LA FORMACIÓN DEL ANALISTA INSTITUCIÓN PÚBLICA- ENSAYOS SOBRE LA EXPERIENCIA

Martín Trigo


La cita de hoy, en la Biblioteca Nacional, en esta sala Jorge Luis Borges, me invitó a trabajar en relación al tema que nos reúne, un cuento que Borges publicó en 1983. Él se había interesado por la cábala y la alquimia, y así fue que escribió un cuento sobre un médico alquimista del siglo XV. Este mago se hacía llamar Paracelso, y era famoso porque se creía que podía convertir al plomo en oro. Bajo el título de La Rosa de Paracelso, Borges nos propone recorrer el desencuentro de Paracelso con quien pretendía  ser su discípulo. Tal vez, las resonancias del texto, nos ofrezcan la posibilidad de interrogarnos sobre nuestra experiencia.


En su taller, que abarcaba las dos habitaciones del sótano. Paracelso pidió a su Dios, a su indeterminado Dios, a cualquier Dios, que le enviara un discípulo. Atardecía, El escaso fuego de la chimenea arrojaba sombras irregulares, Levantarse para encender la lámpara de hierro era demasiado trabajo, Paracelso, distraído por la fatiga, olvidó su plegaria. La noche había borrado los polvorientos alambiques y el atanor cuando golpearon la puerta, El hombre, soñoliento, se levantó, ascendió la breve escalera de caracol y abrió una de las hojas. Entró un desconocido. También estaba muy cansado. Paracelso le indicó un banco; el otro se sentó y esperó. Durante un tiempo no cambiaron una palabra.

El maestro fue el primero que habló.

-Recuerdo caras del Occidente y caras del Oriente -dijo no sin cierta pompa-, No recuerdo la tuya, ¿Quién eres y qué deseas de mí?

-Mi nombre es lo de menos -replicó el otro-, Tres días y tres noches he caminado para entrar en tu casa. Quiero ser tu discípulo. Te traigo todos mis haberes.

Sacó un talego y lo volcó sobre la mesa. Las monedas eran muchas y de oro. Lo hizo con la mano derecha. Paracelso le había dado la espalda para encender la lámpara. Cuando se dio vuelta advirtió que la mano izquierda sostenía una rosa. La rosa lo inquietó.

Se recostó, juntó la punta de los dedos y dijo:

-Me crees capaz de elaborar la piedra que trueca todos los elementos en oro y me ofreces oro. No es oro lo que busco, y si el oro te importa, no serás nunca mi discípulo,

-El oro no me importa -respondió el otro-, Estas monedas no son más que una parte de mi voluntad de trabajo. Quiero que me enseñes el Arte. Quiero recorrer a tu lado el camino que conduce a la Piedra.
Paracelso dijo con lentitud:

-El camino es la Piedra. El punto de partida es la Piedra. Si no entiendes estas palabras, no has empezado aún a entender. Cada paso que darás es la meta.

El otro lo miró con recelo. Dijo con voz distinta:

-Pero, ¿hay una meta?

Paracelso se rió.

-Mis detractores, que no son menos numerosos que estúpidos, dicen que no y me llaman un impostor. No les doy la razón, pero no es imposible que sea un iluso. Sé que "hay" un Camino,

Hubo un silencio, y dijo el otro:

-Estoy listo a recorrerlo contigo, aunque debamos caminar muchos años. Déjame cruzar el desierto. Déjame divisar siquiera de lejos la tierra prometida, aunque los astros no me dejen pisarla. Quiero una prueba antes de emprender el camino,

-¿Cuándo? -dijo con inquietud Paracelso.

-Ahora mismo -dijo con brusca decisión el discípulo.

Habían empezado hablando en latín; ahora, en alemán.

El muchacho elevó en el aire la rosa.

-Es fama -dijo- que puedes quemar una rosa y hacerla resurgir de la ceniza, por obra de tu arte. Déjame ser testigo de ese prodigio. Eso te pido, y te daré después mi vida entera.

-Eres muy crédulo -dijo el maestro- No he menester de la credulidad; exijo la fe.

El otro insistió.

-Precisamente porque no soy crédulo quiero ver con mis ojos la aniquilación y la resurrección de la rosa.

Paracelso la había tomado, y al hablar jugaba con ella.

-Eres crédulo -dijo-. ¿ Dices que soy capaz de destruirla?

-Nadie es incapaz de destruirla -dijo el discípulo.

-Estás equivocado. ¿Crees, por ventura, que algo puede ser devuelto a la nada? ¿ Crees que el primer Adán en el Paraíso pudo haber destruido una sola flor o una brizna de hierba?

-No estamos en el Paraíso -dijo tercamente el muchacho-; aquí, bajo la luna, todo es mortal.

Paracelso se había puesto en pie.

-¿En qué otro sitio estamos? ¿Crees que la divinidad puede crear un sitio que no sea el Paraíso? ¿Crees que la Caída es otra cosa que ignorar que estamos en el Paraíso?

-Una rosa puede quemarse -dijo con desafío el discípulo.

-Aún queda fuego en la chimenea -dijo Paracelso-. Si arrojaras esta rosa a las brasas, creerías que ha sido consumida y que la ceniza es verdadera. Te digo que la rosa es eterna y que sólo su apariencia puede cambiar. Me bastaría una palabra para que la vieras de nuevo.

-¿Una palabra? -dijo con extrañeza el discípulo-. El atanor está apagado y están llenos de polvo los alambiques. ¿Qué harías para que resurgiera?

Paracelso le miró con tristeza.

-El atanor está apagado -repitió-- y están llenos de polvo los alambiques. En este tramo de mi larga jornada uso de otros instrumentos.

-No me atrevo a preguntar cuáles son -dijo el otro con astucia o con humildad.

-Hablo del que usó la divinidad para crear los cielos y la tierra y el invisible Paraíso en que estamos, y que el pecado original nos oculta. Hablo de la Palabra que nos enseña la ciencia de la Cábala.
El discípulo dijo con frialdad:

-Te pido la merced de mostrarme la desaparición y aparición de la rosa.

No me importa que operes con alquitaras o con el Verbo.

Paracelso reflexionó. Al cabo, dijo:

-Si yo lo hiciera, dirías que se trata de una apariencia impuesta por la magia de tus ojos. El prodigio no te daría la fe que buscas: Deja, pues, la rosa.

El joven lo miró, siempre receloso. El maestro alzó la voz y le dijo:

-Además, ¿quién eres tú para entrar en la casa de un maestro y exigirle un prodigio? ¿Qué has hecho para merecer semejante don?

El otro replicó, tembloroso:

-Ya sé que no he hecho nada. Te pido en nombre de los muchos años que estudiaré a tu sombra que me dejes ver la ceniza y después la rosa. No te pediré nada más. Creeré en el testimonio de mis ojos.

Tomó con brusquedad la rosa encarnada que Paracelso había dejado sobre el pupitre y la arrojó a las llamas. El color se perdió y sólo quedó un poco de ceniza. Durante un instante infinito esperó las palabras y el milagro.

Paracelso no se había inmutado. Dijo con curiosa llaneza:

-Todos los médicos y todos los boticarios de Basilea afirman que soy un embaucador. Quizá están en lo cierto. Ahí está la ceniza que fue la rosa y que no lo será.

El muchacho sintió vergüenza. Paracelso era un charlatán o un mero visionario y él, un intruso, había franqueado su puerta y lo obligaba ahora a confesar que sus famosas artes mágicas eran vanas.

Se arrodilló, y le dijo:

-He obrado imperdonablemente. Me ha faltado la fe, que el Señor exigía de los creyentes. Deja que siga viendo la ceniza. Volveré cuando sea más fuerte y seré tu discípulo, y al cabo del Camino veré la rosa.

Hablaba con genuina pasión, pero esa pasión era la piedad que le inspiraba el viejo maestro, tan venerado, tan agredido, tan insigne y por ende tan hueco. ¿Quién era él, Johannes Grisebach, para descubrir con mano sacrílega que detrás de la máscara no había nadie?

Dejarle las monedas de oro sería una limosna. Las retornó al salir. Paracelso lo acompañó hasta el pie de la escalera y le dijo que en esa casa siempre sería bienvenido. Ambos sabían que no volverían a verse.

Paracelso se quedó solo. Antes de apagar la lámpara y de sentarse en el fatigado sillón, volcó el tenue puñado de ceniza en la mano cóncava y dijo una palabra en voz baja. La rosa resurgió.

Este relato nos permite identificar algunas cosas e interrogarnos otras:

¿Qué frontera quiere atravesar Borges, al proponer que un Maestro para aceptar la demanda de un discípulo requiera de él algo más que su creencia?

¿Qué enseña el maestro  cuando rechaza ubicar la prueba que los ojos puedan verificar como motor para comenzar la aventura de formarse?

¿Que propone Borges, al concluir el cuento, con el resurgir de la rosa en manos del  alquimista y por la palabra, ya en ausencia del discípulo?

El maestro no le da a ver lo que sabe hacer, deja su puerta abierta para el regreso del discípulo, siempre que éste pueda atravesarla sin garantías de lo que pretende obtener. Esta vez, lo deja ir.

Ya nos aproximamos entonces a aquellas cuestiones que el psicoanálisis nos propone como formación.

El dominio del objeto a alcanzar, pretendido por el discípulo en el cuento, encuentra la respuesta de que se trata del  camino y que cada paso que dé será la meta.

En el campo del psicoanálisis, es el camino del análisis personal la condición necesaria para que una formación sea la del analista. A diferencia del cuento, no es una cuestión de fe sino de convicción.

Aquí empezamos a entender que no se trata de la adquisición de un saber que encandile nuestros ojos como una rosa que resurge de las cenizas, sino de transitar una experiencia que desde el camino del análisis deje caer la creencia para que en ese vacío pulse un deseo, el deseo del analista. Cuya función se ejerce en mantener la máxima distancia posible entre el Ideal y el objeto causa de deseo. Una distancia, que de no mediar el análisis, se vive como desencuentro, como desilusión.

En el análisis, nos decía Freud en RRR, es necesario realizar la experiencia de la palabra ahí donde la representación no la alcanza por sí misma sino se transita la vivencia del síntoma con el analista. Así definió Freud lo que llamó  re-elaboración. Realizar en transferencia la experiencia que separa al sujeto de su lugar de objeto.

Es entonces en ese camino, que la convicción de la producción del inconsciente anida en quien recorre la experiencia del análisis y lo confronta a una función del saber que se distancia del goce, es decir no se confunde con la verdad, en todo caso va articulándose en cada uno como producto de una praxis que pone en acción  su ignorancia.

El autorizarse de sí mismo y ante algunos otros, como indicación que Lacan propone para quien se dice analista, no reposa en una pretensión voluntaria asistida por el yo de cada analista, sino en el efecto que el encuentro con lo que no tiene palabras lo incita a producir.

La experiencia a realizar en el análisis, encuentra sus carriles también en la extensión, en las prácticas que adscriptas al discurso analítico, se proponen dar cuenta de los efectos de la clínica, de sus fundamentos y de su orientación.

Al modo de este médico enigmático del siglo XV, que nos acerca Borges, la institución nos espera en un sótano, de luces escabrosas y sombras a recorrer, en un paraíso que como ilusión se encuentra perdido. No importa cuantos días y noches hayamos recorrido para llegar hasta allí, no es esa la cuestión. Nos incita a responsabilizarnos de nuestro deseo en el ejercicio de una clínica que requiere de nosotros una elección en la respuesta. Allí reside el vértice donde se funda su transmisión. Nos confronta a dar una respuesta que trasciende lo que se enuncia para requerir la puesta en acto de un deseo.

Así la clínica que efectuamos en el hospital, nos conmina a proponer en coherencia con ella, los dispositivos que nos permiten dar las razones de nuestra práctica.

Probablemente, cuando ingresamos a la institución, como ese Otro que nos aloja para avanzar en nuestra formación como analistas, no lo hemos hecho sin la operación allí de nuestro fantasma. Necesario para que una transferencia con ese espacio sea posible. Hemos arribado con nuestra demanda, con monedas de oro en una mano y una rosa en la otra, para sostener la ilusión de que tenemos una oferta tentadora y  para poner a prueba  lo que el saber referencial predica cuando se lo reduce  a una técnica que se hace religión.

La institución, lejos de eso, nos coloca en el banquillo, nos propone instituirla, recrearla en cada acto bajo el comando de una ética. Se deshacen allí las pretensiones profesionales y caducan las certificaciones, se abre la posibilidad de ejercer un compromiso. Una apuesta que se soporta en la singularidad de los que en ella participan.

En el surco de la transmisión recibida, atravesamos nuestra experiencia en el Centro 1 con un dispositivo que se sostiene en la escritura, en la tensión que implica poner en relación a  la investigación con el psicoanálisis. El Ensayo, nos ofrece un enlace posible en tanto colabora a extraernos del amparo del Otro, de las supuestas garantías del saber.

Así como la apertura del inconsciente opera en el análisis el retorno de su estructura de lenguaje en letras, esa escritura que permite la caída de la alienación al sentido, nos ofrece en el Ensayo la posibilidad de recorrer esa hiancia en la invención que la escritura propone.

Hacer el camino de las letras que en el análisis se ejerce como extracción al significante nos lleva a operar en el límite del saber. Se descubre en cada escrito el trazo del autor. Ese trazo poético que en cada texto dice de la función de quien se autoriza en su propia causa. La más íntima, la más singular. Así como las letras en las que un analista se autoriza a intervenir en la clínica, la función del escrito requiere de su autorización para transitar lo imposible de decir y dar cuenta de su acto.

Una experiencia más a recorrer en la Institución Pública, con la que se enlaza la deuda que los psicoanalistas tenemos con ese espacio. Deuda que no se reconoce en los bienes a obtener, sino en la falta que nos ofrece para que cada quien elija el camino a recorrer. Esa invitación a tomar una posición y junto a otros constituirse en el agente de una producción posible, es una oportunidad que el Hospital Público nos brinda, que obra como un llamado incesante a que los psicoanalistas habitemos con nuestra producción esas latitudes.

Allí nos reunimos, entre otras cosas, para formarnos en las artes de la alquimia. En la posibilidad de aliar el cobre de la sugestión con el oro puro del análisis al decir de Freud en su texto del 19, y en Buenos Aires, en Argentina, tal vez unos pasos más.

Viejo, cansado, en un sillón que la noche ofrece como pausa, el viejo alquimista “hospital” hace resurgir la rosa de las cenizas, a la espera de que algún aventurado discípulo adquiera el arte de convertir en oro la terquedad  del cobre.