¿QUÉ NOS DICEN LOS TERREMOTOS?

Cada nuevo terremoto nos avisa que nuestra salvación

“está cerca, a las puertas”(Mateo 24:33

¿Estamos preparados para el gran día final?


“De repente todas las casas quedaron en ruinas; parecía el fin del mundo”, relató un habitante del pueblo de Jabla, en Cacherima, que logró salvarse del devastador terremoto (7,6 en la escala de Richter) que azotó a Pakistán y regiones aledañas el 8 de octubre de 2005.1         

En los últimos meses,
hemos presenciado una sucesión alarmante de catástrofes naturales de gran poder destructivo, que han dejado como saldo miles de muertos y cuantiosos daños materiales. Baste recordar, por ejemplo, el terremoto combinado con un tsunami que ocasionó 283.106 muertos el 26 de diciembre de 2004 en el sudeste asiático.

Según la Biblia,
¿qué relación tienen los terremotos con el tiempo del fin?      

Los terremotos en la historia de la salvación 
      

La Biblia anuncia que luego de la persecución religiosa de la Edad Media ocurriría un terremoto de grandes proporciones y habría señales cósmicas que anunciarían la proximidad del fin. “Miré cuando abrió el sexto sello”, escribió el apóstol Juan, “y he aquí hubo un gran terremoto; y el sol se puso negro como tela de cilicio, y la luna se volvió toda como sangre” (Apocalipsis 6:12). Según la mayoría de los intérpretes, esta profecía se cumplió con el terremoto de Lisboa, el 1º de noviembre de 1755. Alcanzó una magnitud de 8,7 en la escala de Richter y una inusitada extensión, ya que sus efectos se sintieron en gran parte de Europa, el norte de África y hasta el Caribe. El sismo combinado con un maremoto dejó un saldo de 70.000 muertos. Hasta el día de hoy, figura entre los terremotos más destructivos de la historia.3       

Jesús también mencionó los terremotos en su sermón profético. Los discípulos le preguntaron qué señales habría de la destrucción de Jerusalén y de su segunda venida (Mateo 24:3). En su respuesta, Cristo se refirió a ambos eventos sin diferenciarlos entre sí. Si les hubiera revelado todos los acontecimientos futuros, no habrían podido soportar la visión. No obstante esta ambigüedad, en la primera parte (vers. 4-20), el Señor presentó los hechos previos a la destrucción de Jerusalén, pasando luego a las señales de su Segunda Venida (vers. 21-42).  

Las conocidas palabras de Jesús:
“Habrá pestes, y hambres, y terremotos en diferentes lugares” (Mateo 24:7) están en la primera parte del discurso. Se refieren, en primera instancia, a las calamidades naturales que ocurrieron entre la muerte de Cristo y la destrucción de Jerusalén en el año 70 d.C.4 “Hubo una serie de fuertes terremotos entre el año 31 y el año 70. Los peores ocurrieron en Creta (46 ó 47), Roma (51), Frigia (60) y Campania (63). Tácito (Anales xvi. 10- 13) también menciona fuertes huracanes y tormentas en el año 65”.5     

¿Es correcto, entonces, que citemos este texto para probar que los terremotos y otros desastres naturales son señales del pronto regreso de Cristo?

Sí. Debemos seguir citándolo, porque las palabras de Cristo tienen un sentido amplio.
“La ruina de Jerusalén sería símbolo de la ruina final que abrumará al mundo. Las profecías que se cumplieron en parte en la destrucción de Jerusalén, se aplican más directamente a los días finales”.

Dios no produce estas calamidades. Son obra del enemigo. “Satanás producirá enfermedades y desastres al punto que ciudades populosas sean reducidas a ruinas y desolación. Ahora mismo está obrando. Ejerce su poder en todos los lugares y bajo mil formas: en las desgracias y las calamidades de mar y tierra, en las grandes conflagraciones, en los tremendos huracanes y en las terribles tempestades de granizo, en las inundaciones, en los ciclones, en las mareas extraordinarias y en los terremotos”.7   

Cada nuevo terremoto nos avisa que nuestra salvación “está cerca, a las puertas” (Mateo 24:33). ¿Estamos preparados para el gran día final? (Carlos A. Steger)



INTERPRETEMOS LOS TIEMPOS

Debemos evitar la histeria y permanecer cerca de las Escrituras.


Existen diversas versiones de la leyenda del Papa y de un anciano judío llamado Moishe. He aquí una de ellas.             

Hace más de un siglo, el Papa decidió que todos los judíos tenían que abandonar Roma. Pero al enterarse del alboroto de la comunidad judía y, con la intención de parecer conciliatorio, se le ocurrió una novedosa idea. Propuso debatir con cualquier miembro de la comunidad judía. Si esa persona ganaba el debate, los judíos podrían quedarse, pero si el Papa ganaba, tendrían que abandonar la ciudad.
        

Como los educados y poderosos judíos no se animaban a enfrentar a este gigante de la cristiandad, la comunidad terminó escogiendo a un viejo conserje llamado Moishe. No obstante, como estaba preocupado debido a su escaso poder de oratoria, Moishe aceptó participar del debate con una condición: que el evento se realizara sin pronunciar palabra. Increíblemente, el Papá aceptó el reto.
              

Al llegar el gran día, se sentaron frente a frente. Durante un minuto, se miraron sin moverse y sin pronunciar palabra. Finalmente, el Papa levantó su mano y mostró tres dedos. Moishe lo miró y levanto un solo dedo. El Papa entonces trazó un círculo en el aire con un dedo por sobre su cabeza. Moishe señaló con decisión el suelo bajo sus pies. El Papa entonces extrajo una ostia y una copa de vino, y los colocó sobre la mesa. Moishe extrajo una manzana y la puso frente a él.    

Ante esta acción, el Papa se puso de pie y dijo: “Me rindo. Este hombre es demasiado bueno. Los judíos pueden quedarse”.        

Después del encuentro, los cardenales se reunieron con el Papa y le preguntaron qué había sucedido. Este contestó: “En primer lugar levanté tres dedos para representar la Trinidad. Él levantó uno para recordarme que hay un Dios, que es común a todas las religiones. Entonces le marqué con un dedo que Dios está en todas partes. Él respondió señalando el suelo, mostrando que Dios también está aquí con nosotros. Extraje el vino y la ostia para mostrarle que Dios nos absuelve de nuestros pecados. Él extrajo una manzana para recordarme el pecado original. Tenía una respuesta para todo. ¿Qué podía hacer?”  

Entretanto, la comunidad judía se agolpó alrededor de Moishe, maravillada de que este anciano conserje sin educación hubiera hecho lo que todos sus eruditos habían insistido que era imposible. “¿Qué sucedió?”, le preguntaron. “Bueno –dijo Moishe– en primer lugar levantó tres dedos para decirme que los judíos teníamos tres días para salir de Roma. Yo levanté un dedo para decirle que ninguno de nosotros se iría. Entonces trazó un círculo con su dedo por sobre su cabeza, para expresar que la ciudad quedaría libre de judíos. Yo señalé el suelo con mi dedo para decirle que nos quedaríamos aquí mismo”.             

– ¿Y entonces que paso con la ostia  y la copa de vino que él sacó?, preguntó una mujer.          

–No sé –dijo Moishe– el sacó su almuerzo y yo saqué el mío.               

La moraleja del relato: puede ser que todos estemos mirando los mismos eventos, las mismas señales, las mismas evidencias, todas silenciosas, y las interpretaciones que a menudo les damos están basadas en nuestras presuposiciones personales.      

Por esta razón es esencial que a menudo nos sentemos a los pies de Jesús y escuchemos una vez más –con oídos más atentos y exentos de prejuicios– lo que él tiene para decirnos sobre el fin del mundo. Una de las porciones de la Escritura más sustanciosas al respecto, se halla en Mateo 24. Por razones de espacio, me ocuparé aquí solamente de los primeros doce versículos, ya que resumen de manera efectiva todo su discurso.           

En calma y sin histeria

 

En respuesta a la admiración que sentían los discípulos por el templo, en los versículos 1 y 2 Jesús predijo su destrucción. Profundamente escandalizados, tres de ellos se acercaron a Jesús en privado para que les aclarase ese punto. “¿Cuándo serán estas cosas –preguntaron– y que señal habrá de tu venida y del fin del siglo?”

Los discípulos preguntaron dos cosas: por el tiempo y las señales. Jesús habla de las dos, pero es importante notar qué es lo que responde en primer lugar. Como si no oyera lo que le preguntaban, dijo: “Mirad que nadie os engañe” (vers. 4). El tema del engaño es una parte esencial de la respuesta de Jesús, y volveremos a ello. Pero por el momento, miremos lo que dicen los versículos:             

“Oiréis de guerras y rumores de guerras; mirad que no os turbéis, porque es necesario que todo esto acontezca, pero aún no es el fin. Se levantará nación contra nación y reino contra reino; y habrá pestes, hambres y terremotos en diferentes lugares. Pero todo esto es solo principio de dolores”.            

Lo que noto al analizar estos pasajes es la calma de Jesús, la ausencia de todo rastro de histeria. Ante la calamidad y el desastre, los discípulos no tenían que esperar que el fin se produjera inmediatamente. En efecto, Jesús en realidad traza un bosquejo que implica un futuro más lejano. “Es necesario –dijo– que todo esto acontezca, pero aún no es el fin”. En otras palabras, no deberíamos tratar de establecer una conexión directa entre un conflicto militar o los desastres naturales y la Segunda Venida. Como adventistas, hemos tenido la tendencia a vincularla con la guerra y las crisis económicas. Durante las Guerras Mundiales, nuestras predicaciones abundaban en predicciones como esas. (Y desde el punto de vista humano –según ciertas presuposiciones– así parecía). Pero las guerras terminaron y Jesús no regresó.

La Gran Depresión de la década de 1930 hizo que millones quedaran sin empleo y muchos pasaran hambre. Fue un colapso económico de gran magnitud. Pero la Gran Depresión no produjo el regreso de Cristo.             

En 1991, cuando estaba por comenzar la Guerra del Golfo y Saddam Hussein lanzaba advertencias aterradoras sobre “la madre de todas las batallas”, nuestro sesgo profético cobró vida nuevamente, y algunos adventistas proclamaron desde el púlpito y la palabra escrita que pronto se produciría la batalla del Armagedón.

Hoy día, la histeria continúa. Un obrero adventista ha estado afirmando que tiene informes secretos, que recibió de un pastor evangélico anónimo, que dicen que el presidente de los Estados Unidos (en ese entonces, George W. Bush) había dado órdenes secretas a todas las Fuerzas Armadas del país sobre qué hacer cuando se produzca la siguiente crisis. Una vez que llegue la crisis –ya sea por un ataque terrorista o colapso financiero– las familias del personal militar tendrían dos horas para salir de las ciudades en dirección a las montañas o a poblados aislados. Todas las principales ciudades de los Estados Unidos serían selladas, y nadie podría ingresar o salir de ellas. Entretanto, los militares ya habrían almacenado millones de ataúdes (quinientos mil tan solo en el área de Atlanta) supuestamente para poner allí los millones de cuerpos de los que serían sacrificados. Y parece ser que los adventistas deberían almacenar alimentos y tenerlos a mano para huir también a las montañas.            

Me desconcierta pensar que hay adventistas atrapados en semejantes ideas que degradan el valor de la profecía y hacen de la religión algo ridículo ante los ojos de otros que podrían simpatizar con ella y aun llegar a ser creyentes. Una de nuestras principales preocupaciones debería ser la credibilidad de la iglesia a largo plazo. Ya sea mediante la palabra escrita o hablada, deberíamos expresar las cosas de tal forma que los detractores de la iglesia no puedan rechazar o burlarse de nuestras afirmaciones con facilidad.     

Recordemos que nuestras predicciones que hablan de la proximidad de la venida, basadas en la última calamidad de turno, no influyen sobre el momento del evento. Si así fuera, Jesús habría regresado a mediados del siglo XIX, en una época de expectativa y fervor sin precedentes.

Nos referimos aquí al Dios soberano del universo. Sus planes no se ven afectados por la interpretación errada que haga yo de la profecía. Como lo expresó Elena White: “Como las estrellas en la vasta órbita de su derrotero señalado, los propósitos de Dios no conocen premura ni demora” (El Deseado de todas las gentes, p. 23).  



Lo que más me preocupa

               
Lo que más preocupa al leer Mateo 24 no es lo que Jesús dijo sobre las guerras, los terremotos, las hambrunas y las pestilencias, ¡sino lo que dijo sobre nosotros! Después de mencionar que sus seguidores serían perseguidos, muertos y “odiados por todos” Cristo dice que “muchos tropezarán entonces, y se entregarán unos a otros, y unos a otros se odiarán” (vers. 9, 10).     

Con esto en mente, escuchemos a Elena White: “Conforme vaya acercándose la tempestad, muchos que profesaron creer en el mensaje del tercer ángel, pero que no fueron santificados por la obediencia a la verdad, abandonarán su fe, e irán a engrosar las filas de la oposición […]. Hombres de talento y elocuencia, que se gozaron un día en la verdad, emplearán sus facultades para seducir y descarriar almas. Se convertirán en los enemigos más encarnizados de sus hermanos de antaño” (El conflicto de los siglos, p. 666).             

Leamos a continuación el versículo 11: “Muchos falsos profetas se levantarán y engañarán a muchos”. A veces creemos que somos la generación más inteligente, pero entre nosotros se encuentran los seres más cándidos que alguna vez anduvieron por el planeta. En la primavera de 2005, miles de personas peregrinaron bajo un puente de ferrocarril en Chicago, donde el agua de los desagües había creado una mancha que se decía parecía la Virgen María.

Si una mancha de un desagüe pudo producir semejante respuesta, imagine lo que sucederá cuando se cumpla lo que escribió Elena White: “El acto capital que coronará el gran drama del engaño será que el mismo Satanás se dará por el Cristo […]. En varias partes de la tierra, Satanás se manifestará a los hombres como ser majestuoso, de un brillo deslumbrador […]. La gloria que lo rodee superará cuanto hayan visto los ojos de los mortales. El grito de triunfo repercutirá por los aires: ¡Cristo ha venido! ¡Cristo ha venido! El pueblo se postrará en adoración ante él, mientras levanta sus manos y pronuncia una bendición sobre ellos […]. Cura las dolencias del pueblo, y luego, en su fementido carácter de Cristo, asegura haber mudado el día de reposo del sábado al domingo […]. Es el engaño más poderoso y resulta casi irresistible” (El conflicto de los siglos, p. 682).            
Estas son las cosas que más nos tienen que preocupar. ¿Permaneceremos fieles?


El clímax del pasaje       



Si buscamos una señal que marque la inminencia real de la venida de Jesús, una señal que, cuando se cumpla, podamos decir: “¡Esa es!”, tenemos que leer Mateo 24:14: “Y será predicado este evangelio del Reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones, y entonces vendrá el fin”.  

Esta no es una señal llamativa. No produce histeria alguna. No hace uso del recurso del pánico. Pero es de suma importancia. Es la única señal que Jesús conectó en forma directa con su advenimiento.

Puede ser que algunos se regocijen perversamente en el aparente lento avance del evangelio, al asumir que pueden disfrutar todavía del mundo mientras están atentos al cumplimiento de la comisión evangélica, y entonces regresar a la iglesia poco antes del fin.           

Pero esta es una actitud sumamente necia. En primer lugar, el cumplimiento de la predicación del evangelio a todo el mundo no es algo que podamos medir en términos humanos. Como humanos no podemos saber cuándo se completará esta tarea según la sabiduría inescrutable de Dios. Tampoco podemos tener idea de la multitud de agencias que nuestro omnipotente Dios ha destinado para cumplir su obra entre las naciones. Solo la eternidad lo revelará (y, creo yo, nos llevaremos grandes sorpresas).              

En segundo lugar, tenemos que considerar la incertidumbre de la vida. En la mañana del 11 de septiembre de 2001, catorce mil almas se dirigieron a sus oficinas y citas en las inmensas torres gemelas en la ciudad de Nueva York. Ninguno sospechó siquiera vagamente que sería un día distinto. Pero cuarenta segundos después de las 8:46, se produjo una explosión y la desaparición de miles de personas sin mediar advertencia.      

Nuestra única seguridad radica en estar firmes en Dios hoy mismo y cada día, permitiendo que la Gran Comisión se cumpla en nosotros y por nuestro medio.

         

Tiempo de expectativa y gozo

 

La redacción de Lucas 21:25-28 nos lleva a la conclusión que inmediatamente antes del advenimiento habrá una repetición de ciertos presagios, acaso en una escala más intensiva. El pasaje habla del sol, la luna y las estrellas; de angustia y confusión en la tierra; y de la conmoción de las potencias celestes. “Entonces –dice Jesús– verán al Hijo del hombre que vendrá en una nube con poder y gloria” (vers. 27).      

Pero al pasar por este tiempo de calamidades, no debemos temer. Cuando veamos que suceden estas cosas, levantemos nuestras cabezas, enderezcamos nuestros hombros, pongámonos de pie, sonriamos y cantemos. Que en ese momento, el gozo pleno de esa fantástica esperanza repercuta en cada fibra del ser, “porque vuestra redención está cerca” (vers. 28). (Roy Adams)




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