Amigos de las causas pegosas

Luis Miranda (ABC-Córdoba, 23/11/07)

ALGÚN día habrá que pronunciar un pregón sobre ellos, habrá que dedicarles un libro o consagrarlos como patrimonio intangible. Son como los chirigoteros de Cádiz, pero sin mijita de gracia; como los capillitas jartibles sevillanos, pero sin honda tradición; como los valencianos que tiran petardos, pero sin que una traca a tiempo los calle para siempre. Son defensores de causas absurdas, tipos ociosos que hacen una cuestión de vida o muerte de aquello que en Córdoba se llama un pego.

No son animales de bellota, pero hace diez años eran incapaces de vivir sin una encina. Nadie había reparado antes en el árbol que malvivía asediado por el alquitrán en Las Tendillas, pero los pegosos imploraban que nadie tocase su mustio tronco. Luego cogieron el perrerón con el Burger King de la calle Cardenal Herrero, que más o menos era la semilla del diablo frente a la Mezquita. No la tomaron con las tiendas horteras de la calle Deanes, mucho más impresentables que aquella casa encalada.

A los pegosos artistas les dio después por eliminar el monumento a Juan de Mesa. Patillas de autor y bigotes estalinistas se reían como hienas frente al homenaje a un genio a cuyas suelas jamás llegarán. Ahora se mueren por el raquítico rosal de los Jardines de los Patos, prendados acaso por su torre moruna y sus historias de amor oscuro. Visto que de las acacias de Ciudad Jardín no han dicho ni pío y que la destrucción de Medina Azahara les resbala, tendré que pensar que lo que les molesta es que en aquel rincón se vaya a construir una biblioteca.