Déficit y peligrosidad: Dos formas de exclusión del psicótico

Alejandro Poy 

Psicoanalista. Coordinador del equipo de Docencia e Investigación del Hospital de Día Vespertino, Servicio de Salud Mental del Hospital Dr. Teodoro Álvarez.



La psicosis introduce una diferencia fundamental en nuestra cultura, en tanto constituye otra forma de existencia, distinta a la neurótica. Por existencia entendemos la forma en que pasamos de ser organismos biológicos a ser seres humanos, movimiento que se da a partir del modo en que habitamos el lenguaje, lo que traerá como consecuencia una forma de nombrarnos, pensarnos y sentirnos; y una forma de nombrar, vivir y pensar la realidad.

 

El problema fundamental es qué hace una cultura determinada con esta diferencia que la psicosis presenta. No siempre el loco ocupó el lugar que ocupa en nuestra cultura y en otros tiempos y otras geografías podía ser el vehículo de la voluntad de los dioses, la manifestación de un saber de otro orden, etc. En cualquier caso el loco podía ser situado a mitad de camino entre lo divino y lo humano, pero sin perder su lugar determinado en una cultura dada, sin caer por fuera de lo humano.

 

A la hora de pensar el lugar del loco en nuestra cultura, dos opciones aparecen como posibles: El déficit y la peligrosidad.

 

Recorramos por un momento sus lógicas:

 

El lugar de déficit se construye por la comparación del loco con dos de los ideales que dan forma a nuestra sociedad: Por un lado el trabajo, entendido como ocupación retribuida, esfuerzo humano aplicado a la producción de riqueza,  capacidad a ser ofertada en un mercado; y por otro la familia como garantía de la reproducción de la especie humana. El sistema capitalista necesita de individuos adaptados a la realidad, productivos, trabajadores.

 

Las intervenciones mal llamadas “terapéuticas” que se sostienen en esta creencia tienen como objetivo resocializar y rehabilitar al loco. El déficit está implícito en estas concepciones: Si el objetivo es re-socializar, se supone que el loco formó parte de la sociedad en un primer momento y dejó de pertenecer a ella cuando enfermó, lo cual es una forma disimulada de des-humanizar al loco, arrojarlo por fuera de la condición humana, en tanto ésta es imposible por fuera de la sociedad.

De la misma forma, la re-habilitación supone que álguien estuvo habilitado para formar parte de una cultura y a partir de la crisis, deja de estarlo.

Las prácticas que se sostienen en esta creencia apuntan a restituír un hipotético estado de bienestar perdido, a corregir una desviación, a borrar un problema.

 

Por otro lado encontramos la peligrosidad:

Esta conceptualización justifica las peores prácticas, en tanto al presentar el loco un peligro, no quedará más remedio que encerrarlo y separarlo, hasta llegar al límite de castigarlo por su condición.

Una vez más encontramos en este punto supuestos tratamientos del padecimiento que presenta la locura que en realidad no son más que formas de castigo: ¿Cómo se explica que alguien pueda estar internado en un neuropsiquiátrico durante décadas? ¿Qué justifica poner a alquien con un padecimiento mental en una celda de castigo? ¿Qué delito cometió para justificar el castigo?

Incluso sería preferible que la reclusión fuera producto de un delito, ya que desde esa perspectiva existe un proceso judicial que le da al acusado derecho a defensa y que en última instancia, de ser encontrado culpable, establece una pena que será proporcional al delito cometido.

En el caso de los hospitales psiquiátricos monovalentes todas estas garantías se pierden, y alguien puede llegar a estar institucionalizado sin haber cometido delito alguno, sin haberse podido defender en un proceso y sin regulación que fije el tiempo de su reclusión.

En este punto volvemos a encontrar al loco arrojado a la des-humanización, a la pérdida de los derechos humanos más elementales.

 

Pero nuestro objetivo no es solo el de denunciar estas prácticas, sino también el de pensarlas, para poder llegar a las raíces mismas de la amenaza que representa la locura para la cultura moderna.

 

 

En este sentido proponemos que frente al loco el neurótico se mira en un espejo roto: La imagen que retorna es una imagen fragmentada. En este punto podemos situar la verdadera peligrosidad de la locura, la amenaza al yo del neurótico que, sabemos, se constituye a partir  del reflejo en un Otro que devuelve una imagen de unidad y coherencia que permite que ese montón de sensaciones de placer y displacer que se presentan en un primer momento, pasen a constituír un cuerpo que será el soporte físico de una mentalidad.

 

Desde esta perspectiva pueden entenderse las dos salidas que la cultura moderna le da a lo diferente que presenta la locura: O arreglar el espejo, intentando reconstruir un rompecabezas imposible o, más atenta al peligro con que esto la confronta, tirarlo a la basura.

 

Siguiendo a Sigmund Freud convendría retomar en este punto las tres heridas narcisísticas que ha sufrido la humanidad a lo largo de su historia: Ellas son el corrimiento de la tierra como centro del universo a partir de la teoría heliocéntrica, el lugar que viene a ocupar el ser humano en relación a las demás especies vivientes, según lo plantea Charles Darwin y por último, el fin del reinado de la conciencia como motor y guía de nuestra existencia, a partir de la conceptualizacíon del inconciente freudiano.

¿No podría pensarse a la locura como complemento de esta última?

De esta forma se entiende la crueldad con que ella ha sido tratada: Frente a nuestra división psíquica no podemos más que padecerla o negarla, ahora, cuando esta división nos vuelve amplificada desde un otro, podemos encerrarlo.

 

Evidentemente, si se pretende proporcionar un verdadero tratamiento a quienes padecen este tipo de trastornos, habrá que romper con la lógica de la rehabilitación y de la clínica asilar.

 

La ética que sostiene nuestra clínica apunta a trabajar con la diferencia que la locura presenta: Ni negarla por el lado de una mirada romántica, que no supone más que una identificación al loco, ni borrarla por considerarla una amenaza.

 

 

En esa dirección, nuestro trabajo diario en Hospital de Día Vespertino se basa en una concepción diametralmente opuesta: La locura presenta, indudablemente, una diferencia respecto del padecimiento neurótico, sin embargo nuestra apuesta es a darle lugar a esa diferencia, ser con ella verdaderamente hospitalarios, en el sentido de alojar al extranjero que viene a golpear nuestra puerta. Esto se logra brindando un tiempo y un espacio donde poner a trabajar la diferencia, hacer algo con ella, pero siempre atentos a que la estadía en el dispositivo no podrá ser eterna. Nuestro objetivo apunta a establecer un tiempo para el alojamiento, un tiempo para el trabajo y un tiempo para el alta, donde el sujeto no necesitará más del hospital, porque pudo hacer algo con su padecimiento que le permite circular por la sociedad de una manera menos sufriente, sociedad a la que nunca dejó de pertenecer.

 

                                          
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