“Nosotros” y “ellos” Ernesto Espeche





Así como las Madres de Plaza de Mayo se asumieron como sujetos políticos cuando socializaron su maternidad, los hijos de desaparecidos debimos transitar por un proceso similar.

 Eso no significa desconocer la determinación de los lazos parentales en la definición de una identidad; se trata, por el contrario, de entender nuestra condición de “hijo” como resultado de un proceso social determinado, cargado de confrontaciones y delimitado por un contexto histórico.

 Toda construcción identitaria requiere de la definición de un “nosotros”. Ese campo supone no sólo el abandono del “yo” particular, sino la inscripción de toda práctica en la dimensión social del conflicto.

 El “nosotros” para los hijos de desaparecidos es más amplio que la misma relación filiatoria. Es un gran espacio simbólico habitado por las organizaciones de derechos humanos en general, pero también por todos los agrupamientos sociales, políticos y culturales del llamado campo popular.

 Ese “nosotros” es, al mismo tiempo, un espacio de reencuentro con nuestros padres desaparecidos, para hacerlos presentes y partícipes de nuestra práctica y comprender que la historia no consiste en una sucesión fragmentada de hechos.

 ¿Qué nos unifica como colectivo? Primero, un objetivo común: la condena al genocidio y a las políticas institucionalizadas que garantizaron la impunidad de los represores. Segundo, una práctica común: la denuncia de los horrores del pasado y sus consecuencias en el presente.

 Al mismo tiempo nos unifica la delimitación de un “ellos” más amplio que los represores y sus cómplices directos. Es un espacio en el que, por muchos años, jugó un rol central el aparato estatal. Se trató de un Estado garante de la impunidad y constructor de una memoria oficial en cuyo núcleo aparecían el olvido y el perdón como elementos ordenadores de la representación del pasado.

 Así, la relación conflictiva con un “ellos” materializado en las políticas de gobierno nos condujo, por largos años, a una estrategia común: la resistencia. Eran tiempos en que debíamos ganar el espacio público y articular esfuerzos con otros sujetos también sometidos a una serie de políticas oficiales adversas a sus intereses. No podía ser de otro modo: el mismo Estado que dejaba impunes a los genocidas aplicaba y profundizaba el proyecto económico y cultural que originó aquel genocidio.

 En 2001 –y luego de más de dos décadas- estalló el proyecto iniciado en 1976. Una inédita crisis social y política puso en evidencia las consecuencias devastadoras del modelo neoliberal y de las premisas ideológicas que lo legitimaron. La memoria oficial sobre la última dictadura fue parte esencial de esas premisas y, por tanto, también entró en crisis.

 El rol del movimiento de derechos humanos fue vital en el desarrollo y resolución de la crisis. Su resistencia, sus demandas y su capacidad articuladora de consensos le atribuyeron una renovada centralidad en la agenda pública. El nuevo Estado que nacía de la crisis se alimentó de las consignas históricas del movimiento y modificó de plano el sentido de la memoria oficial.

 El nuevo escenario abrió nuevos desafíos: Debimos reconstruir el “nosotros” en función de una identidad colectiva siempre dinámica. Si el Estado reconvertía su rol, debía ser interpelado de un modo diferente. Si aceptamos que la memoria es conflicto, ¿cómo relacionarse con un Estado que, por primera vez desde la restauración institucional, compartía con “nosotros” un mismo relato y las líneas directrices de la representación del pasado?

 El movimiento entendió que el Estado es también un espacio dinámico y, por tanto, de disputa. Entonces, la relación con el nuevo Estado no deja de ser conflictiva. Esta compleja caracterización es resultado de -y a la vez se traduce en- ricos debates dentro del movimiento y al interior del “nosotros”.

 La nulidad de las leyes de impunidad, la sustanciación de condenas a los represores y la socialización de un nuevo relato indican un claro avance. La nueva situación pone al movimiento a la ofensiva y, simultáneamente, lo impulsa a establecer nuevas definiciones.

 También un nuevo “ellos” emergió de esta reconfiguración de la memoria oficial. La oposición política de derecha cuestiona la matriz del nuevo escenario y demanda -resiste- en función de recomponer el viejo paradigma. Es por esto que el escenario le exige al movimiento suma claridad estratégica: la interpelación al Estado no debe servir de plataforma para un posible reposicionamiento de las viejas estructuras hegemónicas.

 Hoy el movimiento de derechos humanos está consolidado como un actor esencial en el terreno político y cultural. Ha desarrollado una larga experiencia: enfrentó a la dictadura; resistió las políticas de impunidad y olvido por más de dos décadas; y participó de una transformación del Estado. En adelante, su tarea será profundizar esa transformación.

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