La Pereza


Tenía nueve años cuando en mi casa estaban haciendo los preparativos para mi primera comunión. Yo esperaba con entusiasmo el ansiado día, a la vez que con cierto temor, debido a la trascendencia que le daban a ese acontecimiento las personas que me preparaban para esa ceremonia. Mi padre era empleado del Ferrocarril del Pacífico y, aunque no éramos una familia adinerada, su empleo nos permitía vivir decorosamente. En la habitación de mis padres, encima de un escaparate, había tres botellas de vino "Moscatel", que mi padre había comprado para cuando regresáramos de la misa, en la que yo recibiría por primera vez la comunión.


Recuerdo que, cuando entraba   a   la  habitación de mis padres, miraba con curiosidad   esas   atractivas botellas que había sobre la cómoda y me llamaba la atención su color, el líquido rojizo que contenían,  y  los   elaborados sellos que las adornaban. Esperaba con ansias el día en que fueran  destapadas  para   saborear su contenido, e intuía que debía de ser muy agradable.

 

El día de la ceremonia todo transcurrió muy bien y recuerdo la feliz sensación espiritual de aquellos momentos místicos. Cuando llegamos a casa, repentinamente mi mente se concentró en las dichosas botellas de "Moscatel". Angélica, mi tía materna, fue llenando una por una las copas previamente dispuestas sobre la mesa y luego los niños hicimos una fila para recibirlas. Aún recuerdo la excitante sensación del sabor y el olor, al escanciar aquella copa, seguida de un delicioso rubor en mis mejillas. Esto sucedió en los lejanos días de mi niñez, sin que yo advirtiera que ese era el preludio de mi carrera alcohólica.

Fui una niña muy tímida, retraída y acomplejada. Antes de desarrollarse en mí el alcoholismo, ya defectos de carácter como la envidia, la pereza y la gula me asediaban. Por supuesto yo no era muy consciente de ello y sólo ahora, 50 años después, al hacer mis inventarios, puedo deducir que estos defectos, adobados con alcohol, fueron los que hicieron desdichada mi existencia.

 

Mi padre consiguió un empleo en Barbosa-Antioquia y yo me gradué como auxiliar de contabilidad en una escuela de comercio en Medellín y conseguí mi primer empleo como asistente de un contador en una empresa de la ciudad. Me sentía realizada y ayudaba al sostén de mi familia. Sin embargo la vida social que se acostumbraba en esa compañía, multiplicó las oportunidades de ingerir licor y comenzaron las dificultades para desempeñar mi trabajo, cuando llegaba enguayabada a trabajar.

 

La timidez de mi niñez y adolescencia, afloraron en mi, en grado superlativo; a veces era agresiva en mis respuestas y me costaba trabajo someterme a la autoridad de mi jefe inmediato. Estas características, en el desempeño de mi trabajo como auxiliar contable, hicieron pesada mi vida laboral. El miedo a que mi trabajo fuera deficiente, el deseo de perfección, la prisa y la ansiedad, hacían que mi labor fuera una carga y le fui tomando una pereza extrema a la única cosa que yo sabía hacer: la práctica contable. Comencé a dejarlo todo para después y comenzaba las tareas a última hora, cuando ya no disponía de tiempo para ejecutarlas. Luego cambié de empleo y conocí al hombre con quien contraje matrimonio. Ya casada, trabajé tres años más y luego tuvimos dos hijos. Dejé mi empleo, a pesar de que mi esposo ganaba poco dinero y de que en la empresa me insistieron para que me quedara trabajando; más adelante descubrí que la principal razón para dejar mi empleo había sido la pereza, aunque yo aduje que necesitaba dedicarme a mis hijos y a mi hogar. La pereza que me había acompañado en mis estudios y en las labores del hogar, afloraba ahora agravada por el malestar de las resacas producidas por el alcohol.

 

En esta etapa de mi vida, como ama de casa, continué bebiendo con mis amigas y a veces lo hacía a solas, mientras hacía las labores hogareñas. Hubo muchas escenas desagradables cuando miesposo regresaba del taller y me encontraba dormida o cuando yo había descuidado a los niños a la llegada del colegio. Yo me aprovechaba de la ayuda de mi madre para el cuidado de los niños y mi desidia para atender las labores domésticas me ocasionaba remordimientos, vergüenza, discusiones acaloradas con mi esposo y reproches de mi familia.

 

Un tío que vino de Cúcuta me pasó el mensaje de A A y, para mi fortuna, rápidamente acepté con facilidad que era enferma alcohólica. Ya en Alcohólicos Anónimos, con la ayuda de los Doce Pasos y de la oración, mi vida mejoró, y al comenzar mi Paso Cuatro fui detectando todos esos defectos que, fuera de mi alcoholismo, me atormentaron desde mi niñez.

 

En esta ocasión quiero referirme a la pereza. Defectos como la ira o la lujuria parecen recibir más atención que otros como la gula o la pereza, de los que poco se habla en las reuniones. Recuerdo que desde mi niñez, tenía miedo al fracaso; este miedo no me permitía emprender algo. Por ejemplo: si debía hacer un dibujo para la tarea de la escuela, me demoraba para hacerlo por temor a que no fuera del agrado del maestro. Otro ejemplo: temía consultar a mis profesores o superiores por te­mor a que se burlaran de mí o por temor a que mis preguntas pare­cieran ridículas. He descubierto que el ego jugaba un papel pre­ponderante en estas conductas; yo era hipersensible y el temor al rechazo o al fracaso hizo de mí una niña inactiva y, por lo tanto perezosa.

 

Aún dentro del programa de AA, la pereza fue uno de los defec­tos que más me atormentaron, hasta que hube de enfrentarlo y me decidí a verlo con el fanal de Cuarto Paso. Al hacer mis in­ventarios, comencé a recordar todas aquellas tardes en que me tiraba a dormir horas enteras; como había descuidado mis obli­gaciones con mi esposo y con mis hijos; fui consciente de que el temor a enfrentar mis tareas profesionales me habían vuelto una perezosa y, por ende, había perdido oportunidades de tener una mejor posición económica. Otro aspecto de mi autoengaño era este: como había dejado de beber, me creía merecedora de las atenciones de mi esposo y suponía que él debía tolerar mi mal genio y mi flojera. Esto hi­zo que él se volviera malgenia­do y huraño conmigo, lo cual me producía un terrible miedo a perderlo. Pero yo nada hacía para remediar la situación.

 

En cierta ocasión, leyendo el Cuarto Paso, una frase del tex­to prendió las alarmas: "Holga­zaneamos, y tratamos de dejarlo todo para el día de mañana, o, si trabajamos, lo hacemos de mala gana y a medias" Ese era mi caso. Siempre había encon­trado el pretexto ideal para no "comenzar ya". En mi época de colegio, en mi trabajo, en mi hogar; esta había sido la cons­tante; dejar todo para después. Al releer los pasos del cuatro al seis, todo se me hizo claro. Por supuesto que yo había sufrido con todos los defectos y de mu­chos había sido consciente; pe­ro nunca consideré haber sido una perezosa.

 

Tengo claro que no hay defec­tos aislados, casi siempre se en­tremezclan unos con otros y to­dos van arropados con el manto del ego. Cuántas veces invoqué mi derecho al descanso, cuan­do en realidad lo que tenía era miedo a emprender algo. Cuan­tas veces fui negligente en mi trabajo, esperando que otros lo hicieran. Otra de las variables de la pereza era cuando me dedica­ba a ayudar a otros en sus ta­reas, mientras obligaciones la­borales se acumulaban.

 

Hoy en día, fuera de estar aleja­da de la bebida, he logrado, con la ayuda de los Pasos y de la ora­ción, ver en relieve en qué con­sisten mis defectos más relevan­tes. Una vez detectados he co­menzado aplicarles los princi­pios de programa para morigerar sus efectos perniciosos en mí.

 

¡Gracias a Dios! en la actuali­dad mi vida ha cambiado y tengo muy presente que para disfrutar los beneficios del programa, no sólo debo abstenerme de beber, sino también, hacer un trabajo persistente para liberarme de los impedimentos que me producen los defectos de carácter.

 

Carmenza 

Gigante, Huila.


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