6.2 Kant II

Vamos ahora a intentar responder a la segunda cuestión: la de la libertad, esto es, la de la moralidad.

Como decíamos anteriormente, la Razón Pura Teórica se ocupa de conocer cómo son las cosas; la Razón Pura Práctica se ocupará de cómo deberían ser, esto es, de cómo debe ser nuestra conducta. Pero a Kant no le interesa saber cuáles son los motivos que determinan nuestra conducta,  sino que le interesa saber CUÁLES DEBEN SER LOS PRINCIPIOS QUE, MORALMENTE, RIJAN NUESTRA CONDUCTA, saber qué es exigible moralmente al Hombre.

Para llegar a ello, Kant elaborará una crítica de los anteriores sistemas morales presentados por la tradición filosófica.

La Fundamentación de la Metafísica de las costumbres es una crítica de la moralidad tradicional[12] (básicamente cristiana) por ser dogmática: las éticas anteriores sólo han dicho lo que debíamos hacer sin haberse preguntado previamente qué se nos puede exigir moralmente hacer (de igual modo que los anteriores sistemas filosóficos habían dicho cómo era el mundo sin haberse preguntado previamente por los límites de la Razón Pura humana, que es la “encargada” de conocerlo… ). Pero, a la vez, Kant intentará proponer una nueva ética o moral fundamentada, esto es, una ética con preceptos cuya validez sea universal o trascendental porque proceden de lo que todos tenemos, racionalidad. Para eso tendremos que saber, en principio, cómo opera nuestra razón práctica; una vez conocido esto, podremos fijar la ley moral que oriente nuestras acciones para todos los casos y así poder decidir acerca de la moralidad o no de una acción humana.

“Ni en el mundo ni, en general, fuera de él es posible pensar nada que pueda ser considerado bueno sin restricción, excepto la buena voluntad. Así comienza Kant la reflexión en esta obra. ¿Qué es, entonces, la “buena voluntad”? Porque lo que aquí se dice es que NADA EN EL UNIVERSO ES O PUEDE SER BUENO, EXCEPTO LA VOLUNTAD. La pregunta, claro está, es la siguiente(que acabamos de formular):¿cómo puede la voluntad llegar a ser “buena”?

La voluntad es la facultad de desear (igual que la razón humana es la facultad de conocer). Aquello que naturalmente desea la voluntad es la felicidad, dice Kant. Así que volitivamente tendemos hacia la felicidad. Sin embargo, este fin no coincide exactamente con el fin de la razón. El fin o la finalidad de la Razón es hacer de la voluntad algo moralmente bueno en sí mismo. En el texto, Kant explica que la Naturaleza no nos puede haber “creado” con Razón sin que ésta sirva para algo. Ese algo para lo que sirve la Razón es para hacer de la voluntad algo bueno en sí mismo porque elige obrar en función de lo que ésta- la Razón- le dicta y no en función de sus apetitos naturales esclavos de  sus objetos de deseo. Por eso, la felicidad hacia la que tiende la voluntad será un fin condicionado al fin que la Razón tiene para con la voluntad. Primero, para ser hombres, obraremos en función de la Razón, que es lo que nos distingue de los animales: obraremos buscando realizar nuestra naturaleza racional; después, será posible plantearse la felicidad. Primero la justicia y el bien; después la felicidad.

Ahora bien, ¿cómo hacer de la voluntad que sea “buena” en lugar de “interesada”? (Entendemos que la voluntad es interesada cuando obra independientemente de los dictados de la razón, tendiendo naturalmente a su interés principal, la felicidad). 

Kant dice que la buena voluntad es aquella que genera acciones POR DEBER.[13] Esto significa que lo que hace buena o mala a una acción no es la acción misma, sino la intención con que dicha acción se realiza. Todas las éticas materiales anteriores consideraban que lo que hacía buena a la acción era la propia acción: buena si servía para alcanzar el fin, mala si se alejaba. Y es que todas las éticas materiales que anteriormente hemos estudiado, compartían una serie de características que, a juicio de Kant, las invalidaban con respecto a su pretensión de universalidad. Por eso había varias éticas a elegir, porque su propio formato impedía que cada una fuera universal. Las características de estas éticas eran las siguientes: 

Þ    Todas parten del supuesto de que existen cosas buenas para el Hombre, y de que existe un fin supremo al que podemos llegar: la felicidad.

Þ    Para alcanzar ese fin, contienen unas normas y mandatos que es preciso cumplir.

Þ    Consideran actos “buenos”moralmente a aquellos que nos acercan a conseguir ese fin, y actos “malos “moralmente a aquellos que nos alejan del mismo.

Por todo ello, Kant dice que eran éticas materiales, porque tienen “contenido”: nos dicen cuál es el fin , y nos dicen qué hay que hacer para conseguirlo. En el cap. II de la Fundamentación Kant rechaza este tipo de éticas porque presentan una serie de deficiencias que ahora vamos a ver. Precisamente por todas estas deficiencias el panorama histórico que nos ofrece la ética se asemeja mucho a aquél que nos ofrecía la historia de la filosofía: un campo de batalla lleno de cadáveres. ¿Cuáles son esas deficiencias?

·       Sus principios son empíricos, es decir, proceden de la experiencia, no son puros, no proceden de la Razón, por tanto, no pueden ser universales. La aceptación de los principios y del fin que propone una ética material depende de la experiencia de cada individuo, de tal manera que cualquiera puede discutir tanto los fines como los medios necesarios para conseguir esos fines.

·       La validez de estas éticas depende absolutamente de que los sujetos acepten el fin propuesto:”No bebas en exceso” funciona como imperativo moral si y solo si yo quiero alcanzar la vida de placer continuado y moderado que tal ética me ofrece. Los imperativos o mandatos que se imponen, solo obligan si yo acepto el fin que se me propone, si no, pierden su valor imperativo (porque me los salto, p.e.). Por eso Kant les llama imperativos hipotéticos: obligan sólo si acepto el fin; y no son imperativos absolutos, esto es, que obliguen por sí mismos, puesto que su fuerza imperativa la obtienen de la previa aceptación del fin para el que fueron propuestos[14] no de la propia Razón.

·       Estas éticas reciben la ley que hay que cumplir desde fuera de la razón: ésta sólo orienta a la voluntad en su tendencia natural hacia la felicidad aportándole estrategias para conseguirla (imperativos hipotéticos de sagacidad, dice Kant..). Y aquí lo que tenemos es que la Razón está sometida a la inclinación natural de la voluntad, porque la ley que ésta sigue no se la ha impuesto la Razón misma, sino el objeto de deseo de la propia voluntad. Por eso aquí el hombre no es libre ni autónomo: no se da a sí mismo la ley, sino que se la impone la voluntad inclinada hacia su objeto de deseo. Sólo llegará a serlo si elije llevar a cabo lo que la Razón le dice, no si la Razón le ayuda a conseguir lo que su voluntad naturalmente desea.

Para que la Razón cumpla su fin supremo (hacer de la voluntad algo bueno) es preciso que sea ella misma la que imponga la ley moral y la voluntad elija seguirla. En eso consiste la autonomía moral. Lo que antes teníamos era heteronomía moral, equivalente a la “minoría de edad” en la que nos dicen qué hay que hacer, puesto que era otra cosa -y no la Razón misma- lo que imponía la ley a la voluntad. Por tanto, como vemos, la buena voluntad (la “mayoría de edad”) consistirá en que ésta elija lo que la Razón le indica. Se tratará ahora de saber qué es lo que le indica moralmente la Razón a la Voluntad y cómo se llevan a cabo esas acciones POR DEBER y no por interés (la voluntad obra por interés y no por deber cuando tiende a conseguir su fin natural).

Obrar “por deber” es obrar necesariamente según dice la ley racional[15].

Obramos con una “buena voluntad” cuando obramos por deber y no por otras causas, fines o intereses, es decir, cuando la voluntad elige libremente seguir la ley racional y no se ve sometida al objeto de deseo. La cuestión ahora es, obviamente, saber cuál es exactamente la ley racional, cómo formularla para que sea universalizable y, por tanto, a priori en su fundamento, enunciación y validación.

La primera forma en que Kant enuncia el IMPERATIVO CATEGÓRICO (que es la ley racional que estamos buscando) es la siguiente: ”Obra siempre de tal manera que quieras que la máxima de tu acción se convierta en ley universal”;”Yo no debo obrar nunca más de modo que pueda querer que mi máxima[16] se convierta en ley universal[17]”.

Vamos a explicar con un ejemplo qué cosa puede significar esto. Me encuentro un sobre con una cantidad importante de dinero sin ninguna identificación: ¿me lo debo quedar en lugar de depositarlo en la oficina de objetos perdidos? Según Kant habría que razonar así: ¿podría yo establecer una ley universal según la cual todo aquel que se encuentre una cantidad importante de dinero se lo puede quedar? Si, sinceramente, creo que sí, incluso siendo yo quien lo ha perdido después de años y años de matarme a trabajar para ahorrarlo, puedo quedármelo tranquilamente. Pero si, pensándolo mejor, creo que lo justo es que lo perdido vuelva al lugar que le correspondía, entonces deberé devolverlo. Lo que es una inmoralidad es querer quedártelo pero, a la vez, pretender que te lo devuelvan si te ocurre a ti. Eso es usar un doble rasero o, en términos menos coloquiales, actuar en interés propio tratándome a mí mismo de un modo privilegiado con respecto a los demás. Eso es actuar por interés y no por deber; eso es actuar dejándote llevar por la inclinación natural de la voluntad y no siguiendo la ley racional o imperativo categórico porque, en ningún caso estás pretendiendo que la máxima de tu acción (“debo quedármelo”) se convierta en ley universal (“y si alguien se encontrara dinero mío, también debería quedárselo...”).

Que el Imperativo kantiano sea CATEGÓRICO significa que su validez es absoluta y no relativa a ningún fin que se pretenda conseguir. Esta validez absoluta y universal le viene del formalismo con que es propuesto: NO NOS DICE QUÉ HAY QUE HACER si quieres conseguir tal fin (como hacían los sistemas morales tradicionales); NOS DICE CÓMO (la forma o manera) HAY QUE OBRAR EN TODOS LOS CASOS NECESARIAMENTE (si quieres ser moralmente justo y no te dejas llevar por debilidades sentimentales e irracionales...).

Además, el imperativo es un juicio sintético a priori porque nos da información acerca de cómo hemos de conducirnos moralmente(por eso es sintético) independientemente del fin empírico que nuestra voluntad desee naturalmente alcanzar(la felicidad) [18]. La razón se da a sí misma la ley,-el imperativo categórico-, sin que la experiencia sea necesaria para ello. Por eso el Imperativo Categórico es A PRIORI y UNIVERSAL, porque tiene su fundamento en la Razón humana, que es algo que todos compartimos; los deseos y la experiencia, sin embargo, difieren de un sujeto a otro, por ello las éticas materiales pierden su potencia imperativa. El imperativo kantiano te obliga como si fuera una ley física que obliga a la piedra a caer irremisiblemente.[19]

Otra formulación que Kant hará del Imperativo Categórico será: Obra de tal modo que te relaciones con la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro, siempre como un fin y nunca solo como un medio”. Este planteamiento redunda sobre algo que queda supuesto en la anterior formulación: se trata de que te trates a ti mismo de la misma manera que a los demás, sin privilegiar tus intereses frente a los de los otros, porque, si no obras así, estás utilizando al prójimo como un medio para conseguir lo que te propones, y no como un fin en sí mismo. ¿Qué quiere decir “ser un fin en sí mismo”? Pues que todas las acciones que realizamos las llevamos a cabo nosotros mismos para nosotros mismos. Somos sujetos agentes y pacientes de nuestros actos y no solemos utilizarnos a nosotros mismos como medios para que otros se salgan con la suya. De hecho, a nadie le gusta sentirse o que le traten como a un objeto. Pues el imperativo categórico te exige que te trates a ti como a cualquier otra persona. Esto no significa que no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti; y no significa eso porque, en el fondo, planteándolo así no haces más que obrar en función de tus intereses:”Yo no voy a pegar a tal porque a mí no me gustaría que me lo hicieran...”. Eso no es obrar según el imperativo, es obrar por un interés futuro, no por deber.

¿Qué implicará, entonces, obrar según la ley moral? Implica el supuesto de la libertad. De hecho, según Kant, es en este momento cuando es preciso postular la libertad como condición de posibilidad de la moralidad: porque podemos elegir hacer bien lo que nos dice nuestra razón, bien lo que nos dice nuestra voluntad. En este sentido, los animales no pueden ser libres, puesto que no tienen racionalidad y su voluntad no puede elegir bien lo que su razón les dicta, bien lo que su voluntad desea: los animales, para Kant, son esclavos de sus pasiones.

 Sólo somos libres cuando nos sometemos a la ley moral racional. Y somos autó-nomos (nomos=ley) cuando es de nuestra razón y no de nuestros intereses, de donde surge la ley moral. En esa medida, la ley nos convierte en fines a todos nosotros, con la misma dignidad, esto es, con un mismo valor absoluto. Nos iguala a todos en tanto que sujetos: sujetos que se dan a sí mismos la ley moral, y sujetos que se someten a esa ley moral.

Si ahora pensamos cómo sería una sociedad en la que todos los hombres se comportaran siguiendo la ley moral, tendríamos que idear algún nombre para ella. Kant le llama: REINO DE LOS FINES. El Reino de los fines es un mundo inteligible (como la República platónica), esto es, un mundo que se piensa como el mundo del “DEBER SER”, frente al mundo del ser. Esos fines somos nosotros los hombres comportándonos como legisladores, es decir, produciendo la ley moral racional; pero, a la vez, somos nosotros siendo súbditos de esa ley. Como decíamos más arriba, en este reino los hombres son autónomos porque son sujetos agentes y pacientes de la ley moral. 

El Reino de los Fines es ese mundo imaginado en el que la ley moral es la única que rige la razón práctica de los hombres. Y los hombres obran por deber, por justicia, no por su interés. Podemos pensarlo como análogo al Reino de la Naturaleza, pero sólo análogo porque ahí la causalidad es insoslayable: las piedras no se saltan la ley de la gravitación porque no “eligen” seguirla; en ese reino de los fines, nosotros podemos elegir si seguir la ley moral o no y decidimos seguirla. 

Y así llegamos al último punto del que nos vamos a ocupar: la libertad. ¿No habíamos quedado en la KrV en que la libertad, siendo un tema propio de la metafísica, era algo acerca de lo que no era posible tener conocimiento puesto que pertenece a la esfera de lo nouménico? Efectivamente, la libertad no es una idea que pueda ser conocida, pero, como podemos ver, sí que es una IDEA DE LA RAZÓN QUE ES PRECISO POSTULAR. ¿Por qué? Porque si no, no sería posible la elección racional de la voluntad y, entonces, nos comportaríamos como las piedras que, en realidad no se comportan, sino que siguen necesariamente las leyes causales de la física. Por eso hay que decir que LA LIBERTAD PUEDE SER PENSADA, PERO NO CONOCIDA.

Y, en tanto que pensada y postulada, la libertad es la condición de posibilidad de la moralidad. Sólo es posible, entonces, decir que la libertad es un presupuesto con el que la Razón Práctica desarrolla la moralidad. Por eso nosotros somos seres sometidos a dos legislaciones: la legislación de la Naturaleza y la legislación de la Razón[20] . El Hombre, como ser sometido a las leyes físicas, es un ser heterónomo; pero, a la vez, como ser sometido a las leyes de la Razón, es un ser libre y autónomo.


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