Siglo XI, tiempos de reconquista

Efectivamente, la conquista de Toledo se convirtió en el principal objetivo de los reyes cristianos por las especiales connotaciones religiosas e históricas de la ciudad. Superado el siglo XI en su primera mitad, uno de los reyes cristianos con más visión políticay estratégica de todo el período de la Edad Media, Fernando I, ya cobraba las parias -impuestos- a los soberanos de los reinos de taifas, entre ellos el de Toledo. En caso de impago, como sucedió en el año 1048, el monarca no dudaba en arrasar las comarcas del Henares y del Jarama, y es de suponer que también la zona de Morata, como represalia. En esta situación de inseguridad, no es extraña la existencia de la torre de vigilancia, reseñada al comienzo del capitulo dedicado a la presencia de los árabes en Morata, como lugar en el que los vigías avisaban de las incursiones cristianas en un territorio ya fronterizo y, en consecuencia, frecuente objetivo de las cabalgadas de los cristianos.

        A la muerte de Fernando I, su hijo Alfonso VI heredó en el año 1065 el reino de León, Asturias y el derecho al cobro de las parias de Toledo. Pero mucho más importante que este patrimonio territorial, Alfonso VI también heredó lo que, en los años futuros, sería un elemento fundamental en el desarrollo de la reconquista en la comarca morateña: el nuevo monarca recibió de su padre el impulso necesario para avanzar en la conquista de las tierras situadas en torno al río Tajo para los cristianos y tomar esta frontera natural como punto de partida para expediciones más ambiciosas hacia el sur.

        Alfonso VI aprovechó y utilizó la rivalidad entre los reinos de taifas, con una inteligente política de alianzas, para acelerar el proceso de reconquista en esta zona, muy delimitada geográficamente por la cordillera central al norte y el curso del río Tajo al sur. Este territorio se conforma en una estrecha franja de terreno en sentido norte-sur, pero muy extensa en sentido este-oeste que estaba defendido por un sistema de castillos a lo largo del río. Ya en el año 1080, el rey Alfonso VI tomó varios castillos por la zona de Zorita, en la actual provincia de Guadalajara, al este de Morata, lo que supuso una avanzadilla vital para tomar Toledo, su verdadero objetivo. Después de varias incursiones y un cerco que se prolongó con distinta intensidad entre los años 1081 y 1085, Alfonso VI entró en la ciudad de Toledo el 25 de mayo de este último año, lo que estratégicamente supuso que el poderío musulmán en Al Andalus, antaño protegido por la Marca Media y Superior, ya no contaba con este escudo protector.

        Durante todo el proceso de la reconquista, más que las grandes batallas, ciertamente no muy abundantes y menos en las zonas escasamente pobladas, lo que verdaderamente tiene importancia estratégica de cara al futuro de las villas y aldeas reconquistadas es el proceso repoblador de las tierras recién conquistadas. Los reyes cristianos en este aspecto siguieron el mismo sistema que en su momento utilizaron los romanos y visigodos y que tan buenos resultados les reportaron: una vez conquistada una franja de terreno se adjudicaban tierras -y con las tierras derechos e incentivos que hicieran atractiva la llegada de nuevos pobladores- a los campesinos como principal elemento con el que fijar una población que, además de servir de avanzadilla en la progresión hacia el sur, hiciera frente a hipotéticos intentos de los árabes por reconquistar los territorios perdidos. Así sucedió al otorgar el Fuero de Oreja como veremos más adelante.

        Alfonso VI entendió y practicó perfectamente esta política, habitual por otra parte en otros territorios del reino de Aragón, y se empleo con eficacia en la tarea de repoblar las nuevas tierras conquistadas para el cristianismo con gentes procedentes del norte que se sumara a las que ya vivían con anterioridad a su victoria. El propio rey se encargo personalmente de la repoblación, que tenía el objetivo de consolidar para los cristianos los nuevos territorios adquiridos. Puso en marcha también una política, hasta entonces novedosa y que no había practicado hasta entonces el rey de León: se permitió a los musulmanes conservar sus posesiones (mudéjares o moriscos), pero ahora como sector de población sometido y en el último escalón social.

        También se propició que llegaran gentes del norte de Castilla que, en su mayoría, eran descendientes de los cristianos que en la época anterior a la conquista árabe ya habían vivido en esas zonas. Esta visión del monarca permitió no sólo repoblar con adeptos los territorios conquistados sino, a la vez, no interrumpir bruscamente el desarrollo normal de la economía en las aldeas ya existentes durante la dominación musulmana.

        En el aspecto social también es conveniente re  cordar que en todo el proceso de la reconquista tanto los antiguos pobladores como los llegados desde el norte para repoblar las tierras conquistadas, gentes de fe cristiana, exigían los servicios religiosos. En esta tarea de reconstrucción de iglesias y dotación de sacerdotes fue fundamental el arzobispado de Toledo, restaurado por Alfonso VI en el año 1086, un año después de la conquista de la ciudad, en la persona de Bernardo de Sédirac que se aplicó a la tarea de levantar parroquias, organizadas en arciprestazgos y estos, a su vez, en cinco arcedianatos, en un sistema que se financiaba por medio de los diezmos que pagaban los vecinos de los pueblos incluidos en la sede arzobispal, o bien por los señores de estos mismos pueblos cuando la economía local no era lo suficientemente poderosa. Morata, en esta nueva administración territorial de las tierras del arzobispado de Toledo, es incluida en el arciprestazgo de Alcalá, aunque en el aspecto político nunca perteneció a la Comunidad de Tierra y Villas de Alcalá. En este sentido, Morata no compartió la situación jurídica de la mayoría de los pueblos cercanos como Alcalá, Perales o Tielmes, por citar algunos de ellos, integrados todos ellos, en algún momento de su historia, en la comunidad regida desde la ciudad de Alcalá de Henares.

        Pero antes de avanzar hacia este período histórico, lo que nos interesa de esta primera etapa de la reconquista en la comarca morateña es la llegada de nuevos pobladores decididos a defender sus nuevas posesiones. Esta política repobladora se acentúa más si cabe conAlfonso VII. Este monarca concede distintos fueros -Guadalajara, Atienza- al tiempo que favorece la instalación en la zona sur próxima al Tajo de diversas órdenes militares como la del Temple y del Hospital, San Juan, Calatrava y Alcántara que se ocupan de la defensa de las zonas fronterizas. Al mismo tiempo, con la progresiva expansión de la Corona en Castilla, la ganadería trashumante se expande hacia el valle del Guadalquivir en un proceso en el que se mezcla el avance de los ejércitos cristianos con la búsqueda de nuevos pastos para la ganadería, verdadero motor de la economía en aquellos años.La presencia de las órdenes militares en este territorio de frontera hay que recordar que durante muchos años la franja de terreno situada al sur del Guadarrama se conoció como extremadura castellana, la misma terminología utilizada para referirse a la actual comunidad autónoma de Extremadura que se consideraba la extremadura leonesa -se manifiesta en los topónimos de algunos pueblos cercanos Estremera, Villarrubia de Santiago, etc, pero no es esta ni mucho menos la única participación de la iglesia en el proceso reconquistador ni la que más nos interesa respecto a Morata. De hecho, tras la conquista de Toledo y la restauración de su sede arzobispal como primada de la península, se crearon nuevas parroquias, entre ellas Morata, con las propiedades que habían pertenecido a las mezquitas. La sede arzobispal, que contaba con los ingresos procedentes de los diezmos sobre productos como los corderos, el queso, la lana, los cereales, el alquiler de bueyes, el vino, la miel, la cera, el lino, el cáñamo, la avena, los garbanzos o las habas, se convirtió en un poder muy influyente aunque no muy lejos de las posesiones de la poderosa Orden de Santiago, con intereses no siempre coincidentes con los de la mitra toledana.

        Pese a la creciente implantación del poder cristiano en la franja comprendida entre el Guadarrama y Tajo, la instalación de las órdenes militares y la importancia geoestratégica de una verdadera red de fortalezas defensivas a lo largo de las proximidades del curso del río denotaba la preocupación por una más que posible contraofensiva musulmana.

        La debilidad de los musulmanes en estos años les impulsó a favorecer la llegada a la península de los almorávides, que se propusieron reconquistar Toledo. Esta decisión dio paso a un período de guerras en la comarca favorecido por la existencia en la misma del castillo de Oreja que protegía junto con otras fortalezas (Huete, Mora, Cuenca, Uclés) a la ciudad de Toledo, permanente objetivo de los almorávides. Este castillo de Oreja había llegado a manos cristianas tras la conversión al cristianismo de Zayda, una princesa musulmana que se había convertido en amante de Alfonso VI, en uno de esos episodios de extrañas alianzas tan abundantes en la reconquista.

        Al mismo tiempo, la Iglesia también se implica en la causa del rey y el arzobispo de Toledo, Bernardo, conquistador posterior de Alcalá de Henares en 1118, se destaca en la defensa de la ciudad, junto con Alvar Fáñez, de los ataques de los almorávides que, tras hacerse con el castillo de Uclés y posteriormente con los de Cuenca, Alarcos y Caracuel, comenzaron una campaña de acoso a la ciudad con continuas incursiones en las que era frecuente la destrucción de las cosechas y el continuo hostigamiento de la población. En esta época también se producen los asedios de Madrid y en el año 1113 el castillo de Oreja cae de nuevo en poder de los musulmanes, junto con el de Zorita, con lo que estos dominaban todo el territorio y las pequeñas poblaciones, entre ellas Morata, del reino de Toledo excepto la propia ciudad. Sobreviene una época, entre los años 1113 y 1116, de penurias sociales agravadas por malas cosechas (1110) e incluso un terremoto (1113). En este período, por lo tanto, eran habituales las escaramuzas -el propio alcaide musulmán de Oreja murió en un enfrentamiento en Polán en 1116- y las tropas provenientes del norte del Guadarrama, Segovia, Ávila y Salamanca, enviaban frecuentemente tropas a la zonadel Tajo para hostigar a los musulmanes.

        El acoso a la ciudad de Toledo desde las bases almorávides del castillo de Oreja, y con ello la inestabilidad en la comarca, con constantes incursiones guerreras que no hacían la vida fácil a sus pobladores, continuó entre los años 1128 y 1138 buscando el aislamiento de la ciudad. Estos enfrentamientos, en los que era frecuente quemar los montes para prevenir las emboscadas, significaron indirectamente la modificación de un paisaje entonces dominado por especies como la encina, ahora escasas en nuestro. En 1130 el castillo de Aceca, una avanzadilla cristiana interpuesta entre Oreja y Toledo, es atacado por los musulmanes que lo destruyen pero los cristianos lo reconstruyen y lo utilizan como base de su ofensiva.

        La continua guerra devastó las zonas rurales del reino de Toledo, las menos protegidas por razones de su menor importancia estratégica, durante sesenta años. En 1139 Alfonso VII puso sitio al castillo de Oreja con un gran ejercito reclutado en todo su reino lo que provocó que los gobernadores almorávides de Córdoba, Sevilla y Valencia acudieran con tropas para defender el enclave musulmán, incluso con una maniobra de disuasión consistente en atacar Toledo para distraer el cerco contra la fortaleza. Tras meses de asedio, el 31 de octubre de 1139 los defensores de Oreja se rindieron y acabaron, se puede decir que definitivamente, años de continuos hostigamientos contra los cristianos desde esta importante base almorávide. Oreja pasó a convertirse un bastión cristiano y ya no fue una amenaza constante contra la repoblación cristiana de la comarca.

        Con la toma definitiva del castillo de Oreja se consolida, por lo tanto, la repoblación cristiana en el valle del Tajo y, por extensión, de las tierras cercanas al curso del río Tajuña. En las siguientes décadas decenas de pueblos y villas se reconstruyen o se fundan en toda la región centro, incluso poblándolas curiosamente con colonos de Andalucía que huían de las persecuciones de los almohades.

        En este proceso repoblador tiene una importancia capital la concesión del fuero del castillo de Oreja. En la Carta Puebla de Oreja el rey otorga a sus habitantes un territorio delimitado, con privilegios tales como que todo vecino dispondrá de una casa y de una parcela de terreno que podrá conservar o vender siempre que hayan vivido allí durante un año. El monarca también garantizaba a los nuevos pobladores que si tenían haciendas en otros lugares no las perderían por vivir en Oreja. Tampoco se les podría detener en Oreja por delitos cometidos en otros lugares y, por último, aspectos tan curiosos como que si entrara en disputa con otro vecino, aun el propio gobernador, no se le podría encarcelar si otro ciudadano salía como fiador suyo. Estos privilegios atrajeron también a campesinos del norte abigarrados y dispuestos a defender estas tierras de avanzadilla de los territorios cristianos.

Fuero de los pobladores de Aurelia (Oreja, año 1139)

        En el nombre de Dios, é del Padre, é del Fijo, é del Espirito Santo. Yo D. Alfonso por la gracia de Dios, emperador de toda España, ayudado del consejo de todos mis ricos omes, ayudándome el poderío de Dios, gané el Castillo de Oreja, é eché los moros del que lo mantienen, é cuyo era, el cual Castillo hermavá a Toledo é á toda su vecindat, el qual ganado, porque los moros non le pudiesen cobrar por poco poder de cristianos, ó por mala guarda, tengo por bien, é digna cosa de dar fueros, é términos á todos aquellos que viniesen á poblar el dicho Castillo.

        Si alguno por aventura oviere casa, ó heredat, en el Castillo de Oreja, é morare y un año, non peche pecho ninguno; el año pasado, mando, que aquel cuya fuere la heredat, que la venda, ó la dé, á quien el quisiere.

        Si por ventura el poblador de Oreja oviere heredat en otra tierra cualquiertengala forra, é quinta, sirvase de aquella heredat á toda su voluntad, é non peche ninguno por ella, é ningun sayón,ninguno merino, non entre en aquella heredat por razón que faga algun mal por fuerça.

        Los pobladores de Oreja en cualquier cibdat, ó en cualquier Castillo,ó en cualquier villa de mi regno ó fueren, non den portadgoninguno, salvo en Toledo.

        Et si alguno dellos en Toledo vendiere alguna cosa de su aver propio nondé portadgo ninguno, é si en esta mesma cibdat comprare algunacosa con aver ageno, ó levare a vender cosa que non sea suya, éla vendiere, y dé el portadgo segund que da el regno de Toledo.

        E si por ventura alguno fuere ayrado del Rey, ó lo desheredare,ó lo echare de su tierra y viniere a Oreja, quisiere venir a serpoblador, venga seguro, é el señor que fuere de Oreja en aqueltiempo rescibalo sin ningun miedo, salvo end rico omme, que tenga poderíode rey: la heredat de aquel que fuere ayrado del Rey é viniere ápoblar á Oreja sea salva á el é forra, ansi commo átodos los otros pobladores en todo tiempo se sirva á el.

        Ningun traidor non se allegue á Oreja, nin por razón de población,nin el principe del Castillo nol resciba.

        Sobre todo aquesto, si alguno fuyere al Castillo de Oreja con alguna muger,non forçada, nin casada, nin parienta, nin tomada por fuerça,é quisiere y estar uno de los pobladores sea seguro, é elseñor de Oreja que fuere non tema por recibrilo, é non respondaa ningun parient de la muger por aquel fecho, ni el que la seduxo.

        E después de aquesto, si alguno de los pobladores de Oreja ovierejuicio con algun homme que sea dallende sierra, ó aquende sierra,sacando los cibdadanos de la cibdat de Toledo, la yunta sea en la reberadel tajo antel Castillo de Oreja alli resciba et aya fuero; é demasdesto si alguno de los pobladores de Oreja oviere alguna discordia con suseñor ó con su vesino quel aya fecho algun tuerto non seaechado en la carcel si pudiere dar algun fiador de sus vesinos.

        De sobre todo aquesto, todo omme que derribare á poblador de Orejaestando en su cavallo ó en cualquier otra bestia, é dierecon el en tierra sin su grado, por alguna baraja o por alguna contiendaque aya con el, dé la bestia doblada, é peche mil sueldosá aquel que fuere señor ó tenedor del CastillodeOreja.

        El pobladorde Oreja Cavallero ó peon que sea el maguer que traiga  consigo talegas de Oreja, maguer que vaya de otra villa quando tornare de cabalgada, é qui sanga en cavalgada non dé ningún quinto, sin non al señor que toviere á Oreja é ninguno seo osado degela mandar.

        Sobre todo aquesto otorgo tales terminos que aya el Castillo de Oreja convienea saber: desde aquel lugar ó cayere Jarama en Tajo hasta Fontigola,é dende fasta Armela é dende fasta Ocaña la mayor édende fasta en Noblejas, é dende fasta en las dos Noblejas, é dende fasta en Alfariella, é dende fasta dentro en las dos Alcarrias,asi commo descende Tajuna en Jarama.

        E estos fueron sobredichos e estosterminoslos fize yo D. Alfonso, por la gracia de Dios enperador de todaEspaña, do confirmo a todos aquellos que fueren pobladores en elCastillo de Oreja asi á ellos como á los fijos dellos éá toda su generación que ellos libremente é noblemientepor siempre jamas amén.

        Si por aventura después de aquesto, alguno de qualquier generaciónque sea fuere contrario, ó viniere contra esta carta de mi donación é confirmación, é la quebrantare, fuera ferido de cuchillode descomunicación con Judas el traydor é con Datan éAbiron los cuales sorvió la tierra vivos, é sean tormentadospor maneras de graves penas, sobre todo aquesto peche a la real magestaddos mil maravedis. Fecha la carta en Toledo en las terceras nonas de noviembrede la era MCLXXVII, quando se vino el enperador dicho de la guerra de Oreja,la cual ganó este mesmo enperador, seyendo emperador de Toledo, deLeon, de Zaragoza, de Navarra, de Castilla é de Galicia. Yo D. Alfonsoel enperador mandé facer aquesta carta é confirmela éfagola tesar con mi mano en el año quinto de cuando fui enperador.D. Remondo arçobispo de Toledo confirma. Zalmedina en Toledo confirma.D. Berenguel obispo de Salamanca confirma. D. Bernaldo obispo de Zamorafirma. D. Bernaldo obispo de Sigüenza firma. D. Pedro obispo de Segoviafirma. Comes Rodrigo Gomes firma. Comes Osorio Martines firma. D. Poncede Cabrera firma. Lop Lopez firma. Martin Fernandes firma. Pedro Fernandesfirma. Diego Nunes mayordomo del emperador firma. Julian Peres firma. ComesFernandes firma. Comes Rodrigo Velasques firma. Comes Rodrigo firma. GuterresFernades firma. Rodrigo Fernandes alcalde de Toledo é en Oreja conJulian su companero confirma. Miguel Rodriguez alcalde en Oreja despuesdel señor D. Rodrigo Fernandes firma. Num. Fernandes alferez delEnperador firma. Ruy Adriano notario del Enperador, por mandato de JuanFernandes, chanciller del emperador, escrivio esta carta.

        En el aspecto administrativo, durante toda la reconquista las ciudades y poblaciones conquistadas quedaron al cargo de concejos de ciudadanos que formaban su propia milicia para defenderse y que promulgaban sus propias leyes y administraban el alfoz y todas las poblaciones vecinas. Se procuró que cada una de ellas, algunas tan poderosas en aquella época comoSegovia, tuvieran una estrecha franja de terreno que se introducía en la cuenca del Tajo. Se lograba así dos objetivos: primero colmarlas ansias de nuevas tierras para las influyentes ciudades castellanas, siempre preocupadas por los pastos, especialmente Segovia, y segundo y muy importante, implicarlas en su defensa frente a los posibles contraataques de los musulmanes. De hecho, consecuencia de esta política gran parte de la comarca y pueblos como Chinchón, Titulcia Valdelaguna, Perales, o Bayona, ... pertenecieron a la ciudad de Segovia en diferentes momentos históricos de la Edad Media, aunque también es cierto, como veremos más adelante, que en toda esta época histórica los cambios en la posesión de villas y lugares fueron abundantes y, en determinadas ocasiones, origen de conflictos. Así, el arzobispo de Toledo exige a la orden de Santiago, propietaria del Castillo de Oreja, que le ceda los términos entre Oreja, Alarilla y Salvanés hasta el Jarama y desde el Jarama al Tajo que le había entregado Alfonso VI en 1099 tras la reconquista. En 1099 Alfonso VI entrega al arzobispo de Toledo la llamada rinconada de Perales. Esta rinconada pasa muchos años más tarde, en 1214, a poder de la orden de Santiago que la obtiene a cambio de devolver al arzobispado Archilla.

        También en 1190, tras acabar las treguas pactadas con los musulmanes, los almohades en pleno apogeo renuevan sus ataques y el rey Alfonso VIII entrega a los segovianos por su apoyo en la lucha contra los musulmanes varias aldeas entre el Tajuña y el Henares, aunque en la relación nunca a aparece referencia alguna a Morata. Años después, vencidos los almohades en las Navas en 1212, el rey restituye al arzobispado de Toledo las mencionadas aldeas todas ellas integradas en la comunidad de la Tierra de Alcalá.

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