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Suicidio de un juguete

Suicidio de un juguete

10.La Carta del Adiós.Tabla War cry para menteoriginal.

Érase una vez una muñeca encima de una repisa, en la casita del campo más inocente del mundo, a pesar de tener muchos años y un dueño taciturno.

La muñeca ahora parecía igual de inmaculada, con su vestido blanco-blanco, opacado por manchas de ninguna clase.

La muñeca no sonreía, aunque tenía motivos para hacerlo, ni siquiera cuando por un motivo u otro entraba en el ambiente donde se encontraba un humano sin ascendencia mágica ante el cual tuviera que aparentar ser un simple objeto antiquísimo.

La muñeca dejaba el rostro serio, los labios sin fruncir siquiera, ni en mueca de desprecio, amenaza silenciosa o coqueteo indecente.

La muñeca escribía una larguísima carta de despedida que al principio de la confección la llenaba de lágrimas. Ahora se traducía en amargura pura, acumulada en sus huesos de porcelana y madera.

La despedida era para una niña que ya no existía. Otras veces tenía que ver con su Amo, pero esos borradores nunca llegaron muy lejos.

Su Amo trabajaba en su estudio todo el día. De la granja llegaba su “hijo” (al menos para los pueblerinos que a veces caían para pedir consejos acerca del suelo o el comportamiento de los animales, una vez que ya no podían solventar sus problemas por sí mismos) con huevos, frutas, gallinas o conejos degollados.

Climenestra lo odiaba, pero estaba satisfecha de sus cicatrices, que ni bien sanaban se abrían otra vez, con gran dolor reflejado en el semblante del joven. Y se mantendrían así por treinta años. Tres veces más de lo que vivió la señorita I.

La muñeca llegó a tenerle compasión al joven. El Amo endulzó su corazón con bailes junto al fuego y besos en su cuello reluciente, donde pintó las rosas azules diminutas que ella siempre quiso.  Pero no perdonó a ninguno de los dos.

La carta se escribía a sí misma cincuenta o trescientas veces. Tenía la forma de los brazos suaves de Iris, su dulce sonrisa apretada contra los cabellos (que provenían de hermosas vírgenes sacrificadas por el Maestro del Amo Sebastián, unos siglos antes) y el perfume del sudor infantil impregnando cada línea humedecida en lágrimas.

No terminaría de escribirse hasta que el Amo aceptara romper su centro con las manos que lo habían hecho. Y Climenestra rogaba que él se decidiera pronto.

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