La Huella de la presencia Romana


          En la etapa inmediatamente anterior a la llegada de los romanos a la Península Ibérica una serie de pueblos y etnias poblaban el territorio. En la época que coincide con el milenio anterior a la era actual, las invasiones de los pueblos celtas del norte desplazan a la población autóctona de los íberos y se produce un mestizaje entre las dos culturas. El área geográfica del centro de la península, entonces como a lo largo de la historia, es zona de paso obligado en las comunicaciones norte-sur y este-oeste.

        Los pobladores, ya con un nombre propio con el que identificarse, ocupan un territorio que los historiadores clásicos denominan Carpetania. Esta tribu celtíbera habita la comarca en torno al año 300 A. d. C. Los carpetanos son un pueblo mitad pastor, mitad agricultor; ocupan pequeños asentamientos, construidos a base de adobe, tapial o incluso piedra, y situados bien en las orillas de los ríos o en los pequeños altozanos próximos a sus riberas aprovechando para su subsistencia las condiciones que les ofrecía el entorno, pero sin despreciar la caza como complemento a su alimentación.

        Distintos testimonios en forma de restos arqueológicos nos recuerdan su forma de vida: la cerámica, ricamente decorada denota la evolución de sus técnicas de fabricación. Además, la toponimia de pueblos cercanos (Arganda, Aranjuez, Orusco, Titulcia) nos hablan de la herencia de estas tribus celtibéricas que ocuparon el territorio entre la sierras centrales de la península y el curso medio del río Tajo.

        En comparación con los pueblos que habitan las costas o el sur de la península, la Carpetania es un territorio con una economía mucho más débil y, por lo tanto, menos atractiva para los cartagineses que, poco a poco, se hacen con el dominio de las zonas más ricas. Sin embargo, en el pulso entre romanos y cartagineses por el control de todo el área mediterránea, la Carpetania también va a convertirse en territorio de conquista. Es el momento de importantes batallas en la zona sobre las que existe documentación gracias a los escritores clásicos.

        En una de estas batallas, los cartagineses, con el mítico Aníbal a la cabeza, se enfrentan a los carpetanos en lo que se ha denominado batalla del Tajo. Los carpetanos atacan al invasor en una zona localizada entre Aranjuez y Talavera, pero el genio militar de Aníbal le sirve para vencer a los indígenas. Estamos en el año 220 A. d. C. y nuestros antepasados inician con este enfrentamiento un período de lucha que continuará frente a otro ejército invasor: el romano. En el 192 A. d. C. el procónsul de la provincia ulterior romana Fulvio Nobilior toma Toledo y otras ciudades no identificadas de la Carpetania.

        Sin embargo, pese al aplastante superioridad de las legiones, los pueblos de la Carpetania se resisten a la dominación y unidos a tribus vecinas -los olcades- vencen en algunas batallas a los romanos. Así sucede en el año 186 A. d. C. cuando en una batalla que tiene como escenario las cercanías de la actual Toledo, los pretores Calpurnio Pisón y Quincio Crispino son derrotados en su intento de fijar la frontera que separaba las dos provincias en que estaba dividida la península: la Ulterior y la Citerior.

        Dos años después, una nueva batalla, que tiene lugar cerca de Titulcia, resulta favorable a los carpetanos frente a las tropas del cónsul Aurelio Terencio. En el año 182 A. d. C. Quinto Fulvio Flaco obtuvo varias victorias: los romanos asentaban cada vez más su dominio.

        Son por lo tanto estos primeros años de conquista romana escenario de constantes enfrentamientos entre romanos y carpetanos. La pacificación llega con la presencia de Tiberio Sempronio Graco como gobernador de la provincia Citerior que consigue, en el año 179 A. d. C., someter a los pueblos indígenas y dominar un amplio territorio sobre el que pesa la obligación de tributar a Roma durante un prolongado espacio de tiempo.

        Pese a este período de paz, la Carpetania fue escenario durante muchos años de enfrentamientos entre romanos y los pueblos peninsulares que, como en el caso de los lusitanos y los celtíberos, fueron menos proclives a la sumisión. Uno de los cabecillas de los lusitanos, el famoso Viriato, saqueó en el año 146 A. d. C. varias zonas de la Carpetania y en los años siguientes extendió su acoso a Celtiberia y otras zonas lo que provocó un período caótico que finalizó con la muerte del rebelde. Posteriormente, con la caída de Numancia y la conquista de los territorios del norte de la península prácticamente todo el territorio quedó sometido.

        Otros episodios guerreros tuvieron lugar años después en un lugar muy próximo de la comarca: el enfrentamiento entre Sertorio y los caracitanos, habitantes en cuevas, que vivían en una zona próxima al río.

        El episodio entre este pueblo carpetano y Sertorio, enfrentado por entonces a Roma en lo que constituyó una auténtica guerra civil, es narrado por Plutarco en un relato en el que cuenta una estratagema del rebelde romano para someter a los caracitanos en un enfrentamiento que pudo ocurrir muy cerca de Morata en el año 81 A. d. C., aunque otros autores sitúan el acontecimiento en lo que hoy es provincia de Guadalajara:

        Entre sus acciones de guerra no fue lo que menos admiración excitó lo ejecutado con los llamados caracitanos. Este es un pueblo situado masallá del río Tajo, que no se compone de casas como las ciudades o aldeas, sino que en un monte de bastante extensión y altura hay muchas cuevasy cavidades de rocas que miran al Norte. El país quela circunda produce un barro arcilloso y una tierra muy deleznable por sufinura, incapaz de sostener a los que andan por ella y que con tocarla ligeramentese deshace como la cal o la ceniza. Por tanto, era imposible tomar por fuerza a estos bárbaros,porque cuando temían ser perseguidos, se retiraban con las presas que habíanhecho a sus cuevas, y de allí no se movían. En ocasión,pues, en que Sertorio se retiraba de Metelo, y había establecidosu campo junto a aquel monte, le insultaron y despreciaron, mirándolecomo vencido; y él, bien fuese de cólera o bien por no daridea de que huía, al día siguiente, muy de mañana,movió sus tropas y fue a reconocer el sitio. Como por ninguna parte tenía subida, anduvo dando vueltas, haciéndolesvanas amenazas; mas en esto advirtió que de aquella tierra se levantabamucho polvo, y que por el viento era llevado a lo alto, porque como hemosdicho, las cuevas estaban al Norte, y el viento que corre de aquella región,al que algunos llaman cecias, es allí el que más domina yel más impetuoso de todos, soplando de países húmedosy de montes cargados de nieve. Estábase entonces en el rigor delverano, y fortificando el viento con el deshielo que en la parte septentrionalse experimentaba,letomabanconmuchogustoaquellos naturales, porqueen el día les refrigeraba a ellos y sus ganados. Habíalo discurridoasí Sertorio y se lo había oído también a losdel contorno, por lo cual dio orden a los soldados deque,recogiendoaquellatierra suelta y cenicienta, la fueran acumulando en diferentes puntos delantedel monte; y como creyesen los bárbaros que el objeto era formartrincheras contra ellos lo tomaron a burla. Trabajaron en esto los soldados hasta la noche, hora en que se retiraron; pero por la mañana siguiente empezó, desde luego, a soplar un áurea suave, que levantó lo más delgado de aquella tierra amontonada, esparciéndolaa manera de humo; y después, arreciándose el cecias con elsolyponiéndoseyaenmovimientolosmontones, los soldados que se hallaban presentes los revolvían desde el suelo y ayudaban a que se levantase la tierra. Algunos corrían con los caballos arriba y abajo, y contribuían también a que la tierra se remontase en el aire y a que, hecha un polvo todavía más delgado, fuese de aquél impelida a las casa de los bárbaros, que recibían el cierzo por la puerta. Estos, como las cuevas no tenían otrorespiraderoque aquel sobre el que se precipitaba el viento, quedaron muy ciegos y además empezaron a ahogarse, respirando un aire incómodo y cargado de polvo, por lo cual apenas pudieron aguantar dos días, y al tercero se entregaron: aumentando no tanto el poder como la gloria de Sertorio por verse que lo que no estaba sujeto a las armas, lo alcanzaba con la sabiduría y el ingenio.

Romanización en la Carpetania

        Tantos años de presencia romana en la península y en la zona central correspondiente a la Carpetania significaron, lógicamente, un proceso más o menos lento de romanización y de influencia de la cultura latina en las tierras que conquistaron conforme la estancia de los conquistadores se hizo más larga en el tiempo y sus costumbres fueron calando entre la población autóctona.

        El imperio romano buscaba con el dominio de Hispania fuentes de abastecimiento, tanto de alimentos como de minerales, para la metrópoli. Este interés suponía, aparte del dominio militar, la creación de una nueva organización social y todo un sistema de comunicaciones para dar salida a los productos de las provincias hispanas.

        La Carpetania, punto de referencia obligado para el estudio de la etapa romana en la comarca de Morata, no era considerada por los romanos como una región especialmente rica. El geógrafo Estrabón, en la parte de su obra dedicada a Hispania, dice que el país de los carpetanos, oretanos y vetones es medianamente fértil. Esta consideración respecto a la riqueza del territorio que actualmente ocupa la Comunidad de Madrid y la de Castilla la Mancha, no hace sino confirmar que el interés de los romanos se inclinaba más hacia las regiones periféricas peninsulares y, sobre todo al sur, auténtico granero para el imperio durante muchos años. Si la Carpetania tampoco contaba con minas, tan apetecidas para los romanos, ¿qué circunstancia les empujó a instalarse en estos territorios durante tantos siglos con la consiguiente romanización?

        Sin lugar a dudas, esta presencia romana en la comarca, de la que numerosos testimonios han llegado hasta nosotros o tenemos noticia cierta, se debe a su importancia estratégica en el sistema de comunicaciones impuesto por los romanos desde su llegada.

        Efectivamente, como había sucedido en todas sus campañas conquistadoras, los romanos se aplicaron a la construcción de calzadas: primero con fines militares y posteriormente, una vez consolidada la conquista, como imprescindibles vías para favorecer el comercio y la comunicación entre las distintas provincias romanas de Hispania.

        Para estudiar la red de comunicaciones levantada por los romanas, sus famosas calzadas, un texto imprescindible es el Itinerario de Antonino, redactado en el siglo III D. d. C., en el que se enumeran las treinta y cuatro vías principales de la Hispania romana, con su longitud total y las distancias entre mansio y mansio, los puntos intermedios que se recorrían entre jornada y jornada y que servían de descanso para viajeros y animales. En estos itinerarios aparecían también los miliarios, especie de hitos cilíndricos que marcaban la distancia desde el punto de partida y que, además, ofrecían datos sobre la autoridad responsable de la construcción de la calzada.

        Para trazar esta red de calzadas, los romanos se aprovecharon de las rutas naturales que siempre habían servido de vía de comunicación entre los distintos puntos cardinales de la Península Ibérica. En el diseño de este sistema de comunicación terrestre un punto de vital importancia fue el situado en la cercana Titulcia. En torno a la antigua ciudad, cuya situación exacta todavía constituye un misterio, pero sin duda cercana a la Titulcia actual, convergían dos importantes ejes de comunicación de la época de la dominación romana: la vía que unía Emeritaugusta (Mérida) con Cesaraugusta (Zaragoza), con ciudades intermedias como Complutum (Alcalá de Henares), y la que enlazaba esta vía con la calzada que conducía a Astúrica Augusta (Astorga), la vía Carpetana, punto de partida de la famosa ruta de la plata que comunicaba las minas del norte con el sur peninsular.

        La primera de estas calzadas, la que unía Zaragoza con Mérida sigue un itinerario que, a lo largo de la historia, se ha convertido en la comunicación natural entre el este y el oeste peninsular aprovechando los valles de los ríos que discurren por la zona. Se trata en definitiva de la Senda Galiana que, con el paso de los años y con escasas variaciones en su trazado, también serviría de plataforma para la cañada de los ganados trashumantes.

        Esta red principal, que conectaba a las ciudades más importantes de la Hispania romana, se completaba con una red secundaria de caminos públicos que, prácticamente cubría toda la península y que, posteriormente, también ha servido para fijar el trazado de muchas de las actuales carreteras.

Villas romanas

        En paralelo a esta auténtica red viaria que cubría todo el territorio conquistado, hacen su aparición las villas romanas. Este sistema de poblamiento, asociado a la cultura romana en todo su proceso de expansión y conquista, es el complemento a las calzadas y la alternativa romana a la dualidad ciudad-campo. Y es alrededor de las calzadas y a las villas donde necesariamente hay que enmarcar la presencia de los romanos en lo que hoy es el entorno de Morata.

        Una de las características de la colonización romana es el interés por bajar a los valles a las poblaciones que conquistaban. En las comarcas de los ríos Henares, Jarama, Manzanares, Tajo y Tajuña este sistema de población se hace evidente. Los poblados de las tribus carpetanas pierden influencia y aparecen nuevos poblamientos, bien ciudades de tamaño medio o explotaciones agropecuarias o villae. Naturalmente estos asentamientos ocupan terrenos próximos a los poblados indígenas de los que los clásicos citan la existencia de 130 ciudades en la Carpetania (Polibio), aunque otros autores (Ptolomeo) las reducen a 18. Sobre el emplazamiento de estas ciudades o poblados, los investigadores mantienen muchas dudas sobre su emplazamiento exacto y aún hoy es objeto de discusión. En el caso de Morata y su entorno más próximo se encuentra la ciudad de Titulcia, importante cruce de caminos ya citado; Complutum, sin duda el principal centro urbano de la comarca, y numerosos núcleos en los que se han llevado a cabo excavaciones para determinar sus características: Arganda, Vicálvaro, Villarejo de Salvanés y otros. Y en Morata ¿cómo se manifestóla presencia romana?

        Por el testimonio de nuestros antepasados, expresado en documentos del siglo XVI de los que nos ocuparemos más adelante, sabemos que constaba la existencia de restos de una casa encontrados en la vega durante las trabajos de laboreo en el campo. Estas afirmaciones, con detalles de las monedas encontradas y otros hallazgos, confirman la construcción en el término municipal de algunas de estas villas que fueron el eje de la colonización de los romanos en las zonas rurales.Estas construcciones suponen el intento por parte de los romanos de conseguirun equilibrio entre el mundo urbano y el mundo rural. En esta políticaurbanizadora y de control del territorio, las villas tenían asignadoun papel importante, en tanto que destinadas a explotaciones agropecuarias,además de su carácter de residencia  de los propietarios. Por lo que respecta a las que se conocen en la zona central, en casi todas ellascoinciden dos características comunes: su proximidad a una calzadao vía de comunicación y su cercanía a un curso de agua, aunque siempre lo suficientemente alejadas para evitar las inundaciones y los peligros de epidemias por las aguas estancadas. Los cursos bajos de los ríos Manzanares, Tajuña y Jarama son abundantes en ejemplos de villas romanas. En el caso de Morata su localización se sitúa en las proximidades de la actual carretera de Chinchón, lugar que cumple las dos premisas de contar con un curso de agua y una vía de transporte muy cercanos.

        A partir de la existencia constatada de estas villas, o villae atendiendo  a su transcripción en latín, los investigadores han determinado la relativa importancia de estas tierras como unidades de producción agropecuaria y la existencia de un notable poblamiento rural en la comarca y en el área de influencia de la antigua Complutum, hoy Alcalá de Henares, en un proceso que alcanzó su etapa de mayor importancia en torno al siglo II A.de C. cuando estas tierras, pertenecientes según la división de los romanos a la provincia Citerior y posteriormente, tras la reorganización del territorio conquistado, a la Tarraconense, vivieron el proceso de la romanización que culminó el año 134 A. de C., cuando se produce el control definitivo tras dominar totalmente el territorio existente al sur del sistema central.

        Además de su situación junto a una de las más importantes vías de comunicación romana, el entorno del Morata actual tenía las condiciones idóneas para la explotación agrícola. Naturalmente, resulta prácticamente imposible encontrar testimonios sobre qué y cómo se cultivaba el campo morateño en la época de los romanos así como el posible pastoreo de ganados en el término municipal. Sí que se puede deducir, una vez constatada la construcción de villas en el actual término municipal de Morata, que la presencia de este tipo de construcciones denota la explotación de las posibilidades agrícolas del suelo morateño aunque a la hora de definir los cultivos únicamente se puede apuntar que, diversos testimonios coetáneos de la presencia romana, aseguran que con estos se inició el cultivo del olivo en la región central de la península. Además, es previsible que los cereales y la vid, productos estratégicos, también fueran importantes fuentes de abastecimiento para los romanos durante su estancia como colonizadores en estas tierras.

        Alrededor de estas villas, siempre situadas en torno a los terrenos más fértiles de las vegas, es seguro que se generó una importante actividad agrícola por parte de los romanos que explotaban las tierras bien valiéndose de esclavos o de colonos. Este trabajo agrícola se desarrollaría en un paisaje bien diferente del actual. Los cerros que conforman y cierran el valle del Tajuña estarían cubiertos por un espeso bosque de encinas y de quejigos en la parte más altas, mientras que en el valle serían abundantes los sotos poblados por sauces, álamos y almeces así como los cañaverales en las zonas más encharcadas y no ocupadas por los cultivos de la vega.

        Lamentablemente, la inexistencia de trabajos arqueológicos en el término municipal de Morata ha impedido profundizar en el pasado romano de estas tierras. Hay indicios, por supuesto, de que el interés de los romanos por las obras públicas debió de manifestarse en la construcción de puentes sobre el río Tajuña (Tagonius para los romanos) aunque ninguno ha llegado a nosotros en su estado original. Queda, eso sí, el testimonio de la utilización de las piedras procedentes de alguna villa romana en la construcción de la iglesia, los restos del reloj de sol conservados en uno de los muros del jardín de la propia iglesia parroquial, los vestigios aislados recuperados en el campo morateño y, cómo no citarla, la piedra con la inscripción de Licinia, nombre que aparece desde hace algunos años en el escudo de la villa y sobre el que es conveniente hacer algún comentario.

El nombre de Licinia

        Alrededor de esta inscripción, al parecer grabada en una piedra utilizada en la construcción de la iglesia, no deja de existir cierto misterio en tanto que es imposible, a falta de estudios de especialistas, determinar su verdadero significado. Aquí nos limitaremos a apuntar que uno de los investigadores más profundos de la presencia romana en Hispania, A. Schulten, cita la existencia de una estación Liciniana en la vía de Emérita a Toletum, en honor del pretor Licinio Craso. Pero esta palabra latina en realidad aparece en numerosas ocasiones en la historiografía romana, no en vano numerosos representantes de esta importante saga familiar tuvieron una participación destacada en la romanización y en la posterior presencia romana en la Península Ibérica. De esta presencia han quedado numerosos topónimos en la geografía española, (Leciñena, por ejemplo, en Aragón, y otros casos en la comunidad navarra) pero es que, además, también se conoce la existencia de una Lex Liciniana, que pudiera estar relacionada con la tantas veces citada inscripción. Hay que resaltar, por último, en relación con este tema que la expresión Licinia tiene la misma raíz que licinos, nombre de origen celtibérico, o licine, de raíz íbera.

        Nombre del núcleo que dio origen posteriormente a Morata, recuerdo de algún romano ilustre propietario de una villae en término morateño o simple inscripción sobre un texto legal romano, la incógnita sobre el significado de Licinia queda ahí, tal vez a la espera de que alguna investigación futura la resuelva.


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