libro Revelación


1. ‘Umar Ibn Al-Jattâb dijo: ‘Oí al Mensajero de Dios (B y P) decir: «Las obras son según las in- tenciones y cada persona será recompensada se- gún su intención. Así pues; quien haya emigrado por algún beneficio mundanal o por casarse con una mujer, su emigración será para lo que él quiso»’ .


2. ‘Âisha relató que Al-Hâriz bin Hishâm pre- guntó: ‘¡Oh Mensajero de Dios! ¿Cómo te llega la revelación divina?’ y el Mensajero de Dios (B y P) respondió: «A veces la revelación me llega como el tintineo de una campana y esta es la forma más dura de revelación. Este estado termina cuando he asimilado la revelación. Otras veces el ángel viene a mí con forma humana y yo asimilo todo lo que me dice». ‘Âisha añadió: ‘En verdad, le he visto recibiendo la revelación y noté que, en un día muy frío, corría el sudor por su frente después de terminar la revelación’.


3. ‘Âisha, Madre de lo creyentes, relató: ‘Al principio, la Revelación divina se manifestaba en el Mensajero de Dios (B y P) en forma de sueños piadosos y veraces mientras dormía. Estos sue- ños le llegaban como la brillante luz del día y se le inspiró el amor al retiro y al aislamiento. Solía recluirse en la cueva de Hirâ y adorar al Dios Úni- co durante varias noches antes de volver con su familia. Solía llevar con él su sustento para cada retiro y volvía con su esposa Jadîÿa para abaste- cerse nuevamente. Así lo hizo hasta que le llegó la Verdad en la cueva de Hirá; el ángel llegó a él y le dijo: ‘¡Lee!’ y él respondió: «No sé leer». El Pro- feta (B y P) relató: «Luego me sujetó con fuerza y me apretó tan fuerte que pensé no poder resistir más. Luego me soltó y me dijo que lea. Yo repli- qué: ‘No sé leer’. Entonces me sujetó nuevamente y me apretó tan fuerte que pensé no poder resis- tirlo más. Luego me soltó y me pidió nuevamente que lea. Respondí: ‘No sé leer’. Entonces, me su- jetó por tercera vez y al soltarme me dijo: ¡Lee! En el nombre de tu Señor que todo lo creó. Creó al hombre de algo que pende. ¡Lee! Tu Señor es el más generoso (96:1-3)». El mensajero de Dios (B y P) retornó con su corazón latiendo acelera- damente. Al llegar y ver a Jadîÿa bint Juwaylid le dijo: «¡Temo que me suceda algo!» Jadîÿa le res- pondió. ‘¡Claro que no! ¡Por Dios! Tú mantienes buenas relaciones con tus parientes, ayudas a los pobres y miserables, atiendes generosamente a tus invitados y asistes a quien se lo merece de en- tre los azotados por la desgracia’.

Jadîÿa salió con Muhammad (B y P), se diri- gieron a ver a Waraqa bin Nawfal bin Asad bin ‘Abd Al-‘Uzza, quien durante la Ÿahiliya se hizo cristiano y solía escribir en hebreo. Escribió el Evangelio en hebreo tanto como Dios se lo per- mitió. Era ya un anciano y había perdido la vista. Jadîÿa le dijo: ‘¡Primo! Escucha lo que te relatará tu sobrino’. Waraqa preguntó: ‘¿Qué has visto so- brino?’ y el Mensajero de Dios (B y P) le describió todo lo que había visto. Waraqa dijo. ‘Este es el mismo Espíritu que Dios reveló a Mûsâ ¡Cómo quisiera ser joven aún y estar vivo cuando tu pue- blo te expulse!’ El Mensajero de Dios (B y P) le dijo: «¿Me expulsarán acaso?» El asintió con la cabeza y dijo: ‘Todos los que se presentaron con lo mismo que tú traes fueron tratados con hostili- dad. Si estoy vivo hasta ese día, te apoyaré con to- das mis fuerzas’. Waraqa murió unos días después y la revelación también se detuvo por un tiempo.


4. Ÿâbir bin ‘Abdullah Al-Dusarî relató, mientras narraba sobre el período en que se detuvo la Revelación, que el Profeta (B y P) dijo: «Mientras caminaba, escuché de pronto una voz del cielo. Levanté mi vista y vi al mismo ángel que me visi- tó en la cueva de Hirâ sentado en un asiento entre el cielo y la tierra. Esto me asustó; volví a mi casa y dije: ‘¡Arropadme! ¡Arropadme!’ Entonces Dios reveló los versos que dicen: ¡Tú, el envuelto en un manto! ¡Levántate y advierte! A tu Señor, ¡en- sálzale! Tu ropa, ¡Purifícala! La abominación, ¡huye de ella! (74:1-5). Luego de esto, la Revela- ción se hizo más fuerte y comenzó a presentarse en forma frecuente y sucesiva».

5. Ibn ‘Abbâs explica las palabras de Dios ¡No muevas la lengua al recitarlo para precipitarla! (75:16) Y dijo: ‘El Mensajero de Dios solía sopor- tar la Revelación con mucha tensión y dureza; so-lía mover sus labios rápidamente (acompañándo- la)’. Ibn ‘Abbâs movió sus labios y dijo: ‘Os estoy moviendo los labios como lo hacía el Mensajero de Dios (B y P). Así que Dios reveló No muevas la lengua al recitarlo para precipitarla! (75:16) Y Y, cuando lo recitemos, ¡sigue la recitación! Luego, a Nosotros nos toca explicarlo (75:18-19). Después de esto, el Mensajero de Dios (B y P) solía escuchar a Ÿibrîl (El Arcángel Gabriel (P)) cuando venía y, después de que partía, solía reci- tar como lo había recitado Ÿibrîl (P)’.


6. Ibn ‘Abbâs relató que el Mensajero de Dios (B y P) era la persona más generosa y que solía llegar al máximo de su generosidad en el mes de Ramadán cuando Ÿibrîl lo visitaba. Ÿibrîl solía vi- sitarlo todas las noches de Ramadán para ense- ñarle el Corán. El Mensajero de Dios (B y P) era la persona más generosa, aún más generoso que los bondadosos vientos que traen buenas nuevas (la lluvia) en su voluntad y predisposición hacia el bien.

7. Ibn ‘Abbâs relató: Abû Sufyân bin Harb contó que Heraclio lo mandó llamar mientras él acompañaba una caravana de Quraysh. Eran mercaderes haciendo negocios en las tierras de Shâm , en la época cuando el Mensajero de Dios (B y P) hizo una tregua con Abû Sufyân y los in- crédulos de Quraysh. Abû Sufyân y su gente se encontraron con Heraclio en Jerusalén . Heraclio los llamó a su corte en presencia de los mayores dignatarios bizantinos; luego pidió la presencia de su intérprete, el cuál tradujo la pregunta de Hera- clio así: ‘¿Quién de vosotros tiene el parentesco más cercano con el hombre que se declara profe- ta?’ Abû Sufyân dijo: ‘Yo soy su pariente más cer- cano (de entre los presentes)’. Heraclio dijo: ‘Que se acerque a mí y que sus compañeros se paren cerca y detrás de él’. Abû Sufyân añadió: ‘Hera-clio dijo a su intérprete que diga a mis compañe- ros que él deseaba interrogarme acerca de aquel hombre (el Profeta) y que si mentía ellos debían corregirme. ¡Por Dios! Si no fuese el temor a que mis compañeros me tachen de mentiroso, hubie- se mentido acerca de Muhammad (B y P). La pri- mera pregunta que me hizo sobre él fue: ‘¿Cómo consideráis su origen?’ Yo respondí: ‘Es de bue- na familia’. Luego me preguntó: ‘¿Alguien ha re- clamado algo así antes (La Profecía)?’ Respondí: ‘No’. Heraclio preguntó: ‘¿Le siguen los nobles o los humildes?. Le respondí: ‘Le siguen los humil- des’. Dijo: ‘¿Y estos aumentan o disminuyen?’ Res- pondí: ‘Aumentan’ Luego preguntó: ‘¿Alguno de sus seguidores le ha abandonado y ha renunciado a su religión por descontento de la misma?’ Res- pondí: ‘No’. Dijo: ‘¿Lo habéis acusado de mentir antes de su reclamo (de la profecía)?’ Respondí: ‘No’ Dijo: ‘Ha traicionado alguna vez su palabra?’ Respondí ‘No. Hicimos una tregua con él pero no se qué hará en ese tiempo’. No encontré opor- tunidad de decir algo en contra de Muhammad (B y P) excepto eso. Heraclio preguntó: ‘¿Le ha- béis combatido?’ Dije: ‘Si’. Dijo: ‘¿Y cómo habéis salido del combate?’ Dije: ‘Ha sido una guerra pa- reja; a veces triunfa él y a veces vosotros’. Dijo: ‘¿Y qué os prescribe?’ Respondí: ‘Dice: Adorad sólo a Dios; no le atribuyáis copartícipes y dejad de ado- rar lo que adoraban vuestros padres. Y nos reco- mienda la oración, la sinceridad, la castidad y el buen trato a los parientes’. Entonces dijo al intér- prete: ‘Dile: Te pregunté por su origen y me dijis- te que era noble entre vosotros. Así también, los Enviados surgen entre los nobles de su pueblo. Te pregunté si alguien había reclamado lo mismo que él antes y me dijiste que no. Si hubieras res- pondido que sí habría pensado que no hace más que seguir el reclamo de alguien más. Te pregun- té si hubo entre sus ancestros algún rey y dijiste que no. Si hubieses dicho que sí habría pensado que es un hombre buscando recuperar el reino de sus ancestros. Te pregunté si lo habíais acusado de mentir antes de reclamar la profecía y dijiste que no; así es que no pregunto cómo un hombre que no miente sobre otros hombres mentiría so- bre Dios.

Luego te pregunté si le siguen los ricos o los pobres; me dijiste que eran los pobres y, de he- cho, éstos son los que siempre siguen a los En-viados. Luego te pregunté si sus seguidores van en aumento; me dijiste que sí. Así sucede con la verdadera fe hasta que se completa. Te pregunté si alguno de sus seguidores reniega descontento de su religión y dijiste que no. Pues así es con la fe cuando sus deleites invaden los corazones. Te pregunté si es que traiciona y me dijiste que no, pues tampoco los Enviados traicionan. Luego te pregunté qué os prescribe y me dijiste que os or- dena que adoréis sólo a Dios y que no le atribu- yáis copartícipes, que os prohibe adorar ídolos y que os ordena practicar la oración, la sinceridad y la castidad. Si es verdad lo que dices pues pronto ocupará este lugar. Sabía que vendría, pero nun- ca pensé que surgiría entre vosotros. Si estuviese seguro de tener que encontrarlo me apresuraría a hacerlo y si lo encontrase lavaría sus pies’. Luego pidió la carta del Mensajero de Dios (B y P), que Dihya había entregado al Gobernador de Busra y éste a su vez entregó al Emperador para que la lea. Heraclio la leyó y contenía lo siguiente: «En el nombre de Dios, Clemente y Misericordioso. De Muhammad, hijo de ‘Abdullah y Enviado de Dios; a Heraclio, Gobernante de los bizantinos: La Paz sea con que sigue la guía. Dicho esto: Te invito al mensaje del Islam. Si te haces musulmán serás salvo y Dios te duplicará la recompensa. Y si re- chazas la invitación al Islam, cargarás con el pe- cado de tus súbditos. Di: ‘¡Gente de la Escritura! Convengamos en una fórmula aceptable a no- sotros y a vosotros, según la cual no serviremos sino a Dios, no le asociaremos nada y no toma- remos a nadie de entre nosotros como Señor fue- ra de Dios’. Y, si vuelven la espalda, decid: ‘¡Sed testigos de nuestra sumisión!’ (3:64)»’.

Abû Sufyân añadió luego: ‘Cuando terminó de leer la carta hubo gran tumulto y voces en la corte y se nos ordenó retirarnos. Luego dije a mis com- pañeros: ‘El asunto del hijo de Abi Kabsha , se ha hecho prominente. Hasta el Emperador de los bizantinos le teme’. De allí en adelante supe que triunfaría hasta que Dios introdujo el Islam en mi corazón.

Ibn Al-Natûr era gobernador de Jerusalén y Heraclio era el Gobernante de los cristianos de Shâm. Ibn Al-Natûr relató que, en cierta oca- sión, cuando Heraclio visitaba Jerusalén, amane-ció bastante deprimido. Algunos de los obispos le preguntaron el porqué de su depresión. Heraclio era un vidente y astrólogo; respondió: ‘Cuando observé las estrellas anoche vi que los que prac- tican la circuncisión habían triunfado’ y pregun- tó: ‘¿Quiénes practican la circuncisión?’ La gente le dijo: ‘Nadie practica la circuncisión excepto los judíos y no debes preocuparte de ellos; ¡Emite una orden para que se mate a todos los judíos presen- tes en el país!’ Mientras discutían estos temas, se presentó ante Heraclio un enviado del soberano de Gassân para informarle sobre el Mensajero de Dios (B y P). Sabiendo esto, Heraclio mandó que se constate si (el enviado) era circuncidado. La gente constató que sí había sido circuncida- do e informó a Heraclio. Este le preguntó enton- ces sobre los árabes. El enviado respondió: ‘Ellos practican la circuncisión’. Entonces, Heraclio dijo: ‘Apareció el soberano de esta nación’. Heraclio es cribió entonces a un conocido suyo en Roma que era un sabio.

Luego partió hacia Hims (Ciudad en Siria). No pasó mucho tiempo allí hasta que le llegó la respuesta de su amigo en Roma que coincidía con él en la aparición del Profeta (B y P) y en su vera- cidad en la profecía. Heraclio reunió entonces a los dignatarios bizantinos en su palacio de Hims. Cuando se reunieron, mandó que se cierren todas la puertas del palacio y, levantándose, dijo: ‘¡Oh bizantinos! Si deseáis el éxito, buscáis la guía co- rrecta y queréis que vuestro imperio perdure: Ju- rad fidelidad a este Profeta’. La gente corrió hacia las puestas con la desesperación de los asnos des- pavoridos, pero éstas estaban cerradas. Heraclio constató el odio que tenían al Islam y perdió toda esperanza de que lo acepten; entonces dijo: ‘Ha- cedles volver a mí’ y dijo: ‘Mis palabras eran una simple prueba para constatar vuestra firmeza en el cristianismo. Y lo he constatado’. Esto les agra- dó y se prosternaron ante él. Y así llegamos al fi- nal de la historia de Heraclio (en relación a la fe).



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