El Vigilante

pagina 1/3 


Relatos de terror gratis, cuentos de miedo... para ti que te gusta sentir como un escalofrío recorre tu espalda.

Por José Manuel Escuder

(volver al indice)

 

Miraba la pantalla del ordenador portátil completamente inmóvil. No sabía cuanto tiempo llevaba así, en silencio, releyendo la última palabra que había escrito llovía. Su mente se había bloqueado en aquel punto del relato y se negaba a dar un paso más llovía.

Levantó la vista y buscó un punto indefinido en la semioscuridad tras los ventanales del puesto de guardia, pero a las dos de la madrugada todo es calma, sobre todo en los pasillos del Museo de Historia Natural.

La tranquilidad del turno de noche había sido la principal razón por la que había aceptado el empleo de guardia de seguridad en el museo, allí tendría tiempo de sobra para dedicarse a escribir una obra maestra, ocho horas cada noche en las que lo único que tenía que hacer era permanecer en el puesto de guardia, escribiendo. Cada hora debía hacer una ronda por las salas, pero si apretaba el paso no le llevaba más de diez minutos.

El sueño de todo escritor aficionado, un trabajo que permite vivir y escribir a un mismo tiempo. Desparramado por el suelo Tulcas dormitaba placidamente. El pastor alemán de negro y brillante pelaje tan solo alzaba la cabeza cuando la hora de la ronda se acercaba, algunas veces también se sobresaltaba por algún ruido que su dueño no llegaba a percibir, pero enseguida volvía a quedar tranquilo, en un estado de alerta por el que tanto lo apreciaba su dueño.

Llovía, era del todo inútil, no conseguía encontrar las palabras que le permitieran continuar la historia. Cada vez que permanecía más de veinte minutos en aquel estado le asaltaba la sensación de que realmente no servía para ser escritor, si llegaba a los treinta comenzaba a arrepentirse de haber aceptado aquel maldito trabajo que le mantenía en vela mientras todo el mundo dormía.

El perro levantó la cabeza del suelo y se le quedó mirando con la estúpida expresión que ponía cada vez que esperaba que su dueño hiciera algo.

El reloj de pulsera emitió una serie de tonos agudos señalando que eran las dos en punto, hora de la siguiente ronda. El perro se alzó, se acercó a la puerta y giró la cabeza para continuar mirándole con la misma expresión boba.

Sin hacer en menor ademán de levantarse de su silla dirigió una última mirada a la pantalla, llovía. Pensó que el paseo le vendría bien, quizá le despejara un poco y se le ocurriera algo para que dejara de llover.
Los pasillos oscuros no eran precisamente agradables para pasear, estaban iluminados únicamente por las luces de emergencia y las salas se deformaban con las sombras de los animales disecados y los reflejos de los cristales de las vitrinas.

La primera noche le costó un gran esfuerzo hacer las rondas, no es que hubiera sentido miedo, pues sabía que allí nada había que pudiera hacerle daño, pero la inquietud era un sentimiento difícil de combatir en un ambiente como aquel. Sabía a ciencia cierta que sin la compañía de Tulcas aquella primera noche habría sido también la última, el perro transmitía serenidad.
Es curioso que a los perros no les inquiete la oscuridad y a sus amos si.

Caminaban juntos en silencio, sólo los pasos del hombre atravesaban el aire devolviendo ecos desde todos los rincones.
Dejaban atrás una y otra sala deteniendose tan solo en los puntos de control, en los que debía introducir una llave para que el sistema de seguridad registrase su paso por allí durante la ronda, si se retrasaba demasiado o se olvidaba de alguno la alarma se dispararía. Había tiempo de sobra entre un punto de control y el siguiente, por lo que marchaban despacio.
Sala tras sala las sombras eran las únicas dominadoras de la noche. El silencio acompañaba esas sombras dándoles una personalidad fría y tétrica. El vigilante muchas veces tenía la impresión de caminar por un cementerio.
Algunas veces, dentro de su cabeza, sonaba una risa breve y alegre, cantarina como el agua de un arroyo. Tan real le parecía en ocasiones que buscaba entre las sombras a quien hubiera podido dejar escapar aquella risa, pero la actitud serena del perro le convencía de que estaba solo.
La imaginaba como una hermosa chiquilla que jugara entre las vitrinas mientras reía, pero pronto desechaba la idea temiendo que su imaginación le jugaba una mala pasada.
Al atravesar la sala dedicada al antiguo Egipto la risa sonó de nuevo en su cabeza, se detuvo para escuchar sin que sus pasos le entorpecieran pero nada llegó a sus oídos. Buscó al perro con la mirada y lo encontró sentado en el suelo cerca de él, mirándolo fijamente sin comprender porque se habían detenido. Comprendió que su mente trataba de engañarle una vez más, que nadie había en la oscuridad que riera a su alrededor, que se encontraba acompañado únicamente por Tulcas, el perro.

Continua en la página 2



vinculos patrocinados

Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.