¡Ay! Si nuestro Moro hablara...

Las cosas que contaría


1 de Enero de 2007

“Les contaría que una de mis grandes ilusiones en la vida era tener muchas hembras, cuidarlas, montarlas cuando estuvieran dispuestas, ser admirado por ellas y envidiado por los otros...

Yo no sé si el ancho cielo se ensañó conmigo o simplemente mi destino era otro.

Aprendí precozmente a pelear y defender lo mío, desde que fui adolescente empezaron a manifestarse en mi las características de un buen padrillo, a su tiempo me volví un galán empedernido, nunca se vio otro potro como yo caminar con un paso erguido, el cuello bien encorvado para realzar lo mejor de mi figura.  Las yeguas se solazaban, inquietas se ponían a mi paso.  Al Príncipe lo derribé de un brinco (y eso que es más grande, pero tengo que reconocer que estaba amarrado).  Se sometían a mi  Apolo y Eclipse, la Esperanza alucinaba de espera.

Mas llegó el día tan esperado, estaba todo dispuesto, la primavera, el estro, el Sultán recién nacido.  A mi se me acercó la Fiera, me hizo pestañitas con la vulva, orinó en mis propias narices, y entre fremen y fremen se me desataron los impulsos.  Vino el preámbulo, mis paseos, sus orines, empezaron las coces y mordiscos... y luego... luego vino la nada, sí la nada, es cierto que la monté una y otra y otra vez, y ella ayudaba, pero nada, de verdad nunca pude penetrarla, el pene se iba a su aire, erecto pero a su aire, doblándose quien sabe adonde.  ¡Mire que no salir derecho! Exclamaron todos al unísono, y yo el más sorprendido de todos y molesto y triste y también decepcionado... Es que estaba todo dispuesto, el estro, mis ansias, la ilusión de tantos hermosos potrillos y potrancas que vendrían, porque habría blancos, moros como yo, otros menos claritos y también rocillos.  Todos serían pequeños y dóciles, de buen carácter, como yo, porque yo sería el padre, el padrillo y semental de la manada.

Lo intenté, créanme que lo intenté, un día y otro y otro, hasta que me separaron de mi Fiera y de mi Esperanza.

Las ansias se quedaron conmigo, la inquietud, los paseos al trote sostenido para ver a mis yeguas aunque solo fuera para divisarlas en el otro potrero.

Finalmente agotado y triste el día que me subieron al carrito (remolque) lo entendí todo y también acepté lo que vendría.

Otra vez la casa de Miraflores, el corral, la amansa, pero venía algo más y lo intuía fuertemente.  Ya me lo había contado mi primo Silencio  y mi hermano Pascual.

Primero viene el ayuno, te dejan la noche en el corral, aparece al otro día un señor Barrera y su ayudante que nadie sabe como se llama, te votan al suelo, te amarran y entonces viene la pena en serio, como en un saco sin fondo porque ahí mismo te arrancan los testículos para siempre, si lo que oyen, para siempre.  Para que las ansias ya no me duelan , para que con el tiempo se me olvide esta impotencia.

Es que la pena es compartida, porque todos creíamos y yo el primero que sería yo el semental de la manada, pero he aquí que mi destino era otro, yo venía de la Pascualina y del Ignacio, pequeño y hermoso como el que más, el de mejor pelaje, un poco más oscura la cara que el resto del cuerpo, solo de ¡un metro quince!, pero no para procrear, sino para ser el mejor y el más dulce de los caballitos para niños.

Y aquí me tienen ahora, con la montura puesta, aprendiendo a obedecer a Javier, entendiendo lo que son las riendas cortas, largas, lo que es avanzar, parar, retroceder.  Todavía tengo un poco hinchado el escroto, pero me siento más valiente y aceptador.

Lo importante, creo, es que lo intenté, si confieso que fueron muchas veces, monté a la Fiera y la Esperanza.  Pero ya lo digo con más soltura lo mío no era procrear, y aunque sigo siendo bello, no me van a clonar ni tampoco harán inseminación artificial con mi semen, porque mis dueños prefieren seguir la corriente que lleva la naturaleza.

Bueno, además reconozco que estoy más relajado que antes, sabiendo lo que me toca hacer, prometo que lo disfrutaré, lo único que pido es que cuando me toque irme de este lugar que tanto me gusta me lleven a un sitio agradable, que ojalá me monten todos los día y que me toquen muchos niños cariñosos.

Porque han de saber que a mi nunca nadie me ha pegado con una fusta, he aprendido con gestos y palabras amables, casi susurradas.  Me he peleado con los míos ¡muchas veces! Pero con los humanos créanme que nunca.

Dicen que incluso tengo precio, no menos de $500.000, eso porque soy el mejor, el más pequeño, de más prestancia, pero sobre todo de buen carácter, obediente y tal como le gusta a los niños y a los que saben de tener caballos para niños: no entero.”

Katia Velásquez
1 de Enero de 2007