Primeros Pobladores

Primeros pobladores

        Resulta imposible determinar a partir de qué etapa el entorno de Morata empieza a ser habitado por las tribus de los primeros pobladores de estas tierras. Es necesario acudir a las investigaciones arqueológicas para deducir a partir de los restos hallados quiénes y cuándo nos precedieron a la hora de elegir para vivir lo que hoy conocemos como Morata o sus alrededores.

        Sí que podemos citar que hace aproximadamente 300.000 años aparecieron los primeros hombres por esta comarca del sureste de la actual Comunidad de Madrid. Numerosos testimonios en forma de restos de la rudimentaria industria lítica achelense han aparecido en los valles de los ríos Tajo, Jarama, Henares, Manzanares y Tajuña.

        Estos primeros moradores aprovecharon las mejores condiciones climatológicas del período interglaciar para ocupar los asentamientos próximos a los cursos de agua. En pequeños grupos tribales y nómadas, los primitivos pobladores de la comarca compartieron el espacio y la lucha por la supervivencia en un paisaje muy distinto del actual: animales que hoy nos parecen exóticos como grandes elefantes, los extinguidos uros, ciervos, lobos o hipopótamos habitaban estas tierras en dura competencia con la especie humana.

        Yacimientos muy cercanos a Morata, como el de las terrazas del Jarama, cerca de Arganda, pusieron al descubierto en 1976, la acción del hombre sobre la fauna con la que compartía el territorio. En este yacimiento, conocido como Áridos, los investigadores se encontraron con los restos de un gran elefante que había sido troceado por un grupo de hombres que utilizaron como herramientas para su trabajo piedras afiladas.

        Siempre, desde el primer contacto humano con la comarca, el río, y su entorno más cercano, es el que ofrece más seguridad y recursos. Junto al cauce y las riberas nuestros antepasados encontraban fuentes de alimentación, el agua necesaria y el lugar idóneo para acechar a los animales salvajes de los que se sustentaban. Con una existencia nómada, recorren el territorio y van ocupando distintos asentamientos en las terrazas próximas a las riberas.

        Los ciclos históricos de este primer período de la presencia humana en nuestra comarca nos llevan a un momento más cercano en el tiempo. Hace unos 35.000 años, ya con el hombre moderno, la última glaciación supone la aparición en el medio de otros animales como el mamut, el rinoceronte lanudo, el bisonte o el oso de las cavernas. Los útiles y herramientas se perfeccionan y además de la piedra, los huesos y la madera se utilizan como materiales más dúctiles para elaborar las armas de caza con las que hacer frente a los animales.

El Neolítico

        Este tipo de fauna, de grandes vertebrados, junto con una flora necesariamente adaptada a un clima estepario permanece hasta hace aproximadamente 12.000 años; entonces finaliza la glaciación y el hombre, ya en un clima mucho más benigno, se vuelve sedentario: comienzan a aparecer los primeros núcleos de poblados y, paralelamente, la ganadería y la agricultura. Estas dos actividades, que hasta no hace muchos años son el principal sustento de toda la comarca, aparecen en el neolítico. Es el momento en el que podemos hablar verdaderamente de los primeros pobladores de lo que hoy es Morata. El hombre, aquellos hombres, eligen estas tierras y deciden quedarse. Se domestican animales como las ovejas y los cereales pasan a ser parte de la alimentación de estos antepasados, más evolucionados y capaces de tomar decisiones muy importantes: si querían quedarse necesitaban plantear dónde situar sus rudimentarias viviendas, dónde construir sus poblados permanentes, al abrigo de las inclemencias del tiempo, de los animales y de posibles enemigos. Es necesario actuar sobre el medio, garantizar el abastecimiento de agua y alimentos y crear unas mínimas pero necesarias edificaciones para facilitar la supervivencia a la tribu. Este período histórico tiene en la región centro unas características muy determinadas.

        Los especialistas, al analizar la zona situada al sur del Sistema Central durante el Neolítico, apuntan a una muy escasa población ya desde los últimos años correspondientes al Paleolítico. A partir de esta idea, incluso algunos autores cuestionan la adjudicación de algunos yacimientos de la zona centro al período Neolítico y basan sus dudas en los métodos de estudio utilizados en las excavaciones que se realizaron desde finales de siglo hasta los años 40.

        Pero al margen de este cuestionamiento metodológico, parece que en el Neolítico de la actual Comunidad de Madrid -y por lo tanto indicativo para nuestra comarca-, de acuerdo con la información obtenida en estos yacimientos, predominaban los asentamientos al aire libre, especialmente en los valles del Henares y del Manzanares, mientras que en otras zonas más favorables geológicamente, son abundantes los poblamientos en cueva aprovechando el terreno calizo y yesífero; este es el caso de dos yacimientos muy cercanos a Morata y a la cuenca del río Tajuña: los de Bellaescusa, en Orusco, y el de las cuevas de Perales. Ambos son conocidos desde hace tiempo por los investigadores: el primero ya fue estudiado en 1891 y el segundo en 1936.

        En estos dos asentamientos han aparecido útiles y herramientas de sílex (lascas) y de piedra pulimentada (hachas), junto con fragmentos de cerámica, además de restos de animales (rumiantes, roedores y cánidos) y un enterramiento humano en Bellaescusa.

        Todos estos yacimientos citados pueden adjudicarse, aunque con reservas, al Neolítico. En base a estos datos, parece que el área central en el período comprendido entre el 6000 y 4000 años A. d. C. no resultó un espacio muy atractivo para los pobladores, socioeconómicamente no muy avanzados, que habitaron la zona y que escogieron para sus asentamientos las terrazas altas y medias cercanas a los ríos, terrenos próximos a terrenos encharcados y las cuevas.

Bronce inicial

        A medida que nos acercamos a nuestra era, los indicios de la presencia humana se hacen más patentes y más numerosos en la comarca y en toda la región centro, aunque esto no signifique que, en relación con otras zonas de la península, estuviera excesivamente poblada.

        Estamos hablando de unos asentamientos de población que preferentemente se realizan en cerros más o menos elevados o, en algunos casos, en cuevas, como sucede en el yacimiento de la cueva de Pedro Fernández, en Estremera. En este yacimiento se han recuperado dientes de hoz de sílex, cuentas de collar, molederas, hachas pequeñas y alisadores de piedra pulimentada, punzones, cuentas de collar, colgantes de hueso, punzones de cobre, cerámica lisa y coloreada. Además, también se encontraron en el interior de la cueva grabados en la paredes de arcilla.

        A este etapa, definida como Bronce inicial, también se adjudica la necrópolis encontrada en la localidad de Ciempozuelos, cinco tumbas con restos de cerámica lisa y campaniforme, así como un punzón de cobre y una punta de flecha. Otro yacimiento cercano perteneciente a este período es el de Arganda, en el que se localizaron fragmentos de cerámica campaniforme, doce cuchillos y una punta de flecha de sílex.

        En base a estos yacimientos analizados, junto a otros de la región centro que también se adjudican a este período, parece que en esta etapa aparece la industria metalúrgica lo que supone también un cierto renacimiento cultural que pudo tener su origen bien en la evolución de la población local, en la llegada de nuevos grupos humanos o, finalmente, en el contacto de los pobladores originales con otras culturas más avanzadas como última posibilidad.

        Esta última hipótesis parece la más probable así como las consecuencias de la aparición de la industria metalúrgica para los pobladores de la zona centro. Es posible que en esta etapa se produjera un aumento de la población, el asentamiento masivo en las orillas de los ríos y un abandono progresivo de las cuevas en favor de la aparición de poblados estables no fortificados situados en los cerros o cerca de las vegas de los ríos. Paralelamente, se asiste a un crecimiento de la actividad agrícola como demuestra la presencia de dientes de hoz o piedras molederas; además, la presencia en los yacimientos de vasos de cerámica de mayor tamaño, determina su posible utilización para almacenar grano u otros productos cultivados. Esta actividad agrícola, que ya se decanta más por el cultivo junto a las vegas que por los de secano, no presupone el abandono de otros trabajos como la ganadería ni, por supuesto, la caza: ahí están los restos de flechas de sílex y otras herramientas utilizadas como armas frente a los animales salvajes.

        Por otra parte, la abundancia de los yacimientos adscritos al Bronce inicial determina, en opinión de los investigadores, aparte del aumento de población, la búsqueda de zonas situadas al sur de las sierras, a menor altitud y protegidas de los vientos por la espesa vegetación de la época.

Bronce medio

        De este período intermedio, aunque los testimonios procedentes de los yacimientos son menos abundantes que para el Bronce inicial, no es menos cierto que también existen zonas muy cercanas a Morata pertenecientes a esta etapa. Se trata de los yacimientos de Perales, con hallazgos muy aislados, y el de la cueva de Pedro Fernández de Estremera donde también se encontraron restos pertenecientes a este período.

        Todos los yacimientos corresponden a asentamientos humanos que se sitúan no ya en los cerros próximos a los ríos sino en sus orillas, aunque también aparecen poblamientos en cuevas como la de Estremera, también utilizadas como localización de enterramientos individuales en los que han aparecido vasos cerámicos como ajuar funerario.

        También es frecuente en este período, en el que no existen indicios de material metalúrgico, la aparición de material cerámico liso, vasos campaniformes y cerámica decorada; objetos de sílex como dientes de hoces, cuchillos y lascas; molederas y cuentas de collar elaboradas con piedras pulimentadas; punzones, colgantes realizados con huesos y, por último, vasos coladores.

        A partir de estos datos, y también de la escasez de los yacimientos pertenecientes a este período, parece probable que esta etapa se caracterizara en la zona por una escasa presencia de población en la actual provincia de Madrid, tal vez a excepción de la zona de Estremera. En este área, ciertamente próxima a Morata, parece que se produjo la llegada de nuevos pobladores procedentes de La Mancha y la zona levantina de la península, por la similitud del material recuperado (aunque esta hipótesis deberá confirmarse en base a nuevas prospecciones), tal vez atraídos por la abundancia de sílex y sal además de la posibilidad de comerciar con estos productos.

        Estos nuevos habitantes de la zona, de los que tan escasos restos se conservan, puede que se vieran obligados a abandonarla si se confirma la idea de que durante esta etapa se produjo un brusco cambio climático que provocó sequías y aridez en el terreno. Las adversas condiciones pudieran haber arrastrado a los grupos humanos a terrenos más altos y también a zonas próximas a los ríos.

Bronce final

        En comparación con el Bronce medio, el análisis del Bronce final cuenta con muchos más yacimientos en la actual Comunidad de Madrid, dos ellos tan cercanos a la comarca como el del Puente Largo sobre el Jarama, en Aranjuez, y el de Vaciamadrid. En casi todos estos yacimientos se trata de asentamientos humanos situados en las terrazas de los ríos y, en menor número, en cerros próximos a los mismos, mientras que desaparecen las cuevas habitadas.

        En estos dos yacimientos madrileños se han podido analizar restos de ollas, vasos y escudillas realizados en cerámica lisa, así como cerámica decorada. Además, en Vaciamadrid, se ha podido estudiar un enterramiento, datado en el año 1100 A. d. C., de un joven de unos veinticinco años junto al que se encontró un ajuar compuesto por un cuenco semiesférico, dos puntas de lanza realizadas en bronce y dos prismas de cristal de roca.

        En el resto de los yacimientos, se han recuperado materiales de sílex similares a los de etapas anteriores, objetos de piedra pulimentada como molederas y hachas, mientras que son muy escasos los elementos metálicos y los huesos tallados.

        A partir de este material se puede plantear que la población delo que hoy es Comunidad de Madrid comienza a aumentar de nuevo, graciasa los contactos con los pobladores llegados en el bronce medio y con otros elementos recién llegados a la zona desde la meseta norte, el sureste y la cuenca del Guadalquivir con lo que supone de intercambio no sólo de bienes materiales sino también de costumbres y modos de vida.

        Sin embargo, estos contactos de los habitantes de la zona centro con nuevas culturas estarían forzosamente limitados a pueblos de paso de las zonas geográficas colindantes que aprovechaban las vías naturales de comunicación de los valles de los ríos y los pasos de la sierra para una actividad que a lo largo de los siglos estará asociada a nuestra comarca: la trashumancia desde el norte hacia el sur. Esta actividad ancestral aprovecharía los pastos de la zona, y, en otros casos, los intercambios comerciales.

        No se produjeron, por lo tanto, contactos con pueblos de fuera de la península, pero como área de paso los pobladores autóctonos sí que compartieron intercambios con sus vecinos de otras zonas como atestiguan los materiales aislados encontrados en los yacimientos estudiados.

        En las páginas anteriores se ha hecho referencia a las excavaciones realizadas en lugares y parajes muy próximos a Morata. La falta de documentación relativa a yacimientos de estos períodos históricos en el término municipal de Morata, en absoluto niega la presencia humana en estas tierras durante las mencionadas etapas. Aficionados de Morata, en una labor loable, han recuperado en un trabajo voluntarioso y admirable un material que, convenientemente catalogado y clasificado, nos puede aportar mucha información sobre nuestros primeros antepasados.


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