Colosenses 3:18-19

15 de octubre de 2006 - Iñaki Colera                      

                                                                                                                                                             

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La familia cristiana 1

Introducción

Algunos de los problemas más importantes que enfrenta nuestra sociedad a día de hoy, tienen que ver directamente con la dificultad que tenemos, como seres caídos, para relacionarnos con otras personas: violencia de género, acoso profesional, abusos sexuales, niños perseguidos por sus compañeros de clase y podríamos seguir poniendo ejemplos. Como decía el teólogo Francis Schaeffer[1] “la caída ha alienado al hombre no sólo de Dios, sino también de sí mismo y de las demás personas”. Es significativo que la primera reacción de Adán y Eva tras la caída, fuera exculparse a si mismos y buscar a otro para señalarle como culpable. En definitiva, somos pecadores que no sabemos vivir en comunidad, que cuando intentamos relacionarnos con los demás, más allá de las relaciones superficiales de cortesía, si nuestro contacto es suficientemente prolongado, nuestro pecado hace que choquemos, que nos enfrentemos, que nos acusemos, que sintamos celos, envidia, o ira, que nos hagamos daño y nos cueste soportarnos.

 

En profundo contraste con esta situación, de cuya realidad puede dar fe el contenido de cualquier telediario o página de sucesos (esposos que matan a sus esposas, hijos que huyen de su casa, padres y madres que maltratan a sus hijos) en el texto que hemos leído esta mañana, Pablo describe el nuevo comportamiento que debe caracterizar a ese nuevo hombre que ha muerto al pecado para resucitar espiritualmente y vivir en comunión con Cristo, y lo describe como algo radicalmente distinto.

 

La vida del hombre nuevo debe ser, lógicamente, una vida nueva caracterizada por una capacidad renovada para relacionarse con el prójimo. Una relación con el prójimo que el apóstol describe primero de forma negativa como una forma de comportarse que renuncia a la fornicación, la impureza, las pasiones desordenadas, los malos deseos, la avaricia y se despoja también de la ira, el enojo, la malicia, la blasfemia, las palabras deshonestas y la mentira. Me temo que no absolutamente, sino el apóstol no tendría necesidad de exhortar a los Colosenses a que se despojaran de estas cosas, pero sí en potencia, en capacidad de cambio, como comportamientos que pertenecen al viejo yo, que por lo tanto ya no deben representar el patrón normal de nuestra vida y que deben ir muriendo inexorable y definitivamente conforme el cristiano madura y crece en santidad de vida.

 

En cambio, en forma positiva, la vida del nuevo hombre debe estar caracterizada por una entrañable misericordia, por la benignidad, la humildad, la mansedumbre, la paciencia, por el soportar y perdonar al prójimo siguiendo el modelo del perdón que hemos recibido de Cristo, y sobre todo, por el amor, la paz y el agradecimiento. Por desgracia también, si este fuera el comportamiento constante de cada uno de nosotros, tampoco tendría el apóstol necesidad de exhortarnos al mismo.

 

Sin embargo, es verdad que esta es nuestra nueva capacidad en Cristo, esta es la nueva vida para la que hemos nacido del Espíritu y no constituye un ideal inalcanzable, sino que el Señor nos lo demanda en nuestra vida diaria, y nos lo demanda porque nos ha dado, por medio del Espíritu Santo que mora en nosotros, la capacidad de verlo realizado en nuestras vidas.

 

Ahora bien, en ningún lugar se hace más evidente la dificultad y el reto que supone poner en práctica los principios de la nueva vida, que ese hombre y mujer nuevos tienen en Cristo, que en el seno de la familia. La vida familiar es la gran piedra de toque. El contexto en el que se pone de relieve, a veces para vergüenza nuestra, el grado de nuestra madurez en Cristo. El lugar donde las virtudes de la misericordia, la benignidad, la humildad, la mansedumbre, la paciencia y nuestra capacidad de soportar y perdonar, se ponen a prueba diariamente. Sencillamente por eso, es muy apropiado que el Espíritu Santo, tras inspirar a Pablo el pasaje hasta el versículo 17 del capítulo 3, pase a hablar de lo que la entradilla de algunas de nuestras Biblias definen como los “deberes sociales de la nueva vida”. Deberes de las esposas, los maridos, los hijos, los padres, y también de los siervos y los amos. Es decir, las relaciones personales más importantes que se daban en el contexto de la vida del hogar en el siglo I.

 

Me gustaría que hoy nos centráramos en el mandamiento que dirige el apóstol al primero de estos sujetos: las esposas. Lo siento señoras, no es culpa mía, el apóstol empieza por ahí. Pero, Dios mediante, el día 15 nos centraremos en exclusiva en los deberes de los esposos, y más tarde de los padres, y siempre con nuestra mente puesta en una idea: que en ningún lugar se debe hacer más evidente nuestra nueva vida en Cristo, nuestra nueva capacidad para relacionarnos con el prójimo, que en el seno de nuestra propia familia. La práctica de la nueva vida, debe empezar en casa. El señorío de Cristo sobre nuestra vida, debe encontrar antes que en ningún sitio, expresión práctica en los quehaceres y experiencias propias de la rutina del día a día en el seno del hogar. Veamos lo que a las casadas el Señor a través de Pablo y una advertencia, a ti marido u hombre joven todavía no casado, no tienes permiso para dormir. Entender bien esto es importante también para ti. Empecemos.

Análisis del pasaje

El apóstol, como hemos dicho, empieza con una palabra dirigida a las esposas:

 

Colosenses 3:18

18 Casadas, estad sujetas a vuestros maridos, como conviene en el Señor.

 

Toma ya. Aquí tenemos una idea que hoy es, desde luego, totalmente contracultural. Y el caso es que no es una idea mencionada una única vez y de pasada, sino que es un mandamiento reiteradamente expuesto en las Escrituras, entre otros pasajes también en Efesios, donde el propio Pablo amplía su pensamiento añadiendo otras observaciones:

 

Efesios 5:22-24

22 Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor;23 porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador.24 Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo.

 

Estas son palabras que hoy en día son mal recibidas, y no ya sólo por las personas del mundo, sino también por muchos en el mundo evangélico y que objetan seriamente a este mandamiento del apóstol. ¿Por qué? Las objeciones a esta enseñanza se pueden resumir a grandes rasgos en las siguientes posturas[2]: muchos objetan que estas palabras no le fueron inspiradas a Pablo por el Espíritu Santo, sino que representan sus propios prejuicios machistas judíos sobre el tema. Los que esto dicen se transforman a si mismo en jueces de la Palabra de Dios, jueces con capacidad de decidir lo que es inspirado y lo que no, según sus propios gustos, las modas de los tiempos o prejuicios personales. Creo que no es necesario advertir, el abismo teológico al que conduce tal postura.

 

Otros dicen que la visión de Pablo está distorsionada porque se basaría en Génesis 2, que enseñaría la desigualdad entre los sexos, un texto interpolado que en realidad sería una glosa rabínica, mientras que el texto divinamente inspirado sería Génesis 1, que enseñaría la total igualdad de los sexos. Aparte de que no existe esta diferencia entre Génesis 1 y 2, evidentemente, esta teoría se basa en la presuposición de que el Pentateuco, y específicamente el libro de Génesis, es un conglomerado de textos de diversos autores, unos inspirados y otros no, cuya procedencia resulta que sólo los críticos liberales modernos sería capaz de establecer, un camino que, una vez más, nos lleva a quedarnos en manos de los caprichos del teólogo de turno para que nos diga si un versículo en concreto de la Escritura es inspirado o no.

 

Pero la crítica más frecuente es la de los que dicen que esta enseñanza de Pablo es algo puramente cultural y transitorio, y por tanto no tiene aplicación para nuestra cultura hoy. Es curioso que a ninguno de los que dicen esto se le ocurre decir que el versículo 19 es cultural y que, por tanto, los maridos no tienen obligación de amar a sus mujeres o de no ser ásperos con ellas. Desde luego, es absurdo hacer una división tan arbitraria de un texto que en origen ni siquiera estaba dividido en versículos. El quid del asunto, el problema para los que no se sienten cómodos con este texto, está en que Pablo dice que, el que las casadas estén sujetas a sus maridos es algo que conviene en el Señor. Cualquiera que haya vivido durante un tiempo en otra cultura, como yo mismo en la brasileña, y más si es muy diferente a la nuestra, sabe perfectamente que hay cosas que convienen a una cultura, y son extremamente inconvenientes en otra. En Brasil, al menos en el Ceará, todo el mundo se toca mucho, una dependiente de una tienda te cogerá del brazo para llevarte a la sección correspondiente, o se dirigirá a ti utilizando expresiones cariñosas que aquí reservamos para marido o mujer. Aquí sería extremamente inconveniente que una dependienta del Corte Inglés se dirigiera a ti como “amorcito”. ¿No es cierto? El problema es que Pablo no dice que la sumisión de la esposa a su marido sea culturalmente conveniente, sino que es conveniente, apropiada, en el Señor. Es el Señor, nuestro rey y nuestro soberano, el que determina lo que es conveniente en este aspecto o no. Y esto vale tanto en positivo como en negativo. Por ejemplo, hay algunas cosas de la vida cotidiana de nuestra sociedad que están culturalmente aceptadas, e incluso se consideran convenientes, pero cuando reflexionamos acerca de ellas en el Señor, nos damos cuenta de que no son apropiadas para un cristiano[3].

 

Pues bien, lo apropiado para el Señor, lo que conviene para mostrar en el contexto de la familia esta nueva vida en Cristo a la que el creyente está llamado, es que la esposa se someta en el contexto de la familia al liderazgo de su marido. Esto es así, ¿Pero qué quiere decir esto exactamente? Veamos: La palabra sujetas (ὑποτάσσεσθε), que se aplica a las casadas, es un término compuesto que viene del mundo militar, donde los soldados estaban (ὑπο) bajo (τάσσω) ordenar, es decir, bajo las ordenes de su oficial. Es el término que se utiliza en Lucas para describir a Jesús en sujeción a José y María, también el que emplea Pablo para decir que debemos someternos a los mandamientos de la ley de Dios, o el que se utiliza para indicarnos que debemos someternos en la sociedad a las autoridades y a los gobernantes establecidos por Dios.

 

¿Qué se deduce de esto? Sencillamente que, en el seno de la familia, la esposa, siendo igual en Cristo que su marido, teniendo la misma importancia, la misma dignidad y el mismo valor que el hombre, tiene sin embargo el mandamiento a seguir el liderazgo espiritual de su esposo. Es decir, es una sumisión funcional, como la que hay en la vida civil o en el ejército, no una inferioridad en dignidad o en valor.

 

¿Cómo se realiza esta sumisión funcional? Esta pregunta es importante porque es necesario destacar que hay una diferencia entre la palabra dirigida a las esposas, estad sujetas, y la dirigida a los hijos y a los siervos obedeced en todo. No es solamente que la palabra sea diferente, como luego veremos, es que, sin entrar en detalles técnicos, la voz del verbo en el caso de la palabra dirigida a las casadas, sugiere una sumisión libre, voluntaria, mientras que la forma verbal de la palabra dirigida a los hijos y a los siervos, es una imposición, un auténtico mandato. Este dato es muy importante, y los esposos harían bien en estar atentos también a lo que voy a decir, porque la esposa es llamada a un acto libre en amor. Pablo ya nos había dicho en la epístola a los Gálatas que:

 

Gálatas 3:28

28 Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús.

 

En Cristo Jesús todos somos iguales y todos somos libres, pero la libertad ejercida en el Espíritu, se manifiesta en autodisciplina y amor por el prójimo. Cuando la esposa está en plena posesión de su libertad y puede afirmar su completa igualdad con su marido, entonces puede someterse gozosamente a él, de forma voluntaria, como un acto de amor, amor por su marido, pero sobre todo amor al Señor, que es el que solicita este comportamiento humilde en la esposa. Si la igualdad o la libertad están ausentes, como sucede en el mundo del Islam, la sumisión no tiene ningún significado ni valor moral. La sumisión sin libertad, por lo tanto sin voluntariedad, se convierte en un acto forzado carente de belleza y de amor, y se transformaría en la negación del evangelio y del amor matrimonial. Esto quiere decir que las esposas tienen el mandamiento del Señor de ser sumisas a sus maridos, pero un marido imponiendo, forzando la sumisión de su esposa, es un acto que no tiene sentido, hace perder a la conducta de la esposa cualquier tipo de valor, es una negación del amor matrimonial.

 

Renunciar a nuestros derechos es el privilegio de la libertad y una expresión de amor. Lo que se os pide a vosotras, esposas, tiene aspectos en común con lo que Pablo hace cuando recomienda a los cristianos que limiten o se abstengan de realizar comportamientos lícitos por amor a otros cristianos cuya conciencia resultaría afectada. Cuando penséis en lo que significa la sumisión para vosotras es bueno que recordéis la voluntaria autolimitación de Cristo, que toma forma de siervo, por amor, para venir a entregarse, a humillarse, dice Filipenses, por nosotros. Si el acto de Cristo hubiera sido forzado, no tendría ninguna significación ni valor moral para nosotros. ¿Verdad? Pues igualmente, la sumisión de las esposas a sus maridos, debe ser un acto libre y voluntario, realizado en amor, con el propósito de agradar a Dios, y teniendo en vista el funcionamiento armonioso y el buen orden de la estructura familiar.

 

Cuando pensamos en la contraparte de este mandamiento, la dirigida a los esposos para que amen a sus mujeres, inmediatamente nos viene a la mente que Pablo en Efesios lo equipara al amor sacrificial que Cristo tiene por su iglesia. Pero si el mandamiento a los esposos tiene como modelo el comportamiento de Cristo, es importante darnos cuenta de que, aunque de forma menos explicita, lo mismo ocurre en el caso de las mujeres.

 

El comportamiento de Jesús enseña a las esposas lo que significa comportarse según un modelo, no de auto afirmación, sino de auto entrega. Ver a Cristo, en amor, ciñéndose para lavar los pies a sus discípulos es un modelo para el liderazgo masculino, pero no lo es menos para la libre sumisión de las esposas. Los que ven este pasaje de Colosenses con los ojos críticos de la cultura moderna, piensan que es un texto destinado a perpetuar las relaciones patriarcales de dominio y opresión, que tanta violencia y abusos han producido, pero los que leemos este pasaje con los ojos del Espíritu, comprendemos que estas palabras, como también las que se dirige al hombre a continuación, son el resultado natural de la ética del reino de Dios, una ética que Jesús expresó con estas palabras:

 

Mateo 20:26b-28

26 ...el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor,27 y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo;28 como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.

 

La sumisión cristiana significa percibir las necesidades y preocupaciones de otro como más importantes que las de uno mismo, y ese es en definitiva el Espíritu que movió a Cristo a ser sumiso a la voluntad del Padre, ocuparse más de nosotros que de sí mismo.

 

Hay un ejemplo en la Escritura que creo que captura perfectamente el espíritu que está implícito en la sumisión de las esposas a sus maridos dentro del matrimonio cristiano y es la sumisión del buen samaritano a las necesidades ese extranjero, indefenso y medio muerto que se encuentra tirado al borde del camino[4]. Pensemos en la parábola del buen samaritano, si tuviéramos que resumir en una frase el espíritu que mueve a cada uno de los protagonistas podríamos decir algo como esto: los ladrones actuaron bajo el siguiente principio: “lo que es tuyo es mío y voy a cogerlo de ti”. El sacerdote y el levita, que pasaron de largo, actuaron bajo este principio: “lo que es mío es mío, y voy a mantenerlo en mi poder”. Pero el buen samaritano actuó según un principio muy diferente: “lo que es mío es tuyo, y voy a utilizarlo para suplir tus necesidades”.

 

Esto es, en definitiva, lo que significa la sumisión para la esposa cristiana, este es el misterio del reino que el mundo no entiende, porque sólo se puede entender con la capacidad que da el Espíritu: Un acto libre de amor que busca la armonía y el bienestar en el hogar, un despojarse voluntariamente para hacer lo que conviene en el Señor, lo que cumple y satisface la voluntad de Dios, porque es amor sacrificial. Un testimonio al marido, a los hijos y a la sociedad, de que es posible encontrar la realización plena de la personalidad, no en la búsqueda egoísta del interés propio, sino en el servicio y el amor desinteresados al prójimo.

Conclusión

En definitiva, hermanas, pues hoy me dirijo especialmente a vosotras. Este no es un texto, como os quieren hacer creer, destinado a aplicar una presión en las mujeres para que se sometan por la fuerza a una cultura de violencia y de abuso contra la mujer. Sino una exhortación a poner en práctica en vuestra diaria, como casadas, los principios de la nueva vida en Cristo, que nos llama a la misericordia, la benignidad, la humildad, la mansedumbre, la paciencia y el amor, que se expresan por medio de la entrega a los demás, de la renuncia voluntaria a vosotras mismas, a imagen del Señor. Poniéndoos en situación de servir a los demás como Cristo os sirvió a vosotras, voluntaria y libremente.

 

El mundo ve la posición de la esposa en el matrimonio cristiano como si las casadas pasaran a convertirse en súbditas y tuviesen que prestar homenaje al hombre sentado en el trono del hogar. Seguro que hay maridos que piensan que es así, pero esto sencillamente es falso. Pero es que, además, la visión alternativa del matrimonio que tiene el mundo tiene como único fundamento la búsqueda del interés propio. La mayoría de los matrimonios hoy se construyen consciente o inconscientemente sobre el cimiento de la siguiente declaración: “Mis necesidades vienen en primer lugar”, y cuando ambos piensan esto, lo que generalmente ocurre es que ninguno de los dos ve sus necesidades satisfechas, y por eso no es extraño que se estén batiendo todas las plusmarcas de divorcios. El mundo tiene miedo al concepto de sumisión porque no puede entender a Cristo ni tiene la mente de Cristo, así que lo que las esposas y esposos del mundo acaban haciendo, aún sin darse cuenta, es comprometerse firmemente en la búsqueda de la felicidad propia. Y cuando dos personas pecadoras, y por lo tanto egoístas, se comprometen mutuamente a buscar cada uno la felicidad propia, el desastre es casi inevitable.

 

Pero los cristianos tenemos un orden de valores diferente, subversivo. Estamos comprometidos con un orden nuevo, el del reino de Dios, un orden en el que el primero es el que sirve a los demás, y el más grande es el que se entrega como siervo a las necesidades del otro, un orden basado en el amor, en que cada uno mira no por sí, sino por lo del otro.

 

Hay una adaptación del cuento clásico de Pinocho en el que esta marioneta de madera, centrada en si misma y en sus necesidades, se le da una nariz que crece con la mentira, para curarla de su egoísmo y llevarla al arrepentimiento. Pero cuando esto falla, se le permite hacer un viaje por el infierno, con el objetivo de ver si esto consigue conmover a Pinocho y llevarle a la virtud. Allí tiene oportunidad de conocer a una bailarina de ballet y a un carpintero, tan centrados la una en el baile y el otro en su trabajo, que nada de lo que hace o dice Pinocho consigue llamar la atención de ellos. Y dice el autor: “Fue en ese momento en el que Pinocho pudo ver, como en un fogonazo, que en el infierno todos son dejados a sí mismos, para hacer solamente aquello que desean hacer y no fijarse en nadie más que en ellos mismos”[5]. Me parece una buena descripción del infierno, poética, pero buena. Un mundo en el que las personas sólo se preocupan por sí mismas, sólo están centradas en si mismas y sólo se pueden fijar en si mismas. Un auténtico infierno. A veces nuestro mundo se parece a esta descripción.  Que jamás sea así en nuestros matrimonios. Oremos.

 

Lectura de despedida:

 

Gálatas 5:13

13 Porque vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros.



[1] Schaeffer, F. True Spirituality. Wheaton, Ill.: Tyndale, 1973. Citado por MacArthur, J. Colossians. Chicago: Moody Press 1996, c1992.

 

[2] MacArthur, J. (1996, c1992). Colossians. Chicago: Moody Press.

[3] Garland, David E. NIV Application Commentary. Colossians. Pág. 244. Zondervan. Grand Rapids, 1998.

[4] Supra. Garland, David E. NIV Application Commentary. Colossians. Pág. 265.

[5] Burtchaell, J. Philemons Problem, citado en: Supra. Garland, David E. NIV Application Commentary. Colossians. Pág. 263.