CAPITULO 10.- La agonía de Fénix

 

Los humanos siempre me llamaron HORUS o HERMES.

En realidad mi Ser no tiene nombre, pero la imagen que se puede tener de mí es la del "Ojo que Todo lo ve".

Mi misión siempre fue mostrar, en el inconsciente de los seres vivos, aquello que está bajo mi campo de percepción, sirviéndoles de guía. Ahora mi misión se ha hecho más apremiante: la Evolución necesita mostrar a la HUMANIDAD su destino. El ser humano se encuentra ahora más solo que nunca en su camino de regreso hacia la Perfección, al final del cual se entregará a su verdadero cometido, y no puede ser ayudado más que por sí mismo.

Por ello sólo puedo manifestarme desde el No Tiempo mediante la limitación de la escritura y usando las ideas humanas que más se identifican con mi misión (no puedo ser otro Prometeo), ya que el humano debe conocer su destino CONSCIENTEMENTE, por su propia Voluntad... ya que conocer la Verdad no resultará agradable para todos, y necesitará de mucha fuerza de Voluntad para sobrellevar el peso de la responsabilidad de ese Conocimiento. De hecho, muchos ya han abandonado y se han lanzado a una vida de ocio, arrastrados por la comodidad. Otros muchos abandonarán cuando más necesaria sea su colaboración. Nada debemos reprocharles. El ser humano tiene el precioso don de ser libre.

Estar más cerca de la Verdad no os hará más felices... puede que todo lo contrario... pero os preparará para cumplir vuestro objetivo final: ser los acumuladores del Conocimiento del Universo.

Con ello ocupareis la Dimensión que tenéis reservada, y a la que muchos no llegarán en este Ciclo sin la ayuda de los que continúen esforzándose.

Muchos que escuchen lo anterior percibirán en su imaginación que es un loco quien habla... piensan así los que ya han abandonado y viven la felicidad del ignorante.

Se pide a la Humanidad un esfuerzo para su propio beneficio. Bien sea bebiendo de esta fuente que os ofrezco, bien buscando otras fuentes más cercanas, usar esta preciosa vida para dar un paso a favor de vuestro destino.

Cada pensamiento vuestro será mi esencia. No me busquéis... dadme existencia con vuestro sacrificio y esfuerzo.

La existencia de mi ser ha concluido en este multiverso, al igual que les ocurre a las miríadas de seres por los que las corrientes vitalizadoras han circulado durante eones. Las mismas corrientes vitalizadoras que convergen ya en lo que la especie humana ha llamado, en diferentes momentos de su historia, el Todo, la Unidad, el Punto Omega, el Absoluto Colapso, y por último, la Ascensión Nucleodimensional. Así fue definitivamente psicografiado este presagiado momento de agonía, por unanimidad de la Consciencia Global, tras el acontecimiento en que la teoría se convirtió en una realidad, cuando fue detectado el inminente plegamiento del multiverso.

Ahora, si es que todavía se puede considerar útil tal concepto (puesto que ya no existe la noción del tiempo ni el "ahora"), los acontecimientos cósmicos fluyen en un conjunto de dimensiones indescriptibles que nos aglomeran, a todos los seres, en una nueva forma de vida, única pero infinitamente múltiple, individualizada desde el ser más complejo hasta la última radiante partícula, pero globalizada hasta la consecución de un único objetivo. Y todo ello a causa del transcurso de millones de evos de acumulación en la memoria de billones de seres.

La memoria de mi tránsito por cada uno de los cuerpos físicos en los que habité, para sacrificio y gloria de mi esencia, permanece en mí moldeando las dimensiones de mi consciencia y ha direccionado mi presencia en este momento de crisis cósmica, momento a su vez tan deseado desde que nos desprendimos del cordón umbilical que nos unía al Todo. Puedo revivir aquél tiempo de sufrimiento, aquella encarnación en que perdimos nuestra unión directa con el espíritu creador, y surgió el primer paso hacia la Raza Hiperbórea, dejando atrás la breve Raza Polar... divina pero sin capacidad de evolución. Mientras el cordón astral permaneció intacto (a través de él se producía el vertiginoso paso de energía astral que amorosamente nos daba forma material a los seres polares) podíamos sentir el grandioso amor que el océano astral suministraba a sus hijos, nosotros, la semilla de la humanidad. Amor que nos vivificaba y que en su grandiosa atracción nos absorbía, nos alimentaba, nos transfería las partículas que conformaban la, entonces muy sutil, materia de nuestros cuerpos, impidiéndonos con su permanente atracción sentir ninguna otra radiación. No teníamos consciencia propia. Por ello no éramos "hechos a imagen de Dios", sino que éramos la "proyección de Dios" desde el astral. Eramos su extensión última en su camino hacia la materialidad; cada uno éramos como la infinitesimal punta de una helicoidal aguja astral.

Tan fuerte era la tensión producida a causa de nuestro deseo por ese divino amor, que para romper tal dependencia hubo de producirse un sacrificio colosal, y todo para que la humanidad tuviera un comienzo y el Todo pudiera alcanzar la máxima materialidad. Y fue a causa de la capacidad del amor para convertirse en voluntad y su necesidad de llegar al punto de máxima entropía... de máxima entrega cuando llegara el momento clave, millones de evos después. Fue la necesidad de alcanzar ese momento en que la energía llega a transformarse en pura atracción gravitatoria de nuevo, para volver a ascender en la oscilación de cada partícula, hacia la radiación creadora.

De no haber sido por esa capacidad del amor, nunca habría sido necesario tan enorme sacrificio. Pero la creación necesitaba tener la experiencia de ese choque brutal. Los Orígenes Radiantes se desprendieron de sus creaciones más amadas, a las que llamamos Arcángeles o Hermanos Superiores. Ellos se prestaron voluntariamente a la mayor crisis que eran capaces de soportar en sus purísimos cuerpos, de modo que descendieron con sus formas a niveles radiantes mucho más rígidos para ellos, creando en el océano astral las corrientes tan poderosas que ejercieron a la vez de aterradora protección y de filtro selectivo. Esas vertiginosas corrientes han regulado desde entonces el paso de energía desde el plano astral hasta el plano físico donde se puede transmutar en materia, y viceversa, ejerciendo como un filtro en ambos sentidos. Cualquier nuevo cuerpo en el cosmos ha sido formado desde el astral y los códigos para su formación han pasado a través de dicho vertiginoso velo astral, así como ha regresado toda alma encarnada a través de él hacia el astral tras la experiencia de la muerte. Ni una sola partícula roza dicho océano sin ser transmutada por los flujos generados por la presencia de los Arcángeles. Es el Anillo de No Pasar, tan conocido por los atlantes.

El nacimiento de esas corrientes en este océano, pacífico hasta entonces, provocó la ruptura de todos nuestros ‘cordones umbilicales’, acontecimiento conocido como "la caída del hombre", y nos produjo la sensación de vértigo y de ansia de aquel amor extraviado, sensación que ya nunca nos ha abandonado, a pesar de que en aquella época los Arcángeles proyectaban sobre nosotros, como maná nutritivo, una ligera sombra del amor creador, puesto que ellos necesitaban también de esa proyección, a modo de intercambio, para su particular evolución durante Su sacrificio. El ansia no permanecía como una sensación, puesto que carecíamos de órganos, sino que puedo describirla como una tendencia, al igual que un metal sufre la tendencia a ser atraído por un imán. Dicha ansia nos hacia ser atraídos por el astral, pero ya no nos estaba permitido penetrarlo, lo cual nos situaba en un continuo choque contra los límites del Anillo de No Pasar.

La humanidad nunca fue consciente de aquél gigantesco esfuerzo puesto que no sabíamos qué nos había pasado. Tan solo nos quedaba un vértigo aterrador y un ansia que nos obligaba a buscar el calor de esa suprema radiación perdida: pero necesitábamos sobrevivir y los Hermanos nos ayudaron. Cuando el paso de los eones permitió al humano tener ego, ser un ente completamente individualizado capaz de tener una intensa vida interior, fue el momento en que empezamos a intuir que hubo un sacrificio descomunal, nunca repetido a esa escala, dedicado a nuestra causa. Nos abrieron los ojos a esta realidad las encarnaciones de los varios crístos que repitieron (a escala individual) el sacrificio, en épocas de especial crisis y olvido, para mostrarnos la verdad de nuestro origen, incidiendo en nuestra consciencia y potenciando con su ofrenda y esfuerzo nuestra vuelta a la conexión (a modo individual e interiorizado) con los campos mentales primigenios, más allá del dominio astral..

A cambio de aquella maternal pérdida, y a base del esfuerzo de nuestra recién nacida voluntad (impulsada por el ansia y la necesidad) adoptamos la liviana consciencia de que nuestro entorno existía. Un entorno muy hostil, ciertamente. La presión de la radiación era muy elevada y nuestros globulares cuerpos oscilaban en todas las direcciones, flotando en la atmósfera infernal bajo la tensión gravitatoria del protoastro primigenio, que retenía por dicha tensión las partículas radiantes que se sometían a su atracción. Además surgían otras partículas nuevas desde el protonúcleo, creando así corrientes centrífugas que chocaban contra las partículas sumidas en voraz caída. Ello daba a la atmósfera propiedades nebulosas en la que los remolinos de partículas del núcleo del protoastro generaban unas temperaturas y radiaciones elevadísimas. Dentro de los más superficiales remolinos nos manteníamos en espirales de flotación en una rutina de creación-destrucción de nuestros cuerpos, a ritmos frenéticos, pero relativamente muy lentos comparados con el tiempo de vida de las partículas de las aterradoras radiaciones.

Pero sólo gracias a la ayuda de nuestros Hermanos Superiores se tornó dicha sutilísima e incipiente consciencia en algo útil. Los Hermanos fueron descritos, en muchas ocasiones, por humanos que pudieron conectar de modo distorsionado con el océano astral, más concretamente con el Akasha. En todas las épocas existieron unos pocos humanos que, por un decreto procedente de los propios Orígenes Radiantes y por méritos propios, tenían la capacidad de mantener una sutil y efímera conexión con las partes más estables del océano astral (nunca fue pretensión del origen primigenio cortar la unión con sus hijos definitivamente, sino de modo liberador y manteniendo un fino contacto velado). Las conexiones eran tan incompletas y tan limitadas (debido a la atrofiada constitución humana para esos niveles de radiación) que las descripciones recogidas en imágenes no eran sino aberraciones que carecían de explicación racional. Ahora que las corrientes del océano astral nos han vuelto a abrazar, podemos describir a los Hermanos como la radiación más atractiva, absorbente y consoladora que más se acerca a aquél Amor Absoluto que nos dio su aliento para después distanciarse, a nuestro pesar. Una radiación viva, inteligente, con una voluntad puesta al servicio de un objetivo en el que nosotros somos plenos colaboradores, como los hijos son a la vez objetivo y medio para sus padres. Ellos, los Arcángeles, toman todas las características de su Fuente generadora, los Orígenes Radiantes, pero sólo expanden y desarrollan aquellas funciones para las cuales están preparadas sus entidades sin forma. Tienen una existencia finita, limitada por cada Absoluto Colapso, lo cual les permite regresar a sus orígenes y emprender un paso más en su evolución. Del mismo modo, la Vida toma las características de los Hermanos Superiores, pero sólo expande aquellas funciones que su limitada materialización permite. De Ellos, pues tomamos la Inteligencia, la Consciencia y todo aquello que somos o sentimos. Sí, Ellos, los Arcángeles, propiciaron que nuestra recién infundida consciencia nos sirviera de herramienta para la supervivencia. Sobre todo la capacidad de la función referente al sentimiento. Pero no somos parte de Ellos, puesto que nos reverencian y nos sirven reconociéndonos como los Hijos del Uno, emanados directamente de Él y con mayor capacidad de desarrollo de la que Ellos nunca podrían ser capaces, lo cual no exime que Su compasión se vierta sobre nosotros al ver cómo el descenso de nuestras almas en la materia nos ha hecho olvidar lo que somos.

Recuerdo aquella forma de vida inicial de la Raza Hiperbórea, formada por cuerpos apenas materiales, casi gaseosos, en la que no teníamos unos órganos materiales definidos, sino simplemente un velo esférico que servía de frontera entre la radiación astral y nuestra forma física. A través de dicho velo, tras la pérdida del cordón, se producía el vertiginoso y terrible intercambio de partículas que nos daba forma, donde cada partícula procedente del océano astral quedaba frenada por la acción de las corrientes astrales, en una reducción tan brusca de las vibraciones... que transmitían unas trepidantes oscilaciones; tales que a veces nos provocaban la muerte. Una muerte de la que no éramos conscientes, puesto que inmediatamente surgía otro globular velo que ocupaba el lugar del anteriormente destruido. De esto resultaba un mar casi inmaterial de espuma borboteando. Ello provocaba que nuestro tiempo de vida medio fuera infinitesimal, lo cual no contribuía demasiado al sentido evolutivo esperado de la humanidad. Con la inmersión de la consciencia sobrevino también la sensación de la muerte, la memorización de la pérdida corporal; y era una sensación que aumentaba el ansia que ya nos habitaba tras la pérdida de nuestro maternal cordón. Cada vez que perdíamos el cuerpo propio, la ansiedad o tendencia hacia el astral sufría una multiplicación provocada por la falta de cohesión corporal, por la pérdida de objetivo común entre las partes desgarradas del globo corporal, que provocaba en la consciencia una memoria de terror.

Por un lado, nos arrastraba el ansia hacia lo Superior, y por otro lado tiraba el terror a la desintegración. Es necesario aclarar que la pérdida del cuerpo no suponía una pérdida de consciencia ya que la destrucción sólo atacaba a las fuerzas de cohesión entre las partes, lo que provocaba una disgregación instantánea de las partes y un desgarro de la unidad en la consciencia siempre existente. Dicha consciencia se replegaba hacia su origen (el dominio de los Arcángeles) al morir el habitáculo físico, para volver a ocupar instantáneamente otro vehículo.

El brote de la consciencia no surge de la nada, sino que viene a la luz debido a que la membrana que formaba nuestros cuerpos globulares (cuerpos infinitesimales en tamaño y duración vital), como que era umbral de entrada de radiación astral, tenía unas características muy peculiares. Atravesaban dicho umbral las radiaciones astrales benignas suministradas por los Hermanos Superiores para nuestra nutrición y crecimiento, pero permanecían a modo de sutiles partículas (formando la propia membrana) aquellas radiaciones más sublimes procedentes del dominio astral formador de vida, también dirigido por Ellos. Esto confería a la membrana la capacidad de contraerse y expandirse frente a las radiaciones procedentes del exterior, ejerciendo de medio filtrante y protector, lo cual daría lugar al desarrollo de una consciencia de lo bueno y lo malo en la Raza Lemúrica. Esa capacidad sensoria se adhesionaría desde entonces a todas y cada una de las más ínfimas partes de nuestros cuerpos donde clavaría sus raíces para darnos la posibilidad de ser: aparece el instinto en la colectividad. Por ello la consciencia siempre ha tenido grados entre diferentes cuerpos, así como zonas de especialización dentro de un mismo cuerpo. Dentro de la colectividad de seres en el nicho evolutivo, esa consciencia instintiva era capaz de ser aprovechada mejor por unos entes que por otros. El regalo de los Hermanos, esa consciencia procedente del mundo mental a través del astral que nos cedieron a modo de membrana protectora, avivaba nuestra ansiedad e impulsaba a nuestro cuerpo a reconocer y a esquivar la llegada de partículas peligrosas que nos pudieran destruir. Fue origen de nuestro primer órgano sensorial: el tacto, bueno... el proto-tacto. Ya entonces fuimos conscientes de que necesitábamos el esfuerzo de la voluntad propia para evitar nuestra personal destrucción. Así que, voluntariamente, nos "apartamos de Dios". Aprendimos a esquivar partículas procedentes del astral y con ello empezó nuestro alejamiento de lo que procediera de dicho océano. Eso fue el origen de la polaridad que caracteriza nuestro comportamiento: por un lado el amor a nuestra unión a través del cordón perdido; por otro lado el ansia provocada por la agresividad de algunas partículas procedentes de aquella unión. Con el tiempo sería más fuerte el ansia (llamada odio o "Caín") que el amor (o "Abel") y perdimos todo contacto sensible con el astral... pero eso ocurrió definitivamente muchos eones más tarde, durante la existencia de la Raza Atlante, anterior a la Era de las Cinco Razas. También así comenzó esa supremacía del miedo como pauta innata e inexplicable del comportamiento humano. Desde entonces, el miedo nos ha guiado doblegándonos, y el sufrimiento ha sido nuestro gran maestro y director, hasta que llegó la Era de la Gran Unificación, en que supimos sobreponernos, por que fuimos capaces de "ver el fuego que nos consumía" y domesticarlo como ya lo hicimos, en aquél día ya olvidado, con ese otro fuego que nos quitó el frío y nos convirtió en aprendices de dioses.

(Este es el extracto disponible en web de "La agonia de Fenix". Para leer el documento completo has de haber leído antes los capitulos anteriores en la web, y solicitar este capitulo 10 por correo electrónico)