¿Que quiere decir modernidad?

¿QUE QUIERE DECIR MODERNIDAD?*
Los desafíos del mercado actual.
por Horst Kurnitzky



Hoy en día todo el mundo habla de la modernidad en crisis y de la posmodernidad como réplica a la modernidad fracasada o, al menos, como expresión de una despedida de la época moderna. A esta modernidad comúnmente se la hace culpable de la situación desastrosa de la economía-mundo y de sus consecuencias sociales, también la hacen responsable de la destrucción del medio ambiente: la infertilidad de la tierra por el abuso de fertilizantes químicos; el envenenamiento de las aguas por la basura química, y tal vez radioactiva, arrojada en lagos, ríos y mares; el aire contaminado por la expansión salvaje del uso de los automóviles y la producción de bienes industriales. En fin, todo aquello que ha causado y sigue causando las enfermedades de los seres humanos. Así, al concepto de modernidad lo han hecho culpable del malestar social, responsable del aumento de las enfermedades mentales, y, sobre todo, responsable de la crisis mundial, con sus conflictos bélicos y sus conflictos sociales, que no son menos mortales. Según estos argumentos, la modernidad fracasó totalmente desde el siglo 18 y por eso necesitamos despedirnos de ella, buscando otros parámetros de convivencia.

De acuerdo con la interpretación posmoderna ya estamos viviendo en una nueva época. Hemos superado la historia: nos hemos despedido de sus falsas promesas de un porvenir paradisíaco, con un bienestar social para todos, en un futuro lejano. Según esta interpretación, ya estamos viviendo en el fin de la historia, atraídos por las vivencias que nos ofrece el mercado actual; según esto, vivimos en el mejor mundo de toda la historia y, desde el punto de vista de la productividad, en el mundo con la más alta de ellas.

El mundo posmoderno está manejado y arreglado por un mercado neoliberal que no requiere ninguna intervención política o social. La supuesta y deseada fuerza autónoma del mercado neoliberal es el nuevo sujeto-mundo. Según esta nueva creencia, estamos viviendo en un "paraíso" que sólo necesita ser ajustado técnicamente. Digamos que el 10% de la población mundial - cuando mucho - está viviendo en este nuevo paraíso. Este mismo mercado no requiere del resto de la población, no requiere de la nueva ética social, y este resto se queda afuera, tal vez sólo mencionado en algún momento por las estadísticas o por las noticias sobre catástrofes, rebeliones y masacres ocurridas en cualquier parte del mundo.

También se habla de modernización económica y social en un sentido esponjoso: tal vez el concepto - si se puede hablar de un concepto de modernización - está asociado con la idea de una modernidad que supuestamente ya fracasó desde hace mucho tiempo; quizá el término solamente está entendido como un aumento de la productividad industrial. En general, la palabra modernización se asocia con la palabra desarrollo, es decir, se usan ambas palabras en el mismo sentido: para expresar la adaptación de las metas económicas y culturales de una región mundial subdesarrollada a una región más desarrollada del planeta en términos de productividad industrial. Pero ateniéndonos a la etimología del término desarrollar, sólo se puede desarrollar algo que ya está enrollado en una sociedad y en una cultura. La palabra modernizar quiere decir actualizar la vida social y económica a las posibilidades técnicas, sociales y culturales, es decir, inscribir en los conceptos modernos todo lo que sabemos del hombre, de sus deseos, de su cultura, de su región, de sus posibilidades sociales y psíquicas; todo lo que sabemos de las posibilidades científicas y técnicas para darle al mercado el marco político dentro del cual se puedan mover las actividades económicas y sociales de los seres humanos.

Si estamos de acuerdo con las argumentaciones anteriores, entonces no queda claro o no se entiende a qué se refieren los que usan la palabra "modernización". ¿Quieren modernizar su fracaso político, el desastre de la desigualdad social o quieren solamente modernizar la administración de toda esta miseria?

Por otro lado, algunos como Jürgen Habermas hablan de la modernidad como un proyecto incompleto o inconcluso. Según él, el concepto de modernidad como sujeto del proceso de la civilización y de la industrialización-mundo tiene que ir adelante y cambiarse en un concepto de diálogo intersubjetivo, en una forma de comunicación pública, libre y democrática. Esta democratización, que se realiza a través de la comunicación pública, promete resolver los conflictos sociales y permite  - esta es la esperanza - terminar pacíficamente en una sociedad de bienestar para todos. ¿Pero cómo, si el proceso de la economía moderna, con sus formas de producción y consumo, con sus técnicas modernas, es un resultado de este mismo proceso? Este proceso ha generado no solamente las formas de la producción y el consumo de mercancías, sino también las formas de la reproducción física y psíquica de la gente, en suma, toda la cultura actual de los seres humanos que están envueltos en este proceso.

Con sus medios de comunicación y, ante todo, con la telecomunicación, el mundo moderno industrializado ha causado una analfabetización y una incomunicación entre la gente, nunca antes vista en este siglo en el mundo industrializado. Marginada y analfabetizada, como en los barrios pobres de las metrópolis, la capacidad lingüística ha sido reducida y la gente es incapaz de verbalizar sus problemas y deseos. El ataque salvaje, el saqueo - como en Los Angeles y otras metrópolis - o el grito inarticulado quedan sólo para aquellos que protestan contra su expulsión de la vida humana moderna, en contra de ser desterrados a la parte de atrás de la medalla de la modernidad.

Entonces: ¿Qué quiere decir modernidad?

La palabra "moderno" tiene su origen en el latín "modo", que significa "recién". De esta palabra se derivó, en el siglo V, el adjetivo "modernus", que quiere decir "formado hace poco tiempo". Según las fuentes históricas, los cristianos usaron por primera vez en Occidente la palabra "moderno" en un sentido político-social. Cuando en el siglo V, en la época de Constantino El Grande, se formó la iglesia cristiana, los evangelistas emplearon esta palabra para distinguirse del pasado pagano del mundo grecorromano y su multitud de dioses y cultos. Con su ideal de amor universal, esta religión articuló un concepto del individuo y su universalidad en el imperio cristiano. Desde entonces, todo el pensamiento occidental está basado en un concepto universal. Este concepto de una humanidad universal se refiere además a la igualdad de todos los seres humanos frente a dios. Secularizado en la Ilustración, el mismo concepto de la igualdad de todos los seres humanos ha formado la idea y después el concepto de los derechos humanos universales.

Este universalismo religioso tiene sus antecedentes casi dos mil años antes, en el mundo del antiguo Egipto, cuando el faraón Amenhotep (1375 a.J.C.) fundó, por primera vez en la historia humana, un rígido monoteísmo - la religión de Aton, del sol - y acabó con todo el universo de los dioses zoomorfos egipcios. Con este monoteísmo nació el concepto de individuo, primeramente representando en una alta cantidad de monumentos de adoración al faraón mismo y a su prima Nefertitis. Pero esta época duró solamente diecisiete años y sus sucesores eliminaron casi todos los monumentos y los documentos y proscribieron la memoria del primer monoteísmo. Con la creencia en un dios único nació una universalización, por supuesto acompañada de intolerancia religiosa.

Cuando una sociedad se distingue de una época pasada elaborando un concepto más universal, en general acompañado con una reducción de la cantidad de parámetros del concepto mundo, se puede hablar de una modernización. Como por ejemplo, en la época de Platón, cuando los filósofos griegos se emanciparon del mundo mítico griego (con sus cultos bárbaros a sacrificios exagerados) e introdujeron una lógica que se abstraía de esta realidad mítica, transformando el pensamiento sobre las relaciones sociales y sobre la naturaleza en algo más general y calculable. Esta racionalización se acompañó de una modernización no solamente en el pensamiento sino también en la práctica económica. Es decir, la economía ritualizada en el culto de sacrificios y bailes para una buena cosecha se transformó en la observación de la naturaleza y sus tiempos, originando un calendario que ayudó al logro de una productividad agrícola más calculable. No se necesitaría mencionar que la misma palabra "racional" llega de "cálculo". Por eso, Horkheimer y Adorno, en su crítica de la modernización desde la época del mundo griego, por la emancipación del mundo mítico, hasta la remitologización de la iluminación, en la época moderna, podían decir: "La lógica formal ha sido la gran escuela de la unificación. La lógica formal ofrece a los iluministas el esquema de la calculabilidad del universo"1 .

En la historia del concepto de modernidad tenemos antecedentes del pensamiento de nuestra época (al menos en la filosofía y en las ciencias actuales) en el nominalismo y en el probabilismo del fin de la época medieval. La filosofía escolástica nominalista se entendió igualmente como moderna, al renegar del realismo conceptual platónico y al sostener que los conceptos universales, las "universalias" no eran reales como entidades metafísicas, sino solamente los nombres de las cosas (nomina rerum). El discurso de la metafísica actual se basa, en parte, en esta disputa. También la discusión sobre la realidad de las palabras, la relación entre significante y significado tiene ahí sus antecedentes.

Los elementos del probabilismo eclesiástico del fin del medioevo, con su concepto de que - excepto la fe - todas las tesis sobre el universo son probables y en esto tienen también su relatividad, han renacido en nuestra época actual en el concepto de la relatividad de las leyes naturales. Tenemos que marcar que el conflicto de Galileo Galilei con la iglesia era exactamente sobre la probabilidad de las leyes naturales. La iglesia quería forzar a Galileo a declarar que su concepto del universo era un concepto probable pero no un hecho. Si él consideraba su teoría como probable, la iglesia aceptaría, pero si él insistía, tendría que revocar sus tesis para no quedar en manos de la Inquisición. Su respuesta es públicamente conocida. Aceptado como hecho, las leyes naturales tocan también la fe en el Creador del mundo.

Posteriormente, la Ilustración ha ido un paso más adelante y ha incorporado, con la figura de la hipótesis, un elemento del concepto de probabilidad, pero en el sentido de un progreso lineal. Según este concepto, las leyes naturales se entienden como una hipótesis de la física universal que tienen validez hasta que nuevas leyes como hipótesis las desplazan. Así fue la física hasta este siglo. Actualmente la diferencia entre materia y energía se diluye. Estamos viviendo en un mundo de apariciones que nos llevan a presunciones sobre el mundo real pero no a la realidad misma como un hecho final.

Fuera de las frases "todo es posible", de los posmodernos, o "anything goes", de Paul Feyerabend, que más bien expresan una indolencia del mercado intelectual posmoderno, la base del pensamiento probabilista tiene una nueva plausibilidad. Todos los conceptos que nosotros nos hacemos del universo son probables: es igualmente probable que el universo tenga un fin como que sea infinito; es probable que el universo haya tenido su origen en un "big bang", en una gran detonación, pero también que no tenga principio ni fin. Todos los conceptos del universo que desarrollamos en parte son proyecciones, conscientes o inconscientes, de nuestras experiencias y de nuestros deseos en la vida humana social. Por ello nuestros conceptos tienen sus limitaciones frente a la realidad desconocida del universo. Esta posibilidad de proyecciones inconscientes forma la relatividad de nuestro concepto del mundo actual.

Así como se califica al siglo 13 como el siglo de la fe, se puede cualificar al siglo 18 como el siglo de la razón, dice Carl Becker2 . ¿Pero cómo ha cambiado el concepto de la modernidad desde entonces, qué ha cambiado desde la época medieval? En la época medieval, los pensadores cristianos han incorporado la lógica aristotélica en su concepto del mundo, así como partes del pensamiento del mundo grecorromano; esto último por las necesidades filológicas de la Biblia.

En el siglo 17, así como en el 18, esta lógica aristotélica todavía era válida. El sujeto del universo cambió. Los filósofos de la Ilustración sustituyeron a dios por la naturaleza e incorporaron un nuevo concepto de la historia como cadena de acontecimientos en movimiento permanente hacia una dirección, lo cual quiere decir que substituyeron el concepto medieval de un movimiento circular como renacimiento infinito, por un movimiento lineal en un progreso social hacia un fin: el fin de la historia como presencia de todas las experiencias de la humanidad en su pasado. O como dice Walter Benjamin: "Por cierto, que sólo a la humanidad redimida le cabe por completo en suerte su pasado. Lo cual quiere decir: sólo para la humanidad redimida se ha hecho su pasado citable en cada uno de sus momentos. Cada uno de los instantes vividos se convierte en una citation à l'ordre du jour, pero precisamente del día final."3  Esta utopía no oculta su origen, se debe a la secularización del concepto de salvación final en el paraíso cristiano.

Pero recordemos que este mundo de la Ilustración y su fe en la razón, en vísperas de la Revolución Francesa, se ha construido encima de la religión, como lo reclamó Voltaire. David Hume sospechó que dios debía ser un ingeniero, porque la naturaleza parece una máquina perfecta. Esta opinión la compartió con todos los enciclopedistas que vieron el universo como una espléndida máquina construida bajo un plan razonable, como vivienda para los hombres. Igualmente la ley natural está hecha por el sujeto-mundo y escrita en el libro de la naturaleza en donde los hombres solamente tienen que leer para quitarse su angustia, como lo han leído antes en otro libro, en la Biblia.

Este nuevo sujeto universal, la ley natural, da el marco para todos los movimientos de los seres humanos en todas sus actividades. La libertad de ellos está definida por esta ley. Por eso, según el concepto liberal, la economía tiene que abolir igualmente todas las restricciones artificiales en el comercio y en la industria, a favor de un libre comercio entre hombres libres, en un mercado libre, solamente dirigido por la ley natural. Ahí la idea del libre mercado tiene sus raíces. La libertad es la libertad bajo la ley fuerte de un sujeto que ha substituido a dios: la naturaleza. Su razón está basada en el cálculo desde hace mucho tiempo.

No importa que esta razón provenga de una idea abstracta y que su experiencia con la naturaleza esté restringida como un experimento realizado en un laboratorio. Más allá, aunque el mercado es como la sociedad misma, parte de la naturaleza, el mercado representa una forma social de mediación con la naturaleza, aunque es un espacio limitado en donde los participantes están forzados a quedarse. Esta situación no permite, según la ley natural darwinista, la huida de los débiles para sobrevivir. Más bien se puede comparar al libre mercado con el circo romano, en donde los leones pelean y se comen a los esclavos.

Según los filósofos del siglo 18, la ley natural ha abolido el secreto del mundo. Quitarle la angustia a los hombres y liberar al mundo de la magia eran - según Becker, Horkheimer y Adorno - los fines de la Ilustración. Racionalizado por la ley natural, el mundo se ha convertido en un objeto calculable y dispuesto para su explotación en beneficio del hombre, según como fue planteada la modernidad por Francis Bacon en su "Nueva Atlantis". Esta razón era el fundamento del programa de la modernidad, desde la conquista del Nuevo Mundo y la industrialización de Europa (junto con el desarrollo del mercado-mundo) hasta hoy en día, cuando los ingenieros de la economía moderna aprovechan las leyes naturales en beneficio de esta.

Quitar el miedo a los monstruos que han poblado la naturaleza no dominada por los hombres era el programa tanto de la Ilustración, como de la religión. Así como la fe en dios ha puesto a disposición del individuo a un protector invencible que ayuda a quitarle el miedo a la naturaleza salvaje, desconocida y extraña; la fe en la ley natural ha servido para el mismo fin. Más allá, la fe en la ley natural y su ejecución permite la explotación sistemática de la naturaleza, funda¬mento de la economía moderna.

Pero la secularización de la religión por la ley natural tampoco ha abolido otra dificultad. La naturaleza externa tiene su correspondencia en la naturaleza interna del hombre, la naturaleza de la psique del individuo mismo. Hacer la naturaleza racional y calculable, y finalmente domable, también quiere decir dominar la propia naturaleza del individuo, dominar su psique. Aquí encontramos una ambivalencia que no se puede escamotear del mundo. Actualmente, en la alta cantidad de enfermedades mentales y en la destrucción de la naturaleza se muestra la ambivalencia conflictiva del dominio del hombre.

La historia cristiana relata la vida de una multitud de héroes y santos que han combatido a los monstruos salvajes y a las tentaciones carnales, y que finalmente han oprimido sus deseos sexuales salvajes; aquellos que aparentemente amenazan tanto al orden religioso como al social. La disciplina de las órdenes religiosas y los ejercicios de oración en forma ritualizada organizaron una racionalización del cuerpo y de la psique, con la cual prepararon el terreno para disciplinar al hombre e industrializar al mundo moderno. En forma análoga, la naturaleza interna se puede dominar y explotar sola¬mente a través de ejercicios e instituciones sociales que garanticen la disciplina permanente por medio del uso de las leyes naturales.

La racionalización de la vida social no podía prescindir de una fuerza extraeconómica: la policía del estado moderno. Es conocido cómo en la Francia de los siglos 17 y 18, la ausencia de un trabajador a su fábrica o manufactura estaba amenazada con la pena de muerte. Por estas formas de dominación, el sujeto-protector se ha transformado en un monstruo que amenaza la vida social e individual y que provoca reacciones irracionales, rebeliones y miedo frente a la monstruosa ra¬cionalidad científica del sujeto-protector.

La racionalización de la naturaleza externa e interna tiene sus fundamentos en una economía social, expresada en los rituales. En la historia de la sociedad humana, esta ritualización era el elemento social más importante para evitar la angustia. En efecto, tenemos aquí las raíces de la defensa contra la peligrosa naturaleza externa y de la represión de la naturaleza interna que amenazan la vida y cohesión de la sociedad. Recordemos que en sus fiestas y rituales el hombre celebra la cohesión social y la dominación de la naturaleza. Desde el tabú del incesto, pasando por las reglas de bodas y parentesco, hasta las formas mágicas de dominación de la naturaleza, la cohesión y reproducción sociales estaban expresadas en una multitud de rituales: la magia tanto para la fertilidad de los seres humanos como para la fertilidad de la naturaleza externa; la defensa frente a la amenaza de la naturaleza y su dominación como fuente de la reproducción social.

Los pasos del baile ritual, entendido como defensa disciplinada frente a la naturaleza externa e interna, representan las formas reproductivas y las formas de la organización de una tribu primitiva. Con estos pasos prudentes y calculados comienza la expresión de la economía de la vida social, su racionalización. Los números, no solamente de los pasos de baile, sino también de los nudos de los quipúes andinos, de las bolas en la arena como calculadora de los comerciantes romanos (un antecedente del ábaco), representan importantes experiencias, quizá de catástrofes naturales sufridas por la tribu que las quiere evitar por medio de esta forma de memoria. El cálculo y el calendario memorial ayudan a evitar la angustia y permiten pronosticar posibles nuevas catástrofes para apartarse de ellas.

En el discurso actual, se habla del mercado libre como uno de los caminos fundamentales para llegar a la modernización de la sociedad y su economía. ¿Pero de qué se alimenta la fe en la fuerza del mercado libre para salvar nuestros problemas económicos, sociales y culturales?, ¿cómo puede contribuir el mercado al desafío del futuro de la sociedad?

Cuando hablamos del mercado, no solamente nos referimos al mercado de tipo popular, al mercado cotidiano en las calles, sino que nos referimos también al mercado mundial, al mercado informal, al mercado de las drogas y al mercado que conforma a las culturas, al mercado de las ideas, de las creencias, los sentimientos y las expresiones culturales que se manifiestan en las costumbres de los pueblos. Si lo entendemos así, veremos al mercado como una institución histórico-social de mediación, que se presenta como una fuerza irrenunciable para la edificación de todas las sociedades, de todas las culturas mundiales hasta hoy en día.

En el mercado, lugar donde se intercambian las mercancías, se realiza el contacto con los deseos, y allí mismo se somete a reglas la satisfacción de las necesidades. Los deseos prohibidos se desvían y se orientan hacia nuevos objetos para superar la prohibición bajo una forma distinta, modificada. En ello radica la ambivalencia del mercado. Históricamente era algo más que el lugar del reparto y compraventa de bienes, puesto que ahí también se personificaban los deseos y su sa¬tisfacción. En un primer plano aparece el deseo de juntarse que, por encima de las leyes de la separación social, busca la satisfacción inmediata de los deseos sexuales, lo cual constituye, hasta nuestros días, el impulso motor del comercio, como puede verse en la propaganda actual.

Por estas razones y no solamente por los conocidos engaños que aquí ocurren, el mercado es el lugar donde el tiempo del orden social restrictivo deja de funcionar. Por esta ruptura con el orden, el mercado todavía se asocia con las fiestas libertinas. El amor, el robo y el comercio no son solamente los intereses que reúnen a los seres humanos en el mercado, sino los elementos esenciales de la formación de la sociedad. Según la interpretación psicoanalítica, sólo con la ayuda de la astucia se logra la satisfacción de los deseos libidinales reprimidos socialmente, al menos en forma parcial. La astucia es tan esencial para la sociedad humana como las leyes que obstaculizan la realización de las necesidades: de la tensión entre ambas surge el progreso social. Sólo a través de la astucia se impone una forma de razón en la historia que es capaz de reflexionar sobre las necesidades y los deseos de los hombres.

En el intercambio sobreviven los deseos libidinales de los sexos, ya que los objetos intercambiados sustituyen al objeto libidinal ofrendado. La sociedad está mediada por el mercado, y éste determinado por la ambivalencia entre las prohibiciones expresadas a través de las leyes y la libertad que impide la satisfacción de necesidades inmediatas, lo cual impulsa a la sociedad a buscar una salida en substitutos. Se trata de la libertad de llegar a satisfacer los deseos libidinales que pueden ser ocasionalmente reprimidos, pero de ninguna manera destruidos. Ambos - ley y deseo - se manifiestan en el intercambio, el cual exige el sacrificio de los que intercambian, independientemente de su justicia o injusticia. Estos obtienen un substituto en recompensa: oro o mercancías, con los cuales esperan entonces poder saciar sus deseos insatisfechos.

En el fondo, cada intercambio comercial expresa una necesidad de comunicación que remite a un deseo más general de unión, que debe sustituir al deseo del incesto, para que, finalmente, bajo la libre asociación de los individuos, la prohibición pierda su sentido. Esta es una utopía histórica del comercio. Por esta razón, el intercambio y el comercio tienen la tendencia a romper con la organización de los hombres mediada por el sacrificio. Lo que las leyes del sacrificio excluyen, el intercambio lo intenta reconciliar y aliar nuevamente y de esta reunificación surge el intento de reconstruir, una vez más, la relación prohibida a otro nivel, en otra forma. El intercambio media a la naturaleza social con la que todavía no ha sido socializada, sobre todo la del ser humano mismo, que se resiste a las leyes del sacrificio. Esta es la contribución histórica del comercio a la humanización de la naturaleza ya que realiza parcialmente los deseos naturales de los hombres y les permite tener su derecho en la sociedad. Mientras el sacrificio cohesiona por dentro a la comunidad, explotando la mala conciencia de los individuos que surge del conflicto entre la ley más poderosa y los deseos ilegítimos hechos tabú, el comercio, por su parte, mina tendencialmente la cohesión de la sociedad.

Comúnmente el comercio con sociedades extrañas se asoció con asaltos y robos. Por ejemplo, durante largo tiempo los comerciantes encontraban piratas en los caminos marítimos, lo cual ocasionó que emplearan a mercenarios y fortificaran sus centros de comercio. Esto mismo obligó a los españoles a embarcar sus tesoros de América en enormes flotas navales sobre el Atlántico. Los asaltos en los caminos marítimos y en las caravanas son tan antiguos como el comercio mismo. Hasta el día de hoy el ladrón y el comerciante aparecen en una misma persona, al igual que su santo patrono. Esto se refiere, como lo representa el mito, a una ambivalencia entre el intercambio y el engaño fundada en el mismo comercio.

Por esta razón, los centros y los caminos del comercio, desde la antigüedad, necesitaron de una protección especial, a través del dios o de su culto, para asegurar al comercio contra los asaltantes. Más tarde lo haría la paz del mercado que proclamaba la iglesia o el edicto real, o la presencia directa del poder en los centros de comercio más o menos establecidos. Cada mercado requiere de un orden para garantizar la paz social y para sujetar o disciplinar el deseo libidinal arcaico, que se deja llevar por la avidez. Por ello, hasta hoy, en los mercados semanales de los barrios y del campo no se permite a un único comerciante arrendar todos los puestos, ya que con ello el mercado perdería toda su función como sitio viviente y como lugar mediador de la vida. El poder, bajo cuya protección se coloca el comercio y que asalta con el pago de impuestos, comprueba aquella ambivalencia, que ya encarnaba el santo patrono del mercado.

La estructura de las necesidades, que se desarrolla y parcialmente se satisface con las mercancías, debería recompensar a las víctimas por el sacrificio al que fueron sometidas como exigencia para lograr la cohesión social. Lo que en cada intercambio comercial se expresa como transfiguración y poder mágico, era percibido como la encarnación de la utopía de un paraíso terrenal, que se asoció por mucho tiempo con el mercado. En las ferias que formaban parte de los mercados, no sólo se exponía lo exótico, lo extraño, lo nunca visto y oído de países lejanos, sino que las leyes físicas dejaban de regir parcial, ilusoriamente o con ayuda de mañas. Los acróbatas y los magos en Oriente y Occidente formaron desde siempre parte del mercado. Lo que tenían para vender también estimulaba al intercambio en general; su poder de conversión se representaba por los magos. Esta magia es aprovechada hasta nuestros días por la propaganda.

Todavía en tiempos de Shakespeare, el mercado era el lugar donde no sólo los magos, sino la ilustración y la ciencia exponían, frente a multitudes perplejas, las hasta entonces desconocidas leyes naturales o las costumbres de pueblos y países recién descubiertos.

Sabemos que en el mismo mercado, bajo la conducción de su patrón, los griegos no solamente cambiaron mercancías, también opiniones, se pelearon por la verdadera opinión. En el mismo mercado el pueblo se reunió para ejecutar la democracia, para planear guerras y concluir la paz, para administrar la justicia, adorar a sus dioses, celebrar sus fiestas, en fin, para tratar todos los asuntos importantes de la vida del pueblo. Se sabe que a través de la Ágora de Atenas pasó el camino de las Panatenéas. Por este mismo camino pasaron las procesiones de las fiestas públicas hacia la Acrópolis.

En un pórtico al borde del mercado, que sirvió a los comerciantes y agentes de cambio, se fundó, 300 años antes de Cristo, la famosa escuela de filosofía, llamando a este mercado cubierto: stoa. Esta filosofía vió a dios y a la natura¬leza como unidad, lo adecuado como necesario, y propagó la libre voluntad del individuo. El famoso fresco de Rafaelo, "la Escuela de Atenas", muestra a los más famosos filósofos de la antigüedad grecorromana y oriental en una basílica y atribuye, de acuerdo con la tradición, la filosofía al mercado; porque la basílica romana era originalmente la bolsa para el comercio del capital y para el comercio al por mayor. Sin el mercado la filosofía es impensable, porque el pensamiento está dirigido, como el mercado, a realizar deseos insatisfechos.

Este fue el mismo mercado donde Sócrates pronunció su alocución de despedida al pueblo de Atenas y donde se proclamó por primera vez la democracia; pero una forma de democracia directa que obligó a todos los ciudadanos a participar en todos los asuntos del pueblo, naturalmente sin incluir a los esclavos. En el mismo mercado tenía su lugar el tribunal y el altar de los doce dioses de los griegos, incluido el patrón del mercado. Como forum, el mercado era una institución pública en donde todos los ciudadanos tenían idealmente el derecho a la palabra.

Finalmente, agradecemos al desarrollo del mercado la idea de una sociedad de individuos autoconscientes, que resuelven sus conflictos por un libre intercambio de mercancías y de ideas en el mercado. Esto proviene de una supuesta sociedad de propietarios con los mismos derechos. Por la propiedad, igualmente de bienes como de capacidades, se debería construir la identidad y la autoconciencia de los individuos libres.

Es evidente que esta utopía, nacida en el mercado, sería obstaculizada por tendencias nacidas en este mismo mercado: como por la acumulación del poder económico y los mecanismos de los monopolios. La desvinculación entre la economía y la sociedad finalmente arruina al mercado y su función integradora. Cuando se independizaron intereses económicos parciales frente a la sociedad y estos fueron retirados del control social, se liquidó la competencia y se deshizo la cohesión social. El "free trade" sin límites, como dice Fernand Braudel, destruye automáticamente la economía social del mercado. Así como en el pasado el desarrollo de una sociedad de clases hizo fracasar la utopía democrática, así hoy en día la sociedad consumista de masas aparentemente neutraliza todos los conflictos y se fuga en un estado de ausencia de sujeto, en una sociedad de objetos que no necesita ni al mercado ni a la democracia.

En la actual sociedad industrial-administradora, esta tendencia se dirige a abolir la ambivalencia entre competencia y unión, a liquidar la idea de que los ciudadanos autoconscientes pueden negociar sus asuntos en el mercado. Con esto también se le quita a la democracia su sustento, se coloca a los ciudadanos bajo tutela y se les conecta con una red de distribución de mass-medias y mercancías. Así se liquida la posibilidad de los ciudadanos a comunicarse públicamente. Tampoco se pueden articular sus intereses. Por medio de la comunicación receptiva de la sociedad consumista, los consumidores se entregan analfabetizados y desamparados a la fuerza económica. De esta manera se cambia la intención utópica del mercado - que en otros tiempos quería liberar a los sujetos de la presión interna y externa y constituir relaciones democráticas - en su contrario. Los sujetos se transforman en objetos y la sociedad en una inconsciente sociedad de masas. Con esto se destruye al mercado como lugar de mediación de intereses, de mediación entre naturaleza y sociedad.

El nuevo estilo de vida le permite al individuo escaparse del mundo con la oferta de atracciones y vivencias, en virtud de ser indiferente a toda forma histórica, a toda formación social y a todo recuerdo. El nuevo estilo de vida convierte al individuo en el turista de un crucero, o en el consumidor de un centro comercial, que se deja estimular por la diversión que escenifican las ofertas de mercancías. El vínculo emocional con los objetos, su utilidad, viene a ser sustituida por la orgía de atracciones y vivencias en la que el sujeto se disuelve. En las tiendas y en los nuevos centros comerciales que - como en Disneylandia - invitan a la excursión familiar, se ofrecen no solamente mercancías para el consumo, sino que se escenifican mundos de atracción en los cuales la venta de las mercancías pasa casi desapercibida. Este concepto es la base para la construcción de los Malls en Estados Unidos, pero también de los nuevos centros comerciales y de diversión, y finalmente de todos los centros urbanos que se construyen actualmente. En realidad, lo que encontramos aquí son amusement parks, estructurados como sitios para acontecimientos espectaculares, cuya función exclusiva es la atracción y la diversión.

Con la renuncia a toda utopía social, que tendría como supuesto la expresión de los conflictos con la historia y con el presente, se degradan los centros urbanos, restaurados con los nuevos edificios eclécticos, y se transforman en mundos de juguete. La estereotipificación forzada hace de los elementos decorativos souvernirs históricos, en los cuales el usuario se pierde como un consumidor en un centro comercial. En el marco de este acontecimiento de atracción, las reminiscencias históricas dejan de tener significado, como el souvenir para un turista. En lugar de poner en relación el mundo con la historia, lo exótico se transforma en baratija. Cuando el individuo participa en estas actividades del consumo, que lo hacen olvidar su situación, él mismo se coloca en el rol de objeto.

El hecho de que los participantes en estos eventos de diversión y consumo se encuentren, en su desarrollo psíquico, en un estado de regresión o de infantilismo, lo confirman las formas de diversión de masas, así como el carácter general del juego y el entretenimiento. Esta tendencia la encontramos, en forma más radical, en los productos de la industria del tiempo libre. Una semana de televisión con sus Videoclips, sus programas de música y diversión, no dejan dudas al respecto. Los consumidores van como Zombies de un evento al otro, sin haber tenido experiencia alguna. Ya que tener experiencias le exige al individuo elaborar vivencias propias. El carácter alucinógeno de todos estos eventos de consumo, le impide a los consumidores que participan en el carrusel de atracciones hacer consciente su intento de huir de la propia historia.

El nuevo hedonismo que promueve la sociedad de tiempo libre convierte las necesidades de emancipación del individuo en lo contrario; porque la afición a la diversión de alguna forma expresa la nostalgia por la muerte. La atención indiferente a los detalles en realidad es un rechazo a la historia que logra la disolución del individuo en el nuevo estilo de vida, el de los marcos sin tiempo. Los espectáculos de diversión aparentemente armonizan al individuo con una catástrofe amenazante, en la medida en que a través de ellos se alucina que la catástrofe ya ha sido superada.

En la medida en que el individuo se alucina en un estado después de la catástrofe, sin haber participado realmente en ella, el miedo a la catástrofe se reprime. Esta es una forma de renuncia, digamos "ex-post", a la esperanza de solución de los conflictos de la historia. Con ello se suspende la causalidad y la lógica, y, finalmente, la presión indeseada de ordenar racionalmente el contexto de un mundo que no puede ser entendido y que sólo quiere ser vivenciado. El proceso complejo que alucina esta satisfacción del deseo en los mundos construidos artificialmente, incluye la anticipación del estado después de la catástrofe en la forma de regresión. De este modo, se confunde presente y pasado, sin que haya necesidad de mediarlos. Con la desaparición de una instancia mediadora como el trabajo se suspende la relación sujeto-objeto en la alucinación; llegando a un estado que parece no requerir el sacrificio. El sujeto percibe al mundo y a la historia sólo como un simultané que lo disuelve, como en el éxtasis de la droga.

Ahora, al final de una época, la caída del mundo comunista y la reunificación del mercado mundial nos presentan el fracaso del proyecto. El mercado mundial no trajo consigo la riqueza universal, ni logró democratizar su imperio. El conflicto irresuelto entre los sexos ha contribuido a la afirmación de la dominación, que se ve amenazada permanentemente con la catástrofe. Desesperado por andar tantos caminos falsos, el individuo se orienta por el camino de la regresión, para llegar a disolverse en el mundo de lo alucinógeno. Comparable a una máquina de vicios culturales, el consumismo actual sirve como avión que promete la salida de esta situación insoportable, para finalmente desaparecer de la faz de la tierra.

Entonces: ¿Qué quiere decir modernidad y qué quiere decir modernización ?

Con su vasta intencionalidad - en el sentido económico, social y cultural - sin duda el mercado mismo va a darnos la respuesta. El individuo, desesperadamente perdido en la sociedad de masas consumistas, requiere la satisfacción de otros deseos aparte de los que ofrece el mercado de bienes. Las investigaciones psicológicas nos dicen que el individuo requiere de instituciones que escuchen sus problemas y posibilidades para comunicarse directamente con los demás. El individuo quiere al verdadero libre mercado sin super-sujeto; así como a la verdadera democracia con formas políticas, sociales y económicas transparentes. Políticamente el individuo busca la realización de la utopía que le es inherente al mercado a lo largo de toda su historia social.

En este sentido, modernización quiere decir realización de la modernidad, quiere decir entrar finalmente en el camino de la realización de la antigua utopía universal de nuestra civilización: los derechos humanos, la igualdad de todos los hombres. Este fue un antiguo programa tanto de la historia cristiana como de la Iluminación. Realizar los derechos humanos quiere decir combatir e ilustrar todas las formas del racismo y el sexismo. La igualdad no tiene límites étnicos o religiosos, ni tiene límites tribales ni nacionales. La soberanía nacional pasa a un segundo término frente a los derechos humanos. Este programa también se opone a la soberanía de la ley natural, porque ésta ley representó, a lo largo de su historia, y representa todavía, el interés de la explotación de la naturaleza externa e interna del individuo, es decir su sumisión a un super-sujeto.

La igualdad de todos los seres humanos requiere también de la justicia social. Esto quiere decir, que la igualdad solamente se puede realizar cuando la sociedad política da al mercado un marco, traza sus límites, para que los leones no hagan esclavos a los débiles, para que no se imponga la ley natural del más fuerte. El anti-humanismo de la ley natural se realiza en el imperio de un super-sujeto que se alimenta de los seres humanos vivos y muertos. La justicia social requiere formas económicas transparentes y controladas por la sociedad. En otras palabras, la democratización de la sociedad en todos sus niveles y asuntos sería un paso clave hacia una justicia social que sustentaría la realización de la igualdad de los seres humanos.

Pero esta democratización requeriría gente ilustrada e informada. Para llevar adelante la democracia, la gente tiene que conocer los intereses y posibilidades de la reproducción de su vida, tiene que conocer sus problemas y la cultura de la cual participa. Kant opinó que: "La ilustración es la liberación del hombre de la inmadurez de la cual él mismo es culpable. La inmadurez es la incapacidad de utilizar su inteligencia sin la guía de otro."4 

Pero cómo... si la familia, la educación y la economía política han formado la conducta autoritaria, sumisa y servil de la gente. Ellos le han hecho creer que el autoritarismo y la corrupción son los únicos caminos para sobrevivir en este mundo.

Para la democratización de la sociedad no sólo es suficiente la limitación de los monopolios y la protección de los mercados regionales y locales, también se requiere de la limitación de los medios de formación de la opinión pública. La democratización tiene que empezar con lo siguiente: limitar los monopolios, abrir los medios de comunicación masiva al público y dar espacios a una abierta comunicación democrática sobre los problemas de la gente.

Pero todo esto necesitaría un largo proceso de desarrollo. La gente que nunca ha conocido ni recurrido a sus derechos humanos, que nunca ha tenido la oportunidad de vivir una verdadera democracia, que cada día está más expuesta a las analfabetizantes mass-medias ... cómo puede ilustrarse, cómo se puede informar, cuando toda la información está monopolizada por las gigantescas mass-medias que dominan al mercado.

La destrucción de todas las formas de comunicación entre la gente, ocasionada por la influencia y la ocupación de los espacios de la vida social por los medios de comunicación masiva, impone la necesidad de crear nuevas formas de comunicación. Probablemente, estas nuevas formas podrían tomar como modelo los clubes republicanos como centros políticos de reunión, en donde los ciudadanos tuvieran posibilidades de intercambiar directamente sus deseos, sus dudas y experiencias, con el fin de reconocer y discutir sus problemas inmediatos. Del mismo modo, la deseada alfabetización de la gente analfabetizada por los medios de comunicación masiva requiere también, en primer término, de espacios comunes y autónomos de comunicación, en virtud de que cualquier proceso de alfabetización empieza con el reconocimiento del mundo que rodea al individuo, siendo este reconocimiento, igualmente, un resultado de la comunicación. En consecuencia, estas nuevas formas de comunicación directa representarían formas de autoorganzación social, es decir, un mercado en donde los ciudadanos serían capaces de intercambiar sus proyectos de vida social, quizá de construir una sociedad civilizada, cuyo fundamento básico fuera la cultura del conflicto y del respeto a los intereses de los demás.

Solamente una política común que detenga al neoliberalismo, al dominio y a la ejecución de la inhumanidad de la ley natural, puede darle espacio a formas humanas del mercado, a una comunicación pública sobre los asuntos de la gente y su bienestar social. El problema no es la dominación y explotación de la naturaleza bajo un super-sujeto, el problema es buscar un equilibrio y formar alianzas tanto entre los sexos y los grupos sociales como con la naturaleza, pues de ésta somos todos una parte consciente.

* en: Horst Kurnitzky, Vertiginosa inmovilidad, los cambios globales de la vida social, Blanco y Negro, México 1998.

1) Max Horheimer, Theodor W. Adorno: Dialectica del iluminismo, Buenos Aires 1969, p. 20.
2) véase: Carl L. Becker, The Heavenly City of the 18th. Century Philosophers, New Haven 1932.
3) Walter Benjamin, Tesis de filosofía de la historia, III
4) Immanuel Kant, Beantwortung der Frage: Was ist Aufklärung? (En contestación a la pregunta: ¿ Qué es Ilustración?), Berlinische Monatsschrift, Dezember 1784.


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