Colosenses 3:16

18 de junio de 2006 - Iñaki Colera                      

                                                                                                                                                             

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Palabra y adoración

Introducción

Esta mañana me gustaría que siguiésemos analizando algunos aspectos del pasaje que empezamos a memorizar hace un par de semanas. Ya vimos brevemente las implicaciones que tenía para la vida personal y la vida de la iglesia el mandamiento del versículo 13 acerca del perdón. Hoy quisiera que nos concentrásemos en el versículo 16:

 

Colosenses 3:16

16 La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y cánticos espirituales.

 

Cuando leo un versículo como este, me viene a la mente una cita célebre de Mark Twain. Él decía, aproximadamente, que a mucha gente le preocupa el hecho de que hay muchas cosas en las Escrituras que no consigue entender, estas cosas que no entienden les quitan el sueño, afectan a su conciencia, etc. Sin embargo, a él, lo que verdaderamente le preocupaba de la Escritura, no eran aquellas cosas que no entendía sino al contrario, lo que verdaderamente le preocupaba eran las cosas que entendía perfectamente.

Análisis del pasaje

Y la preocupación que me llega cuando leo el principio de nuestro pasaje deriva precisamente de ese hecho, en principio está muy claro: La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros. ¿Qué efecto te causan estas palabras? ¿Puedes decir sin lugar a dudas que la Palabra de Cristo mora en abundancia en ti? Algunos quizá ya estáis pensando: “yo no puedo afirmar eso”. Otros más seguros de sí mismos quizá penséis: “bien, llevo muchos años escuchando y leyendo la Escritura, quizá todo dependa de lo que quiera decir morar abundantemente”. Analicemos las palabras de Pablo a ver si conseguimos sacarles todo el sentido y vemos en qué situación personal nos encontramos.

Para empezar, nos sorprende que hable de La palabra de Cristo. Este es el único lugar de las Escrituras en que se produce esta expresión. Lo normal, obviamente, es hablar de la Palabra de Dios o de la Santa Escritura. Pero es significativo que esta expresión se encuentre justo en Colosenses, pues todo el énfasis de Pablo en la epístola se puede resumir en estas palabras que encontramos en:

 

Colosenses 2:8-9

8 Mirad que nadie os engañe por medio de filosofías y huecas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, conforme a los rudimentos del mundo, y no según Cristo.9 Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad,

 

Intercambiar el uso de Palabra de Dios por Palabra de Cristo es enfatizar de una forma indiscutible la plena deidad de nuestro Señor Jesucristo. Recuerdo bien una época de mi vida, cuando aún era un bebé en la fe, en la que la deidad de Cristo me ofrecía problemas. Los argumentos aparentemente razonables de grupos de tipo arriano, que niegan la divinidad de Cristo, junto con mi precario conocimiento bíblico hicieron que dudase en mi corazón, y que pasase algunas luchas de conciencia y bastantes malos momentos. En aquella época de espera paciente y de deseos de saber más, de conocer mejor la Palabra antes de formarme una opinión precipitada, recuerdo que leí una frase, no sé a quién y no sé dónde, que decía que leer la Escritura y no ver la divinidad de Cristo era como levantar la vista un día despejado a mediodía y no ver el disco solar. Una afirmación tan atrevida atrajo poderosamente mi atención, me pareció un desafío tremendo y un acicate para profundizar en mi estudio de las Escrituras.

 

Hoy en día hay muchos temas en la Biblia que sigo estudiando, muchos asuntos teológicos controvertidos en los que sigo buscando definir mi posición. Pero si hay una cosa que tengo clara es esta, aquella afirmación osada acerca de la divinidad de Cristo se corresponde exactamente con la verdad, cuanto más estudio la Escritura más y más evidencia directa e indirecta encuentro, en multitud de detalles, como este, de que el Espíritu Santo a querido dejar a quien desee verlo la clave de la plena identificación de Cristo con nuestro Dios y Salvador.

 

Pero perdonadme por este paréntesis, volvamos a nuestro texto: de la palabra de Cristo se nos dice que debe morar en nosotros. Esta es una expresión interesante, porque literalmente quiere decir que esté en casa en nosotros. La Palabra de Cristo debe poder llegar a tu corazón y colgar en la chimenea uno de esos cartelitos: “hogar, dulce hogar”. ¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que la palabra de Dios no puede ser como una de esas visitas que pasan de vez en cuando por casa. Que, en el mejor de los casos, puede que sean visitas muy agradables y traigan mucha alegría, pero luego se marchan y hay que recogerlo todo y volver a la vida normal. NO, definitivamente no. La Palabra de Dios no debe ser el invitado ocasional, sino un habitante permanente de la casa. Alguien que está vivo y activo dentro de ti, que controla tu corazón y, al revés, decide a quién puede invitar a pasar y a quién no.

 

Pero es que además se nos dice que debe morar abundantemente. Esto es lo más difícil, este es el verdadero desafío, lo que quizá ha picado nuestras conciencias al leer el pasaje. ¿Cuándo es abundante la palabra en nosotros? Creo que estaríamos de acuerdo en cuándo seguro NO es abundante, seguro que todos podemos coincidir en que alguien que sólo escucha la Palabra durante un par de horas de domingo a domingo y luego se olvida de la Palabra de Dios durante seis días y 22 horas no es alguien que está dando cabida abundante a la Palabra de Dios en su corazón, ¿o me equivoco? Pero es más fácil decir cuando NO es abundante que cuándo SÍ que lo es. ¿Estudiarla todos los días? ¿Cuánto tiempo? ¿Es preferible leerla superficialmente a diario o estudiarla con devoción y meditación de vez en cuando? La experiencia de los santos de todas las edades nos indica que es una buena cosa leerla palabra a diario, aunque sea durante pocos minutos, pero dedicando un poco a meditar en ella, pensar sobre ella, buscar su aplicación a nuestra vida, pidiendo en oración que el Espíritu nos ilumine y abra el sentido de la Escritura para nosotros. Si hacemos esto aunque sea durante diez o quince minutos al día, en unos cuatro años habremos leído y meditado sobre cada versículo de toda la Palabra de Dios.

 

Pero mirad, a parte de estos consejos, creo que el propio Pablo nos da una pista de lo más segura para saber si la Palabra es abundante en nosotros, encontramos la clave justo a continuación: Enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría. Esta es la prueba de que la Palabra de Dios mora, está en casa, habita viva y efectiva dentro de nosotros en abundancia. ¿En qué medida tiene que haber Palabra de Cristo dentro de nosotros para que pueda calificársela como abundante? Pensemos por un momento ¿En qué medida el agua que hay en este vaso podríamos todos estar de acuerdo sin lugar a dudas de que es abundante, sin que nadie en su sano juicio pueda contradecirnos? Sencillamente cuando desborde, ahí se acaba la discusión, si desborda nadie puede negar que ese recipiente está abundantemente lleno.

 

La Palabra de Cristo mora abundantemente en nosotros cuando desborda en nuestro interior de tal forma que podemos compartirla con los demás, podemos enseñar, podemos exhortar con ella a nuestros hermanos. La Palabra de Cristo mora abundantemente en ti, cuando puedes explicar el evangelio con seguridad al que demanda razón de la esperanza que hay en ti, cuando puedes exhortar bíblicamente al hermano que está necesitado de una palabra de ánimo, porque tú mismo has sido animado y exhortado antes por la Palabra, cuando ante las pruebas o las situaciones desconcertantes de la vida, la Palabra de Dios desborda de tu corazón y acude a tu mente y a tu boca para confortarte y consolarte, porque estás lleno de ella. Entonces podemos decir que la Palabra de Cristo habita en nosotros no como una invitada sino como un miembro constituyente de nuestro ser, que dirige nuestras emociones y nuestros pensamientos, y nos capacita para enseñar y exhortar, en toda sabiduría, a los otros miembros del cuerpo.

 

Hermanos, ahí está la clave para estar seguros de esa abundancia de la Palabra en nosotros, teniendo en cuenta que la enseñanza y la exhortación no son un monopolio del pastor sino un mandamiento para cada cristiano, que para poder llevarlo a la práctica tiene que poder usar bien la palabra de verdad. (2Tim. 2:15).

 

Pregúntate a ti mismo, ¿es esto así en tu vida? ¿Podrías explicarle el progreso del plan de salvación a través de las edades como se presenta en las Escrituras, a alguien que viniera a preguntarte? ¿Encuentras palabras de exhortación y de ánimo bíblicamente fundadas para el hermano que necesita amonestación o consuelo? Porque si no es así aquí hay un versículo que está demandando un cambio de rumbo en tu vida, que introduzcas modificaciones. Vaya, no quiero decir que seas de esas personas que siempre tienen un versículo en la boca, aún en momentos en que lo que tu hermano necesita es un oído atento y un hombro sobre el que llorar, pero entendedme, debemos ser personas cuyas vidas, cuyas reacciones, cuyos pensamientos, estén abundantemente influenciados por la Palabra de Dios, cuya forma de pensar y de evaluar los acontecimientos, las noticias que nos llegan, de formar nuestra opinión, de tomar decisiones, sea bíblica. La Palabra de Cristo debe tener su hogar en nosotros y no puede ocupar el cuartito pequeño junto a la cocina, tiene que ocupar el dormitorio principal, el que tiene el baño, donde duerme la gente que manda en casa. Esto no es nada nuevo, es un desafío para el pueblo de Dios tan antiguo como la propia Biblia:

 

Deuteronomio 6:6-9

6 Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón;7 y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes.8 Y las atarás como una señal en tu mano, y estarán como frontales entre tus ojos;9 y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas.

 

Sabéis que el judaísmo piensa cumplir estos preceptos, atándose cintas con versículos en los brazos, y poniéndose cajitas en la frente, a esto han descendido. Pero esta es una cuestión de la mente y del corazón. Recibimos tanta información contradictoria: los periódicos, la televisión, la radio, la literatura, la conversación de la gente, todo nos bombardea con afirmaciones que están en contra de la moralidad y de la verdad bíblicas. Si creemos que podemos permanecer inmunes ante este incesante bombardeo estamos muy equivocados. Necesitamos que la verdad de Dios nos enseñe, amoneste y exhorte diariamente. Si no reservamos nuestro tiempo para saborear la Palabra, no te quepa duda, el mundo acabará contaminándote, y acabarás deslizándote en una u otra área de tu vida.

 

Estás aquí para que la Palabra te amoneste, te das cuenta de que realmente no puedes decir que tu vida se caracteriza por la abundancia de la Palabra de Cristo morando en ti ¿Qué puedes hacer? Vuelve esta tarde a tu casa y hazte un plan de estudio bíblico. Toma la decisión de leer toda la Biblia en un año, o de apartar cierto tiempo al día, aunque sea pequeño. Escucha la palabra grabada mientras conduces. Si no sabes como hacerlo o si lo has intentado y te has desanimado por cualquier razón, pide consejo, no te conformes, pero no dejes que este mandamiento del Señor caiga en saco roto. Recuerda que el que oye y hace es el que construye su casa sobre la roca.

 

Pero el versículo que estamos viendo en esta mañana no acaba aquí, sino que tiene una continuación que a mí me parece de lo más interesante:

 

cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y cánticos espirituales.

 

Dos cosas me llaman la atención. En primer lugar, este cantar al Señor que brota del corazón es un resultado de esa abundancia de la palabra de Cristo que vive en nosotros, individualmente y en la congregación. Esto es muy importante y es de mucha actualidad en la iglesia de Cristo en nuestros días. Hoy en día, lamentablemente, hay en muchas iglesias un énfasis tremendo en la adoración, pero divorciado de un énfasis en la enseñanza de la Palabra. Se concede mucha mayor importancia a la expresión de los sentimientos por encima del conocimiento bíblico. Pero sin conocimiento bíblico podemos acabar adorando a un ídolo de nuestra imaginación en vez de al Dios de la Biblia.

 

La adoración auténtica debe tener en cuenta elementos tan importantes como la soberanía de Dios, su control sobre la vida de sus hijos, la importancia del arrepentimiento para la restauración de la comunión con Dios, la centralidad de Cristo y de la obra de la cruz, y un largo etcétera. Conocer la Palabra, afirmar sana doctrina cuando se adora a Dios es imprescindible para hacerlo bien, y, al mismo tiempo, es ese sano conocimiento de Dios el que despierta nuestro gozo y nos llama a la adoración.

 

Pero el segundo elemento que me llama la atención es mucho más sorprendente, aunque no se detecta de forma inmediata en nuestra traducción. Para entender de lo que estoy hablando, necesito pediros que me acompañéis un momento a otra carta de Pablo, la que le dirige a los Efesios:

 

Efesios 5:18-19

18 No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu,19 hablando entre vosotros con salmos, con himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones;

 

Fijaros que son unas palabras prácticamente paralelas a las reflejadas en Colosenses 3:16, pero con dos diferencias importantes. Para empezar la abundancia de la Palabra de Cristo morando en nosotros se hace equivalente a la llenura del Espíritu. Fijaos que importante, ¿quieres ser lleno del Espíritu? ¡Llénate de la Palabra! Pero además, respecto a los salmos e himnos y cánticos espirituales aquí, además de al Señor, se dice hablando entre vosotros. Esto siempre me llamado la atención. Es decir, leyendo Efesios 5:19 recibimos la nítida impresión de que esos salmos, himnos y cánticos espirituales son alabanza al Señor pero también tienen un propósito que afecta al cuerpo de Cristo.

 

Entonces, volvemos a Colosenses 3:16 y observamos que el contexto de los salmos, himnos y cánticos espirituales al Señor, es también un contexto de enseñanza y exhortación entre los miembros del cuerpo. De hecho, la frase está construida en griego de tal forma que también podríamos traducir como dice la Reina Valera de 1909:

 

Colosenses 3:16

16La palabra de Cristo habite en vosotros en abundancia en toda sabiduría, enseñándoos y exhortándoos los unos a los otros con salmos e himnos y canciones espirituales, con gracia cantando en vuestros corazones al Señor.

 

Así traducen también la Biblia de las Américas, la Reina Valera Literal o la Reina Valera actualizada. Es decir, el griego está construido de tal manera que los salmos, himnos y cánticos espirituales pueden ser perfectamente entendidos como las herramientas que utiliza la palabra de Cristo para enseñarnos y exhortarnos.

 

Esto concuerda con Efesios y es muy sorprendente. Es decir, aunque nuestra adoración va dirigida al Señor, cosa que ya sabíamos, tiene también la función de animarnos, de exhortarnos, de enseñarnos, es decir, de elevar el espíritu de los que están abatidos e instruir en la verdad de Dios a los que son más sencillos en las verdades bíblicas. Ahora bien, la adoración, obviamente, no es antropocéntrica, sino teocéntrica, va dirigida a Dios, pero Dios nos revela que la auténtica adoración tiene también un efecto edificante sobre su pueblo. Ya lo sabíamos, lo intuíamos, lo sentíamos en nuestra piel, pero es que tiene confirmación bíblica y merece que en nuestra recta final nos detengamos un segundo aquí.

 

Pensemos un momento: ¿Por qué quiere Dios que le alabemos? Entre nosotros, el que una persona desee la alabanza de los demás es un signo de inmadurez. Apreciamos a aquellos que son capaces de actuar bien, de trabajar a favor de los demás, sin perseguir la gloria para sí mismos, sino en un espíritu de humildad. Por el contrario, tenemos en poco a aquellas personas que percibimos que, aún obrando bien, buscan su propia gloria, su propia exaltación, en vez de comportarse con humildad. Cristo, como hombre perfecto, nos enseñó humildad. Sin embargo, es obvio que Dios busca su propia gloria, de hecho la Escritura nos revela que Él hace todo para su gloria, y su palabra nos anima constantemente a que le demos la gloria a él y lo alabemos. ¿No es esto una contradicción entre lo que la propia Biblia nos enseña a considerar moralmente bueno, la humildad, y la alabanza que pide Dios para sí mismo?

 

No lo es, por la sencilla razón de que cuando un hombre es humilde, está sencillamente siendo justo y verdadero, reconociendo que todo lo que tiene, que todo su posible mérito, en realidad pertenece a Dios. Sin embargo, si Dios no buscase su propia gloria estaría siendo tremendamente injusto, pues estaría dejando de apuntar a lo que es la fuente de todo bien, toda belleza y toda perfección, verdad y justicia en el universo, y desviando la atención no se sabe muy bien adónde.

 

Pero ahí no acaba todo, cuando nosotros somos humildes y apuntamos a Dios como fuente de todo mérito en lugar de a nosotros mismos estamos haciendo el bien a los que nos rodean, pues estamos evitándoles un engaño y dirigiéndoles a la fuente de donde conseguir cualquier cosa verdaderamente buena en el universo. Así también hace Dios cuando busca nuestra adoración, el no busca nuestra adoración porque necesite algo de nosotros, porque esté incompleto o vayamos a suplirle alguna deficiencia con nuestra alabanza, busca nuestra adoración porque a parte de ser lo justo es lo que nos beneficia a nosotros, porque nos dirige a la fuente de toda verdad, de todo bienestar y de todo bien. La adoración se dirige a Dios, pero nosotros somos los principales beneficiarios de la auténtica alabanza y adoración, porque en ella nos deleitamos en lo que es justo, verdadero y auténticamente bello.

 

¿Qué es adorar? Adorar es deleitarse en Dios, disfrutar de Dios, por eso nos dice Colosenses que es algo que debe brotar del corazón. No puede ser algo superficial o mecánico. Fijaos, la alabanza es lo que todos hacemos espontáneamente cuando estamos en presencia de algo excelente y nos gozamos en ello. Vemos una preciosa puesta de sol y decimos: ¡qué maravilla! Contemplamos en la pantalla del televisor una jugada de fútbol de diez toques que termina en un remate precioso de gol a la escuadra, y saltamos de nuestro asiento, y gritamos gol, y exultamos de alegría. La alabanza es comunicación de nuestro gozo interior y nuestro impulso natural es compartir con los demás, sino no nuestro gozo no es completo: “viste que golazo”; “corre, mira que luna tan inmensa y preciosa hay en el horizonte”. Si no podemos comunicarlo, nuestro gozo no es completo.

 

Cuando nos reunimos aquí en la iglesia y empezamos a cantarle a Dios salmos e himnos y cánticos espirituales, con un fundamento bíblico, por tanto que refleja fielmente lo que es Dios y lo que hace Dios, lo que estamos es diciéndonos unos a otros y a Dios: “mira, qué maravilla, gózate conmigo en lo maravilloso que es Dios, en lo inescrutable de su providencia, es las riquezas inagotables de su gracia y su misericordia, en lo profundo y completo de su perdón”.

Conclusión

Así, cuando nos deleitamos en él, Dios es adorado, y nosotros somos exhortados, animados, enseñados y edificados. Hace tiempo, hablando de este tema, os ponía el ejemplo de la persona que está en el museo del Prado y mira solamente al suelo, se pierde lo bueno. Cuando Dios pide que le alaben es como si los cuadros del museo dijesen: “eh, no te pierdas lo bueno, mírame a mí y cumple el propósito de tu visita, yo seré honrado, lo que es justo y bueno, y tu serás edificado y te gozarás al contemplarme”. ¡Qué importante es entender esto para alabar correctamente en la iglesia! ¡Donde la Palabra de Dios abunda, abunda el conocimiento de Dios, y cuanto más conocemos a Dios, cuanto más le contemplamos, más nos maravillamos y nos gozamos y decimos: “mira, mira que maravilloso es nuestro Dios, es grande, y justo, y verdadero, y fiel a sus promesas, y misericordioso, y paciente, y así puedes seguir y seguir, y la adoración se desata y el pueblo de Dios se goza! No hay buena adoración sin buena enseñanza y conocimiento de la Palabra, ni Palabra viva y abundante en nuestro corazón que no nos lleve a la adoración, a maravillarnos, a exclamar: “Aaah, que bueno es nuestro Dios”. Yo te diría más ¡Qué importante es no perderse el culto! Porque es dónde todas estas cosas ocurren y se juntan, donde uno aprende y adora y exhorta y anima a los demás con sus cánticos. Donde uno puede decir, con toda verdad y sentido aquel cántico basado en el Salmo 37: Ven y deléitate en Jehová, y el te concederá las peticiones de tu corazón.

 

Pidamos al Señor que esta hermosa unión de Palabra abundante y adoración sea una realidad en nuestra vida personal y en el culto a Dios de esta congregación. Oremos.

 

Lectura de despedida:

 

Salmos 95:1-7

1 Venid, aclamemos alegremente a Jehová;

Cantemos con júbilo a la roca de nuestra salvación.

2 Lleguemos ante su presencia con alabanza;

Aclamémosle con cánticos.

3 Porque Jehová es Dios grande,

Y Rey grande sobre todos los dioses.

4 Porque en su mano están las profundidades de la tierra,

Y las alturas de los montes son suyas.

5 Suyo también el mar, pues él lo hizo;

Y sus manos formaron la tierra seca.

6 Venid, adoremos y postrémonos;

Arrodillémonos delante de Jehová nuestro Hacedor.

7 Porque él es nuestro Dios;

Nosotros el pueblo de su prado, y ovejas de su mano.