capitulo16
La Página Oficial Uruguaya de Harry Potter y las reliquias de la muerte.

 

Cuando Harry se despertó al día siguiente transcurrieron algunos segundos antes de que recordara lo que

había pasado. Luego esperó, infantilmente, que todo hubiera sido un sueño, que Ron aún estuviera ahí y

nunca se hubiera ido. Pero al girar la cabeza sobre la almohada pudo ver la cama de Ron vacía. Apartó los

ojos sin expresión alguna. Harry bajó de un salto de su propia cama, manteniendo la vista apartada de la

de Ron. Hermione, que ya estaba ocupada en la cocina, no le dio los buenos días, sino que desvió la

mirada cuando él entró.

Se ha ido, se dijo Harry a sí mismo. Se ha ido. Se tuvo que repetir lo mismo mientras se bañaba y se vestía,

como si repitiéndolo pudiera insensibilizarse de la conmoción. Se ha ido y no va a regresar. Y era la pura

verdad, Harry lo sabía, porque los encantamientos protectores harían imposible que Ron, una vez dejaran

este sitio, los encontrara otra vez.

Él y Hermione tomaron el desayuno en silencio. Los ojos de Hermione estaban rojos e hinchados; parecía

que no hubiera dormido nada. Empacaron sus cosas, Hermione haciéndolo demasiado despacio. Harry

sabía por qué quería alargar su estancia en la ladera del río; varias veces la vio con mirada vigilante, y

estaba seguro de que se engañaba a sí misma pensando que había escuchado pasos a través de la pesada

lluvia, pero ninguna figura pelirroja apareció entre los árboles. Cada vez que Harry hacía la imitaba, y

miraba alrededor (no podía evitar tener un poco de esperanza, el también), no veía nada más que el bosque

barrido por la lluvia, y una pequeña porción de furia explotaba dentro de él. Podía escuchar a Ron diciendo,

“¡Pensábamos que sabías lo que hacías!” y terminó de empacar con un fuerte nudo en la boca del

estómago.

A su lado, el lodoso río estaba creciendo rápidamente y pronto se desbordaría sobre su margen. Se habían

retrasado una hora larga sobre el momento en que hubieran levantado el campamento en condiciones

normales. Al final, después de rehacer tres veces completas el equipaje en el bolso bordado, Hermione

parecía incapaz de encontrar más razones para retrasarse: ella y Harry se cogieron de la mano y se

Desaparecieron, reapareciendo sobre una ventosa ladera cubierta de brezos.

En el instante que llegaron, Hermione soltó la mano de Harry y se alejó de él, sentándose finalmente sobre

una gran roca, su cara sobre las rodillas, sacudiéndose con lo que él sabía eran sollozos. La observó,

sabiendo que debería ir a consolarla, pero algo lo mantenía atado a donde estaba. Sentía su interior frío y

encogido: nuevamente vio la expresión desdeñosa en la cara de Ron. Harry echó a andar a grandes

zancadas a través de los brezos, caminando en un gran círculo con centro en la desconsolada Hermione,

conjurando los hechizos que solía hacer ella para garantizar su seguridad.

No hablaron de Ron en el transcurso de los siguientes días. Harry había decidido no volver a mencionar su

nombre, y Hermione parecía saber que sería inútil forzar el tema, aunque a veces, por las noches, cuando

ella pensaba que estaba dormido, podía escucharla llorar. Mientras tanto, Harry había comenzado a sacar

el Mapa del Merodeador y a examinarlo a la luz de su varita. Estaba esperando el momento en el que el

punto etiquetado con el nombre de Ron pudiera aparecer en los corredores de Hogwarts, probando que

había regresado a la comodidad del castillo, protegido por su estatus de sangre pura. Sin embargo, Ron no

apareció en el mapa, y con el tiempo, Harry se encontró sacándolo solamente para observar el nombre de

Ginny en el dormitorio de las niñas, deseando que la intensidad con la que lo miraba pudiera entrar en su

sueño, de manera que ella supiera de una u otra forma que él estaba pensando en ella, deseando que

estuviera bien.

Por el día, se dedicaban a tratar de determinar los posibles lugares donde pudiera estar la espada de

Gryffindor, pero cuanto más hablaban de los sitios en los que Dumbledore pudiera haberla escondido, su

especulación se volvía más desesperada y menos atractiva. Aunque se devanó los sesos todo lo que pudo,

Harry no podía recordar que Dumbledore hubiera mencionado alguna vez un lugar donde pudiera esconder

algo. Hubo momentos en que no supo si estaba más enojado con Ron o con Dumbledore. Pensábamos que

sabías lo que hacías… Pensábamos que Dumbledore te había dicho qué hacer… ¡Pensábamos que tenías

un plan de verdad!

No podía engañarse: Ron estaba en lo cierto. Dumbledore no le había dejado virtualmente nada. Habían

descubierto un Horrocrux, pero no tenían medios para destruirlo. Los otros seguían siendo tan

inalcanzables como lo habían sido siempre. La desesperanza amenazaba con hundirlo. Ahora titubeaba

pensando en su presunción al aceptar la oferta de sus amigos de acompañarlo en este viaje errante y sin

sentido. No sabía nada, no tenía ideas, y estaba constante y dolorosamente alerta a cualquier signo de que

Hermione también fuera a decirle que ya había tenido suficiente, que se iba.

Pasaban muchas noches en casi total silencio, y Hermione empezó a sacar el retrato de Phineas Nigellus y

a colocarlo en una silla, como si fuera a llenar parte del vacío que Ron dejó con su partida. A pesar de su

previa advertencia de que no los visitaría más, Phineas Nigellus no parecía capaz de resistir la oportunidad

de saber más acerca de lo que Harry planeaba, y consentía en reaparecer, con los ojos vendados, cada

pocos días. Harry incluso se alegraba de verlo, porque era compañía, aunque fuera de un tipo despreciativo

y se burlara de ellos. Saciaron su ansia de noticias acerca de lo que estaba pasando en Hogwarts, aunque

Phineas Nigellus no era un informante ideal. Veneraba a Snape, el primer director de Slytherin desde que él

había dirigido la escuela, y tenían que tener cuidado de no criticar o hacer preguntas impertinentes sobre

Snape, o Phineas Nigellus abandonaba el retrato instantáneamente.

Sin embargo, dejó caer ciertos fragmentos. Snape parecía estar enfrentando un constante aunque débil

motín de un amplio grupo de estudiantes. A Ginny se le había prohibido ir a Hogsmeade. Snape había

retomado el viejo decreto de Umbridge prohibiendo reuniones de tres o más estudiantes o la creación de

cualquier sociedad estudiantil no oficial.

De todas estas cosas, Harry dedujo que Ginny, y probablemente Neville y Luna con ella, estaban haciendo

todo lo que podían para continuar con el Ejército de Dumbledore. Estas escasas noticias hicieron que Harry

deseara ver a Ginny tan desesperadamente como cuando deseas que se te cure pronto un dolor de

estómago; pero también le hizo pensar en Ron otra vez, y en Dumbledore, y en el mismo Hogwarts, que

había extrañado casi tanto como a su ex-novia. De hecho, mientras que Phineas Nigellus hablaba acerca

de las medidas de Snape, Harry experimentó un pequeño segundo de locura al imaginarse simplemente

regresando a la escuela para unirse a la desestabilización del régimen de Snape: estando bien alimentado,

y con una cómoda cama, y otras personas haciéndose cargo de todo; parecía la más maravillosa propuesta

del mundo en ese momento. Pero luego recordó que era el Indeseable Número Uno, que había un precio de

diez mil galeones sobre su cabeza, y que estar en Hogwarts en esos días era tan peligroso como estar en el

Ministerio de Magia. Sin darse cuenta, Phineas Nigellus enfatizaba este hecho al dejar caer preguntas

casuales acerca de dónde estaban Harry y Hermione. Cada vez que lo hacía, Hermione lo envolvía

nuevamente en la bolsa de cuentas, y Phineas Nigellus invariablemente rehusaba reaparecer hasta varios

días después de esas despedidas tan poco ceremoniosas.

El clima se volvió más y más frío. No se atrevían a permanecer en un lugar demasiado tiempo, aunque

permanecían en el sur de Inglaterra, que era una dura región. El frío era la peor de sus preocupaciones, así

que continuaron errando arriba y debajo de la región, desafiando la falda de una montaña, donde el

aguanieve aporreó la tienda; una amplia y plana ciénaga, donde la tienda se inundó con agua fría; y una

pequeña isla en medio de un lago, donde la nieve cubrió la tienda hasta la mitad durante la noche.

Habían comenzado a colocar árboles de Navidad con luces parpadeantes en algunas ventanas del salón

antes de que llegara la noche, cuando Harry decidió sugerir, de nuevo, lo que le parecía la única ruta sin

explorar que les quedaba. Acababan de terminar una inusual merienda: Hermione había ido al

supermercado bajo la Capa de Invisibilidad (dejando escrupulosamente el dinero dentro de una caja

registradora abierta antes irse), y Harry pensó que podría estar más persuadible de lo normal con el

estómago lleno, gracias a los espagueti boloñesa y a las peras enlatadas. También había tenido la

previsión de sugerir que tomaran algunas horas de descanso de llevar el Horrocrux, que estaba colgando

sobre la cama a su lado.

-¿Hermione?

-¿Mmm? -Estaba acurrucada en uno de los sillones combados con Las Aventuras de Beedle el Bardo. No

podía imaginar cuanto tiempo más iba a estar pegada al libro, que no fue, después de todo, demasiado;

pero evidentemente aún estaba descifrando algo en él, porque El silabario del Hechicero permanecía

abierto en un brazo del sillón.

Harry se aclaró la garganta. Se sentía exactamente como en aquella ocasión, algunos años atrás, cuando

tuvo que preguntarle a la Profesora McGonagall si podía ir a Hogsmeade de todas formas, a pesar del

hecho de no haber persuadido a los Dursley de firmar su permiso.

-Hermione, he estado pensando, y …

-Harry, ¿podrías ayudarme con algo?

No parecía haberle escuchado. Se inclinó frente a él y le extendió Las Aventuras de Beedle el Bardo.

-Mira este símbolo -dijo, apuntando al encabezado de la página. Sobre lo que Harry suponía que era el

título de la historia (siendo incapaz de leer runas, no podía estar seguro), había el dibujo de lo que parecía

un ojo triangular, su pupila cruzada con una línea vertical.

-No he estudiado Runas Antiguas, Hermione.

-Ya lo sé, pero esto no es una runa y tampoco está en el silabario. Todo este tiempo pensaba que era el

dibujo de un ojo, ¡pero ya no creo que lo sea! Fue dibujado con tinta, mira, alguien lo pintó ahí, no es

realmente parte del libro. Piensa, ¿has visto esto antes?

-No… No, espera un momento. -Harry lo miró más de cerca-. ¿No es el mismo símbolo que el padre de

Luna llevaba colgado del cuello?

-Bien, eso mismo pensé

-Entonces es la marca de Grindelwald

Ella lo miró fijamente, con la boca abierta.

-¿Qué?

-Krum me dijo…

Le recontó la historia que Viktor Krum le había contado en la boda. Hermione lo miraba anonadada.

-¿La marca de Grindelwald?

Miró a Harry y luego al extraño símbolo otra vez.

-Nunca he oído que Grindelwald tuviera una marca. No se menciona en nada de lo que he leído de él.

-Bueno, como te dije, Krum cree que ese símbolo fue tallado en una pared de Durmstrang, y que

Grindelwald lo puso ahí.

Ella se dejó caer en el viejo sillón, con el ceño fruncido.

-Es muy extraño. Si es un símbolo de Magia Oscura, ¿que está haciendo en un libro de historias para

niños?

-Si, es raro -dijo Harry-. Y se supone que Scrimgeour debería haberlo reconocido. Él era Ministro, tendría

que haber sido un experto en artes oscuras.

-Lo se… Tal vez pensó que era un ojo, como yo. Las otras historias también tienen pequeñas imágenes

sobre los títulos.

No dijo nada más, pero continuó estudiando detenidamente la extraña marca. Harry lo intentó otra vez.

-¿Hermione?

-¿Mmm?

-He estado pensando. Quiero… quiero ir al Valle de Godric.

Ella lo miró, pero sus ojos estaban desenfocados, y él estuba seguro de que estaba pensando todavía en la

misteriosa marca del libro.

-Sí -dijo ella-. Sí, yo también he estado pensando en eso. Realmente pienso que tenemos que ir.

-¿Me has escuchado bien? -preguntó él.

-Por supuesto que sí. Quieres ir al Valle de Godric. Estoy de acuerdo, creo que deberíamos ir. Quiero decir,

no se me ocurre otro lugar donde pueda estar. Será peligroso, pero mientras más lo pienso, más probable

me parece que esté ahí.

-Eh… ¿Qué es lo qué está ahí? -preguntó Harry.

En ese momento, ella lo miró tan desconcertada como lo estaba él.

-Pues, ¡la espada, Harry! Dumbledore tenía que saber que tu querrías regresar ahí, y quiero decir, el Valle

de Godric es el lugar de nacimiento de Godric Gryffindor

-¿En serio? ¿Gryffindor es del Valle de Godric?

-Harry, ¿has abierto alguna vez Historia de la Magia?

-Eh -dijo, sonriendo por primera vez en meses, por lo que notaba: los músculos de su rostro estaban

raramente tiesos-. Sí lo abrí, sabes, cuando lo compré… sólo una vez…

-Bueno, si el pueblo tiene ese nombre en su honor, creo que podrías haber pensado en hacer la conexión -

dijo Hermione. Sonaba más como la vieja Hermione que como la nueva; Harry casi esperaba que anunciara

que se iba a la biblioteca.

-Hay algo sobre el pueblo en Historia de la Magia, espera…

Abrió la bolsa de cuentas y revolvió en su interior durante un rato, extrayendo finalmente la copia del viejo

libro de texto, Historia de la Magia por Bathidla Bagshot, el cual hojeó hasta encontrar la página que

quería.

“Después de la firma del Estatuto Internacional del Secreto en 1689, los magos tuvieron que esconderse

por su propio bien. Era frecuente, quizás, que formaran sus propias pequeñas comunidades dentro de una

comunidad más grande. Muchos pueblos pequeños y aldehuelas atrajeron a algunas familias mágicas, que

permanecieron juntas para apoyarse mutuamente y como protección. Los pueblos de Tinworth en

Cornwall, Upper Flagely en Yorkshire, y Ottery St. Catchpole en la costa sur de Inglaterra fueron hogares

notables para corrillos de familias mágicas que vivían junto con muggles tolerantes y a veces

Confundidos. El más célebre de estos lugares de residencia medio-mágicos, es quizás, el Valle de Godric,

el pueblo del oeste del país donde nació el gran mago Godric Gryffindor, y donde Bowman Wright, herrero

mágico, forjó la primera snitch dorada. El cementerio está lleno de nombres de antiguas familias mágicas,

y sus relatos son, sin duda alguna, historias de embrujos que han acechado la pequeña iglesia local

durante muchos siglos.’

-No os menciona ni a tí ni a tus padres -dijo Hermione, cerrando el libro-, porque la profesora Bagshot no

cubre nada posterior a finales del siglo diecinueve. ¿Pero lo ves? El Valle de Godric, Godric Gryffindor, la

espada de Gryffindor; ¿no crees que Dumbledore debía espera rque hicieras la conexión?

-Oh sí…

Harry no quiso admitir que no había pensando en la espada en absoluto cuando sugirió ir al Valle de

Godric. Para él, el atractivo del pueblo estaba en la tumba de sus padres, la casa donde escapó de la

muerte, y en la persona de Bathidla Bagshot.

-¿Recuerdas lo que dijo Muriel? -le preguntó casualmente.

-¿Quién?

-Ya sabes -vaciló: no quería decir el nombre de Ron-. La tía abuela de Ginny. En la boda. La que dijo que

tenías tobillos flacos.

-Ah -dijo Hermione. Fue un momento difícil: Harry supo que había notado la omisión del nombre de Ron.

Dijo apresuradamente:

-Dijo que Bathilda Bagshot aún vive en el Valle de Godric.

-Bathilda Bagshot -murmuró Hermione, pasando su dedo índice sobre el nombre en relieve de Bathidla en

la portada de Historia de la Magia-. Bueno, supongo…

Jadeó tan fuerte que Harry sintió que se le revolvían las entrañas; sacó su varita, mirando hacia la entrada,

casi esperando ver una mano intentando atravesar la solapa de la entrada, pero no había nada.

-¿Qué pasa? -dijo, medio enojado, medio aliviado. -¿Por qué hiciste eso? Pensé que habías visto, como

mínimo, un Mortífago bajando la cremallera de la tienda…”

-Harry, ¿y si Bathidla tiene la espada? ¿y si Dumbledore se la confió?

Harry consideró la posibilidad. Bathidla debía ser una mujer muy vieja ahora, y de acuerdo con Muriel,

estaba un poco loca. ¿Era posible que Dumbledore hubiera escondido la espada de Gryffindor con ella? Si

eso fuera cierto, a Harry le parecía que Dumbledore se había arriesgado demasiado: nunca había revelado

que había reemplazado la espada por otra falsa, ni había mencionado demasiado su amistad con Bathidla.

Ahora, a pesar de todo, no era el momento de levantar dudas sobre la teoría de Hermione, sobre todo

cuando estaba, insperadamente, tan decidida a cumplir el deseo más añorado de Harry.

-¡Sí, tuvo que hacerlo! Entonces, ¿vamos al Valle de Godric?”

-Sí, pero tendremos que pensarlo cuidadosamente, Harry -Se sentó, y Harry podía apreciar que tener un

plan en perspectiva había levantado su ánimo tanto como el de él.

-Para empezar vamos a tener que practicar Desaparecernos juntos bajo la Capa de Invisibilidad, y tal vez

también sería sensato hacerlo con los hechizos desilusionadores, a menos de que pienses que deberíamos

ir en una neblina espesa y usar Poción Multijugos. En ese caso necesitaremos conseguir cabello de alguien.

De hecho creo que deberíamos hacer eso mejor, Harry, mientras más elaborado sea el disfraz mejor…”

Harry la dejó hablar, asintiendo y mostrándose de acuerdo cada vez que hacía una pausa, pero su mente

había abandonado la conversación. Por primera vez desde que habían descubierto que la espada en

Grynffindor era falsa, se sentía emocionado.

Estaba a punto de volver a casa, a punto de regresar al lugar donde había tenido una familia. Fue en el

Valle de Godric donde, si no fuera por Voldemort, podría haber crecido y pasado cada una de sus

vacaciones. Podría haber invitado amigos a su casa… hasta podría haber tenido hermanos y hermanas…

hubiera sido su madre la que hiciera su pastel de su cumpleaños número diecisiete. La vida que había

perdido difícilmente podía parecerse la real que vivía en ese momento, cuando sabía que estaba a punto de

ver el lugar donde se la habían arrebatado. Después de que Hermione se hubiera ido a la cama esa noche,

Harry sacó cuidadosamente su mochila de la bolsa de cuentas de Hermione, y de ésta, sacó el álbum de

fotografías que Hagrid le había dado hacía mucho tiempo. Por primera vez en muchos meses, examinó las

viejas fotos de sus padres, sonriéndole y saludándolo desde las imágenes, que era lo único que tenía de

ellos.

Harry hubiera partido hacia el Valle de Cedric al día siguiente con mucho gusto, pero Hermione tenía otros

planes. Convencida como estaba de que Voldemort podía esperar que Harry regresara al lugar en que sus

padres murieron, estaba decidida a ir sólo después de que se hubieran asegurado de tener los mejores

disfraces posibles. Pasó como una semana entera – una vez que hubieron obtenido furtivamente cabellos

de muggles inocentes haciendo las compras navideñas, y hubieron practicado Aparecerse y Desaparecerse

juntos debajo de la Capa de Invisibilidad – hasta que Hermione accedió a hacer el viaje.

Se Aparecieron en el pueblo protegidos por la oscuridad, la tarde estaba ya avanzada cuando finalmente se

bebieron la Poción Multijugos, Harry transformándose en un muggle calvo y de edad madura, Hermione en

su pequeña y bastante tímida esposa. Guardaron la bolsa de cuentas que contenía todas sus posesiones

(aparte del Horrocrux, el cual Harry llevaba colgado al cuello) dentro de uno de los bolsillos del abrigo

abotonado de Hermione. Harry colocó la Capa de Invisibilidad sobre ellos, y se sumergieron bajo la

sofocante oscuridad una vez más.

Con el corazón latiendo en su garganta, Harry abrió los ojos. Estaban parados cogidos de la mano en un

camino nevado bajo un cielo azul oscuro, en el que las primeras estrellas de la noche empezaban a brillar

débilmente. Había chalets a ambos lados del angosto camino, con decoraciones navideñas parpadeando en

las ventanas. A poca distancia de ellos, el brillo de algunos faroles dorados indicaba el centro del pueblo.

-¡Toda esta nieve! -murmuró Hermione debajo de la capa-. ¿Por qué nunca pensamos en la nieve? Después

de todas las precauciones que tomamos, ¡vamos a dejar huellas! Tenemos que deshacernos de ellas – tú ve

delante, yo lo haré-”

Harry no quería entrar al pueblo como un caballo de pantomima, tratando de permanecer inadvertidos

mientras cubrían su rastro mágicamente.

-Vamos a quitarnos la capa -dijo Harry, y cuando vio la expresión espantada de Hermione dijo-. Oh,

vamos, no parecemos nosotros y no hay nadie cerca.

Escondió la capa bajo su abrigo y continuaron sin ningún otro impedimento, el aire helado cortándoles la

cara mientras pasaban más y más chalets: Alguno de ellos pudo haber sido en el que James y Lily alguna

vez vivieron o en el que Bathilda vivía ahora. Harry miraba las puertas principales, sus techos cargados de

nieve, y sus porches, deseando poder recordar alguno de ellos, sabiendo en el fondo que eso era

imposible, que tenía menos de un año cuando dejó este lugar para siempre. Ni siquiera estaba seguro de si

podría ver el chalet después de todo; no sabía lo que pasaba cuando todos los relacionados con un

Encantamiento Fidelius morían. Entonces, la pequeña vereda por donde caminaban se curvó a la izquierda

hacia el corazón del pueblo, en donde apareció una pequeña plaza.

Acordonado en todo su alrededor con luces de colores, había lo que parecía como un monumento en su

centro, en parte oscurecido por la sombra de un árbol de Navidad. Había algunas tiendas, una oficina de

correos, un bar, y una pequeña iglesia cuyas vidrieras de colores lanzaban un resplandeciente brillo a

través de la plaza.

Aquí la nieve tenía otro efecto: Era dura y resbaladiza, como si la gente la hubiera estado pisoteando todo

el día. Se cruzaron con algunos habitantes, sus figuras débilmente iluminadas por los faroles. Escucharon

algunas risas y música pop en un momento en que la puerta del bar se abrió y se cerró; después

escucharon el principio de un villancico dentro de la pequeña iglesia.

-¡Harry, creo que es Nochebuena! -dijo Hermione.

-¿Si?

Había perdido la cuenta de las fechas; no habían visto un periódico en semanas.

-Estoy segura de que sí -dijo Hermione, con los ojos fijos en la iglesia-. Ellos… estarán dentro, ¿verdad?

Tu padre y tu madre. Puedo ver el cementerio detrás.

Harry sintió un estremecimiento más allá de la emoción, más parecido al miedo. Ahora que estaba tan

cerca, se preguntó qué era lo que quería ver después de todo. Quizás Hermione sabía cómo se sentía,

porque le tomó la mano y dirigió el paso por primera vez, arrastrándolo con ella. Sin embargo, al cruzar la

plaza, se pararon en seco.

-¡Harry, mira!

Estaba apuntando a donde antes estaba un monumento a los caídos. Al dejarlo atrás, se había

transformado. En lugar de un obelisco cubierto de nombres, había una estatua con tres personas: un

hombre con gafas y cabello desaliñado, una mujer con largo cabello y un rostro bello y amable, y un bebé

sentado en sus brazos. Había un poco de nieve sobre sus cabezas de forma que parecían gorros blancos.

Harry se acercó, contemplando el rostro de sus padres. Nunca se hubiera imaginado que hubiera una

estatua… Era extraño verse representado a sí mismo en la piedra, un bebé feliz sin ninguna cicatriz en la

frente…

-Vamos -dijo Harry, cuando hubo visto suficiente, y se dieron la vuelta rumbo a la iglesia. En el momento

en que cruzaron la calle, se volvió sobre su hombro; la estatua se había convertido en el monumento que

vieron en un principio.

Los cantos se hacían más fuertes a medida que se aproximaban a la iglesia. A Harry se le encogió la

garganta, le recordaba mucho a Hogwarts, a Peeves cantando groseras versiones de villancicos dentro de

las armaduras, a los doce árboles de navidad dentro del Comedor, a Dumbledore usando una gorra que

había ganado en un trueque, a Ron con un suéter tejido a mano.

Había una portezuela en la entrada del cementerio. Hermione la empujó lo más silenciosamente que pudo

y entraron. A ambos lados del resbaladizo camino, la nieve permanecía profunda y sin señales de haber

sido pisada. Se movieron a través de ella, dejando profundas huellas detrás mientras caminaban alrededor

de la iglesia, manteniéndose en la sombra, donde no llegaba la luz de las ventanas.

Detrás de la iglesia, hilera tras hilera de tumbas nevadas sobresalía una manta azul pálido salpicada de

rojo, dorado y verde deslumbrantes, los reflejos provenientes de los vidrios de colores. Sosteniendo

firmemente su varita con la mano metida en el bolsillo, Harry se aproximó a la tumba más cercana.

-¡Mira esto, es un Abbot, puede ser algún pariente lejano de Hannah!

-Baja el volumen de tu voz -le rogó Hermione.

Caminaron más dentro del cementerio, dejando huellas oscuras en la nieve detrás de ellos, parándose a

mirar de cerca las palabras sobre las viejas tumbas, cada vez escudriñando en la oscuridad para asegurarse

de que estaban completamente solos.

-¡Aquí, Harry!

Hermione estaba dos hileras de tumbas más allá; Harry tuvo que caminar de vuelta hacia ella, su corazón

saliéndosele del pecho.

-¿Es…?

-No, ¡pero mira!

Apuntó a la piedra oscura. Harry se inclinó y vió, en el granito manchado de líquenes, el nombre de Kendra

Dumbledore y, un poco más abajo sus fechas de nacimiento y muerte, y Su Hija Ariana. También había una

cita:

Donde esté tu tesoro, también estará tu corazón.

Entonces Rita Skeeter y Muriel tenían algo de razón. La familia Dumbledore había vivido ahí, y parte de ella

había muerto ahí.

Ver la tumba era peor que escucharlo. Harry no pudo evitar pensar en que ambos, Dumbledore y él, tenían

profundos arraigos en este cementerio, y que Dumbledore debería haberle dicho algo al respecto, no

pensar en que él lo investigaría. Pudieron haber visitado el lugar juntos; por un momento Harry se imaginó

viniendo aquí con Dumbledore, el lazo que podrían haber creado al hacerlo, de lo mucho que hubiera

significado para él. Pero parecía que a Dumbledore el hecho de que sus familias reposaran en el mismo

cementerio había sido una coincidencia sin importancia, irrelevante, quizás, para el trabajo que quería que

Harry llevase a cabo.

Hermione estaba mirando a Harry, y él se sintió agradecido de que su rostro estuviera escondido en la

sombra. Leyó las palabras de la tumba nuevamente. Donde esté tu tesoro, también estará tu corazón. No

entendía lo que significaban estas palabras. Seguramente Dumbledore las había escogido, como el

miembro mayor de la familia a la muerte de su madre.

-¿Estás seguro de que nunca mencionó…? -comenzó Hermione.

-No -dijo Harry en tono cortante-, sigamos buscando -y se alejó, deseando no haber visto la tumba: No

quería que su entusiasmo se empañara con resentimiento.

-¡Aquí! -gritó Hermione otra vez un momento después, en una parte fuera de la oscuridad-. ¡Ah no,

perdón! Pensé que decía Potter.

Estaba frotando una piedra desmoronada y musgosa, mirándola, frunciendo un poco el ceño.

-Harry, vuelve un momento.

Harry no tenía ganas de abrirse camino sobre la nieve de nuevo, y de mala gana volvió hacia ella.

-¿Qué?

-¡Mira esto!

La tumba era extremadamente vieja, tan maltratada por el paso del tiempo que Harry difícilmente podía

leer un nombre en ella. Hermione le mostró el símbolo debajo de él.

-¡Harry, esa es la marca del libro!

Miró fijamente el lugar que le indicaba: La piedra estaba tan desgastada que era difícil saber lo que estaba

tallado ahí, aunque parecía ser una marca triangular debajo del nombre ilegible.

-Sí… puede ser…

Hermione encendió su varita y la apuntó al nombre en la piedra.

-Dice Ig- Ignotus, creo…

-Voy a seguir buscando a mis padres, ¿vale? –le dijo Harry, en un tono levemente cortante, y se alejó,

dejándola encogida a un lado de la vieja tumba.

De tanto en tanto reconocía un apellido, como Abbott, que había escuchado en Hogwarts. Algunas veces

había varias generaciones de la misma familia mágica escritas sobre las tumbas: Harry podía imaginarse,

por las fechas, que ya había muerto la mayoría, o que el resto de la familia se había mudado lejos del Valle

de Godric. Cuanto más se internaba en las tumbas, y cada vez que encontraba un nuevo nombre, sentía

una sacudida de aprehensión, un presentimiento.

La oscuridad y el silencio parecían volverse, de repente, más profundos. Harry miró alrededor, preocupado,

pensando en los dementotes, luego se dio cuenta de que los villancicos habían terminado, que el bullicio y

la agitación de los visitantes de la iglesia se extinguía al momento en que se encaminaban a la plaza.

Alguien dentro de la iglesia estaba apagando las luces.

Entonces la voz de Hermione resonó en la oscuridad por tercera vez, clara y definida desde unos metros

más allá.

-Harry, están aquí… justo aquí.

Y él supo, por su tono, que esta vez eran sus padres. Se encaminó hacia ella, sintiendo como si algo muy

pesado le oprimiera el pecho, la misma sensación que había tenido justo después de que Dumbledore

hubiera muerto, una aflicción que pesaba sobre su corazón y sus pulmones.

La tumba estaba sólo dos hileras detrás de la de Kendra y Ariana. Estaba hecha de mármol blanco, como la

de Dumbledore, y eso la hacía fácil de leer, pues parecía brillar en la oscuridad. Harry no necesitó

arrodillarse o acercarse demasiado para leer las palabras talladas en ella.

JAMES POTTER LILY POTTER

NACIDO EL 27 DE MARZO DE 1960 NACIDA EL 30 DE ENERO DE 1960

MURIÓ EL 31 DE OCTUBRE DE 1981 MURIÓ EL 31 DE OCTUBRE DE 1981

El último enemigo que debe ser destruido es la muerte.

Harry leyó las palabras lentamente, como si sólo tuviera una única oportunidad para entender su

significado, y leyó la última parte en voz alta.

-El último enemigo que debe ser destruido es la muerte… -un pensamiento terrible vino a él, acompañado

de un poco de pánico-. ¿No es una idea de Mortífago? ¿Por qué está ahí?

-No significa derrotar a la muerte en la manera en que lo ven los Mortífagos, Harry -dijo Hermione, con

voz gentil-. Significa… no sé… vivir más allá de la muerte. Vivir después de la muerte.

Pero ellos no vivían, como Harry: Se habían ido. Las palabras vacías no podían disfrazar el hecho de que

los restos de sus padres descansaban debajo de la nieve y la piedra, indiferentes, desconocidos. Y las

lágrimas se le escaparon antes de que pudiera contenerlas, calientes al principio y congelándose en su

rostro después, ¿había razones para limpiárselas, o de fingir más fortaleza? Las dejó caer, sus labios

oprimidos fuertemente uno contra el otro, con la mirada baja hacia la espesa nieve escondiendo de su

vista el lugar donde finalmente descansaban Lily y James, en los huesos ahora, o convertidos en polvo, no

sabiendo ni importándoles el hecho de que su hijo estuviera parado ahí, tan cerca, con el corazón aún

latiendo, vivo gracias a su sacrificio y cerca de desear, en este momento, estar durmiendo bajo la nieve

con ellos.

Hermione le había tomado la mano nuevamente, apretándola fuertemente. Él no podía mirarla, pero le

devolvió el apretón, tomando bocanadas profundas de aire nocturno, tratando de mantenerse en calma,

tratando de volver a controlarse. Debió haber traído algo para ellos, y ni siquiera lo había pensado, y cada

planta en el cementerio estaba medio congelada. Pero Hermione levantó su varita, hizo un círculo en el

aire, y una guirnalda de rosas navideñas floreció frente a ellos. Harry la tomó y la colocó sobre la tumba de

sus padres.

Tan pronto como se levantó quiso irse: No podía estar un momento más ahí. Puso su brazo alrededor de

los hombros de Hermione, y ella puso el suyo alrededor de su cintura, y se volvieron en silencio alejándose

a través de la nieve, pasando frente a la tumba de la madre y la hermana de Dumbledore, de regreso hacia

la oscura iglesia y la ahora oculta verja.

 

Qué momentos tan sentimentales.... Ahhh.... Pero podrán desaparecerse normalmente, sin ningún inconveniente??... nadie los estará observando??... no se encontrarán con alguien más...??

 

CAPÍTULO 17: EL SECRETO DE BATHILDA

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