Último levantamiento republicano del siglo XIX

Morata y sus calles, escenario del sueño republicano de Villacampa

El 19 de septiembre de 1886 tropas del regimiento de infantería de Garellano y del de caballería de Albuera, acuarteladas en el cuartel de San Gil (situado en lo que hoy es el entorno de la plaza de España en Madrid) y a las que se unieron algunos paisanos de ideas antimonárquicas, protagonizaron el último levantamiento republicano del siglo XIX. Fracasada la asonada, en su huída, un grupo de los sublevados se presentó en Morata. Perseguidos por el regimiento de húsares de La Princesa, los soldados republicanos se emboscaron en calles y casas, lo que provocó un enfrentamiento entre los dos bandos en medio de la sorpresa y, suponemos, que el temor de los morateños. La prensa de la época relató estos sucesos de los que, al parecer, no existe más constancia gráfica que el recorte de prensa del periódico francés que trataba de reproducir las escaramuzas y enfrentamientos que tuvieron como testigos a las calles de Morata.

Aunque aquí lo que más nos interesa es ese intervalo de al menos dos o tres horas en que los dos bandos se enfrentaron en Morata, también es conveniente conocer cómo se desarrollaron los acontecimientos en las horas previas, entre las diez y las doce de la noche del domingo 19 de septiembre de 1886,  cuando se inició la revuelta.

 

 

Los periódicos, principalmente fuente de información de este texto, se hicieron amplio eco de los enfrentamientos entre los sublevados y las tropas que fieles al gobierno a partir del 20 de septiembre. Aunque las cifras varían según las fuentes, al parecer las fuerzas sublevadas no llegaron a superar los 300 elementos, entre soldados de infantería, de caballería y los paisanos que se les unieron. Y eso a pesar de que en los preparativos, los cabecillas militares contaran con que, al menos, se les unieran diez guarniciones de Madrid y de los alrededores (Alcalá de Henares, Carabanchel, Vicálvaro, … junto a  otros regimientos de La Coruña, el Ferrol y Jaca.

En los contactos previos, los promotores, encabezados por el pertinaz político republicano Ruiz Zorrilla, exiliado en Paris, y el Brigadier Villacampa, se reunían en una sastrería de la calle Preciados, con asistencia de militares como el general Ferrer, exalcalde de Madrid, y un joven y todavía semidesconocido Alejandro Lerroux. El plan inicial preveía la toma del Ministerio de la Gobernación, la insurrección de los regimientos de Albuera y Garellano y Docks, la intervención de milicias civiles y la participación de dos regimientos de Alcalá de Henares.

Sin embargo, la falta de coordinación y la marcha atrás de algunos de los implicados condenó al fracaso el levantamiento casi desde el comienzo de las acciones previstas. Los militares del Garellano y el Albuera, junto con los paisanos que se les unieron,  recorrieron las calles del centro de  Madrid  desde San Gil hasta las inmediaciones de Atocha, ante la sorpresa y el miedo de la población civil. Su objetivo, las estaciones de Mediodía y Delicias. En su camino, iniciado alrededor de las diez de las noche del domingo 19 de septiembre,  se produjeron enfrentamientos y disparos que provocaron los primeros muertos y heridos, entre ellos el brigadier Velarde y el Conde de Mirasol, ambos pertenecientes a las tropas que trataban de detener a los republicanos; estos intentaron a su vez pero en vano, que los artilleros del cuartel de los Docks se unieran a ellos.

Los militares pronunciados llegan a Morata

Los soldados insurgentes, que pronto se supo estaban al mando del brigadier Villacampa, se dispersaron en varios grupos hostigados por las tropas leales al gobierno de Sagasta. Una parte de ellos, que había tomado la estación de Mediodía, se dirigió en tren hasta Alcalá de Henares,   pero hubieron de volver hasta Madrid, ante la falta de apoyos en la ciudad complutense. Otros grupos de militares sublevados, hostigados por las tropas del general Pavía, el máximo responsable de controlar la revuelta, se dirigieron a los pueblos de Vallecas y desde allí a Vicálvaro, en aquellos año un pueblo cercano a Madrid. Desde Vicálvaro  se informó que los soldados republicanos, a caballo y a pie, y siguiendo la línea férrea, se dirigían hacia Arganda. Sin llegar a entrar en el pueblo vecino,  alrededor de 40 soldados  y paisanos llegaron a Morata, según el periódico El Liberal, al mando de un comandante de la Guardia Civil que se había unido a ellos (Más adelante veremos que fue un número superior las tropas que llegaron a Morata).

La sorpresa ante la llegada de tropas armadas al pueblo, -pensemos en una tranquila villa agrícola como Morata, en plena vendimia y seguramente ajena a los sucesos acaecidos la noche anterior en Madrid- provocó, en primera instancia, una cierta exageración por parte de las autoridades que dieron cuenta de los altercados, según se informa en  El Imparcial del 21 de septiembre. A través del Ayuntamiento de Arganda, alertado por el comandante de puesto de Morata, se envía a la capital una primera información sobre lo que estaba ocurriendo en el pueblo:

Regresando del servicio a las once [del día 20 de septiembre] me encontré un guarda de consumos de aquel pueblo, el cual dice que hay más de 200 o 300 caballos y tropa, los cuales han sostenido por espacio de media hora fuego dentro y fuera de la población con las fuerzas leales que llegaron a dicho punto.

Entre aquellos iban un jefe de la guardia civil, un capitán del ejército y varios paisanos con espadas de oficiales.

No entré en dicho pueblo por no exponerme a caer con los dos guardias en poder de los sublevados. Los dos guardias que tengo en el puesto están en Chinchón.

Como se pondrá de manifiesto en los días siguientes, ni eran 200 o 300 los soldados y civiles armados que llegaron a Morata ni tampoco los 40 de los que hablaba El Liberal. Tampoco, si hacemos caso a lo publicado en días sucesivos,  el enfrentamiento con las tropas del gobierno se dilucidó en una escasa media hora.

La Correspondencia de España, en su edición de la tarde, del día 21, ya aporta datos más concretos, y ciertos, y  recoge el telegrama remitido por el comandante de la guardia civil del puesto de Morata en el que informa que:

“Acabo de llegar a las dos y media de la tarde. El pueblo está ocupado por fuerzas del regimiento de caballería de la Reina Cristina, y los sublevados han sido dispersados, habiendo quedado en esta [población ]algunos heridos y 36 prisioneros de infantería y 2 de caballería. Los sublevados han tomado el camino de Villarejo y los persiguen fuerzas de la Princesa [húsares]. En este pueblo hay tranquilidad completa.

De esta información se deduce que si en Morata se hicieron 38 prisioneros, cifra en la que coinciden varios periódicos, la mayoría de ellos de infantería, y una parte importante siguió su huída hacía los pueblos vecinos, sobre todo soldados del regimiento de caballería, es evidente que  inicialmente en Morata debieron de presentarse alrededor del centenar de sublevados republicanos.

En la edición de Madrid del diario La Epoca,  y también en la edición de la noche del periódico El Día, en su sección de últimas noticias sobre la sedición militar, incluyen un telegrama del alcalde de Morata, ya con datos más exactos, ahora sí, sobre la hora de la llegada de los militares al municipio:

En la mañana de hoy, y hora diez de la misma, llegaron varios ginetes [sic] y algunos infantes de los sublevados y se parapetaron en la entrada del pueblo, haciendo fuego a la fuerza de caballería que venía en su persecución.

Despues de media hora de fuego, la fuerza fiel al mando del brigadier Sr. Obregón, se apoderó del pueblo, haciendo prisionera a la fuerza de infantería compuesta de 39 hombres, con armamento la mayor parte de ellos.

Las fuerzas del brigadier Obregón se componían de húsares de la Princesa, cazadores de María Cristina y lanceros de la reina.

Las fuerzas sublevadas se dice son del regimiento de caballería de Albuera y de infantería de Garellano.

Hay que lamentar algunos heridos de las tropas leales. Entre ellos un comandante y un teniente. Hay también varios caballos heridos. Los sublevados salieron con dirección a Perales de Tajuña, y en su persecución la fuerza de húsares de la Princesa y la oficialidad del regimiento de cazadores de Albuera, con su coronel a la cabeza, quedando en este pueblo hasta nueva orden la fuerza de María Cristina y de la Reina.

El alcalde, Benigno Díaz.

La información del alcalde, que evidentemente manejaría datos más fidedignos y cercanos, confirma la detención de 39 hombres, uno más  que la cifra aportada por La Correspondencia de España. A esta cifra habría que añadir, además de los paisanos- los de caballería que, lógicamente, tuvieron más oportunidades a la hora de escapar de las fuerzas perseguidoras integradas por los húsares de la Princesa, y que acercaría efectivamente al centenar el número total de soldados y paisanos prorrepublicanos que lucharon en las calles de Morata. De hecho, según  La Iberia, tras la acción de Morata, fueron detenidos 49 soldados a caballo en Aranjuez  y Ocaña que, lógicamente, previamente habrían luchado en Morata. Estas cifras referidas a la caballería, cuarenta y nueve, coinciden casi exactamente con los cincuenta soldados de caballería los que se refiere La Correspondencia de España en la edición del 23 de septiembre.  Queda por dilucidar cuanto tiempo duró el enfrentamiento, ¿la media hora a la que se refiere el alcalde Morata, o algo más?

¿Cúanto duraron los enfrentamientos?

Benigno Díaz, alcalde de Morata, y otras fuentes, en efecto hablan de media hora de combates  y disparos, pero, al mismo tiempo, otros testigos e informaciones señalan que los soldados rebeldes ocuparon varias casas del pueblo, lo que hace imposible que en una escasa media hora se lograra acabar con las hostilidades y reducir a los republicanos. Además, se afirma que los soldados de caballería se dirigieron hacia Colmenar, adonde llegaron a las tres de la tarde. Si los combates hubieran terminado a las diez y media de la mañana, son cuatro horas y media: demasiado tiempo para cubrir la distancia entre Colmenar y Morata, aunque para salvarla Villacampa y sus hombres no siguieran una línea recta, como confirma La Época,  que señala que el brigadier se dirigió por la carretera de Perales hasta el Congosto y desde aquí, por Valdelaguna, hasta Colmenar. El  alcalde de este pueblo confirmó la llegada de la caballería de los soldados republicanos a las tres de la tarde  y que  inmediatamente han emprendido la marcha en dirección a Aranjuez, como huyendo; todo lo cual hace creer que sean sublevados, y por lo que se dice, igualmente, en sentido republicano. Tenían según mis informes, intención de tomar dinero del pueblo, y quizás raciones, como ha sucedido en el inmediato de Valdelaguna.

Aunque, efectivamente,  es difícil calcular el tiempo que les costaría llegar desde Morata a Colmenar, parece lógico que la refriega de Morata duraría más de media hora.

En la edición del 23 de septiembre de El Imparcial se dan más pormenores de los combates librados en las calles de Morata. Este es el relato del periódico que reproduce el testimonio del comandante García Peña, jefe de las tropas que perseguían a Villacampa y sus hombres:

… después de haber las fuerzas leales pasado el Puente de Arganda supuse que los sublevados marchaban en dirección a Morata de Tajuña. Allí fueron alcanzados por el brigadier Obregón. Los rebeldes, parapetados en las casas del mencionado pueblo, hicieron nutrido y certero fuego sobre un escuadrón que iba en la vanguardia y que esperó si avanzar o  la llegada de los restantes que componían la fuerza perseguidora. Los escuadrones, después de haberse reunido, cargaron en columna, consiguiendo atravesar la población y ganado completamente las alturas. Esta operación se verificó en medio de las descargas que desde las casas hacían los rebeldes.

Viéndose comprometida la fuerza sublevada de Albuera, abandonó el pueblo en precipitada fuga. Entre tanto, la infantería de Garellano, que estaba en posesión de la mitad de Morata de Tajuña, se defendía desesperadamente.

Conseguido el acordonamiento de la población, las fuerzas leales procedieron a un escrupuloso reconocimiento que dio como resultado la captura de 35 hombres de Arellano, entre ellos un sargento segundo y varios cabos. También fue detenida una pareja de Albuera.En este encuentro resultaron heridos gravemente un comandante, que recibió dos balazos, un teniente y dos húsares, tres húsares recibieron contusiones, siendo además heridos once caballos.

Los húsares permanecieron en Morata hasta las tres de la tarde, en cuya hora continuaron su marcha hacia Colmenar viejo [de Oreja] donde pernoctaron, después de haber hecho entrega de los prisioneros a cien caballos [soldados de caballería] de la reina e igual número de María Cristina.

Según este relato, una avanzada con el brigadier Obregón al frente persigue a Villacampa y se enfrenta a los primeros disparos desde los soldados emboscados en las casas de Morata, espera al resto de tropas perseguidoras, realiza una carga para atravesar Morata y ganar las alturas, la caballería del regimiento de Garellano abandona el pueblo,  protegida por los disparos de la infantería de Albuera, y finalmente la situación se pacifica definitivamente pero después de registrar las casas del pueblo donde había soldados emboscados. Demasiadas acciones para una escasa media hora de refriegas.

En torno a la salida del brigadier Villacampa de Morata, protegido por los soldados de infantería que le apoyaron en el levantamiento, hay versiones contradictorias, consustanciales, por otra parte, a un enfrentamiento entre tropas de ideología republicana y las tropas leales al gobierno de la Restauración. Y estas ideologías se trasladaron, en ese momento, a los periódicos que informaron de los sucesos de Morata.

El Día 23 La Iberia, periódico progresista pero contrario a Ruiz Zorrilla, ideólogo en la distancia de la sublevación, y en el que tenía intereses Ignacio  Rojo, abogado y senador nacido en Morata, apunta, no sin cierta malicia, que por personas respetables y dignas de crédito que hoy han llegado a Madrid, procedentes de Morata de Tajuña, se sabe que el brigadier Villacampa aconsejó a los sublevados que le siguen que se situasen en un ribazo para esperar el ataque de las tropas leales mientras él se dirigía por el opuesto lado del pueblo a dar una carga por la retaguardia de las fuerzas del gobierno.

Obedecieron los sublevados y el brigadier Villacampa aprovechó bonitamente la coyuntura para escapar a uña de caballo, dejando a su gente abandonada.

Esta misma versión la corrobora La Correspondencia de España, también el día 23, que publica nuevos datos:

Un testigo ocular del último hecho de armas llevado a cabo en Morata de Tajuña, contra los sublevados, por dos escuadrones del regimiento de caballería de húsares de la Princesa, nos ha referido los siguientes detalles:

Los sediciosos, en número de cincuenta soldados de caballería y unos treinta de infantería, abandonaron el pueblo a la sazón en el que se presenta la fuerza de húsares, mandada por el comandante Sr. García Peña.

Los sublevados hicieron alto entonces y se dispusieron a la defensa. Su jefe dispuso que los infantes que iban a la grupa de los caballos echasen pie a tierra y se emboscasen al lado del camino con la orden de hacer fuego contra los húsares cuando al salir del pueblo se hallasen al alcance de sus tiros, y con objeto, según su jefe les manifestó, de que mientras los húsares rechazaban el ataque de los infantes pudiesen los sublevados de caballería correrse por su flanco, cerca del pueblo y atacar a los húsares por retaguardia.

Efectivamente, los soldados de infantería cumplieron la orden; a la llegada de los húsares les hicieron una descarga a boca de jarro, de la cual cayo herido, con un balazo en el costado izquierdo, debajo del corazón, y otro en un dedo, el comandante señor Azlor, el teniente Carrasco y tres soldados.

En tanto que esto sucedía, los sediciosos de caballería, con su jefe a la cabeza, completaban la operación, huyendo a galope y cobardemente, protegidos por el combate que con las fuerzas leales sostenían sus engañados compañeros.

La detención de Villacampa

La llegada a Morata de los soldados de infantería a la grupa de los caballos de  los soldados de caballería, versión que también recoge La Época, sin duda atendiendo a una orden de Villacampa, para intentar llegar a Noblejas tras cruzar el Tajo, desmiente que el brigadier rebelde se despreocupara de sus subordinados del arma de infantería en su intento de escapar de sus perseguidores, y de hecho, para los republicanos españoles siempre fue considerado como un héroe, y así lo demostraron cuando iniciaron una campaña para evitar su fusilamiento.

Pero antes de esta campaña en su favor, Villacampa consiguió en efecto llegar a Noblejas. En el momento de su detención, por parte del general Moreno del Villar, Villacampa, herido y magullado tras una caída del caballo en el enfrentamiento de Morata, preguntó si había orden de fusilarlo en el acto y fue contestado por su captor que le dijo: Yo no tengo más ordenes que la de presentar a Ud. al gobierno de la reina.

Un periodista de La Época describe a Villacampa, en el momento de su detención y dice que representa de cincuenta a cincuenta y cinco años; es de estatura mediana; tiene bigote muy poblado y la barba, entrecana y fuerte, la lleva algo crecida (…). Al andar cojea bastante del pie derecho, y se apoya en un bastón blanco con puño de hierro. La ropa la lleva bastante estropeada,  y la camisa de cuello bajo muy sucia.

Un mes después de la asonada, el diario francés Le Matín entrevista a uno de los rebeldes que acompañaron a Villacampa en el levantamiento republicano. Sin dar el nombre, por razones de seguridad, el diario El Siglo Futuro reproduce las palabras del republicano que asegura que el brigadier Villacampa preparó la insurrección desde el mes de junio. Tras asegurar que en los preparativos había un total de diez regimientos que comprometieron su participación, el anónimo informante aseguró al periódico francés que el grueso de los rebeldes, entre 200 y 300 militares y 600 paisanos, se concentraron en los alrededores de la estación de Mediodía. Desde aquí Villacampa ordeno a la caballería desplazarse a Alcalá, siguiendo los raíles, para intentar sumar nuevas fuerzas en los cuarteles, mientras que la infantería se subió a un tren que se dirigió también a la ciudad complutense. Las fuerzas que les esperaban en Alcalá y la rotura intencionada de los raíles obligó a los insurgentes a volver hacia Madrid donde también las fuerzas monárquicas les esperaban. En ese momento, siempre según el relato de anónimo participante en la revuelta, Villacampa comprendió que la única salida era la huida a Portugal, -al igual que hizo el genral Prin en otro levantamiento republicano anterior-, atravesando el puente del Tajo en la zona de Noblejas.

Nunca en las palabras de este civil comprometido con la intentona republicana aparece el más mínimo reproche a Villacampa. El informante continúa su relato: el martes por la mañana llegamos, en fin, a Morata de Tajuña en donde, por primera vez, pudimos comer. Pero al mediodía oímos llegar a lo lejos a los húsares de Pavía. Empeñose vivo combate entre la infantería, emboscada en las casas, y los húsares, que fueron derrotados después de haber perdido dos oficiales superiores, muchos soldados y diez caballos muertos. [Este testimonio corrobora que los  enfrentamientos en Morata duraron mas de la media hora que aseguraron algunos testigos].

Según este testigo, que al final de la entrevista confiesa que es paisano y no militar, sólo 10 sargentos, dos capitanes y un comandante, director del periódico La Correspondencia Militar, además de tres paisanos, lograron el propósito de salir de España.

El Heraldo de Madrid relata el 16 abril de 1932, más de cuarenta y cinco años después de los hechos,  las experiencias de otro sublevado republicano, Pablo Andarías, ayudante de Villacampa durante los hechos de septiembre de 1886. Andarías relata así sus recuerdos de la llegada a Morata de las tropas de Villacampa:

Al llegar a este pueblo mi general me pidió agua que yo trate de llevarle en un botijo que cogí de la primera casa en que pude entrar. Pero al salir me encontré con el teniente  González, del Garellano, que me dijo: “no salgas. Tu caballo se ha ido con los otros y mira las fuerzas que llega”n.

Tras las detenciones, los oficiales responsables del levantamiento fueron condenados a muerte, mientras que la cadena perpetua se aplicó a la clase de tropa implicada. Naturalmente, Villacampa también fue condenado a la pena capital. Sin embargo, un indulto de última hora, poco antes de que se ejecutaran las sentencias, salvó a los sublevados del pelotón de fusilamiento pero no de su condena en penales de Ceuta y Melilla, lo más duros del sistema penitenciario español. Unos años después, sucesivas amnistías permitió que la mayoría de los implicados saliera en libertad.  En el caso de Villacampa, confinado en la colonia de Fernando Poo,  también se le conmutó la pena de muerte, según algunas fuentes tras las presiones del presidente Sagasta, compañero de logia masónica del brigadier.

Las consecuencias del combate en Morata

En La Iberia, que ya comentamos  responsabilizó a Ruiz Zorrilla de estar detrás del levantamiento republicano, días después del pronunciamiento se hacían esta reflexión:

Ferrándiz, Bellés, Bartual, el sargento de Albuera recientemente muerto en Morata … ninguno de esos alucinados por el señor Ruiz Zorrilla, que han pagado con su vida su locura, se levantará de su tumba para decirle: ¿cómo te atreves a negar que fuiste tú el que me impulsó con dádivas y promesas a faltar al juramento prestado y a rebelarme contra los poderes legalmente constituidos?

En Morata, según la edición de El Liberal del día 22 además del comandante Azlor  y del teniente Carrasco, gravemente herido, resultó con fractura de un brazo, el teniente Poderoso, a consecuencia de una caída del caballo. La Correspondencia, por su parte,  informaba que el teniente Carrasco, herido de bala en un brazo fue trasladado de Morata a Arganda y desde allí, en un tren especial, a Madrid.

La Iberia, el 24 de septiembre, informa que el comandante del regimiento de húsares de la Princesa, Sr. Azlor continúa en Morata de Tajuña, más aliviado de su grave herida.

 

Por fin, el periódico El País, el 21 de septiembre de 1888, segundo aniversario del levantamiento, recuerda la muerte en los combates de Morata del sargento Pérez, de ideales republicanos.

Estas son las únicas referencias de los periódicos de la época  sobre las bajas que se produjeron en los enfrentamientos de Morata. Un muerto, el sargento Pérez del regimiento de Albuera y varios heridos, todos ellos integrados en las filas leales al gobierno. La muerte del sargento Pérez, sin embargo, no tiene reflejo documental en el Registro Civil de Morata, por lo que es imposible constatar si además de esta muerte, reflejada en los periódicos de la época, hubo otras víctimas mortales, aparte de los heridos, en los enfrentamientos de Morata. Sí que es seguro que quienes vivieran esas horas de tiroteos y registros casa por casa seguramente no olvidarían fácilmente este episodio de la historia de España.