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Unidad 3.1 Definiciones y distinciones de la libertad humana

Recuerda que la libertad es uno de los regalos mas grandes que se nos ha dado, saber hasta dónde y hasta cuándo somos libres es lo mas importante. Un ser humano puede considerarse pleno cuando sabe utilizar su libertad y sabe los límites que esta tiene.

Lee lo siguiente y preparate, por que en la próxima sesión se utilizará para un debate.

El mundo moderno aparece cada vez más poderoso y débil, capaz de lo mejor y lo peor. Es por ello que se reconoce el camino abierto para elegir entre la libertad o la esclavitud, entre el progreso o el retroceso, entre la fraternidad o el odio. El hombre sabe muy bien que está en su mano la dirección de las fuerzas que ha desencadenado y que pueden aplastarlo o salvarlo.

Las personas se distinguen de los animales, aun de los más perfectos, por su interioridad; en la que se concentra una vida propia, particular. Los animales se someten a procesos biofisiológicos relacionados a una constitución más o me- nos semejante a la de los hombres. Ésta permite una vida sensitiva más o menos rica, cuyas funciones son superiores a la vida vegetativa. Sin embargo, en el hombre el conocimiento y el deseo adquieren un carácter espiritual y contribuyen a la formación de una vida interior, fenómeno inexistente en los animales. La vida interior es la vida espiritual.

La vida espiritual alcanza su madurez cuando tiene la percepción de que existen normas morales no impuestas desde fuera, sino escritas en su corazón; exigencias de su mismo ser, de él mismo como individuo. El libro en el que están escritas las normas morales es la persona misma. Aprender a leer en uno mismo es el producto de una reflexión, de una profunda meditación sobre el hombre. Cuando se reflexiona sobre las actividades que constituyen la trama de nuestra historia cotidiana, de inmediato se observa que son muy diversas y van desde las más elementales como comer, jugar, leer el periódico, hasta las más elaboradas, como leer una página de Platón, entre otras muchas. Si se profundiza un poco más, se ve que todas las actividades humanas pueden reducirse a tres tipos: actividades físicas, actividades espirituales y actividades psíquicas.

Las primeras tienen lugar sólo en el ser humano; las segundas son por completo del ser humano (por ejemplo, hay en el ser humano una actividad cardiaca de la que no se es consciente; por el contrario, el acto de tomar una decisión es completamente humano). Las actividades psíquicas se sitúan en el punto en el cual las otras dos se cruzan: son las pasiones. El hombre tiene miedo, desea, etc. Estas manifestaciones no son ni puramente espirituales ni puramente físicas. Por lo tanto, la experiencia cotidiana nos indica que en el hombre existe una pluralidad en la unidad, es decir, una pluralidad de actividades en la unidad de un mismo sujeto.

Si se compara el cuerpo humano con el cuerpo animal, se observa que en el fundamento son idénticos debido a su estructura bioquímica. Sin embargo, son también profundamente diferentes. El cuerpo humano se eleva en el interior ha- cia la dignidad de la persona y se convierte en parte constitutiva de ella; es decir, el espíritu lo hace ser.

De esta constitución espiritual de la persona se deriva que el sujeto humano está dotado de un triple dinamismo:

un dinamismo somático,

un dinamismo espiritual, y 

un dinamismo intermedio, que es el dinamismo psíquico.

Estos tres dinamismos se dirigen hacia objetos formales distintos, tienden a la realidad desde puntos de vista diferentes.

A través del dinamismo espiritual se percibe la realidad en sí misma y por sí misma; en cambio, en el dinamismo somático se percibe la realidad en relación con la persona, es decir, en tanto esa realidad sea útil, necesaria o placentera; tiende a la realidad en cuanto ésta, de alguna manera es significativa. Un ejemplo podría ser el siguiente: a pesar de que la inteligencia nos advierte de la dignidad de cualquier persona, es posible la reducción de la relación personal a un mecanismo de placer cuando los sujetos se conciben mutuamente como realidad útil, necesaria o placentera.

El dinamismo psíquico articula los otros dos dinamismos. No está tan ligado al cuerpo como para no poder elevarse por encima de él, pero tampoco es tan inherente al mundo del espíritu como para no poder participar también de la materia.

La persona es una unidad sustancial de cuerpo y espíritu, contiene una pluralidad de partes y dinamismos propios de cada una de ellas y la necesidad de integración de estas partes revela la existencia de una jerarquía u orden entre ellas.

El proceso de integración en el obrar y, en general, en el comportamiento humano es teóricamente posible porque en el orden del ser la persona es una unidad y porque la propiedad específica del espíritu es la de ejercer un dominio sobre lo no espiritual.

El proceso de integración de estos tres dinamismos consistirá en la subordinación del dinamismo somático al psíquico y del psíquico al espiritual. Tal subordinación no conlleva una destrucción o menoscabo de las operaciones somáticas y psíquicas por parte de las espirituales, sino que, por el contrario, consiste en la plenitud y la perfección de los primeros niveles (el somático y el psíquico) debido a su contacto, a su elevación y a su gobierno con el más valiosamente per- sonal: el espiritual.

La relación ordenada de las diversas partes conforman una unidad. Por ejemplo, un montón de piedras no es una realidad íntegra; un edificio, en cam- bio, sí es una realidad íntegra. No porque un edificio destruya la multiplicidad de las piedras, sino porque las ordena en un complejo unitario y armónicamente estructurado.

El concepto de totalidad integrada está íntimamente relacionado con el or- den, éste significa la reducción de la multiplicidad a unidad y, recíprocamente, el despliegue de la unidad en la multiplicidad. El orden supone, implica y pone en acto una jerarquía, una jerarquía objetiva de ser y, por tanto, también una jerarquía de valores. Se puede, por consiguiente, definir el concepto de integración como una totalidad unitaria que existe en una multiplicidad de partes ordenadas de forma jerárquica. La integración es precisamente aquel proceso a través del cual esta totalidad de diversas partes se unifica y se ordena.

Si se regresa al ejemplo del edificio, la integración corresponde a la construcción del mismo. Las diversas partes quedan integradas en una unidad según un proyecto, es decir, según un orden. El problema ético de la integración de la persona es el problema de la unificación de los tres dinamismos operativos del hombre en el sujeto personal, según un orden objetivo, según una jerarquía. La integridad significa, por tanto, aquel estado o modo de ser por el cual la persona existe en el orden.

Todo esto nos lleva a considerar la percepción clarísima de la dignidad singular de la persona.

Una de las vías más simples para llegar a la intuición del ser personal es la reflexión sobre el acto libre. Lo que se siente espiritualmente cuando se realiza un acto libre, es que la persona es causa de ese acto. Esto es tan cierto que sólo la persona puede asumir la responsabilidad de ello. La experiencia nos dice además que “ser causa de...” significa “ser el origen de...” en el sentido de que aquello de lo que se es causa, depende de la persona en cuanto al ser. El acto realizado tiene lugar, porque es actualizado por la persona.

Se debe recordar que la experiencia interior nos dice que hay una diferencia entre el acto de la inteligencia y el acto de la voluntad, entre entender y que- rer. La voluntad pone a la persona en una actitud de movimiento hacia lo que quiere, de tensión dinámica hacia la realidad. La raíz de este movimiento de la voluntad es la bondad y el valor del ser, que previamente ha sido entendido por la inteligencia. Su bondad y su valor constituyen una fuerza de atracción que mueve nuestra voluntad.

Ahora bien, ante esta fuerza de atracción que desencadena un movimiento en nuestra voluntad, ésta puede activarse según tres disposiciones o modalidades: la hedonista, la utilitarista y la opción ética.

Se llamará modalidad hedonista a aquella actitud de la voluntad por la cual ésta se mueve hacia una realidad que se presenta placentera para la persona. Esta actitud puede describirse con la siguiente expresión: ¡Qué placer me proporciona que existas y que pueda ser para mí motivo de goce!

La modalidad utilitarista, en cambio, es aquella actitud de la voluntad por la cual ésta se mueve hacia una realidad que se presenta útil para la persona. Esta actitud de la voluntad se puede describir con la siguiente expresión: ¡Qué útil resulta que existas para mí!

La modalidad ética es aquella actitud de la voluntad por la cual ésta se mueve hacia una realidad que se presenta como buena para la persona y con independencia de todo placer o utilidad. La actitud de la voluntad ética frente a la reali- dad puede describirse a través de una expresión como ésta: ¡Qué bueno es que existas, independientemente de que me proporciones placer o utilidad!

Las concepciones egoístas o hedonistas de la libertad son represivas. Se de- pende de los instintos, a los que se da rienda suelta y por los cuales se es mani- pulado y atropellado. El egoísta que tiende a subyugar a los otros es, en realidad, esclavo de sí mismo. Él, que siempre espera recibir sin dar, tiene necesidad de los demás y se expone siempre al fracaso.


A continuación te presento lo que vimos en clases.
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Laura Monica Hurtado Marroquín,
11/1/2012 19:03
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