John Dewey y una pequeña reseña de Experiencia y Educación (1938)

“Vivimos siempre en el tiempo que vivimos y no en algún otro tiempo, y solo extrayendo en cada tiempo presente el sentido pleno de cada experiencia presente nos preparamos para hacer la misma cosa en el futuro”

 

Hacia 1938, John Dewey, quien es considerado uno de los más importantes exponentes de la Escuela Nueva o activa, publicaba Experiencia y Educación. Bajo el brazo ya traía consigo  doce publicaciones pedagógicas anteriores. Entre ellas se destacan La Escuela y la Sociedad (1899) y Democracia y educación (1916).

Fue un filósofo que promovió el Pragmatismo, pero para quien el centro de su reflexión teórica se hallaba en la pedagogía. En 1895, le escribía a su esposa Alice: “A veces pienso que dejaré de enseñar directamente filosofía, para enseñarla por medio de la pedagogía”[1]. Había nacido en Burlington, Vermon, Estados Unidos, en 1859.  En 1896 había creado en la Universidad de Chicago una “Escuela Experimental” para poner sus ideas a prueba. Pronto, seria conocida como la “Escuela de Dewey”.  Asistían alumnos de familias de profesiones liberales, muchos hijos de colegas suyos. Allí se experimentaban las hipótesis de la psicología funcional y la ética democrática de Dewey.

Recorrió el mundo como referente de la pedagogía progresista: Japón, Turquía, México, La Unión Soviética, China, donde según Westbrook es donde más influencia tuvo.  De manera que, lejos de ser un autor circunscripto a un estrecho ámbito, más bien, era un referente a quien acudían diferentes regiones del mundo, incluso tan “lejanas,” en términos culturales a Estados Unidos, como China o Japón. Lo cual, por otra parte, acentúa el carácter internacional del movimiento de la Escuela Nueva.[2]

En Experiencia y Educación[3], Dewey aboga por la necesidad de una “filosofía de la educación basada en una filosofía de la experiencia”. Y esto es central, puesto que según él, es necesario construir una filosofía propia para diferenciarse de la escuela tradicional antes tomar como guía aquello que se rechaza, es decir una pura oposición. Por ejemplo, dice: “porque la vieja educación impusiera el conocimiento, los métodos y las reglas de conducta de la persona adulta al joven, no se sigue, excepto sobre la base de una filosofía extremista de ‘o lo uno o lo otro’, que el conocimiento y la destreza de la postura madura no tenga valor para la experiencia de la persona inmadura”.  Es decir que, parte de una crítica no solo hacia la escuela tradicional, sino también a una forma de proceder de la educación progresiva. Para él, “los principios generales de la nueva educación no resuelven pos si mismos ninguno de los problemas de la dirección y organización reales o prácticas de las escuelas progresivas”. Por eso, es necesario  desarrollar positiva y constructivamente métodos y materias sobre “la base de una filosofía de la experiencia”.  Y es que, para el autor, “la unidad fundamental de la nueva pedagogía se encuentra en la idea de que existe una íntima y necesaria relación entre los procesos de la experiencia real y la educación”. He aquí la importancia de una idea correcta de la experiencia.

Sin embargo, no debemos prestarnos a la confusión que Dewey identifica en la educación progresiva, esto es, creer que “todas las experiencias son verdadera e igualmente educativas”. Hay experiencias que no son educativas. “Una experiencia es antieducativa cuando tiene por efecto detener o perturbar el desarrollo de ulteriores experiencias”. Este género de experiencias es muy frecuente en la escuela tradicional, puesto que en ella “lo perturbador no es la ausencia de experiencia sino su defectuoso y erróneo carácter”.

Dewey va a identificar, dentro de la cualidad de cualquier experiencia, dos aspectos. Por un lado, el aspecto inmediato de agrado o desagrado. Por otro, su influencia sobre las experiencias ulteriores. He aquí el “problema central” de una educación basada en la experiencia: “seleccionar aquel género de experiencias presentes que vivan fructífera y creadoramente en las experiencias subsiguientes”.  Aquello que permitiría diferenciar las experiencias valiosas educativamente de las que no lo son, es el  principio de continuidad experiencial.  Este se basa en el hecho del hábito y, “la característica básica del hábito es que toda experiencia emprendida y vivida modifica al que actúa y la vive, afectando esta modificación […] la cualidad de las experiencias siguientes”. Es un principio de aplicación universal, siempre hay algún género de continuidad. Las experiencias son fuerzas en movimiento, cuyo valor puede ser juzgado sobre la base de aquello a lo que se mueve. La misión de quien educa radica, entonces, en ver la dirección en la que marcha la experiencia. Puede evaluar la del joven ya que como adulto tiene mayor madurez de experiencia que aquel, Pero esto “sin imponer un control meramente exterior”. El educador debe ser capaz de ver “qué actitudes conducen a un desarrollo continuado”. Dewey, incluso, observa la necesidad de que el maestro sea capaz de comprender individualmente a los alumnos.

Por otra parte, toda experiencia “cambia en algún grado las condiciones objetivas bajo las cuales se ha tenido la experiencia”. Quiere notar la importancia de las experiencias pasadas en el presente, es decir, que este es lo que es porque ha habido experiencias pasadas que han formado y transformado el mundo. Y además, que ésta “no ocurre en el vacío”. El profesor debe ser especialmente sensible en este aspecto puesto que debe tener en cuenta tanto la formación de experiencias por las condiciones del ambiente y, saber “cómo utilizar los ambientes físicos y sociales que existen, a fin de extraer de ellos todo lo que poseen para contribuir a fortalecer las experiencias que sean valiosas”. Alerta, por otra parte, sobre la necesidad de no subordinar  las condiciones objetivas a lo que ocurre dentro del individuo en pos de no imponer un control externo o limitar la libertad.

El segundo principio para interpretar la experiencia es el de interacción. Esta alude al juego reciproco entre las condiciones objetivas y las condiciones internas del individuo. Estas “series de condiciones”, tomadas en su interacción constituyen una situación. Interacción y situación son inseparables: “una experiencia es siempre lo que es porque tiene lugar una transacción entre un individuo y lo que, en el momento, constituye su ambiente, y si este último consiste en personas con las que está hablando sobre algún punto o suceso, el objeto sobre el que se habla forma parte también de la situación”, el ambiente es todo aquello que interactúa con las “necesidades, propósitos y capacidades personales para crear la experiencia que se tiene”.

Tampoco pueden separarse los principios de continuidad e interacción. Los conocimientos y habilidades extraídos de una situación se convierten en “instrumentos” en la experiencia próxima.  El educador debe tener aquí como preocupación directa “las situaciones en que tiene lugar la interacción”. El factor de las condiciones objetivas, está dentro de las “posibilidades de regulación por el educador”. Comprenden las “condiciones objetivas” para Dewey, lo que hace quien educa y el modo como lo hace, no solo las palabras habladas, sino también el tono de la voz; el equipo, los libros, aparatos, juguetes y juegos empleados; materiales y “la total estructuración social de las situaciones en que se halla la persona”,  y todo ello “para crear una experiencia valiosa”. Siempre considerando las “capacidades y propósitos de los enseñados”, es decir, separarse de la concepción tradicional donde es la materia per se lo que se considera educativo y donde cada materia se aprende aisladamente. Para nuestro autor “no existe nada que sea un valor educativo en abstracto” el verdadero sentido del crecimiento, la continuidad y la reconstrucción de la experiencia es que esta debe hacer algo para preparar a una persona para ulteriores experiencias más profundas.

Y es que él defiende un aprendizaje que sirva para la vida, que no sacrifique las potencialidades del presente a un futuro hipotético, porque para Dewey “el presente afecta al futuro de algún modo”. Crear experiencias valiosas, como tarea de quien educa, es depositar en él la responsabilidad de un futuro de plena madurez, de la capacidad de extraer de la experiencia un conocimiento que sea capaz de mejorar  las condiciones objetivas en que se desarrollaran las futuras experiencias.

De este libro a la vez sencillo y profundo, extraemos también la apuesta de Dewey por la democracia. ¿Por qué, en definitiva deberíamos preferir la educación progresiva a la tradicional? La educación progresiva, para el filósofo, es la que está más cerca de la democracia y la razón (y no la causa) por la que él la prefiere es porque “la consulta mutua y las convicciones logradas por persuasión hacen posible una mejor cualidad de experiencia en una escala más amplia que la que puede ofrecerse de otro modo”.

A modo de conclusión destacamos que Dewey cree en un educador, que lejos de dejar librada la experiencia de los niños a sus necesidades e intereses, como suele pensarse y decirse para defender una educación progresiva, valora profundamente e incluso le otorga una enorme responsabilidad al educador y no por ello desmereciendo los intereses y capacidades del niño ya que sino negaría el principio de interacción. Asimismo da importancia a los conocimientos pasados. El problema no es que los conocimientos pertenezcan a este, el problema se centra en la forma en que estos se relacionan con la propia experiencia de los alumnos.

John Dewey, aun hoy, constituye una referencia insoslayable para quien desee pensar en otra forma de educar, quien desee otro tipo de experiencia educativa, pero también, para quien desee una sociedad mejor. Ante una realidad educativa fragmentada, sufriendo todavía las consecuencias de las políticas neoliberales,  abre y reabre la posibilidad de preguntarse, al menos, por la relación entre educación y democracia (como se llamara uno de sus libros), entre la posibilidad no solo de una educación más democrática, sino también sobre la posibilidad y la necesidad de educar para una sociedad más democrática.

 

 

 

 



[1]Westbrook, Robert B. John Dewey (1859-1952). En: Perspectivas: revista trimestral de educación comparada, N°1-2, 1993. De aquí extraemos los demás datos biográficos y aspectos de su pensamiento y postura filosófica, salvo lo referente a Experiencia y Educación.

[2] Ver Marin Ibañez, R. (1976) Los ideales de la Escuela Nueva, Revista de Educación, N°242.

[3] Dewey, John. (1967) Experiencia y Educción. Buenos Aires: Losada. 

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