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HERMANOS IRAÑETAS

Ante la negativa de los clubes de ceder a sus jugadores profesionales (el profesionalismo regía desde 1931) la Argentina debió presentar una formación integrada solamente por futbolistas del interior del país, provenientes de la Asociación Amateur, entidad que estaba afiliada a la FIFA, en el Campeonato Mundial que se desarrolló en Italia en 1934, el segundo de la historia (el primero se jugó en Montevideo y resultó campeón Uruguay).

Dos futbolistas del medio local y otro de San Juan integraron la numerosa delegación que debió realizar el viaje en el vapor Neptunia, tras una larga travesía de 17 días.

Se trataba de Roberto Irañeta, la figura más brillante del fútbol mendocino en la década del ’30, hábil y veloz puntero izquierdo perteneciente a Gimnasia y Esgrima; el paraguayo nacionalizado argentino, Constantino Urbieta Sosa, volante del Club Godoy Cruz (único extranjero convocado a la Selección Nacional en toda la historia) y Pablo Nehin, volante de Sportivo Desamparados.

La nómina completa fue la siguiente: Ernesto Albarracín (del Sportivo Bs. As.), Ramón Astudillo (def. Colón de Santa Fe), Ernesto Belis (def. Def. de Belgrano), Enrique Chimento (def. Barrancas Central), Alfredo Devicenzi (del. Estudiantil Porteño), Héctor Fraschi (arq. Sarmiento, Chaco), Alberto Galateo (vol. Unión de Santa Fe), Angel Grippa (arq. Sportivo Alsina), Roberto Irañeta (del. Gimnasia y Esgrima, Mendoza), Luis Izeta (del. Def. de Belgrano), Arcadio Julio López (vol. Sportivo Bs. As.), Alfonso Lorenzo (del. Barrancas Central), Pablo Nehin (vol. Sportivo Desamparados, San Juan), Juan Pedevilla (del. Estudiantil Porteño), Francisco Pérez (del. Estudiantil Porteño), Francisco Rúa (del. Dock Sud), Constantino Urbieta Sosa (vol. Godoy Cruz, Mendoza) y Federico Wilde (vol. Unión de Santa Fe). El cargo de director técnico fue ocupado por el italiano Felipe Pascucci.

El sueño de aquellos muchachos de tierra adentro, que hicieron un gran sacrificio para poder viajar, y que representaron al país con toda dignidad y orgullo, duró apenas un partido- correspondiente a los octavos de final- derrota y eliminación frente a la selección de Suecia por 3 goles a 2.

Ese partido se jugó el 27 de mayo de 1934 en el estadio Littoriale, de la ciudad de Bolonia. Belis y Galateo marcaron los goles argentinos, que estuvo dos veces en ventaja.
 
Italia, con la inclusión de 4 jugadores argentinos -Raimundo Orsi, Enrique Guaita, Luis Monti y Atilio Demaría- se consagró campeón de aquel Mundial que se disputó bajo la aureola militar y política de Benito Mussolini, Il Duce, quien le habría expresado al DT italiano, Vittorio Pozzo: "Usted es el único responsable del éxito; pero que Dios lo ayude si llega a fracasar".

Irañeta: ídolo de los ‘30

De aquella experiencia, única e irrepetible, más allá de la derrota, participó el mendocino Roberto Irañeta (el primer comprovinciano en jugar un Mundial, luego se sumaría Francisco Pancho Lombardo en 1958), notable delantero de Gimnasia y Esgrima, de físico espigado, alta técnica, muy rápido y de excelente remate, que había empezado su carrera en el club del Colegio Nacional Agustín Alvarez, uno de los más activos de la época, que entonces tenía su cancha en la calle Godoy Cruz.

Un gran presidente Blanquinegro de esos años, el Dr. Francisco J. Moyano, fue su descubridor y lo llevó a Gimnasia donde Roberto jugó toda la década del 30 junto a su inseparable hermano, Rito Irañeta, otro excelente futbolista de esos años. Surgido de la quinta división Rito actuó en distintos puestos, en medio campo y ataque, porque siempre fue un jugador muy funcional.

La temporada de 1931 resultó brillante para Los Pitucos, como se empezaba a identificar a sus hinchas por el abolengo y distinguido nivel social que los caracterizaba: campeón invicto de Primera División (tercer título oficial, anteriores 1922 y 1923), campeón del Reducido y campeón del Competencia.
 
Título que repitió en 1933 (cuarta conquista), además de un sub-campeonato en 1932 a 1 punto de Independiente Rivadavia, con quién ya protagonizaba el tradicional clásico del fútbol mendocino, presenciado por verdaderas multitudes. Roberto Irañeta era entonces el ídolo indiscutido, sacado en andas más de una vez de las canchas, según viejas crónicas de Los Andes.

Muy justo es nombrar a los protagonistas de esa época: Justo Araujo Benítez, Aldo Meli, Francisco Lucena, Uberfil Sánchez, José Castro, Raúl Rodríguez, Alberto Bordón, Roberto y Rito Irañeta, Enzo Di Chiara, Clodomiro Meli, Raúl Avalos, Bruno Rodolfi, Oscar Rosselot, Carlos González, Julio C. Jofré, Roque Funes, Belisario Videla, Raúl Santander, Ormeño, Rabino y Colombi.

El final de la victoriosa década del ’30 volvió a encontrar a Gimnasia y Esgrima nuevamente campeón: 1937 y 1939 (quinta y sexta consagración). Siempre con Roberto Irañeta como principal protagonista, además del arquero Araujo Benítez, capitán y gran referente.

A la lista anterior hay que agregar a Enrique Quinteros, Juan F. Rodríguez, Carlos Farina, Juan Antonio Andrada, César Agostini, Francisco Rodríguez, Nicolás Mattaro, Antonio Ruíz Díaz, Oscar Elorza, Domingo Villarreal, Isabelino Bernechea, Ernesto Domínguez, Emilio Ayuso, Vicente Lucifero, Nocetti, Méndez, Hernández, Garibaldi y Gutiérrez.

El permanente repaso a distintos artículos publicados por LOS ANDES esos años permite señalar que en 1937 Gimnasia pagó 1.000 pesos de esa época por el pase de Francisco Rodríguez, centro-delantero, procedente de Argentinos Juniors; 800 pesos por Juan Antonio Andrada, de Andes Talleres y 1.500 pesos por César Agostini, de Godoy Cruz.

En la misma medida que recibió la importante suma de 5.000 pesos por la transferencia de Bruno Rodolfi a River Plate en 1934.Francisco Rodríguez -marcó 44 goles en 2 temporadas- y Agostini fueron los acompañantes ideales de Roberto Irañeta.

Roberto había sido el tercero de 5 hermanos varones: Martín, Rito, Roberto, Luis y Carlos. Casado con Elena Erize, tuvo 2 hijas mujeres -María Elena y Beatriz- y 1 varón -Roberto Isidro, el menor- quien heredó de su padre la pasión por el fútbol y su amor por Gimnasia y Esgrima.
 
Fue también un muy buen puntero izquierdo, pero sólo en divisiones inferiores, entre 1965 y 1970, en que dejó de jugar por razones de trabajo.

Aquel legendario crack del pasado gimnasista falleció en 1993, a los 78 años, después de haber sido fundador junto a su hermano Rito de Irañeta Hogar -una prestigiosa casa de artículos para el hogar que durante tres décadas abrió sus puertas en calle Espejo casi Av. San Martín- y gerente del Banco Mendoza en los años setenta, donde había iniciado la carrera bancaria como auxiliar.

Entre el cumpleaños y River

Roberto Isidro Irañeta, que ha guardado durante años fotografías y recortes de la campaña de su padre y que lo recuerda siempre con encendida admiración, evoca: "Cuando lo convocaron para el Mundial del 34 el papá trabajaba de auxiliar en el Banco Mendoza y tres representantes de la AFA lo vinieron a buscar porque había sido seleccionado.

Cumplió los 19 años arriba del vapor, en pleno viaje cruzando el Atlántico. El nos contaba que era un grupo muy unido, que se habían hecho muy amigos. Siempre narraba que se levantaban muy temprano para no molestar a los pasajeros del Neptunia y que practicaban en la cubierta. Tenían grandes esperanzas y aunque jugaron un gran partido ante Suecia quedaron eliminados".

También cuenta la anécdota de 1934 cuando el presidente de River lo vino a contratar personalmente a Mendoza: "Lo recibió mi abuelo, un vasco puro, duro, cerrado, bien porfiado, nacido y criado en España. No lo dejó ir."¿Que a dónde se va a ir? ¿A Buenos Aires? ¿A River? Usted no se va a ningún lado, se queda acá, trabajando en el banco. Confórmese con jugar los domingos en Gimnasia".

Entonces el presidente de River se llevó a Bruno Rodolfi, que también era una gran figura en esos tiempos. Pensar que el papá pudo haber integrado la famosa Máquina de esos años, pero el abuelo no lo dejó".

Al final de su larga vida se reunía todos los fines de semana con sus amigos para jugar al truco en el club Gimnasia y se había convertido en un gran jugador de bochas.

Su otra debilidad -según cuenta su hijo- eran los paseos por el Parque con alguno de sus 11 nietos, a los que comentaba con una tierna expresión cuando pasaban por la cancha del Lobo: "Hace muchos años, acá jugaba el abuelo
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