenerme y mirar, detenerme y respirar, contemplar el agua, las piedras, oler el bosque, encantarme con el trinar de los pájaros, tomar una que otra foto, o simplemente encantarme con el camino, este camino que a título de nada, representa por ejemplo el mejor muestrario de plantas medicinales que he visto. Así, sencillamente, aparecen delicadamente puestos, romero, menta, manzanilla, hinojo, y otras tantas yerbas, tan valoradas en todo el mundo, aquí están a orillas del camino, desafiantes y sencillas, como mudos testigos de los miles de miles de caminantes que han pasado tan cerca. Y también recordando que aquí está el origen de las especies que por los españoles fueron llevadas a Chile, y otros países americanos.

Llegar a Melide resulta ser una larga tarea, en especial los últimos kilómetros se me han hacen mmuuuuuyyyyy largos, creo que más aún con la lluvia y los truenos amenazadores que llenan la tarde.

Finalmente estoy en el albergue de Melide, enorme, con al menos otros 30 peregrinos. Me encuentro nuevamente con mis amigos de la noche anterior y vamos juntos a cumplir con la sagrada tradición de todo peregrino que se precie de tal,: comer pulpo en un local que está frente a una vieja iglesia románica, que probablemente data del siglo XII. Compartir un delicioso pulpo y tomar vino en pocillos es lo que muchos hacen. Para nosotros, constituye casi una paga merecida luego de un día de largo caminar. En este popurrí de distintas nacionalidades, hablamos inglés como idioma común, que solo resulta ser el idioma natal de Mary, irlandesa.

Me duermo finalmente temprano pensando despertarme al alba.

Difícil tarea, sin embargo, conciliar el sueño cuando duermen muchas personas juntas, por cierto, demasiados ronquidos para mis oídos. Me despierto al alba y me levanto, tengo todo listo para partir.

Me llama la atención el silencio, y la oscuridad, miro entonces el reloj y no puedo creerlo: ¡¡Son solo las DOS de la mañana!!.

Con bochorno, desagrado y no poca molestia me vuelvo a intentar dormir, tarea que no consigo por más de un par de horas. Por último me quedo dormida y me levanto más tarde de lo previsto: a las 8.

Lo que lamento es perderme el amanecer, caminar a esa maravillosa hora entre 7 y 8, en que los pájaros están felices hablando quizás de sus logros, cacerías y descubrimientos o simplemente trinando por el gozo de hacerlo.

Salgo de Melide y se inicia un prolongado ascenso

Esta vez decido de entrada que lo que me gustaría es alojar en un sitio pequeño y más tranquilo, según mi guía, eso debiera ser Santa Irene, y con ese “norte” encamino mi día. El día está lluvioso y fresco. Especial para caminar.

El haber dormido mal contribuye a que el camino me parezca “es ascenso”, probablemente no lo sea. Al llegar a Arzúa, poblado que ya existía el siglo XII, veo que solo me quedan 36 Km. para llegar a Santiago.

Sigo avanzando a través de caminos de bosques, asfalto, carreterillas, y en medio de una lluvia profusa, solo comparable con la lluvia de Chiloé, me encuentro en una esquina con un atractivo sitio para comer, con gran letrero que dice “Hoy empanada Gallega”, es curioso, yo no tengo hambre pero un especial imán me atrae, además que está bien confiar en la capa de agua, pero igual se mojan los zapatos y después de un rato ya no es tan agradable caminar bajo la lluvia. Entro al lugar y sin saber por qué, porque habitualmente no es mi costumbre hacerlo, pregunto ¿Cómo se llama este lugar?

La respuesta me produce un remezón, un ligero escalofrío me recorre la espalda. “CALLE” dice el gallego.

Calle repito yo, en un tono bajo, que quizás resulta imperceptible para otros y se me vienen mil recuerdos a la memoria.

Calle es también un pequeño lugar a orillas del río Calle, a 20 Km. de Ancud, en el norte de la isla de Chiloé, a Calle llegó mi bisabuelo paterno a fines del siglo antepasado, allí vivieron mis padres y abuelos, viví yo hasta los 7 años y aprendí en Calle, a conocer la vida, los caballos, los flamencos. En Calle fue donde jugué, reí, aprendí mis primeras letras, mis primeras decepciones de la vida y también entendí a cabalidad como es esto de los terremotos. Solo tenía 4 años para el devastador terremoto y maremoto del año 60. A pesar de mis cortos años entonces, tengo una memoria vívida de ese momento.

Calle es el precioso lugar grabado en mi memoria, como un sitio de quietud, puestas de sol y armonía inigualable. Por otra parte Calle, está muy próxima a “De la Calle” que es el apellido de Javier. Curioso sin duda, de todos los lugares donde detenerse, yo he parado en Calle, podría decir: “Katia de Calle, de De la Calle, ha elegido detenerse en Calle, sólo por esos misterios y coincidencias de la vida”.

No he comido empanada gallega, un café con leche gigante, más un pequeño sándwich y estoy lista para seguir. Me espera Santa Irene y quedan algunos kilómetros para llegar.

Al caer la tarde estoy por fin llegando a Santa Irene, con un pequeño impass para encontrar el albergue, que solo significa caminar unos dos kilómetros adicionales.

Santa Irene es un pequeño pueblo cercano a la carretera. El buscado albergue queda exactamente a orillas de la N-547. Al llegar descubro con gusto que una delegación se va en ese momento, y por un momento soy la única peregrina. Poco después llegan un alemán, dos finlandesas, y un ameno grupo a quienes en un principio catalogué “de españoles de habla afrancesada”.

No me demoré tanto, en averiguar que eran catalanes, de Barcelona.

Después de una espléndida ducha caliente y reposar unos minutos, me dispongo a dar un paseo por el pueblo y buscar algo de comer.

Santa Irene tiene una preciosa capilla dedicada a la Santa, construida en el siglo XVII, capilla que pude conocer gracias a la gentileza de su cuidador, ya que obviamente en un día de semana y en esta época del año acostumbra estar cerrada y solo es abierta cuando cada día Don Manuel procede a limpiarla con minuciosidad y cariño.

Me entero que existe en la otra vereda de la calle un albergue “alternativo”, es decir privado, donde dan comida. Me parece simpático esto de llamarlo alternativo porque se pague, ya que en toda Galicia los albergues del camino son gratuitos, claro que es bien visto dejar propinas para mantenerlos.

Por supuesto que hacia allá me llevaron mis pasos, como también a Pilar de Zaragoza y a los peregrinos catalanes.

Tuvimos una estupenda cena, con amena charla y un grato calor de leña, que después del caminado día de lluvia nos vino a todos como miel sobre hojuelas.

Me queda tiempo aún, para escribir “mis letras”, mis letras llamo yo a una especial terapia que he iniciado por una parte por curiosidad y por otra por un profundo deseo de avanzar en el conocimiento de mi misma y por que no decirlo, también por mejorar mi autoestima y asertividad. Resulta ser todo un descubrimiento esto de la grafoterapia. Yo sabía que la manera de escribir tiene que ver con los estados de ánimo, sirve para selección de personal en algunos casos, pero nunca imaginé que se podía cambiar la manera de escribir mediante ejercicios y cambiar acciones, conducta, forma de ser, etc.

Lo cierto es que me he tomado en serio la idea de escribir y cada día destino al menos veinte minutos para hacerlo. Me resulta muy grato escribir y poco a poco ir notando algunos cambios. Descubro entre otra cosas, por ejemplo, que no es lo mismo hacer las “a” llenitas y cerradas como yo las hacía, que hacerlas como me han pedido “abiertas”. , No solo cambia nuestra manera de escribir al tener distintas emociones, también nuestras acciones cambian dependiendo de cómo hacemos la letra

El sueño llega fácil y emprendo nuevamente el camino en la madrugada. Esta vez solo faltan 21 Km. para Santiago.

A las 7 en punto siento que alguien ya sale del albergue, ¿Quién otro que el alemán podría salir a las 7 en punto? Yo le sigo por unos minutos.

El camino se hace hermoso, poco a poco he ido tomando un progresivo “amor” a las flechas amarillas que señalan el camino. Tengo absoluta confianza de que allí están, y cada señal es como un golpe de cariño y de gozo para el alma, equivalen a miles de gnomos o enanitos que aplauden y dicen Bien, vas muy bien, este es el camino, por aquí hemos venido miles de peregrinos por muchos años y siglos.

Avanzo feliz, atravesando un pueblo, cuando de pronto siento que alguien me grita desde un balcón:

¡HEY PEREGRINO, QUE HAS EQUIVOCADO EL CAMINO!

Le agradezco muchísimo a la gallega del balcón, porque de verdad perderse a veces puede significar varios días de retraso en los planes. Me da un vuelco el corazón de sentirme peregrino. Esto de que me llamen “peregrino”, ni siquiera peregrina, solo”peregrino”, es fuerte, es mi orgullo del momento, y a la vez esta sensación tan especial de haberme quitado, todo lo que habitualmente me acompaña en la vida, el nombre, la profesión, los reconocimientos sociales, todo se queda fuera, ahora solo soy peregrina, y una peregrina agradecida de que me señalen el camino, y me ayuden a corregir errores desde el comienzo.

A medida que me acerco a Santiago, veo más y más casas con una bandera muy especial: negra con una franja celeste y letras blancas, en que se lee: NUNCA MAIS.

Me llega el mensaje profundo y enérgico.

Nunca máis, dicen los gallegos, por el gran desastre ecológico que ha significado el hundimiento del barco petrolero Prestige. Galicia se levanta en pleno diciendo NO MAS, diciendo NO.

Y a mí me llega hoy, lo importante que es tener el valor y la decisión de decir que no. Poner límites, defender el territorio, seleccionar, priorizar, jerarquizar, valorarse y respetarse uno mismo. Recuerdo la fuerza de nuestro propio NO, ese No gigante del pueblo chileno que permitió avanzar hacia la democracia.

Luego de atravesar las inmediaciones del aeropuerto, veo con sorpresa un letrero, de esos que existen en todo el mundo 120 Km., velocidad sugerida.

Veo el letrero y estoy sorprendida y paralogizada, no es que me moleste, es que me sorprende las mil y una vez que lo he visto antes, mientras conduzco y cada vez ha significado una limitación, ahora sin embargo, me parece increíble que me he pasado 4 días enteros caminando en solo 111 Km., y ese mismo trecho podría haberlo realizado en menos de una hora.

Pero entonces no habría olido el bosque, la tierra húmeda, no me habría encantado con los pájaros, no habría vivido el gozo de ir con mi bordón tocando la tierra, no habría compartido con los peregrinos, ni conocido las vacas de María Elisa.

No puedo menos que pensar que tantas veces he ido por la vida corriendo, incluso con más prisa que otros, sin detenerme, de un proyecto en otro, de una ciudad a otra, de un trabajo a otro…¡Tantas veces! Sin detenerme, sin disfrutar el camino, sin conocer y palpar claramente el camino.

Ahora en cambio, he ido lento. No puedo menos que parar frente al letrero de señalización de restricción de velocidad y mirarlo, contemplarlo, guardarlo en una foto.

Hago un alto en Lavacolla, Lavacolla debe su nombre a que en este sitio los peregrinos se lavaban en el arrollo, para llegar limpios a la catedral de Santiago, está a solo 9 Km. de la capital espiritual de Galicia.

Poco antes de llegar a la televisión gallega, en una subida no poco pronunciada, me encuentro con Pilar, la peregrina de Zaragoza con quien había compartido la cena. Mi tentación primera es decirle que gusto verte y seguir mi camino, más rápido, pero veo que está cansada y por qué no hacer juntas el resto del camino.

Emprendemos entonces el camino juntas, los últimos kilómetros, incluyendo la llegada al Monte del Gozo.

Pilar resulta ser una enamorada empedernida del camino, esta es solo una más de sus visitas a Santiago, y por cierto una excelente compañera de viaje.

El monte del Gozo permite ver desde la altura, las torres de la catedral, “se avistan”. Lo cierto es que a mí me habían hablado tanto, y había leído otro tanto, que la verdad me sentí un poco decepcionada de este “avistamiento”.

Las instalaciones del Monte del Gozo son enormes, para muchísima gente, están “adornadas” con un monumento conmemorativo a una de las visitas del Papa Juan Pablo Segundo y un precioso monumento al peregrino que mira a Santiago.

Yo me imaginaba que el Monte sería más alto o la catedral estaría más cerca, no lo sé, lo que si doy fe, es que en mi imaginación la vista era mejor.

 

III)      SANTIAGO DE COMPOSTELA

Ver Santiago tan cerca me produce sensaciones encontradas, por una parte hace tanto que quiero estar en la Catedral, recorrer sus callecitas angostas, esas del centro histórico que dicen se pueden recorrer con lluvia sin mojarse. Por otra es la pena de dejar de caminar. Es curiosa la vida, pero he disfrutado tanto de estos días de caminar y solo ocuparme en caminar que no quisiera que

“Pase el tiempo tan rápido”.

Viajar con Pilar me permite disfrutar del camino “conversado”, sacarnos fotos mutuamente, y dejarme llevar en Santiago, por una conocedora de las tradiciones y mejores lugares de este lugar declarado hace años

Patrimonio de la Humanidad.

Antes de llegar pensaba, que me gustaría ir a Finisterre y tocar el mar. Mirar desde ese faro y sentir la energía que allí se respira. Nosotros tenemos una pequeña cabaña en el otro Finisterre: Guabún, donde se acaba la isla de Chiloé por el noroeste. O quizás volver por La Coruña. Ahora que estoy a punto de llegar, dejo todo en manos del universo. Veré que nos depara el futuro.

Visitar la Catedral, (que data del 1.211), es por supuesto lo primero que hacemos.

El apóstol Santiago está presidiendo el templo y no hay peregrino que retorne a su hogar sin haberle dado un abrazo.

Los restos del Apóstol fueron hallados alrededor del año 800 (813 u 828) en la costa de Finisterre y posteriormente llevados a Santiago de Compostela donde se construyó el templo y la ciudad.

La majestuosidad de la Catedral es excepcional, austera a pesar de lo barroco de la fachada del Obradoiro. Grande, preciosa, pero por sobre todo un lugar que invita a la oración.  

Estar en la Catedral me permite una vez más dar gracias a Dios.

Doy gracias a Dios, por la vida, por la posibilidad de peregrinar, por este camino de peregrino iniciado hace unos días.

 Quiero seguir viviendo con la sabiduría del peregrino, sin apegos a las cosas materiales, privilegiando el hoy, el ahora, la comunicación efectiva.. Viviendo intensamente cada momento.

Venir con Pilar, me permite cumplir con todos los ritos del peregrino:

Poner los dedos en el pilar del Pórtico de la gloria, dar un abrazo al apóstol y por cierto el tradicional cabezazo con el santo dos Croques, para que mejore mi talento con el contacto con la estatua.

Salimos de la catedral en búsqueda de la compostela. Por fin, la tengo en la mano y pienso que me pasa como en otras ocasiones, no me da tanta emoción como esperaba, pero bien, servirá de recuerdo para ponerla en mi biblioteca.

Como deben escribir mi nombre en latín, me preguntan si me hace sentido esto de Catharinam Alexandram, y si me parece bien, me gusta tener un nombre en latín.

Me encuentro con uno de los peregrinos franceses, hemos hablado varias veces en el camino, para el soy la chilena y para mi él es el francés que viene de Lepuy, ha caminado 21 días y está feliz con su compostela en la mano.

Llueve en Santiago, como muchas veces en el año, no en vano está en el paralelo… la lluvia cae cadenciosa y segura, una tuna nos alegra la tarde con sus canciones antiguas. Siento que no falta nada, hay alegría, compañía, un lindo lugar, Javier que me espera en Madrid, Felipe, mi hijo ha iniciado su vida adulta en el otro Santiago, está ya en su primer año de universidad. Tengo la maravillosa sensación de que todo está bien y que la vida es una hermosa experiencia digna de vivirse.

Caminar por las calles de Santiago, degustar un buen café, la misa de las 7, luego una cena y ya es hora de dormir, el día ha sido largo.

Descubro que los viajes a Finisterre solo se hacen en verano, de todas maneras no me encanta ahora la idea de seguir viajando. Quiero quedarme con el gustito de este “Buen Camino”.

Pilar viaja muy temprano rumbo a Burgos, va al Monasterio de Silos a un especial retiro. Nos despedimos con el desayuno, con la sensación mutua de conocernos de mucho tiempo, hemos compartido unas horas y conversado de todo, de nosotros, nuestras familias, la vida, las emociones.

En Santiago, sigue lloviendo, “mi tarea del día” es ir a la Misa de las 12. Luego encontrar algo que me lleve de vuelta a Madrid.

Ya no me apetece ir de compras, ni “vitrinear” (mirar escaparates)

El viaje ha sido una experiencia especial y siento que lo que me encantaría es tener el espacio, el silencio y la quietud de cerrar los ojos y recordarlo.

A duras penas logro comprar un par de recuerdos para Felipe y mi hermano. Alguna vez pensé el comprarme unos aros con inspiración celta, para tener un “preciado” recuerdo. Ahora sin embargo, las joyas me huelen a vacuidad, y no tengo “valor” de estropear mi sentir comprando algo.

Llego con tiempo a la “Misa del Peregrino”. La Catedral está llenísima. Hay al menos 300 peregrinos que vienen de Italia, ellos han llegado en bus, algunos en sillas de ruedas, hay hombres, mujeres, algunos mayores. Logro ver a mis amigos del camino. Los catalanes, los franceses, Dita, Harry, MAry y Verónica. Todos hemos llegado. Muchísimas otras personas que por supuesto no conozco repletan la Catedral.

Pilar me había contado que en ocasiones especiales usan el “Botafumeiro”, es un incensario gigante, que se logra alzar entre varias personas. Yo estoy haciendo fuerza mental, para que esta sea una ocasión especial.

Comienza la misa con el listado de los peregrinos que han llegado esta vez a Santiago, larguísima lista. No dicen los nombres, sí de donde vienen; su país de origen y de dónde iniciaron el camino. Constato que no hay otros chilenos esta vez. Entre todos aparezco yo: Chile de Sarria. Me siento orgullosa de haber cumplido mi objetivo y emocionada con esta misa llena de ritos. Un grupo de religiosas canta como los ángeles. El peregrino francés, con quien hablaba el día anterior y me señalaba Lepuy en un mapa, está ahora leyendo su testimonio y agradecimiento a Dios por el camino, por la experiencia y por llegar sanos.

Siento una profunda emoción por estar ahí, por el fervor, la energía.

De pronto llegan 6 personas vestidos de morado, instalan una polea gigante y al sonido del órgano y las voces de soprano que cantan:

…”Resucitó, resucitó, aleluya”…

…”Alegría, alegría, hermanos….”

Veo que el Botafumeiro está en acción.

Y se juntan: el órgano, los cantos, el olor a incienso, la majestuosidad de la catedral, la energía positiva de estos cientos de personas, yo incluida, que estamos orando y dando gracias a Dios por la vida.

Siento que un trocito de cielo nos ha llegado y lo agradezco.

A la hora de la comunión saludo a los muchos peregrinos que conozco.

Una sonrisa, un abrazo, ojos brillantes, uno que otro dice ¡llegaste!

Salgo de la catedral con mi capa de agua, mi bordón y mi vieira, alguien me mira con asombro y me dice:

-- ¿Peregrina?

Yo respondo con orgullo:

-- SI, Peregrina.

En Santiago sigue lloviendo.

Para mí es hora de regresar, no quiero más ciudad, ni vitrinas, ni recuerdos, tampoco me apetece conocer el mar en La Coruña. Ya habrá tiempo para visitar el mar, Finisterre y otros sitios de Galicia.

Ahora, ahora solo quiero llegar a la estación. Acomodarme en un asiento de tren y cerrar los ojos. No quiero que nada empañe esta sensación de corazón henchido, pero también de humildad ante la vida.

Somos peregrinos en un camino largo de aprendizaje, de amor, de miedos, verdades a medias, dolores…y en ese camino siento que he tenido un trocito de cielo.

Resuena en mis oídos la voz nítida y celestial de las religiosas,

“ALEGRÍA, alegría hermanos…” “Resucitó… ALELUYA… RESUCITO.”

La figura del Apóstol presidiendo el templo, el camino, el silencio, la oración de mañana, los peregrinos de distintos sitios, mis miedos y alegrías, tantas cosas vividas en tan pocos días y sin embargo tan profundas.

Me espera Javier, una casa en construcción, quizás un giro en mi profesión.

Me espera “la otra compostela”, la compostela de la vida, esa que cuesta tanto ganarse y que yo creo, se consigue solo al final de la vida, cuando estamos listos para empezar la otra etapa, la que viene después del morir, esa compostela, que imagino, llega solo cuando tenemos la convicción de estar en paz, en armonía, en comunión y comunicación plena con nosotros mismos, con nuestros hermanos y con Dios.

Mi vida de peregrina no se acaba aquí, tengo hoy la certeza de que ya no soy la misma de hace unos días y agradezco de veras el haber decidido “gastar” una semana de mis vacaciones en este “Camino de Santiago”.

Ancud, 13 de Julio del 2003