La desamortización en Morata

        El fenómeno de la desamortización ha estado envuelto en controversias sobre el resultado de un proceso que se extendió a lo largo de todo el siglo pasado, fundamentalmente, aunque en realidad se inició a finales del siglo XVIII y las últimas subastas llegaron hasta la década de los veinte en el presente siglo.

        Los cambios en la propiedad que se propiciaron en los distintos procesos desamortizadores del siglo XIX afectaron, cómo no, a la distribución de la propiedad en Morata al igual que sucedió, en mayor o menor medida, en el resto del país.

        Ya en el siglo XVIII las primeras desamortizaciones decididas por los gobiernos ilustrados y por Godoy afectaron, en el caso de este último especialmente, a los bienes eclesiásticos y a varias capellanías y tuvieron su repercusión en Morata (sobre todo en las propiedades ligadas a la orden de los jesuitas), pero es sin duda durante el proceso desamortizador iniciado tras la muerte de Fernando VII cuando se produjeron las operaciones más importantes en Morata, tanto por la cantidad de propiedades (rústicas prácticamente en su totalidad) como por las consecuencias sociológicas de las distintas subastas realizadas a lo largo del siglo.

        Si a nivel nacional la desamortización se centró en las fincas rústicas y urbanas, derechos censales y al patrimonio artístico y cultural de las instituciones afectadas, en Morata el proceso es especialmente importante en el cambio que propició en la propiedad de varias fincas rústicas hasta entonces patrimonio no sólo de instituciones religiosas sino también procedentes de los antiguos bienes de propios.

        Con frecuencia se ha asociado históricamente el proceso de las distintas desamortizaciones como algo exclusivamente ligado a las propiedades de la Iglesia -tanto pertenecientes al clero regular como al clero secular- y se ha dejado en un segundo plano las fincas procedentes del patrimonio municipal o relacionadas con otras instituciones como los antiguos hospitales de indigentes, aunque generalmente estos eran administrados por personas ligadas a la Iglesia. Ya veremos como en Morata, si bien muchos de los bienes desamortizados estaban en manos de las más variadas instituciones religiosas, el patrimonio municipal se vio reducido prácticamente en su totalidad durante el siglo XIX.

        Estamos por lo tanto ante un proceso extraordinariamente largo en el tiempo, con zonas de claroscuros y que originó en su momento e incluso ahora debates encendidos respecto a su valoración final.

        ¿Qué perseguían los gobiernos liberales con la desamortización?

        Parece claro que, junto con la abolición de señoríos y mayorazgos a consecuencia de la aprobación de la Constitución de 1812, la desamortización es la base de la que parte una cierta reforma agraria, siempre presente en las propuestas más o menos ilustradas de años anteriores, realizada a partir de las ideas liberales. Con este presupuesto de partida, las medidas desamortizadoras, además de obtener fondos para financiar la Hacienda, agotada por la guerra de la Independencia y posteriormente por las guerras carlistas, pretendían sacar al mercado un enorme patrimonio (se ha calculado que la desamortización en sus diferentes etapas afectó al 25 por ciento de las tierras cultivables) inmovilizado y, al mismo tiempo, favorecer el acceso a la propiedad no sólo de la burguesía sino también de los renteros y campesinos que, en algunos casos durante varias generaciones, habían trabajado las parcelas desamortizadas.

        Por su importancia económica las desamortizaciones de Mendizábal y de Espartero han sido las más estudiadas. En el caso de Morata ciertamente tuvieron relevancia los cambios producidos que afectaron sobre todo a los bienes de conventos, cofradías y de la propia parroquia. También hay que hacer notar que, si en un principio la desamortización de Mendizábal y Espartero también debería haber afectado a los bienes de propios, en Morata en ningún caso se subastaron estas propiedades en esta etapa. El motivo hay que buscarlo en una situación muy común en todo el territorio: los ayuntamientos que participaron directamente en todo el proceso tuvieron mucho cuidado de no desprenderse de unas fincas cuyo control directo desde el municipio otorgaba influencia y poder de decisión en las cerradas sociedades decimonónicas.

        En esta fase por lo tanto son en su inmensa mayoría propiedades eclesiales las que salen a subasta en todos los municipios españoles. En Morata se trataba en general de parcelas de muy buena calidad y muy dispersas por todo el término municipal. Salvo excepciones, todas las parcelas estaban arrendadas a labradores de la localidad que en muchos casos accedieron a la propiedad por unas cantidades no muy elevadas, como veremos al analizar los precios de remate de las fincas.

        La división en varios lotes -uno por finca&shyp; y la imposibilidad de subastar conjuntamente los bienes desamortizados perseguía que la mayor parte de los posibles interesados acudieran a las subastas. Incluso para que los menos poderosos económicamente no se retrajeran ante la falta del capital necesario, los decretos desamortizadores preveían que el pago de las fincas adjudicadas se podía hacer abonando un 20 por ciento del valor de remate al recibir la escritura y el resto en dieciséis pagos anuales. En el caso de que estos pagos se realizaran con papel de deuda del Estado los plazos se rebajaban a ocho anualidades.

        Estas buenas intenciones iniciales no siempre se materializaron en la práctica. Ya veremos como en el caso concreto de Morata, aunque muchas fincas se adjudicaron a los arrendatarios otras no sólo fueron adquiridas en lote por un único propietario sino que estos ni siquiera eran vecinos de la villa.

        Antes de entrar en el desarrollo de los decretos desamortizadores en Morata hay que explicar que los responsables políticos de todo el proceso también mostraron su preocupación para evitar manipulaciones en el precio de las tasaciones (Estas eran realizadas por una comisión de agricultores o personas de buenos conocimientos de la labranza nombrados por los ayuntamientos) y en el funcionamiento de las propias subastas.

        Hay que decir que, si en toda España no fueron infrecuentes las irregularidades, no existe constancia de cómo se realizaron las subastas en Morata. Un dato sí que es cierto, las cifras globales de los precios de adjudicación están en consonancia con los que se produjeron en el resto del país así como el origen de los compradores (burguesía y labradores arrendatarios y ausencia prácticamente total de la nobleza).

Desamortización de Mendizábal en Morata

        Ya en las Cortes de Cádiz los legisladores de la primera Constitución española calcularon que el 18 por ciento de las tierras cultivadas estaban en manos de instituciones religiosas. Parroquias, monasterios y conventos eran propietarios en Morata de un importante patrimonio que procedía bien de los habituales legados testamentarios que recibían los miembros del clero o bien de donaciones de origen real o señorial, también relativamente frecuentes en los siglos previos al XIX. En estos años, cuando se fundaba un convento o un monasterio sus promotores, casi siempre vinculados a la nobleza o incluso reyes, dotaban con propiedades a estos establecimientos para que se mantuvieran con las rentas que producían.

        Entre 1836 y 1843 las propiedades rústicas de tres órdenes religiosas (los PP Dominicos del Rosario, las Dominicas de Santa Catalina de Alcalá y las Franciscas de Alcalá); un cabildo (Nuestra Señora de la Paz de Morata); la propia parroquia de la Inmaculada Concepción; y, por último, las propiedades de la iglesia de la localidad de Corpa en el término de Morata fueron sacadas a subasta. Estas propiedades eran parte del patrimonio acumulado por la Iglesia a lo largo de los siglos y que habían evitado los procesos desamortizadores que tuvieron lugar en el siglo XVIII. Todas estas propiedades, según consta en la relación de bienes desamortizados en la provincia de Madrid, fueron adjudicadas en las correspondientes subastas celebradas entre los años señalados. En esta relación, sólo en los bienes de las Franciscanas de Alcalá no aparecen ni el remate de la subasta ni el posible comprador de los bienes subastados: en total seis fanegas y nueve celemines distribuidas en cinco parcelas situadas en distintos parajes de la vega y valoradas en 7.700 reales.

        El resto de los bienes subastados sí que fueron adjudicados. En la documentación constan tanto los precios de tasación de las fincas como las cantidades finalmente pagadas por los adjudicatarios. Esta relación de fincas desamortizadas, además de permitirnos hacernos una idea del patrimonio eclesial que salio a subasta, nos ofrece también la posibilidad de conocer los precios de las fincas rústicas en la época y también el de los arrendamientos.

PP Dominicos del Rosario de Madrid

        El patrimonio de estos frailes, cuya presencia en Morata databa al menos del siglo XVII se adjudicó en dos subastas consecutivas, celebradas en 1837 y 1838. Sus posesiones, prácticamente en su mayoría, estaban integradas por cultivos de olivar y viña. De regadío, según la documentación, sólo contaban con 5 fanegas en la vega, sin especificar el paraje en el que estaban situadas.

        En la primera subasta, la de 1837, R. González Robles se adjudica todo el lote en uno de los casos en los que la prevención de los legisladores para evitar acaparamientos evidentemente no funcionaron. Este comprador se adjudicó el lote inicial en una subasta que se inició en la cantidad de 56.135 reales de vellón -precio inicial de la tasación de los peritos&shyp; y que alcanzó un precio de remate de 130.000 reales de vellón. Esta cantidad, más del doble de la tasación inicial, le permitió convertirse en nuevo propietario de 39 fanegas y un celemín de viñas (4.200 cepas), 5 fanegas en la vega y 1.283 olivas en 20 olivares distribuidos por todo el término municipal. La relación de fincas adjudicadas a este comprador nos permiten comprobar como en aquel año, 1834, las cepas se pagaban a un precio entre un real y medio y dos reales la unidad. En cuanto a las olivas, su precio oscilaba entre las de más bajo precio, 8 reales, y las más caras, 30 reales, aunque también se pagaban a 10, 15, 20, 22 y 25 reales, naturalmente en función de su calidad y del paraje en el que estaban situadas. Como curiosidad hay que hacer notar que las más caras fueron adjudicadas en El Plantío y las más baratas en un paraje denominado El Malo. La única tierra, de cinco fanegas, situada en la vega que se adjudicó en esta subasta fue adquirida a un precio de 1.000 reales la fanega.

        Un año después de adjudicadas estas fincas, el mismo González Robles acude a una nueva subasta de bienes propiedad de los PP Dominicos del Rosario. En esta ocasión, el lote es mucho más reducido, 2.040 cepas distribuidas en tres viñas situadas en La Fuente el Piojo, El Parronal y Los Rosales que le suponen un desembolso de 3.000 reales de vellón en una subasta que se había iniciado con una tasación inicial de 2.470 reales. Los precios unitarios de las cepas oscilaron entre real y real y medio, y las marras, medio real.

Franciscanas y Dominicas de Alcalá

        En esta etapa desamortizadora del siglo XIX no fueron sólo los PP Dominicos del Rosario quienes vieron subastadas sus propiedades en Morata. También en 1837 se adjudican las fincas de dos congregaciones religiosas con sede en Alcalá de Henares: las Dominicas de Santa Catalina y las Franciscanas. Las primeras eran propietarias de un pequeño olivar de 52 plantas que se adjudica en 2.000 reales de vellón - el precio de salida era 1.900 reales- a Joaquín Vasconi.

        El mismo adjudicatario se hace con la propiedad de 3 fanegas de tierra de vega de cañamar (así figura en la documentación), pertenecientes a las Franciscanas de Alcalá, que alcanzó en la subasta un precio de 6.000 reales de vellón desde la tasación inicial de 5.650 reales. Estas monjas del monasterio de Franciscanas Terciarias de San Juan de la Penitencia, fundado por el cardenal Cisneros a finales del siglo XV en Alcalá, también eran propietarias de varias fincas en Valdelaosa, con una extensión total de 6 fanegas y 9 celemines y valoradas en 7.700 reales, aunque en la relación de las subastas realizadas en Morata en 1837 no figura su adjudicación a ningún postor.

Cabildo de Nuestra Señora de la Paz

        Seis años más tarde, en 1843, se adjudican varios lotes. A diferencia de las subastas de la década anterior en todas las fincas subastadas aparece el precio de remate pero no el adjudicatario. El primero de los lotes y más importante esta formado por las 34 fincas que integraban el patrimonio del Cabildo de Nuestra Señora de la Paz de Morata.

        Si por algo se caracteriza el patrimonio del cabildo morateño es por el hecho de estar integrado en su totalidad por tierras de regadío repartidas prácticamente por todos los parajes de la vega de Morata. En la relación de fincas sacadas a subasta aparecen parcelas en Matalauva, Presa de la Ceña, en La Cana, en el Camino del Herrero, La Celadilla, El Coso o lindando con la Huerta de Angulo. En total nos estamos refiriendo a una nada despreciable hacienda de aproximadamente algo más de 60 fanegas -de doscientos estadales, tal como indica la documentación- por las que se abonaron alrededor de 167.000 reales.

        Se trata en casi todos los casos de fincas de entre una y dos fanegas -la más grande tiene tres fanegas y once celemines- lo que confirma la extremada parcelación del patrimonio de la Iglesia, frente a la extendida idea de grandes latifundios.

        Otra característica es común a todas las fincas propiedad de la Cofradía de Nuestra Señora de la Paz: en todas las parcelas aparece anotada que están arrendadas y la cantidad anual de este arrendamiento. Esta circunstancia, junto con la adjudicación prácticamente en todos los casos por un precio final muy parecido al precio de salida, indica que los adjudicatarios serían los propios arrendatarios de las fincas que, también con escasas variaciones, pagaron en torno a dos mil reales por fanega adquirida, aunque se dan casos de hasta tres mil reales por fanega en las tierras más caras y mil reales fanega, en las más baratas.

        De toda la relación de fincas subastadas podemos también deducir que los arrendamientos de tierras en 1843 se fijaban en torno a los cien reales la fanega, lógicamente también con altibajos en función de la calidad de la tierra y el paraje.  

        Otro aspecto interesante es la existencia entre este patrimonio subastado de las posesiones de las cofradías (instituciones de origen medieval con diversos fines aunque la mayoría se dedicaban a obras de caridad) y de algunas fincas procedentes de las capellanías, tradición muy arraigada que consistía en ceder a cofradías o parroquias bienes raíces y con sus rentas oficiar misas en favor del alma del donante. Por último, también es interesante reflejar como al final de la relación de las fincas subastadas se anotan los precios de los cereales que se utilizaron como punto de partida para fijar la tasación. Estos precios se fijaban en 25 reales la fanega de trigo, 18 la de centeno y 12 la de cebada.

Fábrica de la iglesia de Morata

        La adjudicación de fincas a una iglesia, en este caso la de Morata, es también una práctica habitual cuando se acomete la construcción de un templo como modo de complementar sus ingresos procedentes de los impuestos propios del estamento eclesial (diezmos). En 1843 se ponen en subasta pública 19 parcelas, la mayoría de regadío y situadas en el término de Morata - Tierras Largas, El Cercado, Las Cepas, La Campana- aunque también hay dos olivares y algunas fincas en la vega de Chinchón. Suman en total 24 fanegas (de doscientos estadales) y cinco celemines en varios parajes de las vegas de Morata y Chinchón, junto con dos olivares en Las Cabezas y el Camino de Alcalá que suman cincuenta y ocho olivos.

        Como en la subasta de los bienes de la Cofradía de Nuestra Señora de la Paz, son fincas no muy extensas -la mayor parte entre una y dos fanegas-, todas ellas arrendadas a unos cien reales anuales la fanega y adjudicadas -excepto tres, situadas dos de ellas en las Tierras Largas y otra en La Huelga - por un precio similar al de salida con ligeras variaciones al alza. En total, el Estado obtuvo por esta fincas 66.286 reales por unos bienes tasados inicialmente en 68.520 reales.

Fincas pertenecientes a la iglesia de Corpa

        De nuevo en la subasta de 1843 nos encontramos con un lote de cuatro fincas pertenecientes todas ellas a la iglesia de la localidad madrileña de Corpa. El origen de estas propiedades hay que buscarlo otra vez en las legaciones en favor de instituciones religiosas habituales en los siglos anteriores. Las cuatro fincas suman 4 fanegas (de doscientos estadales) y 8 celemines. Todas están situadas en la vega y tiene la particularidad de que estaban arrendadas a un único labrador. La suma del precio de salida de las cuatro parcelas ascendió a 12.320 reales y se adjudicaron por 14.132 reales lo que indica que en este caso el remate superó los tres mil reales por fanega.

        En la relación de estas fincas propiedad de la iglesia de Corpa nos encontramos con otra curiosidad de origen medieval. En la documentación una de las tierras aparece como lindera con otra que literalmente se denomina como Vínculo del huevo, lo que nos hace suponer que las rentas producidas por esta finca bien podrían estar sujetas al reparto de huevos entre los más pobres en fechas señaladas del año. Ya en las Relaciones se citaba el reparto de pan, queso y vino, entre los más necesitados en determinadas fechas del calendario religioso como San Agustín y San Sebastián. Estas tradiciones, muy frecuentes en los pueblos, sólo se podían mantener cuando se contaba con fincas cuyas rentas se asignaban al pago de los gastos producidos por el reparto de los alimentos.

Desamortización de Madoz

        Si las desamortizaciones propiciadas por Mendizábal y Espartero afectaron sobre todo a los bienes vinculados a la Iglesia, la desamortización de Madoz, mucho menos tratada por los historiadores, tuvo en los bienes de propios (patrimonio de titularidad municipal) el grueso de las propiedades desamortizadas junto con los bienes procedentes de fundaciones de la beneficencia pública. De ambos categorías, bienes de propios y hospitales de beneficencia, se subastaron fincas en Morata a partir de 1856 en base a la ley promulgada en mayo del año anterior.

        Ya hemos explicado en anteriores capítulos como los bienes de propios forman parte del patrimonio municipal al igual que los bienes comunales. Sin embargo, si en lo que se refiere a la titularidad de la propiedad eran bienes similares, no sucedía así con el uso: mientras que los bienes comunales estaban al servicio de la comunidad tanto en sus rendimientos como en su uso, los propios eran bienes arrendados a particulares y sus rentas se asignaban a la financiación de los gastos municipales.

        Sobre este patrimonio municipal un informe, elaborado en la Diputación Provincial de Madrid, incidía sobre los supuestos beneficios que el decreto desamortizador de 1855 tendría sobre los bienes de propios pero criticaba que los ayuntamientos madrileños habían abandonado sus competencias en la administración de los mismos hasta el extremo de ignorar el número, valor y productos, fincas, acciones y derechos que constituyen la fortuna municipal, refluyendo esa ignorancia en perjuicio de los vecinos, que ven recargarse de año en año las cuotas de contribución que les corresponde.

        La crítica a la dejadez municipal se extendía a la existencia de numerosos pleitos por intrusiones en terrenos de titularidad municipal por parte de particulares y linderos que unas veces ensanchan las lindes de sus fincas y otras edifican casas, abren zanjas o aprovechan canteras y tierras beneficiables, a ciencia y paciencia de los Ayuntamientos y en perjuicio de los intereses comunales.

        Ante este estado de cosas, el informe aconseja, entre otras medidas, orillar con brevedad las dificultades que se opongan a la venta de ellas [Las fincas] y hacer las gestiones necesarias para que se restituyan al fondo municipal las deudas, créditos y efectos que resulten a su favor y no estén en su poder.

        En resumen, una administración deficiente, campo abonado para que los menos escrupulosos se apoderaran de un patrimonio municipal que al Estado le urgía que pasara a depender de particulares una vez desamortizado.

        Hay otro conjunto de propiedades, menos importantes por su extensión, al menos en lo que se refiere al municipio de Morata, al que afectó directamente la desamortización de Madoz: los bienes raíces vinculados a los antiguos hospitales de beneficencia creados a partir del siglo XVI e incluso antes para atender a los indigentes.

Bienes de propios y del hospital de Antonio López (año 1856)  

        En 1856 nueve fincas, ocho procedentes de los bienes de propios del Ayuntamiento de Morata y la otra perteneciente al hospital de Antonio López, salen a subasta. Se trata en todos los casos de tierras de secano, plantadas de olivos (en una de las fincas además hay quinientas cepas) y la dehesa de propiedad municipal.

        Los olivares (todos situados en la margen izquierda de la actual carretera de Perales, a excepción del perteneciente al hospital, que está en la Boca de la Zorra) sumaban 398 olivos (más las quinientas cepas) y ocupaban en total una extensión de 22 fanegas y seis celemines que se tasaron en 20.007 reales. En la documentación existente no consta la adjudicación de estas fincas a ningún postor.

        Tampoco fue adjudicada en esta subasta La Dehesa. En la descripción de esta finca, una de las más importantes del patrimonio municipal, se señala que se trata de una tierra en el término de Morata, de tercera calidad, la cual contiene dentro de su perímetro algunos romeros, carrascas, espartos y pastos, todo de segunda calidad, perteneciente a los propios de dicho Morata: linda al Norte con el camino de Valdilecha y viñedo; Oriente, término de Perales de Tajuña; Poniente, con el barranco colorado y fuente. Tiene de cabida 620 fanegas, que hacen 23.293 áreas y 40 centiáreas, no admitiendo dicha finca sin menoscabo de su valor para el Estado. Ha sido tasada en 12.200 reales. y capitalizada por la renta de 4.200 reales, según los peritos en 94.500 reales, tipo para la subasta.

Bienes de propios (1860-61-62)

        Unos años después de esta primera subasta de bienes de propios se incluye entre los bienes desamortizables una larga relación de fincas de propiedad municipal, la más importante por su extensión total y que, en su mayor parte, fueron adquiridas por tres únicos pujadores, excepto una de ellas de una fanega y un celemín, que fue adquirida por el arrendatario en 1860 por los 157 reales fijados por los peritos como precio de salida.

        El resto de las fincas desamortizadas, todas ellas de secano y situadas en el llano, fueron adquiridas por personas de fuera de Morata que se hicieron propietarios de importantes extensiones de tierra.

        En 1861 fue Máximo García Carralero quien adquirió un extenso lote de parcelas en el término municipal de Morata pertenecientes a los propios de la villa y situadas en varios parajes como el Barranco del Infierno, El Artesón, Valpeñosillo, El Fraile, Valdelaperra o Miraflores. Se trata en todos los casos de cerros que suman un total de 539 fanegas (Sólo dos de las fincas adjudicadas en el Fraile y Valpeñosillo sumaban cada una de ellas doscientas fanegas) y que se tasaron antes de la subasta en 19.760 reales. Sin embargo, el precio de adjudicación de estas 11 parcelas únicamente alcanzó la suma de 12.604 reales.

        Este mismo año sale de nuevo a subasta la Dehesa de Morata. La descripción del inventario de la finca difiere del realizado en 1856 y se la define como dehesa de segunda clase y de secano, sita entre el Taray y el Llano de Arriba, término de Morata de Tajuña, procedente de sus propios; contiene pastos, carrasca de segunda, romero, tomillo, esparto, 10 álamos blancos, una fuente permanente de aguas potables con un caño, dos manantiales, dos charcas para lavadero con sus correspondientes piedras en tosco y un horno de cocer cal; esta finca tiene la servidumbre de dos sendas para el disfrute de las heredades inmediatas y otra para el disfrute del agua de dicha fuente, que aprovecha el vecindario; su cabida 678 fanegas, equivalentes a 232 hectáreas, 15 áreas y 90 centiáreas. Linda N. con la cañada y tierras de particulares, M. con viñas y olivares de particulares, L. con el término de la Gracia, y P. con el Barranco Colorado. Ha sido tasada en 155.600 reales, y capitalizada por la renta de 6.780 que la han graduado los peritos en 152. 532, tipo para la subasta. Dentro del perímetro de esta finca hay una casa edificada, la cual no se ha incluido en la tasación. (En la descripción de la finca se observa que si bien en las medidas del sistema métrico se indica la misma extensión, esta varia cuando se utilizan fanegas). En la subasta, La Dehesa fue adjudicada a Eladio Bernáldez por la cantidad de 261.000 reales de vellón, cantidad notablemente superior al precio de salida.

        En el mismo año de 1861 se incluyen entre los bienes desamortizados un nuevo lote integrado por 19 fincas de los propios de Morata, de tercera clase y de labor secano todas ellas, con una extensión total de 34 fanegas y 6 celemines (en una de las fincas no se cita la extensión). Todas las parcelas estaban arrendadas por vecinos de Morata y situadas en parajes como Cornicabra, Casas Altas, Llano de Arriba, Valdelahorca, Corral de la Melitona, Poyales, Cañada de Castro, Cuesta de la Morena, Pasillo de la Reina, Cantareras, La Jara, Pico del Águila o Vereda de Valdegatos. Las fincas fueron tasadas por los peritos en 3.465 reales de vellón. Realizada la subasta y la adjudicación en el año 1862, se adjudicó a Manuel de la Riva que pujó por la cantidad de 1.742 reales de vellón, prácticamente la mitad del precio de tasación de las fincas desamortizadas y propiedad hasta entonces de los bienes de propios de Morata.

Bienes de propios (año 1867)

        El proceso desamortizador continúo hasta finales de siglo e incluso las primeras décadas del XX. En la documentación correspondiente a esta etapa final, en la que salieron definitivamente a subasta bienes de propios, no existe constancia de los adjudicatarios ni tampoco de los precios de remate, aunque sí de la tasación y precio de salida de cada una de las parcelas.

        En este año de 1867 se inventarían 10 parcelas de secano, dos de ellas en Las Cabezas y las ochos restantes en La Amarguilla. En el caso de Las Cabezas se trata de dos parcelas de cerros baldíos, (aunque en una de ellas hay tierras de labor) y con aprovechamiento de esparto, pastos y tomillo. Ambas fincas ocupan una extensión de 54 fanegas y 8 fanegas respectivamente y salieron a subasta para su desamortización con una tasación inicial de 225 escudos y 56 escudos 250 milésimas respectivamente.

        Las ocho fincas restantes se localizan todas ellas en La Amarguilla y fueron catalogadas como tierras de tercera calidad. En la descripción individualizada aparecen varios arrendatarios de las parcelas que suman en total 40 fanegas y que fueron tasadas por los peritos en 361 escudos 25 milésimas.

Consideraciones finales sobre la desamortización

        Como recopilación del proceso desamortizador en Morata en el período de treinta años comprendido entre 1837 y 1867 podemos advertir como la mayor parte del patrimonio sacado a subasta, ya fuera propiedad de entidades religiosas seculares o regulares o procedentes de los bienes de propios del municipio, fueron a parar en su mayor parte a tres adjudicatarios que se convirtieron en propietarios de un elevado tanto por ciento de las fincas subastadas. Con los datos que se han podido consultar, una mínima parte de los arrendatarios que cultivaban las parcelas subastadas pudieron convertirse en propietarios de las mismas, aunque también es cierto que en varios casos de fincas desamortizadas no consta quién fue el adjudicatario final.

        Por otra parte, si en los primeros años se advierte que los adjudicatarios superaron la tasación inicial de las fincas sucede lo contrario en las subastas de 1861 y 1862, con la excepción de la dehesa de Morata que se adjudicó por un precio sensiblemente superior a la tasación inicial. En las restantes fincas subastadas en estos años no se alcanza por término general la tasación inicial y, en ambos casos, son compradores ajenos al pueblo quienes se hacen con las propiedades. En definitiva, en Morata, como en el resto del país, se cumplió a medias el propósito inicial de los legisladores que decidieron iniciar el proceso desamortizador: una mínima parte de las fincas se adjudicaron a los labradores y el resto a grandes propietarios, mientras que queda la duda de la situación en que quedaron los arrendatarios que no pudieron hacer frente al pago de las fincas arrendadas y que fueron adjudicadas a sus nuevos propietarios.

        ¿Por qué estos arrendatarios no acudieron a las subastas y si lo hicieron no consiguieron hacerse con la propiedad, especialmente en el lote adjudicado a Manuel de la Riva? La explicación quizá se encuentre en el hecho del difícil momento que atravesaba la economía y en la imposibilidad para los arrendatarios de hacer frente a los pagos. Estamos hablando de unos años en los que la situación económica en los pueblos como Morata -que en 1860 contaba con 2.475 habitantes- no era excesivamente boyante. Si hemos de hacer caso a las cuentas municipales como indicador de la economía local los datos de 1867 son muy explícitos: en un presupuesto municipal que preveía unos gastos de 5.642,916 escudos sólo se ingresaron 2.621,441, lo que produjo un déficit de 3.021,475 escudos que se hubieron de financiar con recargos extraordinarios en los consumos. Mucho peor fue el ejercicio siguiente: se produjo un déficit municipal de 4.800,339 escudos consecuencia de unos gastos de 1.987,800 escudos y sólo 187,441 escudos de ingresos. Estos resultados en las cuentas municipales de Morata obligaron a recurrir nuevamente a los recargos extraordinarios en los consumos y en la contribución.

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