El pintor

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Relatos de terror gratis, cuentos de miedo... para ti que te gusta sentir como un escalofrío recorre tu espalda.

Por José Manuel Escuder

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Era yo muy joven cuando, tratando de ganar algún dinero, aceptaba encargos de pintar retratos y escenas para caballeros acomodados y sacerdotes piadosos.

Poco era lo que conseguía de mi arte si no era por los caprichos de la hija de algún hacendado que deseaba tener una retrato suyo o por capricho del propio hacendado en poseer un retrato de esta o aquella hija.

Con los sacerdotes la única diferencia era que, en lugar del orgullo paterno, les impulsaba la devoción por uno y otro santo, gastándose en ello parte de lo que los feligreses dejaban en los cepillos y en las colectas de las misas de los domingos.

Debo reconocer que, aunque estos últimos eran los más abundantes, eran también los menos deseables, pues con la excusa de hacer rogativas por mi alma siempre rebajaban mis ya de por sí escasos honorarios, acercándome así a un mismo tiempo a Dios y a la miseria.

Sucedió pues, que un día vino a verme el párroco de una Iglesia, un cura orondo, que con los calores del verano sudaba a mares dentro de una sotana sucia y raída. Traía la intención de encargarme un cuadro, para su pequeña y modesta parroquia, en el que se admirara la gloria de Dios a través del triunfo del Arcángel San Miguel sobre Satanás.

No puedo decir que la idea me resultara grata, pues la temática religiosa nunca estuvo entre las fuentes de mi inspiración, aunque si en las de mi fe. Pero, gratitudes aparte, en aquellos días no podía permitirme rechazar encargo alguno, y tras conseguir que el avaro párroco me adelantara unas monedas, pues todas las oraciones que se ofreció a rezar por mi no iban a alimentarme, me puse manos a la obra.

Tal era mi necesidad en aquellos días que traté de adelantar todo lo posible, en vistas a conseguir más pronto que tarde, los dineros que restaban como pago al trabajo. El resto de oraciones prometidas por el cura no me eran tan urgentes.

Trabajé de ese modo a toda prisa, manchando un lienzo con lo que serían las formas del divino y el maligno después de que las revistiera de multitud de detalles, pues el clero era muy exigente al examinar sus encargos, y cualquier cosa que no les agradara podía recortar aun más mis ya escasos honorarios.

Puse gran esmero y cuidado en que el cielo fuese de un azul luminoso y claro, como si del día más radiante de la primavera se tratara. Rayos de luz dorada descendiendo de las alturas mostrando la gloria divina, plateados reflejos en la coraza del Arcángel y un cuerpo deformado por la agonía y el dolor yaciendo en el suelo.

Muy avanzada estaba la noche, cuando el cansancio amenazaba con rendirme. La escena distaba mucho de estar concluida, pero la tenía muy adelantada y ya se veía con claridad de que se trataba en el cuadro, como estaba ambientado y quienes eran los personajes.

Al punto de dejarlo, tal como estaba, para marchar en busca de unas horas de reconfortante sueño, me embargó una misteriosa fuerza y fui incapaz de apartarme del lienzo. Tomé los pinceles más finos y comencé a dar perfiles y colores al rostro del cuerpo que yacía en el suelo, ignorando el cansancio o el sueño, pincelada tras pincelada.

La misteriosa fuerza sustentaba mis que brazos en el aire en contra de mis deseos no me daba tregua ni descanso, mantenía mis ojos abiertos y alejado el cansancio. Cada vez que aparecía la voz de la razón en mis pensamientos, pidiendo abandonar el trabajo, otra más poderosa la hacía callar pidiendo otra pincelada, y otra, y otra...

Llegó el momento en el que aquella extraña necesidad, convertida casi en obsesión, no pudo ocultar con su vocerío mi estado de extenuación y el pincel se escurrió entre mis dedos, torciendo hacia abajo la boca que perfilaba, transformando en horrenda mueca la torturada faz del demonio moribundo.

 

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