Guillermo Bastías

Bitácora


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    Gabriel Salazar Habla de Violencia Social 

     

    En el último número de la Revista Talión (*), los periodistas José Ignacio Carrasco y Marianne González entrevistan al Premio Nacional de Historia Gabriel Salazar. En la conversación, el intelectual analiza el papel de la violencia en la historia, así como el estado actual del movimiento social.

     

    ¿Cómo se tematiza la desigualdad por parte de los sectores populares?

    A diferencia del s.XX, en que se comenzaron a desarrollar movimientos sociales abiertamente antioligárquicos, que pasaban inclusive por desconocer de cierto modo la legalidad pública y proponer otra legalidad y otra constitución política, hoy en día no se es plenamente consciente de la desigualdad. El problema se vivencia fundamentalmente como un fracaso personal frente al mercado de trabajo o frente a tu familia. Se subjetiva el conflicto, y se traduce en agresión en el entorno, hacia mis hijos, hacia mi cónyuge. Por último es una violencia que va de lo doméstico a lo social. Y todo eso se traduce en definitiva en distintas formas de delito. En consecuencia, no tiene una configuración en términos políticos.

    Sin embargo, la juventud popular que padece la pobreza está haciendo una traducción política indirecta. La reacción popular juvenil culturiza esta situación de pobreza, y la transforma en lo que se llama la estética del descontento, o la cultura de la rabia. Eso es una primera fase de la transformación de la frustración en una expresión política, pero no quiere decir que estén ya politizados.

     

    Y el movimiento secundario dentro de todo esto, ¿no es una primera forma de politización?

    Exactamente. Esta reacción juvenil se ha dado, curiosamente, más en el sistema formal de enseñanza secundaria que en la universidad (risas). Sobre esto, tengo una hipótesis. Toda la crisis del sistema, todo el impacto real de esta desigualdad en la distribución del ingreso lo reciben los niños. Los niños tienden a reaccionar frente a toda esta crisis desarrollando dos tipos de conductas: uno, es una conducta solidaria, en que los niños atraen una solidaridad de los jóvenes adolescentes organizados. Y luego, atraen a los viejos de la población, dirigentes de clubes deportivos, centros de madres, generando en torno suyo un ambiente y una cultura local de solidaridad. Por otra parte, la frustración que les llega por el lado de los papás que no tienen pega, que son borrachos... les hace desarrollar actitudes violentas. Si juntas las dos patas, solidaridad y rebelión violenta, eso configura inmediatamente el sujeto revolucionario.

    Eso es lo que ocurrió con el movimiento secundario. La solidaridad se expresó en la anchura del movimiento, en la idea de la asamblea, en la soberanía que ésta ejerce, ligado al mandato que les dan a los voceros. Pero la rabia también se expresa en la forma en que se manifestaron en las calles.

     

    Respecto a los medios de acción política. Para UD. la violencia, ¿qué es?

    Hay un dicho muy antiguo, “guagua que no llora no mama”. Si el pueblo no desordenara las calles, no le tiraran una bombita molotov a la moneda, ¿qué pasaría? ¿De muto propio la oligarquía haría concesiones al movimiento? Si miramos la historia de Chile, pese a que todos los movimientos sociales que son de protesta han sido derrotados político-militarmente, sus objetivos, en el largo plazo se han ido cumpliendo. La democratización en este país ha costado mucha sangre, mucha rabia, mucha violencia, pero se ha ido avanzando. Recordemos durante todo el siglo XIX, cuando no hubo protestas políticas, salvo pequeñas excepciones, ni el Estado, ni la Iglesia promovió ninguna política social. Solo cuando comenzaron las huelgas por 1890, hubo reacción.

    Por eso la violencia puede ser necesaria, pero debe ser administrada adecuadamente para llamar la atención, para cooptar a las autoridades y a la oligarquía a responder. No es lo ideal para abrir camino, porque lo ideal es tener primero la fuerza identitaria, cultural, social y política, antes de pensar en el uso de la violencia con criterio político. Porque una cosa es construir un proyecto usando la violencia, con lo cual yo no estoy en principio de acuerdo, pero sí reaccionar violentamente ante situaciones que son insoportables.

     ¿Cómo se relaciona el gobierno con la violencia?

    Todos los gobiernos tienen como tarea fundamental mantener la vigencia del Estado de Derecho, el orden público y todo el cuento. Yo entiendo que desde esa perspectiva ellos no pueden ser comprensivos respecto de la violencia, a menos que fueran estadistas con una gran visión de futuro, con suficiente carisma y legitimidad como para decir: “yo entiendo que en este país los jóvenes hagan esto, por tanto vamos a atacar la violencia con tal tipo de reformas profundas, pero por otro lado, por supuesto tengo que mantener el orden público”. Me juego mis dos cartas, y no este otro discurso que no se lo cree nadie.

                Toda conducta autónomamente configurada de parte de los grupos sociales y de la sociedad civil, que no parta de la ley para abajo, siempre se ha visto en Chile como anarquismo. Y es lo más fácil para ellos. Porque hablando de anarquistas se les exime de considerar los verdaderos factores que están determinando el problema, porque todo esto reconduce derechito al modelo.

                Pero cuando son grupos de Hip Hop u otros que no tienen como estrategia la violencia, el gobierno los criminaliza de la misma forma. ¿Cómo se explica esto?

                Bueno, básicamente el hecho que todo joven de población es visto como sospechoso, pues potencialmente, estadísticamente, puede ser un consumidor o traficante drogas, un delincuente. Sobre todo si no tiene empleo. Por eso que tribus urbanas, como los Hip Hop, que no están haciendo manifestaciones de desorden público, son reprimidos. Bueno, es cierto que meten bulla, que rayan las murallas (risas), es cierto que en la comparsa que los acompaña aparece la droga y todo el cuento. Por eso desde que Chile es Chile los jóvenes marginales son potencialmente delincuentes, revolucionarios. De ahí que se les reprima.

     

    En su libro Labradores, peones y proletarios analiza cómo en el S. XIX los sectores populares no se habían sometido a las clases dominantes, que desarrollaron un cierto proyecto autónomo. Hoy en día, ¿existe autonomía de los sectores populares?

    En el S. XIX los grupos marginales tenían siempre la posibilidad de vagabundear, buscar oportunidades precisamente caminando, tenían una geografía abierta: ahí estaba su libertad posible. De ahí las enormes inmigraciones de “rotos” en toda dirección. Hoy día no se da esa posibilidad. Está todo el territorio tan requeterrecontra apropiado y explotado que la geografía ya no tiene sentido para la gente.

                Así que la autonomía ya no puede expresarse con el movimiento, como el vagabundo. Tiene que expresarse apoderándose de otra cosa, donde sí haya libertad. La juventud ha descubierto la cultura como la gran geografía a recorrer, que da una identidad autónoma. Es un islote, una especie de planeta del principito donde me instalo: yo lo creé, yo lo cultivo, como la rosa del principito. Seré pobre, pero es mío. Eso es una geografía infinita. Y eso da un sentido de autonomía y libertad parecido a la altanería del roto del siglo XIX.

                El problema es que eso es un principio no más. Cómo pasar de ahí a construir poder, a formar un sujeto revolucionario, es una tarea que está abierta. Hay un horizonte de esperanza, pero es una tarea inédita. Porque, pucha, no estamos dentro de la clase obrera, no estamos dentro de la clase campesina: esto es otro cuento. Para mí lo más importante, es entender que podemos partir con poder identitario, poder cultural, pero hay que transformarlo en poder comercial local, poder productivo, y apoderarnos de los procesos de desarrollo social, económico, local, regional. Es un camino distinto del tradicional.

     

    Elecciones y legislación: ¿hoy día las considera como un teatro de la clase política civil, o es realmente una vía de cambio, de reforma factible?

    Creo que los actos eleccionarios son democráticos, sin duda alguna. Pero todo depende del contexto cultural general en que se den. En una red de raperos, para tomar una decisión: “¿dónde vamos a hacer la próxima tocata?”. Todos hablan, y todos deciden y votan. Es un contexto de participación, donde todos van a tomar la decisión por sí mismos.

                Pero votar en un sistema nacional, institucional, donde se sabe que el poder lo tienen unos pocos, y que están los milicos listos detrás con sus bayonetas, claro, es una figura democrática, pero desprovista de todo contenido cultural, y realmente desprovista de toda soberanía popular efectiva. De ahí que son ejercicios de una parafernalia exterior, pantalla, que deja satisfechos a los gobernantes. Pero ni es real participación ciudadana, ni es efectiva soberanía popular.

     

    Finalmente, ¿Cómo ve usted el papel de la historia social y de su obra en la conformación de identidades populares?

    Yo creo que la historia social ha estado colaborando activamente en los últimos 20 años en esa línea. No necesariamente con conciencia de lo que yo supongo que es el proceso, pero ha estado colaborando, y quiérase o no, tiene una demanda específica, que la llama a meterse en este movimiento, revolucionando su propia epistemología de ciencia, olvidándose del pasado por el pasado, de la objetividad, y metiéndose en este tema de las verdades que construyen poder.

     * Revista Talión N° VI, Directora: Alia Trabucco Zerán.
    E-Mail: directora@talion.cl