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Baile debajo de luna roja

Baile debajo de luna roja

24. Medianoche. Es la hora “muerta”, la más oscura, cuando Climenestra elige levantarse de su caja de cedro, como si fuese acaso ataúd de cristal y tomar el cincel de su Nuevo Amo como herramienta para hacer justicia.

19. Premio. Las niñas que tienen más pesadillas que las demás, las que duermen agarrándose el sexo herido y pensando en las mentiras de papá acerca de un premio por quedarse quietas, son las primeras en escucharla venir.

15. Deseo.”Deseo morir, morir, morir”, deben decirlo tres veces como en toda leyenda urbana que se precie (bueno, al menos más de una y delante de las sombras, que son el reflejo de la luz) de serlo, para que Climenestra les conceda lo que piden, con una sonrisa que muestra todos sus dientes de marfil, perfectamente afilados para la ocasión.

11. Carpa. Los peces de colores sedientos de sol se mezclan con la sangre y Climenestra siente una absurda pena por su vestido blanco, que ahora está tan manchado como sus guantes de seda, hasta que empieza a imaginar la cara desencajada de horror que pondrá su Nuevo Amo cuando la encuentre así por la mañana, sobre la mesa de luz, la herramienta en rojo, como un dulce en su regazo, esperando su despertar.

06. Espectáculo. Climenestra mira los diarios que rodean a su maestro (que por primera vez no ronca en su propia cama y sin compañía, tan cansado está) y lanza un silbido de exclamación al notar que ha alcanzado la fama sin actuar siquiera: ASESINO SERIAL DE VÍCTIMAS DE ABUSO COBRA NÚMERO 19.

22. Inocencia. El Amo Bastardo (que no tiene nada que ver con el Verdadero Amo y es a penas, Anciano Borrachín) es golpeado casi a muerte y arrastrado por el suelo sin lijar de la casilla, olvidándose los paladines (ahora Climenestra cree que se llaman “polis” o algo así. No le importan mucho, en tanto no se acerquen a ella y se lleven al Viejo Desagradable) de mirarle siquiera, justo cuando parece sonreír de satisfacción, porque ni siquiera planeó esto, le ha caído del Cielo, seguramente obra del señor S., cuya inicial sagrada lleva en una placa dorada, dentro del corazón.

07. Payaso. Climenestra ha aprendido a usar los viejos aparatos del Anciano Borrachín, aunque no funcionan bien y las instrucciones son confusas, así que cuando despierta, se sienta frente a la pantalla con una pizza ordenada por teléfono y se muere de la risa hasta que le duele el estómago de repente tan humano, porque lo vé en el escenario que improvisaron los suyos, con la cara tapada con un paño negro, una cuerda en el cuello, sostenido como por una caña de pescar, sus piernas bailando solas, a pesar de que a blanco y negro: vale la pena dejar de buscar al Señor S. para decirle adiós, atragantada con la risa estrepitosa y su tentempié.

10. Extravagancia. Sabe que el señor S. se enfadaría con ella si supiera que asesinó solo para obtener los beneficios de este conjuro, pero con las partes del esqueleto ofrendadas (adiós, señor Investigador Forense, eso le pasa por meterse en donde no le importa, ¿realmente creía que un par de balas surtirían efecto contra una obra maestra?) ya puede ser lo mismo que él era y así, buscarle e incluso encontrarle, deja de parecerle tan difícil, a pesar de que solo podrá mientras es de noche, puesto que con el sol vuelve a dejar la carne rosa para ser de nuevo madera pura.

13. Animación. Ahora por las noches es tan libre como le plazca, ya no tiene que esperar a que el Amo se duerma bajo efectos del alcohol para salir a correr tanto como quiera, usando la forma de una niña humana, con un cuchillo de pan dispuesto al uso, escondido bajo el abrigo.

05. Moneda. Un día amaneció sin que pudiera volver al que fue hogar del Anciano y se encontró hecha de madera, incapaz de irse a ninguna parte, sentada en un banco con los brazos cruzados y entonces, una niña iba a subir a un bus y sus monedas se cayeron en el suelo, rodando bajo los pies de Climenestra: al agachar ella la mirada, se cruzaron las de ambas.

09. Dulce. De acuerdo: la niña no le molesta tanto como el Viejo, es solo que tiene las manos sucias y si Climenestra piensa en matarle, viene a ser porque incluso de esa forma, se atreve a acariciarle el pelo y a apretar su cuerpo monumental contra ese pecho en el que se contienen miles de canciones infantiles, que le da una más nausea que la otra.

17. Sueño. Espera pacientemente a que termine el día porque sueña con el momento en que haga mano a la garganta de la pequeña Arpía, desgarrándola con las uñas.

14. Maquillaje. La mujer que les recibe en esa casa de aspecto humilde pero de una limpieza que al Anciano Ebrio le hubiera corroído la repugnante piel, no puede esconder (quizás no quiere tampoco) que no es humana, a pesar de que haya adoptado una forma similar a la ellos: como cuando Climenestra baila bajo la luna como una niña de ocho años (con las manos ensangrentadas, riendo estruendosamente) y es en realidad…

23. Interrupción. “Iris, andá a dormir la siesta, yo tengo que hablar con la muñeca que te encontraste” y la niña hace caso aunque tenga los labios fruncidos con ligero disgusto, por lo que Climenestra sabe que algo anda mal para con el destino que le aguarda, muy mal.

20. Marioneta. No vuelve a despertar por las noches para ser humana y matar, robar, buscar algo que ya no recuerda, pero tampoco le interesa: basta con estar sentada en la repisa más importante del cuarto de la Señorita I., que es la inicial en la placa plateada que alberga su corazón.

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