Esta vida, con todos sus gozos y bendiciones, es en  realidad,  parte de una saga de dolor y llanto humano. Anhelamos bebés que nunca llegan. Se esperan niños que nunca llegamos a conocer porque fallecen en el vientre. Padres entierran a hijos a quienes nunca pensaban enterrar. E hijos entierran a padres, lamentando palabras nunca dichas . . . y recordando palabras que nunca se debían haber dicho. Caminamos por las salas pediátricas en el hospital, donde los colores brillantes y juguetes sonrientes no pueden esconder la realidad de que aquí hay niños gravemente enfermos. Nuestros corazones—y a veces nuestras voces—gritan al cielo mudo . . . “¿Por qué? . . . ¿Por qué? . . . ¿Dónde está Dios . . . si es que existe? ¿Cómo puede permitir tal sufrimiento?”

Estas preguntas no son nuevas. Y aunque nunca entenderemos todas las respuestas en esta vida, Dios nos ha dicho mucho en cuanto al motivo y el propósito de nuestros sufrimientos . . . y cómo terminará esta larga historia.

La historia, o por lo menos nuestro papel en esta saga, comenzó en un huerto perfecto. Un huerto sin desilusión, sin cáncer, sin dolor. Estábamos ahí, aunque no lo entendamos completamente, en ese día fatal cuando nuestros primeros padres desobedecieron a Dios. Y aún si no creemos que estábamos ahí, tenemos que aceptar lo escrito cuando nos dice la Biblia que nosotros—junto con todo el mundo—hemos pecado contra un Dios santo: No hay justo, ni aun uno. Así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron. Y aquí está la raíz de todo el sufrimiento que conocemos tan bien—es el pecado.  

Nuestro pecado no fue un defecto en el plan de Dios. Tampoco es que Dios sea de alguna manera responsable por el pecado. Y porque Dios es perfectamente santo—es decir, completamente apartado del pecado—es necesario que él condene a los pecadores. Que un Dios justo llame “justo” a un pecador injusto desgarraría el tejido mismo del universo. Así que la ira de Dios se revela contra la injusticia de los hombres; y seguimos rebelándonos contra nuestro Creador, dándole la espalda, sin saber que así esperamos un infierno eterno. Y esto, para muchos es el fin de la historia.

Pero el plan amoroso de Dios Padre fue que Dios Hijo se hiciera hombresin dejar de ser Dios. Y que él viviera en este mundo como la única persona justa que jamás caminara sobre esta tierra. Este justo, Jesucristo, sufriría en un madero—es decir, una cruz—por gente injusta. Padecería el furor pleno de la ira justa de Dios Padre; y lo haría para que todos los que un día vendrían a El—aunque merecieran sufrir por sus propios pecados—nunca lo tuvieran que hacer.

El plan de Dios fue restaurar su creación a un estado perfecto; rescatar a un pueblo de sí mismos, del pecado, y del reino de las tinieblas; y hacer que este pueblo se parezca a su Hijo, para que su Hijo sea preeminente.

La historia de Jonatán es un ejemplo de lo que Dios está haciendo en la tierra. Dios está revelando estas buenas noticias de su Hijo a personas como Jona, a personas como tú. Cuando Jona creyó en Jesús, poniendo todo su peso en El; cuando invocó su nombre, confiando completamente y solamente en la obra de Jesús—su muerte y resurrección; cuando Jona vino a Dios de esta manera, este Dios justo pudo—y lo hizodeclarar a Jona “justo” porque Jesús había sufrido la ira de Dios en su lugar. Dios en su gracia está haciendo lo mismo para todos los que creen el evangelio. Y no es que sólo los justifica una vez para siempre—sino que también los hace santos, conformándoles a la imagen de su Hijo, Jesucristo.

El sufrimiento que Jona experimentó no fue un fracaso de Dios en el cuidado de uno de sus hijos. Al contrario, el sufrimiento que Jona experimentó fue el cumplimiento de la obra que Dios había comenzado en él, una obra que sin duda cumplirá en cada cristiano. A través de los fuegos del sufrimiento, Dios hizo que Jona se pareciera más y más a su Hijo, Cristo. Y Dios usó a Jona para continuar esa obra en la vida de cada hijo de Dios que lo conocía. Dios ha prometido esto—que todo lo que toque nuestras vidas tendrá ese resultado.

Y para todos los que creen este evangelio, el día vendrá en que, una vez más, no habrá ni desilusión, ni cáncer, ni dolor. Jesús gobernará el reino de Dios de una manera que hasta este momento no hemos visto. Los hijos de Dios disfrutarán y glorificarán a Dios por la eternidad. Te invitamos a leer la Biblia, la historia de su redención del hombre. Te animamos a creer sus palabras, a pedirle que te salve del pecado, confesando a Jesús como tu Señor y único Salvador. Por favor, ponte en contacto con nosotros si te podemos ayudar.