Bahá'ú'lláh fue el Mensajero de Dios que fundó la Fe Bahá'í. Su objetivo es la unificación y hermandad entre todas las religiones, razas y naciones del mundo y la espiritualización del carácter humano. Bahá'u'lláh es el Prometido para quien Báb preparó el camino y Él cumplo las profecías de todos los Mensajeros Divinos anteriores que anunciaron la venida del Mesías en una época futura.

    Bahá'u'lláh (un nombre cuyo significado es "Gloria de Dios" o "Luz de Dios") nació en Tihrán, capital de Persia o Irán, el 12 de noviembre de 1817 (dos años antes del nacimiento de su Precursor, el Báb), en el seno de una distinguida familia de noble linaje. Era una de las familias más antiguas y renombradas de Persia. Su padre era ministro de la Corona y tenía vastas riquezas, a tal grado que abarcaban pueblos enteros. Bahá'u'lláh era descendiente de Abraham a través de su esposa Cetura; también era descendiente de Zoroastro y del antiguo Rey Yazdigird de Persia, así como de Isaí del Antiguo Testamento quien fue el padre del Rey David. (ver cuadro de la Alianza) 
    Bahá'u'lláh, aun en su niñez, tenía una mentalidad mucho más avanzada que la de su edad y su época. Aunque parezca extraño, Él nunca asistió a la escuela ni tuvo profesores privados. Su capacidad era tan extraordinaria y prematura que, cuando tenía solamente siete años, se presentó ante el Rey de Persia para defender a su padre que había sido víctima de acusaciones falsas de adversarios envidiosos y convincentemente estableció su inocencia.
    Bahá'u'lláh poseía sabiduría y comprensión innatas, una cualidad dada por Dios que es distintivo de una Manifestación Divina.

    'Abdu'l-Bahá explicó que: "Desde el principio... (la Manifestación de Dios) es consciente de los secretos de la existencia y desde su infancia aparecen en ella claramente los signos de su grandeza".
    Cuando Bahá'u'lláh tenía 22 años, su padre murió; por lo tanto, tomó a su cargo la administración de las enormes propiedades de la familia. A Bahá'u'lláh, se le ofreció el cargo de su padre como ministro de la Corona pero Él no lo aceptó.

    Bahá'u'lláh era supremamente generoso y amable con los pobres, los afligidos y los desconsolados entre quienes era bien conocido.         Era considerado por ellos como un refugio y un consolador y le llamaban "el padre de la compasión". 
    Él renuncio a todas sus posesiones, para servir a Dios, en 1853, Bahá'u'lláh, junto con algunos otros creyentes, fue condenado al encarcelamiento en una mazmorra subterránea de Tihrán.

    Para llegar allí, fue obligado a caminar desde el pueblo donde le tomaron prisionero hasta la capital, descalzo, encadenado y "expuesto a los candentes rayos del sol del verano". El camino estaba bordeado de multitudes fanáticas que le ridiculizaron, insultaron y apedrearon y rompieron sus vestiduras durante todo el trayecto, hasta llegar, con los pies sangrantes, a la "mazmorra negra", tres pisos bajo tierra. 
    Fue en esta oscura mazmorra donde el "Mas Grande Espíritu" descendió sobre Bahá'u'lláh; allí recibió la plena potencia de su iluminación y el poder de la Revelación Divina inundó su alma con las enseñanzas de una Fe hermosa.
    Lo que Dios reveló a Bahá'u'lláh fue que Él era su escogido mensajero para esta nueva era, para quien los grandes profetas anteriores, que aparecieron en sucesión de época en época, prepararon el camino y profetizaron su venida; que Él estaba predestinado para ser el Canal del Espíritu Santo por medio de quien se daría a conocer al mundo el nuevo y asombroso Mensaje de Dios que encierra enseñanzas para la unidad de la humanidad, la renovación espiritual del amor, la justicia y el patrón para una nueva civilización universal. 

    Además de difundir su Sabiduría Divina dondequiera que fuera y de realizar incontables actos bondadosos y notables, Bahá'u'lláh verificó numerosos milagros.

    Abundan las cosas sobrenaturales en su vida y son reconocidas en el oriente aún por personas extrañas a la Fe. Bahá'u'lláh no quiso que se citaran estos milagros como pruebas de su Divinidad porque los milagros, a veces, son interpretados como meras historietas y no constituyen pruebas decisivas para todos.