Descenso de población en la villa

        Sólo unos años después del cuestionario del cardenal Lorenzana, el conde de Floridablanca ordena ejecutar un nuevo censo nacional. El Censo de Floridablanca, por primera vez, no tiene un interés meramente recaudatorio para la Corona. Se trata de conocer a fondo la distribución de la población española como punto de partida para las reformas que intentan los ilustrados de la época. Por este motivo, las instrucciones son claras para los encargados de realizar el censo: no se anotarán datos personales de los vecinos para evitar que el temor a las contribuciones o levas de soldados distorsionen las estadísticas.

        Con este punto de partida, el Censo de Floridablanca es considerado por los especialistas en demografía como uno de los más fieles a la realidad española de la época y, en ese sentido, también tiene un valor importante a la hora de analizar los datos referentes a la villa de Morata.

        El proceso de elaboración del censo se inició a partir de la orden del intendente de cada provincia o, dicho con mayor propiedad, intendencia (unidades administrativas creadas en el reinado de Fernando VI y definitivamente acotadas en sus límites con Carlos III). En el caso de Morata es la intendencia de Toledo, a través del corregimiento de Ocaña, la que envía al alcalde ordinario de la villa, en esos años Fernando Flores, el impreso correspondiente. En la toma de datos de cada villa intervenían los dos alcaldes ordinarios, a veces el diputado del común, el cura o su teniente de cura y, naturalmente, el escribano en su función de dar fe pública del documento, tal como hacen los actuales notarios.

        En las anotaciones del Censo de Floridablanca se señala la existencia en Morata de los hospitales ya citados en otras ocasiones: el de Antonio López, con tres camas para los enfermos del pueblo, y dotado con un administrador y un hombre para cuidarlo; y el de la familia Vallejo, para transeúntes, sin ninguna cama, un administrador y un hombre a su cuidado que vive en las dependencias del hospital. Una vez más, antes de continuar, hay que recordar que el término hospital hay que tomarlo en su justa medida: en ningún caso es asimilable al concepto actual. En el período histórico en el que nos movemos, más bien se trata de casas de acogida para las familias pobres que tienen algunos bienes y rentas destinadas a sufragar los gastos ocasionados. Por lo tanto, no es de extrañar que si en el primero, destinado a los vecinos de Morata, existen tres camas y médico asignado, el de transeúntes simplemente ejerce las funciones de refugio para los mendigos que llegan a la villa de paso.

        En este Censo de Floridablanca aparecen citadas las cuevas, nada menos que 150, lo que denota la existencia de una población abocada a vivir en esas infraviviendas. No más positiva es la referencia a las calles de la villa que aunque llanas están sin empedrar. La definición de los caminos de acceso a Morata es tajante: malos, una situación común a todo el país y que se extenderá en el tiempo hasta muy avanzado el siglo XIX.

        En la declaración censal de Morata, firmada por el alcalde ordinario, Fernando Flores, el cura propio, Xavier Fominaya, y el escribano, Fernando Oliva, se menciona la producción de cereal, vino y legumbres, así como la cría de especies de caza menor en corrales. También aparecen como medios de vida la cría y pastoreo de ganado lanar y vacuno.

        Por último, las cifras relativas a la población, objetivo final de todo censo, apuntan los siguientes datos:

        Curas, 1; beneficiados, 4; sacristanes, 2; órdenes menores, 3; hidalgos, 20; abogados, 1; escribanos, 1;estudiantes, 3; labradores, 50; jornaleros, 120; empleados con sueldo del rey, 1; con fuero militar, 2. Esta relación de estratos sociales, profesiones y oficios se completa con un dato con el que contamos por primera vez, el número de habitantes y no ya de vecinos: el 21 de mayo de 1787 Morata cuenta con 1.057 habitantes.

Descenso de población

        La comparación de estos últimos datos con los del Catastro de Ensenada permiten acercarnos, con su interpretación, a la evolución de Morata en el período de tiempo comprendido entre 1752 y 1787. En estos treinta y cinco años, en los que se produce la transición entre el reinado de Fernando VI y el de Carlos III, se advierte un importante descenso de población: sólo así se puede explicar que los 296 vecinos que se registran en el Catastro de Ensenada pasen, en los mencionados treinta y cinco años, a convertirse en poco más de 200. Sorprende, por otra parte, que en los datos que se aportan en las respuestas al Cuestionario del cardenal Lorenzana que se ordenó elaborar en 1782, pero cuyas respuestas en el caso de Morata corresponden a 1786, se mencione la cifra de 400 vecinos, anormalmente alta cuando sólo un año después los vecinos censados superan por muy poco la mencionada cifra de 200. La explicación a estas cifras tan discordantes tal vez haya que buscarla en el hecho de que al censo se le adjudica interés recaudatorio, que no tenía en principio, mientras que en el Cuestionario de Lorenzana la utilidad de las respuestas tenía un carácter más informativo que hacendístico.

        Pero, aun desechando la validez de la comparación entre el resultado del Cuestionario de Lorenzana y el Censo de Floridablanca, no se puede obviar el descenso de población acusado por la diferencia entre este último censo y el del Catastro de Ensenada. ¿Qué circunstancias influyeron para que Morata pasara de los 296 vecinos de 1752 a los poco más de 200 de 1787?

        El análisis del sector de la población encuadrado en los apartados de jornaleros y familias pobres, que suman en total 200 vecinos en 1752, tal vez nos dé la respuesta cuando lo comparamos con los 120 jornaleros que únicamente aparecen en 1787: la deducción es que el origen del descenso de población hay que buscarlo en esta diferencia de 80 familias menos en el sector correspondiente a los jornaleros y pobres, tal vez obligados a emigrar en busca de mejores condiciones de vida durante el período de tiempo analizado. Por otra parte, resulta significativo que justo en el otro sector de la sociedad morateña, en el estamento nobiliario, en este mismo período en el que se produce un descenso en el número de jornaleros, hay un incremento importante, al menos en términos relativos: los 16 nobles o hidalgos de 1752 se convierten en 20 treinta y cinco años después (Un 25 por ciento de incremento).

        En definitiva, no es aventurado afirmar que el descenso de población pudo deberse, como en tantas otras ocasiones, a una combinación de factores tan variados como el régimen de propiedad de la tierra (acaparada en unas pocas manos) que obligaría a buscar nuevos horizontes en la cercana corte a la mano de obra excedente junto con otras variables como las malas cosechas e incluso las epidemias (Ya hemos referido la de fiebres terciarias que se produjo en 1766).

        Por otra parte, no hay que olvidar que estamos tratando de un período histórico en el que se producen alzas de precios en los productos básicos. La consecuencia directa de estas subidas son los motines de subsistencias y, en algunos casos, la ruina de los pequeños agricultores propietarios cuya cifra continúa descendiendo e indirectamente afectando a la población total de villas como Morata. Cierto es que las consecuencias de estos movimientos alcistas en los precios de los cereales se trataba de paliar con la función reguladora de los pósitos pero, al mismo tiempo, no es menos verdad que estas instituciones, controladas por las clases más pudientes, no siempre cumplieron su función originaria.

        Y es que eran los grandes propietarios quienes dominaban el pósito, el municipio y con ello todo el movimiento económico. Su influencia les permitía fijar a su conveniencia el precio de los jornales cuando había oferta de trabajo superior a la demanda y dejándolos en libertad cuando la demanda superaba a la oferta de trabajo.

        El control señorial del concejo, del pósito, la justicia en primera instancia y la beneficencia municipal ciertamente no ayudaba a las clases más bajas pero tampoco significaba mayores beneficios para la casa de Altamira. Pensemos que, como poseedor en muchos casos de los derechos de alcabala, y en esa situación se encontraba Morata, donde el marqués de Altamira percibía el 1 por ciento de este impuesto, además de los derechos de medidor, sacador y cargador, lógicamente le interesaba una villa próspera y pujante en la que las relaciones comerciales generaran transacciones a las que aplicar la alcabala y el resto de tasas públicas enajenadas.

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