Protocolo de Gestión de la Convivencia

El objetivo principal de un Protocolo de Gestión la Convivencia (PGC) en un centro escolar es tener un documento en el que se recojan de forma clara y concisa los diferentes los pasos a seguir en una situación de conflicto, los instrumentos existentes y las estrategias adecuadas con el fin de resolverlo.

El PGC debe ser flexible y abierto a los cambios que se consideren necesarios en función de los resultados de los procesos de evaluación que se vayan realizando en el centro sobre la evolución de la convivencia escolar y los conflictos de conducta.

Sobre este tema se han desarrollado doversos materiales, pero quizás el trabajo más exhaustivo se haya desarrollado en el marco del Proyecto Atlántida, un proyecto que integra, profesionales de diferentes sectores, centros educativos integrados o colaboradores, departamentos universitarios, grupos de asesores y orientadores, entidades colaboradoras como CEAPA, Consejerías de Educación de diferentes Territorios, etc. interesados en rescatar los valores democráticos de la educación, y desarrollar experiencias de innovación en el currículum y la organización de los centros educativos (http://www.proyectoatlantida.net/). En el apartado de "más información" al final de este artículo encontrarás un extenso e interesante trabajo sobre los protocolos de convivencia desarrollado por Proyecto Atlántida.

De los documentos de Proyecto Atlántida extraemos este interesante diagrama de flujos sobre “intervención ante conflictos violentos graves”, del que damos especial atención al primer momento de “contención” del conflicto, como un paso importantísimo para dar los siguientes pasos con éxito.

Se desprenden de este análisis dos aspectos fundamentales: tener un protocolo de gestión de la convivencia bien diseñado y adecuado a las características del centro y tener personal formado para llevarlo a cabo.

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Por otro lado, hay que tener en cuenta que muchas veces el trabajo con el alumnado que genera conflictos graves es muy difícil de llevar a cabo porque la realidad que rodea a estos alumnos les condiciona negativamente, especialmente las extraordinarias situaciones familiares son generalmente el origen de los problemas. Sin una intervención adecuada de otros recursos sociales que aborden la raíz del problema nosotros, los docentes, no tenemos capacidad para reconducir al alumno.

Ante esto hemos de relativizar los problema, entendiendo que nuestro objetivo no debe ser conseguir “un pleno”, es decir, tener expectativas de alcanzar logros demasiado elevados. De hecho, ese planteamiento inadecuado de los objetivos nos puede bloquear en el avance. Entonces, nuestros objetivos deben ser acordes a los logros alcanzables con dicho alumnado, teniendo en cuenta cuáles son nuestros medios y recursos. El hecho de saber que no vamos a lograr una solución definitiva con un alumno no debe llevarnos a abandonar la intervención, debemos ajustar los objetivos y actuar de forma adecuada a ellos.

Otro instrumento clave en la gestión de un conflicto es el modelo de "Parte de Incidencias/Convivencia" utilizado para el registro del mismo. Veamos a continuación un ejemplo de Parte de Convivencia, también extraido de los materiales elaborados por el Proyecto Atlántida. En este modelo el aspecto más innovador es el relacionado con la información aportada por el alumno, como el apartado en el que explica su versión de los hechos y su  propuesta de solución, si estos fueran distintos de los detallados por el docente.

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A la hora de diseñar un modelo de parte de convivencia o de incidencias el objetivo debe ser convertirlo en un procedimiento educativo y no “parajudicial”, puesto que estos últimos (expediente disciplinario) están regulados por ley y cuentan con las garantías necesarias para el profesorado y el alumnado. Sin embargo, un parte de convivencia interno debe estar orientado a darle a el alumno lo que necesita, no lo que se merece. O sea, darle aquello que le hará cambiar o mejorar.

Por ello, no es apropiado asignar una medida o sanción predefinida específica para un tipo de falta determinada o dada cierta acumulación de ellas. Por ejemplo, no deberíamos decidir sobre una expulsión en función del número de faltas/partes acumulados, porque estaríamos tomando una decisión desde el punto de vista del castigo que se merece. Por el contrario, deberíamos analizar cada caso individualmente para decir cuál es la medida que más le conviene a cada alumno, con ello estaríamos actuando desde una perspectiva educativa y preventiva.
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