Un Pequeño Gato

Negro

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Relatos de terror gratis, cuentos de miedo... para ti que te gusta sentir como un escalofrío recorre tu espalda.

Por José Manuel Escuder

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Ahora que los fantasmas que viven en mi cabeza, atormentando ni existencia, han quedado tranquilos dejándome unos instantes de paz, quiero contaros mi desgracia.

El mayor de todos mis males comenzó insospechadamente, un día en que regresaba de unos negocios por asunto de unas tierras que deseaba arrendar. Montando una yegua blanca, orgullo de mis caballerizas, recorría sendas y caminos por la sierra de Segura atendiendo a mis cavilaciones y, de tanto en tanto, a los inmensos pinares que componían el paisaje.

Quiso la fortuna, la mala fortuna, que al doblar un recodo del camino una fuerte algarabía llamara mi atención. Eran los chillidos, que no maullidos de gato, tan fuertes y desesperados que hubiese jurado que alguien lo estaba desollando vivo.

Fue mi curiosidad más grande que mi prudencia al detener mi montura y bajarme en busca del desdichado animal, al cual encontré no muy lejos del camino, en la espesa maleza. Acosado por un perro, un gigantesco mastín de blanco pelaje, que ignorando espinos y malezas acosaba, encelado, a aquel pequeño gato negro.

Cada ladrido atronaba, cada maullido hería los oídos.

Pareciéndome harto injusto aquel enfrentamiento entre una bestia grande y fuerte y un animalejo triste y desaliñado, que únicamente podía inspirar lástima, me dispuse a intervenir. En un primer momento grité y arrojé piedras, pero se estrellaron contra la bestia sin que pereciese darse cuenta de ello ni cesar de perseguir al pobre gato.

Temeroso de las mandíbulas del gigantesco can busqué una rama gruesa por los alrededores, con la que hacer frente al enfurecido animal.

Uno escapaba de la muerte, el otro la misma muerte era.

No tardé mucho en encontrar una rama gruesa como un puño y alta como un hombre perdida entre la maleza y tras cogerla me sumé a la persecución, más tal era el empeño de uno por escapar y el del otro en perseguir que no lograba acercarme a ninguno de los dos.

Más la persecución cesó de repente cuando las mandíbulas del can se cerraron sobre el gato, que lanzó un último y desesperado maullido, callando al sonar el crujido se su espinazo.

El cruel y horrible mastín se quedo inmóvil, jadeante, con su presa entre las fauces, colgando sin vida.

No pude refrenar mi rabia y llegando a él descargué la rama con todas mis fuerzas sobre sus costillas.

Su altivez se tornó en miedo con un aullido de dolor y escapó dejando en el suelo el despojo en que había quedado convertida su víctima.

Movido por la caridad, que todo buen cristiano debe tener incluso con los animales, recogí el cuerpo del animalejo, que creí sin vida por estar ya sangriento y desmadejado.

A cierta distancia el perro me miraba fijamente y pude sentir algo muy extraño, una creciente inquietud. Deseoso de alejarme de aquel mastín de tan fiero aspecto di media vuelta y me encaminé en busca de la yegua, que había dejado sola junto al camino.

Subí a mi montura y me apercibí que el cuerpo del gato se encontraba aun en mis manos, volví la vista hacia el bosque y allí, a solo unos pasos el perro me miraba fijamente, No lo había oído seguirme y la sensación de inquietud volvió a mi.

-Pronto comprenderás que debes antregarmelo -sonó una voz en el aire, que por nadie fue pronunciada, profunda y amenazadora.

La inquietud se volvió miedo y, al estar el perro y yo solos, el miedo se tornó terror.

Espoleé mi montura con un deseo grande de alejarme de allí y de aquel animal, que sin duda debía estar maldito, pues ni me atrevía a pensar que pudiera no ser una criatura de Dios, sino del diablo.

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