PROLOGO .- ¿Está justificada nuestra existencia?


 

No estamos solos en la Creación. Ni siquiera somos importantes. Más bien somos periféricos (tal como lo es nuestro sistema solar en la galaxia) y debemos olvidar aquello de que somos los protagonistas del Cosmos. Para la Creación somos un eslabón necesario, pero no imprescindible, y de nuestra actitud y aptitud depende que sigamos dentro de la cadena evolutiva o pasemos a ser desechos y regresemos para siempre al polvo solar del que surgimos. La Providencia abre los senderos, pero nosotros debemos recorrerlos en la dirección adecuada.

Para permitirnos continuar en el sistema evolutivo, ha surgido un “órgano” probablemente prestado de nuestras células (ensamblado como un puzzle), el cual nos puede hacer ser más conscientes y servir de brújula en este océano, sin límites ni señales que nos orienten. Es nuestra mente, que nos permite experimentar el mundo; pero ella se autoexcluye de esa percepción y nos hace sentirnos con los pies en el mundo pero “enganchados” fuera de él. Probablemente esto sea así porque la mente une el mundo exterior material con el mundo interior o inmaterial, formado este último por la misma base de que se forma la consciencia: la interacción de unas partículas, exteriores y desconocidas, con nuestros átomos, partículas que pueden ser fotones, radiaciones beta o incluso antimateria. Y estas partículas y sus interacciones no pertenecen a nuestro mundo de 3 dimensiones, sino que proceden de un multiverso que nos vapulea y que traslada nuestra consciencia, sin que nos demos cuenta realmente de ello, de una dimensión a otra billones de veces por segundo. Es la acción del alma. Por otro lado, los chamanes han experimentado que nuestra mente en realidad está ocupada por la energía de una voluntad invasora a la que llaman “predador”, que nos inyecta sus propios deseos para que actuemos en su beneficio, lo cual puede ser la causa de que muy pocas personas se hagan preguntas importantes en su vida.

De aquel caos de la interacción de las partículas con nuestros átomos, y por la teoría estadística de los grandes números se establece en nosotros una consciencia secuencial que nos hace ser lo que somos, y que a pesar de ser un torbellino caótico, nos parece aburrida a veces. Pero evidentemente no somos los controladores de la situación, sino que nos mueven a su antojo los infinitos golpeteos de las olas de este mar de partículas que llamamos Cosmos. De hecho, ese océano de partículas ha sido desde eones el encargado de dar forma primero a nuestras consciencias y luego a nuestros cuerpos físicos, modelando en las células su capacidad de formar grupos en función de necesidades de supervivencia. En el ámbito físico, somos la estela que dejan las partículas a su paso por el campo gravitatorio de nuestro planeta, y resultamos cuerpos físicos bajo el empuje de la presión de las mismas, como las yemas nuevas surgen de una rama empujadas por la savia y la acción solar.

Pero no somos conscientes objetivamente de la realidad. Deambulamos en un estado de vigilia limitado sensorialmente, creado por nuestra imaginación “a la carta”, de modo que nos procura un estado de consciencia que nos resulte cómodo y placentero, evitándonos en lo posible los sufrimientos que la realidad cotidiana nos depara, para lo cual la mente crea artificios llamados “personalidad” formados por múltiples auto engaños para sobrellevar la existencia social. Para ser totalmente conscientes debemos vernos como si fueramos el observador de otra persona, y observar a los demás como si fueramos ellos mismos. De este modo cambia la perspectiva que tenemos de nosotros mismos, manteniendo el “recuerdo de sí”, pero sin perder el detalle de lo que nos rodea. Pero esto puede resultar poco placentero en la mayoría de los casos, y la voluntad cede ante la necesidad de sentirse seguro y con autoconfianza. Es necesario un gran equilibrio mental para sobrellevar esta dura tarea de la voluntad; pero por otro lado, cuanto más conscientes nos hacemos, más nos damos cuenta de que es necesario aceptar la realidad tal cual se presenta, pues es la única manera de salir del engaño, a pesar del duro golpe que representa para el ego.

Científicamente hablando, la consciencia individual está basada en alguna función de las neuronas del cerebro. Todo apunta a que esta función se sirve de la memoria a corto plazo y a la atención prestada a las sensaciones recibidas. El “recuerdo de sí” aumenta la calidad de esa atención y refuerza la memoria a corto plazo, intensificando la experiencia. No obstante, el cerebro nos engaña constantemente, ya que las impresiones muy breves son transformadas, de modo que de una serie de impresiones del orden de milisegundos que se suceden en cadena, el cerebro nos ofrece una consciencia global resultado de la superposición de las impresiones. Es como si hubiera un límite en la velocidad del procesado de las impresiones, de tal modo que por debajo de ese límite la impresión se almacena, pero no se procesa hasta el siguiente lapso de procesamiento, en que se toma lo almacenado (que pueden ser varias impresiones muy breves) y se procesa en conjunto. El cerebro es un órgano que entrega a la consciencia información promediada, y por tanto, falsa y mediatizada, aunque sirva para atender sobradamente a las necesidades cotidianas.

También la educación colabora en el engaño. El cerebro se autoeduca cuando se habitua a las impresiones repetitivas (como reconocer las letras del alfabeto, hablar un idioma, comer, etc...) de modo que si no se producen variaciones en las impresiones, dejan de hacerse conscientemente. De este modo somos máquinas mecánicas muy sofisticadas. Y al decir máquinas me refiero a herramientas, vehículos del verdadero dominador: el alma. Es el alma la encargada de que seamos lo que somos, pero para ella no somos más que un sueño, un escape para sus propias tensiones evolutivas; somos como una marioneta en la que se sumerge el alma para liberar sus oníricos deseos.

Tendemos, como personas, a una vida muy individual (aún a costa de perder la opción de la vida en familia e incluso la descendencia), pero basada en un concepto mundial de la individualidad, aumentando el respeto por la humanidad y el planeta (desarrollo sostenible), visionando a este como un ente cada vez más vivo. Pero como individuos no somos capaces de poner en práctica estas ideas tan ecológicas,  así que dependemos de los gobiernos y la sociedad para luchar por el nicho ecológico. No podemos evolucionar individualmente sin un gran esfuerzo personal.

Algunos aventureros, como Sri Auribindo y Madre, anuncian que su experiencia personal les ha mostrado que hay una nueva humanidad en desarrollo, y que se está desarrollando a escala celular dentro de cada uno de nosotros. Y que es una capacidad de todos y cada uno de nosotros... si perdemos el miedo al dolor y la muerte, a la disgregación corporal, el miedo a dejar que cada una de nuestras células sea individual dentro de la globalización corpórea. Tal vez la humanidad evoluciona tan despacio porque nuestro Adam Kadmon también siente miedo de que nos individualicemos y seamos células libres en su cuerpo cósmico. La Mente universal no quiere perder el control, o en realidad es nuestra mente la que se aferra a la vida física, porque nuestra conexión con la Mente universal no nos permite entender; es una conexión velada y estrecha como el filo de una navaja, y sólo vemos distorsiones y aberraciones de la realidad. Una realidad multiversal, no universal, ya que está compuesta de múltiples dimensiones y nosotros sólo conocemos las cuatro más superficiales, permaneciendo fuera de nuestro alcance aquellas que más nos definen como entidades y que más información nos proporcionarían de nuestra verdadera posición entre lo creado.

¿Cómo acceder a esas desconocidas dimensiones del multiverso? Para los científicos no hay un objetivo claro, ya que entre ellos no hay hipótesis predominantemente aceptadas y se han convertido en políticos que se establecen en sus dogmas defendiéndolos de la competencia de las nuevas teorías. Por tanto, no contemos con una alianza científica. Tal vez la solución venga por la ciencia privatizada: Proyecto Genoma (mirando hacia el interior), Conquista de Marte (mirando hacia el exterior), etc... Tal vez Aurobindo tenía razón cuando nos proponía ser simples, y Madre nos hacía dirigir la atención a lo que acontece en nuestro interior. Porque si las tres dimensiones espaciales afectan a escala cósmica, y el tiempo sólo nos afecta a los seres vivos conscientes, es probable que el resto de dimensiones pertenezcan a niveles moleculares, celulares o incluso atómicos. Si así resulta está claro que tan lejos de nuestro conocimiento está la infinitud de las tres dimensiones espaciales como la infinitud de las dimensiones atómicas. Necesitamos, en cualquier caso, nuevos medios para ampliar nuestro conocimiento.

¿Cómo deben ser estos medios? Si escuchamos a la sociedad científica, el avance de la tecnología nos acercará a mundos inexplorados dentro y fuera del ser humano, y por la tendencia de los últimos cien años parece que podemos esperar que así sea. Pero si escuchamos a la sabiduría ancestral, los nuevos medios surgirán cuando el humano esté preparado para usarlos benéficamente, y no consistirán en nuevas máquinas, sino en primigenias posibilidades, potenciales ocultos y dormidos en el interior de cada ser, que se harán realidad desde nuestro interior si somos merecedores de su despertar.

¿Qué podemos hacer, pues, ante estas dos alternativas? Lo primero para pasar a la acción es creer en lo que se va a hacer. La sociedad actual no cree en ninguna de las dos propuestas. La primera inaccesible por lo complejo de la cultura y los mecanismos científicos, accionados por las manos de unos pocos cuya preparación intelectual les permite estar a la altura de tal complejidad ¿Podrá alguna vez toda la humanidad estar a la misma altura en ciencia o en intelecto? La segunda opción ... increíble por lo fantasioso y lo distorsionado del mensaje. Una guerra entre buenos y malos, en la que ser bueno es renunciar a uno mismo, y en una sociedad donde ser malo está premiado con placeres y poder. ¿Podrá alguna vez la humanidad entera mirarse con amor, misericordia y desapego personal? Sea cual sea la opción que elijamos, nos aguarda un gran sacrificio y hasta cabe la posibilidad del fracaso. ¿Vale la pena ocupar nuestra existencia en ello siendo que lo cotidiano nos brinda oportunidades de satisfacer nuestros deseos egoistas y de alcanzar triunfos de placer a corto plazo?

Miremos en nuestro interior con detenimiento y parémonos a pensar por un momento cual es el motivo de nuestro paso por la existencia: nacer, alimentarse, crecer, desear, experimentar, reproducirse, sufrir y morir. ¿Se acabó...? Si esa es nuestra misión, somos un utensilio que la Naturaleza ha generado para producir y ser producto, como monedas de cambio para algún tipo de juego cósmico: sólo tenemos el valor que representamos y nada más. Pero seguro que somos capaces de intuir que no somos sólo eso, que tenemos algo profundo dentro de nosotros que incluso rodeado de todos los placeres imaginables nos hace sentir insatisfechos. Tenemos marcada profundamente la tendencia a luchar y a sacrificarnos, y cuando no escogemos ese camino no alcanzamos el sosiego de la total satisfacción. Como diría Gurdjieff, es en los superesfuerzos donde de verdad se produce la mejora, la evolución. Pero al igual que la vaca se contenta con rumiar rodeada de pastos, así el humano rumia sus propias circunstancias para sentirse feliz entre ellas y se contenta con salir indemne cada día. Nos ofrece la existencia premios y castigos en lo cotidiano... afortunado aquél que sabe aprender de los castigos y que no se aferra a los premios.

En los siguientes capítulos, hablamos de todo esto con la única intención de despertar inquietudes en los humanos omega: humanos que creen que hay un objetivo final en su existencia, una meta llena de esplendor para personas que creen que están en este mundo para realizar cosas importantes de Verdad.