Morata a finales del siglo XIX

        Morata comienza la segunda mitad del siglo XIX con 513 vecinos o 2.482 almas que habitan en 400 casas de dos pisos, además de 150 cuevas, y que sufren como enfermedades más comunes las calenturas intermitentes. Son palabras de Madoz en su diccionario geográfico para referirse a Morata que sigue teniendo en la agricultura su principal medio de vida gracias a un término municipal con 2.263 fanegas de vega, 200 de secano, 837 de viñas y 29.783 olivas. Son datos que no hay que tomar al pie de la letra. Otras fuentes señalan que las tierras de cultivo se distribuyen en 672 hectáreas de regadío (110 dedicadas a viñas), 1.306 hectáreas de viñas de secano, 489 de olivares, 709 de cereales, 24 de eras para trillar y 1.148 a dehesa y monte.

        La instalación junto al río Tajuña de una fábrica de papel, propiedad de la firma Romillo, Velasco y Cia, va a significar un cambio muy importante en el sector industrial del municipio. Esta industria, pionera en España en su momento, suministraba papel prensa a periódicos tan influyentes como El Imparcial. Las obras de este importante proyecto industrial se iniciaron en 1859, a partir de un antiguo molino harinero y un batán. En la época de máxima producción llegó a contar con 150 empleados y a producir 900.000 kilos de papel.

        Esta incipiente actividad industrial se completaba con la fabricación de yeso (ya en el siglo XVII se señala la presencia de esta industria en Morata) en dos fábricas situadas en la carretera de Valdelaguna y otra en el Cerro de la Cabaña, otra fábrica de teja y ladrillo, dos molinos harineros (en la Huerta de Angulo y el Molino Hundido), una fábrica de gaseosas y una alcoholera, además de las bodegas y lagares ligados a los cultivos de vid y aceitunas.

        Pese al impulso que para la actividad económica significó la instalación de la fábrica de papel (cuyo edificio central quedó destruido en un incendio ocurrido en agosto de 1878) y a las restantes pequeñas industrias, la agricultura continuó siendo el principal medio de vida de los morateños. Cierto es que este sector en la provincia de Madrid estaba muy atrasado, según se afirmaba en los documentos oficiales y los rendimientos son mediocres aunque las huertas de los partidos judiciales de Alcalá y Chinchón son comparativamente mas productivas que las comarcas cerealísticas.

        En este sentido, la vega de Morata siempre disfrutó de una fama extendida en los mercados de Madrid por la calidad de sus productos. Dos textos de la época se refieren en términos elogiosos a la calidad de las frutas y verduras de las huertas de Morata. En uno de ellos, publicado por Agustín Pascual en un anuario editado por la Diputación Provincial de Madrid en 1869, se afirma que las derivaciones de los ríos que surcan la estepa, riegan algunas vegas, siendo notables las de Colmenar y Aranjuez; las riberas del Tajuña, particularmente en las jurisdicciones de Perales, Morata, Chinchón y Titulcia ... En estas afortunadas vegas las sementeras de otoño igualan a las de verano; levantados los cereales y quemados los rastrojos por Santa María de Agosto, ponen encima los esquilmos tardíos o echan los tempranos sobre forrajes segados a mitad de primavera. Estamos hablando de una época en que los cultivos de patata y remolacha se introduce progresivamente en la vega de Morata en detrimento del cáñamo, en siglos anteriores tan apreciado por los agricultores morateños.

        En un texto algo posterior, en 1891, Juan de Diego Arribas afirmaba que Morata es por excelencia un pueblo enteramente agricultor. (...) Las excelentes condiciones que tiene la tierra de esta vega, la abundancia de aguas que baña su término y el trabajo asiduo y constante de sus habitantes, hacen de este campo un verdadero manantial de oro, por lo que con razón puede decirse que Morata es uno de los pueblos más ricos de la provincia. Al margen de opiniones más o menos exageradas, sí que era cierto, como afirmaba el autor de estas notas, que en el mercado de Madrid, tienen fama sus verduras, especialmente las judías verdes y tomates, que son muy buscados siempre a más precio que los corrientes que sirven de tipo para otros pueblos.

        Junto a la bonanza de la huerta morateña, la existencia en estos años de finales de siglo de 15 molinos de aceite confirman la importancia de este cultivo para la economía de Morata junto con el de la vid. El comercio de estos dos productos, junto con el de trigo, se controlaba en la calle Libertad Baja (Hoy Domingo Rodelgo) en las instalaciones de la Sociedad de Cosecheros donde un administrador y cinco mozos (veinte en las épocas de cosecha) trasegaban con vino, aceite y trigo y controlaban el pago de los correspondientes impuestos.

Administración municipal

        En un capítulo previo se han citado las dificultades económicas del Ayuntamiento de Morata para cubrir los presupuestos de funcionamiento de un consistorio que había perdido prácticamente todo su patrimonio en el proceso desamortizador de bienes de propios que caracterizó a las primeras décadas del siglo XVIII.

        Y es que el municipio, integrado en 1891 por el alcalde, dos tenientes de alcalde, un procurador y seis regidores (concejales), tenía que hacerse cargo no sólo del pago de los funcionarios municipales (secretario, oficial auxiliar, temporero, pregonero, alguacil, cuatro serenos y cuatro guardas de campo, ocho en verano) sino también de las cuatro escuelas municipales, dotadas cada una con 825 pesetas, y de su alquiler.

        Uno de los proyectos del Ayuntamiento de finales de siglo era la mejora en los edificios de las escuelas y también de la casa consistorial, aplazados en su momento por destinar el dinero a apoyar la construcción del ferrocarril. No obstante, a finales de siglo el Ayuntamiento afrontó la construcción de un depósito de agua en el Calvario, con un presupuesto de 30.000 pesetas y con capacidad para 280.000 litros. El depósito abastecía las fuentes públicas situadas en la calle Alta de la Libertad (Actual calle Real), calle del Carmen, Plazuela de Don Gregorio (Actual Avenida de la Constitución) y Plazuela de Don Santiago.

        Además del abastecimiento de agua potable, Morata contaba en esta época con cuatro lavaderos públicos situados en Chirola, El Bosque, Valdegatos y Los Barranquillos.

Patrimonio arquitectónico

        Durante más de doscientos años, todas las referencias documentales al patrimonio arquitectónico de Morata citaban al palacio de los marqueses de Leganés, posteriormente de los condes de Altamira. Con la abolición de los señoríos, el citado palacio pierde poco a poco su impronta y a finales del XIX ya no tiene la importancia de siglos anteriores. Juan de Diego Arribas, a pesar de destacarlo y calificarlo como magnífico y delicioso palacio" afirma que "hoy no es más que una sombra de su antigua y pasada grandeza. En la descripción que hace del edificio señala que se compone de fachada principal y caballerizas además de los jardines y añade que la puerta principal, situada al Sur por la plazuela, da entrada a un pequeño portal, por el que se pasa a un hermoso patio que tiene diez magníficas columnas de piedra de una sola pieza, y en cuyo centro hay una preciosa fuente con pilón, también de piedra. (...) A la izquierda del patio hay un arco con su correspondiente verja, que da entrada a una amplia y cómoda escalera de piedra, que conduce al piso principal del palacio, y se encuentra en primer término una espaciosa galería con diez balcones que dan vista al patio y a cuyo alrededor están las espaciosas, cómodas y hermosas habitaciones que por muchos años fueron morada de los Altamira y de los monarcas que solían visitar esta población.

        El cronista se refiere a la cadena de hierro que atravesaba la puerta principal del palacio, señal de que algún monarca se había alojado en él y recuerda que era tradición en Morata que el palacio era muy visitado por Carlos IV y su favorito Godoy, celebrando la bienvenida de tan augustos personajes con corridas de toros, que tenían lugar enfrente de tan deliciosa mansión. Sobre la presencia del monarca en Morata, Arribas afirma que en una de las habitaciones, conocida como la Galería había un gran balcón corrido, de mayores dimensiones que los demás, que daba al jardín, enfrente del palomar, en el que se instalaban el monarca y su acompañamiento para tirar a las palomas. La descripción del palacio de los condes de Altamira finaliza con una referencia a los jardines, de piedra y mármol y de gran mérito y el lamento de que el edificio, por entonces propiedad del marqués de Torneros, se encontrara en tan lamentable estado.

        El palacio del marqués de Sástago -de Espinardo en otras referencias- también se nombra levemente en la relación del cronista de finales de siglo antes de citar el grandioso hotel, terminado no hace mucho tiempo por el senador del Reino y acaudalado banquero señor Jaraba cuyo presupuesto de construcción alcanzó las 375.000 pesetas y que se halla situado al Oeste, pero dentro de la población, entre las calles de la Iglesia, Marina y Plazuela de Don Gregorio (...) Es de ladrillo y de estilo moderno, formando un conjunto bellísimo.

        Además de los edificios civiles, en esta crónica hay también una referencia a los dos hospitales de beneficencia existentes, siempre presentes en las referencias de Morata: el de Antonio López (1670) para vecinos de la villa con ocho camas de hierro, algunas sin estrenar, y el de Vallejo (comienzos del siglo XVI) para pobres transeúntes. Naturalmente, Juan de Diego Arribas también escribe sobre el edificio de la iglesia parroquial de la Inmaculada Concepción, servida por un párroco, un coadjutor, un sacristán mayor organista, un crucero, dos acólitos y un entonador. En su descripción afirma que se compone de dos partes: una la torre y entrada de ella, que es lo que se conserva de la antigua y primitiva iglesia, cuya fecha de fundación se ignora: y otra la parte nueva, que es un magnífico edificio, el cual quedó sin terminar (...) pues de haberse terminado según los planos primitivos, hubiera sido un magnífico templo. Según algunos, el proyecto del conde era hacerla colegiata.

        Está formada por tres naves y su construcción es de piedra sacada de uno de los cerros de este término, en el cual se conservan algunas piezas labradas de grandes dimensiones para la continuación de la obra. Cada una de las naves laterales tiene dos magníficos arcos, y es de suponer tendría por lo menos otro si se hubiera terminado la obra...., continúa la relación.

        La torre, que como ya hemos dicho, es la que tenía la iglesia antigua, es más pequeña que el edificio nuevo. (...) El coro hace un año que se ha construido: es de hierro sostenido por cuatro elegantes columnas del mismo metal. Su piso está entarimado, ocupando todo muy poco terreno. Tras referirse al órgano de la iglesia y a la altura del templo, veintiún metros en el interior, describe también las losas de la entrada principal, de piedra de Colmenar, y el resto mitad de pizarra y mitad de alabastro formando en el presbiterio un tablero de juego de ajedrez. El coste de estas últimas obras ascendió, en 1875, a 9.500 pesetas. De poco mérito -califica Juan de Diego Arribas- los retablos y las pinturas, a excepción de una Inmaculada Concepción de regular tamaño que fue comprada en 1816 y sobre las esculturas sólo es destacable un San Francisco de Paula, que se encuentra en el segundo altar de la capilla del Rosario, cuya cabeza es admirable. Por último, en referencia a la sacristía el cronista señala que es buena y está decorada con mucho gusto: tiene magnífico retablo y hermosa cajonería de nogal, que llama la atención de todos por su mérito y sencillez. Las pinturas que encierra son de poco mérito: de los seis cuadros que la adornan, sólo los dos evangelistas San Marcos y San Mateo son regulares, al decir de las personas competentes.

        Mas escuetas son las descripciones de la ermita de la Virgen de la Antigua, construida en piedra de sillería y de la que nada se sabe acerca de la fundación. De los tres retablos que hay en este santuario, ninguno de ellos tiene mérito, exceptuando dos cuadros muy buenos, uno representando a Jesús, (...) y el otro, la aparición de San Francisco a unos cardenales. Sobre la sacristía de la ermita afirma que es regular, pero sin mérito alguno, más que un crucifijo de marfil en una urna de madera con incrustaciones de concha.

        El repaso a los edificios religiosos finaliza con la descripción de la ermita del Rosario, de la que afirma que ni en el edificio ni en lo que dentro encierra puede decirse hay nada de notable; la ermita de la Soledad también conocida entre los del pueblo con el nombre de ermita de los santos viejos y de la que destaca la imagen de la Soledad muy bien tallada y, por último, la ermita del Cristo de la Sala una pequeña habitación, que en un principio fue albergue de pobres transeúntes y así llamada por cierta historia que cuentan. Es un santuario reducido, y que sólo tiene un pequeño retablo con un crucifijo.

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