Espíritu y valor de las Fabriqueras

Por María Cristina Cigliutti y Rosa Majul

La “cultura popular”, según el diccionario de la Real Academia Española, es el conjunto de las manifestaciones en que se expresa la vida tradicional de un pueblo. Y si lo complementamos con la Enciclopedia de Visor, para Latinoamérica, veremos que no es una expresión de una minoría especializada, sino de la idiosincrasia propia de un pueblo.

Con  este  encuadre  presentamos  la  serie  de  entrevistas mantenidas  para esta producción, ubicando el significado del trabajo de mujeres en la emblemática fábrica: el Frigorífico Gualeguaychú S.A., desde la década del 20 hasta la del 70 del siglo XX. 

Esta empresa, doblemente pionera en la Argentina por su condición de nacional y su composición prioritariamente de productores ganaderos, tuvo numeroso personal femenino, desintegrando muchas concepciones propias de la época de mediados del siglo en cuanto a la tarea de la mujer y a su función en la sociedad. 

Así, luego de leer los testimonios de trabajadoras y trabajadores del Frigorífico, comprenderemos  la fascinante tarea de  inserción de  la mujer en el mundo laboral fabril.
Con este trabajo, queremos aportar a la investigación y fomentar el rescate de figuras locales. Porque creemos que cada una es su historia, y su historia influye en nuestro futuro. Por eso es necesario conocer lo mejor de nosotros, en síntesis, lo mejor de nuestra historia.

Hace ciento diez años, ya había luchadoras por los derechos de las Mujeres 

Ni Dios, ni patrón, ni marido” rezaba la consigna de La Voz de la Mujer, periódico feminista anarquista, que circuló entre las mujeres trabajadoras en Rosario y Buenos Aires en 1896 y 1897. 

“Hastiadas ya de tanto y tanto llanto y miseria, hastiadas del eterno y desconsolador cuadro que nos ofrecen nuestros desgraciados hijos, los tiernos pedazos de nuestro corazón, hastiadas de pedir y suplicar, de ser el juguete, el objeto de los placeres de nuestros infames explotadores o de viles maridos, hemos decidido  levantar nuestra voz en el concierto social y exigir, exigir decimos, nuestra parte de placeres en el banquete de la vida.” 

De esta manera, la revista expresaba los principios declarados en su primer número. 

Igualmente, a comienzos del siglo XX, las mujeres de Gualeguaychú no se resignaban a ser personas de segunda categoría en la sociedad.

El 8 de marzo de 2008 fue un día de mucho calor, con un sol radiante. Como todos los años, fuimos a visitar a nuestra amiga Manuela que, como a ella le gusta decir, nació en el año en el que comenzó la Primera Guerra Mundial y se casó al empezar la Segunda. 

Con sus 94 años y con una memoria envidiable, mate de por medio, como los últimos años, nos narró hechos de su época juvenil mientras reflexionábamos sobre las luchas de las mujeres en la historia de la humanidad, luchas que fueron conocidas por todos, pero luego ocultadas por la historia oficial. Un ejemplo de ello es aquel día como este, pero de 1908, cuando morían quemadas 129 obreras dentro de una fábrica textil, en Estados Unidos, tan solo por reclamar jornadas laborales de diez horas, igual salario que los varones, derecho a la lactancia y fin del trabajo infantil. 

Al  rememorar  aquello, Manuela  comenzó  a  narrarnos  cómo  se  vivió  en nuestra ciudad el ingreso de las mujeres en el trabajo fabril, específicamente en el Frigorífico, cuya construcción se realizó con los ladrillos elaborados por su padre, don Luis Eustaquio Reverdito. Recuerdos, historias y nostalgias que presentamos en este trabajo, reflejo de la conciencia colectiva de LAS FABRIQUERAS; quienes trabajaron a orillas del río Gualeguaychú y motivaron  esta  investigación que queremos  compartir  con nuestros  vecinos interesados en  la historia  cotidiana de una nueva  clase  social que  surgía en nuestra comunidad: la clase obrera femenina. Para ello nos propusimos 
entrevistar a las protagonistas y disfrutar de sus relatos.

Historia I: Prudencia Timotea (“Estela”)

Lunes 14 de abril de 2008. Conversamos con Prudencia Timotea Gómez de Balbuena, a quien llaman Estela y vive en la calle Eva Perón:

“Nací en Landa, en 1925, donde mis padres eran puesteros. Soy la última de once hermanos. Mi mamá había quedado viuda a los cuarenta y dos años y fue entonces cuando vinimos a vivir a Gualeguaychú, a un terreno en calle Las Tropas que era parte de la chacra del abuelo Benedetti.

Estudié hasta tercer grado en la Escuela Nº 79. La materia que más me gustó fue Aritmética. Después, entré en 1940 en la Escuela Normal, donde estudié un curso de Corte y Confección, Lencería y Bordado. Como se entraba con cuarto grado y yo tenía aprobado tercero, me tomaron una prueba y luego ingresé. 

Tenía que hacer algo para ayudar a mamá y a un hermano enfermo. Un día, pasó una vecina que se llamaba Amanda Terragona y me dijo que con la costura no iba a hacer nada, y me invitó a entrar al Frigorífico donde ella trabajaba y ganaba un montón de dinero. Fue así que le pedí a mi sobrino Ciriaco que  solicitara  trabajo por mí. Un  señor Castro anotaba a quienes querían  trabajar.  Cuando me  avisaron  que  podía  ir me  puse  el  delantal blanco de la escuela, a mí me gustaba con tablitas porque era muy faca, y mandé a hacer la gorra”.

Estela nos relató cómo fue su primer día de trabajo: 

“Llegamos al Frigorífico, nos vestimos y nos  llevaron a  "menudencias" con cantidad de mujeres que ya trabajaban allí. ¡Yo estaba con un susto bárbaro! Vino un español de apellido Álvarez y me enseñó a  limpiar páncreas, otras mujeres limpiaban entrañas, riñones, glándulas. Todo eso se embarcaba. 

Cuando entré a trabajar, durante la semana vivía en casa de una hermana, enfrente al Polideportivo, porque era cerca del Frigorífico y los fines de semana me iba a casa con mamá. 

¡Si yo me pusiera a contar los miedos a las cuatro de la mañana! Miedo a que alguien me hiciera algo… ¡Y lo que eran esos lugares, sin luz!... Solo si llovía te alumbraban los relámpagos”. 

En uno de esos días de tormenta, a Estela le sucedió un incidente gracioso: 

“Yo me hacía toda la ropa y la de mis parientes, y un día fui a trabajar con un vestido de seda, todo fruncidito porque era muy flaquita, que me había hecho con un corte de tela regalado por mi hermano, y nos agarró un chaparrón. Entonces, la pollera se me iba para arriba, se me arrollaba, se achicaba, yo tironeaba de todos lados, se armó un griterío y risas de varones y mujeres, porque en esa época íbamos todos juntos”.

Luego, nos comentó cómo era la jornada en el Frigorífico: 

“Trabajábamos desde las cinco de la mañana hasta terminar las tareas del día. Si quedaba mucho por hacer, nos íbamos a mediodía y volvíamos a la tarde.

Cuando uno entraba a la planta lo anotaban y sacaba una chapita, era el control de cada trabajador. Cada día, se retiraba la chapa de la oficina de personal y cuando nos íbamos la dejábamos, así sabían la hora en que nos retirábamos. Y  si había  algo que no les gustaba,  te sacaban la chapa,  y cuando ibas a buscarla, ya no estaba. Esto significaba que estabas despedido. Con el tiempo hubo tarjetas.

Después de tres años ingresé en "subproductos", allí los hombres nos llevaban en carro  los huesos y nosotras  los poníamos en zarandas, cuando estaban secos los clasificábamos y embolsábamos, si estaban manchaditos se tiraban. Además, les sacábamos el pelo, la cerda de la cola y de las orejas del animal, los clasificábamos por color en ataditos, se ponían en cajas y todo eso se exportaba, todo… Era grandioso. Había tres barcos para llevarlos. 

El gerente del Frigorífico en aquellos tiempos era Birabén Losson, muy buena persona. En su gestión se  inauguró  ‘acción social’, fue maravillosa, teníamos hasta manicura. 

Allí trabajé diez años en  la  limpieza y servicio de desayuno. También se enseñaba primaria y secundaria. Hacíamos gimnasia, que a mí me gustaba mucho. Pero al básquet le tenía miedo y el profesor me decía que corriera y yo  le  tenía  terror a  la pelota y me pegaba unos pelotazos para que le perdiera el miedo, ¡qué iba a ser jugadora! 

También había música, teatro, enfermería. Se hacían unas festas bárbaras para  las fechas como el Día de la Madre, se bailaba folklore, se cantaba. Estuve treinta y seis años y me jubilé: tres años en ‘menudencias’, veintidós en ‘subproductos’ y en ‘acción social’, diez años”. 

Con respecto a la época peronista y el sindicalismo nos contó: 

“Cuando recién entramos ganábamos $0,20 la hora. Perón nos aumentó y promulgó todas las leyes laborales: descanso de quince minutos, ocho horas de trabajo, vacaciones, parte de enferma. Hizo las leyes sociales. Aunque en la fábrica había médico y remedios gratis. 

Uno de  los  trabajadores, Carballo, que era uruguayo,  invitó a  formar un sindicato en un salón que quedaba en las calles que hoy se llaman Perón e Ingenieros. Yo fui con otra compañera, al principio éramos muy pocas mujeres, tres o cuatro, de a poco se fueron sumando otras. Los dirigentes eran varones. Se afiliaban  los peronistas. 

También había comunistas con  ideas muy buenas, como Lípoli, era muy divulgador de esa  ideología. Después, con el  tiempo,  fue una obligación  ser peronista. El  sindicato de  la carne estaba en la esquina de San Martín y Pellegrini. Más tarde, Escalada se posicionó como el más fuerte. Los tiempos de Evita y Perón fueron buenos, pero como en todo también hubo abusos.

Durante las reuniones y entre las familias amigas se hablaba de la matanza de los obreros en el 21; también de la lucha de las mujeres por un trabajo digno. Yo leía mucho, antes se leía más”. 

A continuación, Estela nos refrió la importancia del trabajo de las fabriqueras en la economía doméstica: 

“Con mi primer sueldo compré tela para sábanas, forros de ropa y elementos para mi hermano en la tienda La Competencia, que quedaba en calles Perón y 25 de Mayo. Lo más  importante para mí fue que desde entonces nunca faltó la comida en mi casa”. 

El ámbito del Frigorífico marcó  las relaciones sociales de  los trabajadores, en este sentido Estela nos ilustró: 

“Nos hicimos muy amigas con  todas  las compañeras. Yo  fui  siempre muy callada. Si no me gustaba algo de alguna, no hablaba más con ella y así no me peleaba. A  la  cuadra de mi  casa  vive  Sara  Lazo,  compañera  con  la que hasta hoy somos amigas. Las vecinas Salva y los Rodríguez trabajaron todos en el Frigorífico, tanto las mujeres como los varones.

También en el Frigorífico encontré el amor. Mi galán trabajaba en chanchería y  le decían  ‘Mingo’. A una  le gustan muchos muchachos cuando se es joven pero… novio uno solo, bueno, ahora  los chiquilines… Antes no era fácil arrimársele a un varón, ni un varón a una mujer.

Mingo era de Larroque, sus padres vinieron a Gualeguaychú y al tiempo se enfermó la mamá y murió. Quedaron huérfanos de chiquitos los tres hermanos: Mingo de seis, el hermano de cuatro y a la hermana de dos años la dieron a una familia porque era mujer. El padre trabajaba de tropero y ellos se criaron solos. 

Cuando me casé con Domingo Lázaro Balbuena, en 1948, vinimos a vivir a Pueblo Nuevo. Pensar que con el sueldo nos compramos la casa y el auto a plazo. Íbamos muy poco a bailar. Lo que sí me gustaba era la música, tango, valses, esa música me gustó mucho. También íbamos al club Pueblo Nuevo cuando recién se inició que había fútbol. 

No tuvimos hijos, pero criamos a cuatro sobrinos de los que estoy orgullosa porque son muy buenas personas. Mingo murió hace seis años.

No todo era color de rosas, a veces me chorreaban las lágrimas, sobre todo por injusticias. Pero siempre me esforcé por estar cómoda porque yo pedí trabajar y hasta con tormentas íbamos… por eso amaba y amo el Frigorífico; gracias a mi trabajo ayudé a mamá y a mi hermanito que era discapacitado.

Mi sueño hoy es que haya trabajo para todos”.

Historia II: Dominga Marciana

Jueves  17 de abril de 2008. Fuimos a  la casa de Dominga Marciana Lazo, amiga de Timotea (Estela), quien nos abrió las puertas y nos hizo pasar sin saber quiénes éramos ni a qué íbamos. Al enterarse de nuestra inquietud comenzó a hablar con entusiasmo:

“Nací en 1925, vivía en calles Ameghino y 3 de Febrero. Como necesitaba, fui al Frigorífico a pedir empleo. Fue así que entré a trabajar en 1943. Cuando ingresé me dio mucha alegría. Estuve treinta y cuatro años, hasta 1977, cuando me  jubilé. Entraba a  las cinco de  la mañana y salía a  la una de  la tarde. 

Primero me mandaron a la sección ‘picada’, después a la sección ‘almacenes’, allí se hacían guantes, también estuve en ‘acción social’, donde hacíamos el desayuno para los chicos. Luego fui a ‘laboratorio químico’, donde realizábamos los análisis industriales. Aquí ya entraba a las seis de la mañana.

Mamá me acompañaba porque era muy oscuro. Una vuelta me corrió una vaca que se salió del tropel de la hacienda y me quedé escondida atrás de un auto, quietita, hasta que por suerte pasó Traba, otro empleado, y le grité para que me esperara para ir juntos.

Siempre me llevé bien con todos. Hasta ahora seguimos siendo amigas con muchas  compañeras.  ¡Ah!,  también  jugaba muy bien  al básquet  y hacía gimnasia”.

También en el testimonio de Dominga pudimos ver la solidaridad entre los trabajadores del Frigorífico: 

“Cuando no pagaban  la quincena,  los vecinos nos  juntábamos, cocinábamos con la carne que nos daban en el mismo Frigorífico y comíamos todos juntos porque había veces que no nos fiaban. Una vez hubo cincuenta y cinco días de paro”. 

Historia III: Julia Petrona

Miércoles 23 de abril de 2008. Nos dirigimos al barrio Tomás de Rocamora para encontrarnos con Julia Petrona Ojeda de Olivera. Al escuchar el motivo de nuestra visita, abrió la puerta felizmente, nos hizo pasar y sentirnos como en nuestra casa, y comenzó su relato: 

“Nací y me crié en Cuatro Hermanas. Nunca fui a la escuela. Aprendí a leer con una señora que vivía cerca, en una estancia. Siempre digo qué hubiera sido de haber ido a la escuela. Soy re inteligente. Tuve siete hijos: Antonio Fernando, Horacio  Raúl,  Eduardo  Roberto,  Carlos,  Fátima Delia, Graciela Julia y Griselda Susana. 

Mi  esposo  trabajaba  en  el  Frigorífico hasta que  tuvo un  accidente  en  la columna y se retiró. Entonces me tomaron a mí. Yo tenía todos  los pibes chicos. Enseguida me aflié al sindicato. 

Primero entré a  ‘grasería’, después a  ‘cortes especiales’ y a veces  iba a  la cocina porque era amiga de las chicas y les ayudaba. En  ‘corte’ manejaba el cuchillo a  la par de los hombres. Roberano era un hombre despostador tan ligero, era una luz y yo también era desenvueltísima, tanto que me jubilé a los cincuenta y dos años y, como era tan ligera para manejar el cuchillo, me volvieron a tomar. Me pagaban  los sábados. 

Trabajaba con Roberano que era quien llenaba la mesa de carne y al rato estaba limpia por mí: le había sacado toda la grasa y la dejaba bien prolija. 

Me corté una sola vez y fue porque una compañera me gritó y al mirarla asustada me corté. Cuando había poco trabajo el capataz me ponía a afilar cuchillos con una piedra y nunca me corté”.

Con  respecto  a  las horas de  esparcimiento,  Julia nos  contó una  colorida anécdota: 

“Yo siempre fui dada, me hice amiga de mujeres y de varones. Una vuelta fui elegida reina, me acuerdo que el negro Carro, un obrero que ya se murió, me sentó en un carrito que era como una carretilla. Me llevaron a pasear en el cuarto de hora libre que teníamos y cuando pasaba por grasería me encontré con el  jefe Chichizola en  la puerta;  le  teníamos  terror. 

Al otro día, me llamó para felicitarme, entonces me dieron un paquete de caramelos que tenía que repartir en todas las secciones, todo lo hacíamos en el cuarto de hora. 

Pasábamos tan lindo… Cuando me jubilé era un duelo con todas las mujeres”.

Al referirnos sobre el sindicato, nos relató: 

“Una vuelta fui a una reunión del sindicato con gente que había venido de otro frigorífico de Buenos Aires, creo, y me llamaron para recibir un premio entregado por Ernesto Escalada, casi me da un infarto. El premio consistía en un viaje a Mar del Plata todo pago. Nunca pude  ir porque mi hija era chica e iba a la escuela y cuando hubiera podido llevarla ya se había vencido el plazo. 

Trabajé veinte años y ahora tengo ochenta y dos”.

Historia IV: Gervasia Hilda (“Viruta”)

Martes 29 de abril de 2008. Una compañera de trabajo nos dio el nombre y la dirección de Viruta Marín y hacia allí fuimos. En calle Constitución, nos recibió tan amable como todas y venida del campo como la mayoría de las mujeres entrevistadas: Gervasia Hilda Delia Marín, “Viruta”, sobrenombre que le puso su abuela paterna. Tuvo un hijo, Mario José Urriste; y así nos relató su vida de trabajadora:

“Nací el  19 de  junio de  1932. Vivíamos en el  campo  con  toda mi  familia, éramos ocho mujeres y  tres varones. Cuando vinimos a  la ciudad  fui a  la Escuela Nº 44 hasta tercer grado y nada más.

Entré a  trabajar al Frigorífico el 21 de abril de  1951, a  los dieciocho años. Comencé en  la  ‘charqueada’, que es donde  se  limpiaba  la  carne que exportaban. Estuve siete meses y pedí el pase, junto a otras cinco obreras, a ‘tripería’, porque se comentaba que la ‘charqueada’ era por poco tiempo.

Había mucho trabajo. Ganábamos bien porque trabajábamos las ocho horas y después hacíamos horas extras, a veces nos quedábamos hasta las diez o doce de la noche. Al día siguiente, entrábamos a las cinco de la mañana y a las seis menos cuarto empezaba la matanza. Yo debía subir a una mesa para hacer mi trabajo, mi especialidad era descebar el chinchulín a tijeras, es decir, sacarle la grasa. Se sacaba todo lo que es de tripería, ya sea tripa gorda, el chinchulín, el tripón, que es donde se envasa para hacer la factura cuando se hace el queso de chancho. Era todo un proceso: en la mesa de tripa gorda había once chicas que se encargaban de descebarla, la dejaban limpita y era pasada por máquinas, después las salaban bien, las ponían en estibas y las prensaban. 

Al otro día, teníamos que sacarles toda la sal gruesa y agregarles sal fina para ponerlas ya en los cascos de las esquinas, para que largaran la grasa. 

Un señor las apelmazaba bien y después las cerraban herméticamente. Estos dos procesos se hacían tanto para la tripa gorda como para el chinchulín. En la mesa de chinchulín éramos cuatro mujeres. Todo se exportaba. 

Al tripón, al darlo vuelta, se le ven granitos, y uno tenía que sacarlos con mucho cuidado al trabajar con tijeras porque si se cortaba había que coserlo.

Otro trabajo era con la vejiga: se lavaba bien, se inflaba, se iba a la estufa y al otro día eso era un papel, todo transparente. Los muchachos las sacaban,  las  colgaban y nosotras  las aplastábamos bien y hacíamos paquetes de doce y de veinticuatro. Luego, se prensaban y quedaban bien chatitas. 

Eran para envasar salames o mortadelas. Cuando había cierta cantidad las exportaban. 

Teníamos quince minutos para desayunar, a las ocho. Si trabajábamos todo el día nos daban media hora para almorzar, cada una se llevaba su comida. 

Yo iba un rato antes con mi compañera y tomábamos mate antes de empezar a trabajar. 

Estuve diecinueve años en ‘tripería’, cuando cerró nos mandaron a ‘menudencias’, que estaba enfrente, después me pasaron a ‘acción social’, donde servía el desayuno, leche con café, con té o con mate cocido y galleta, y eso que cuando yo entré ya no  servían como antes manteca y dulces hechos ahí mismo. Después, limpiaba las mesas y los baños, y a la tarde les daba la leche. Hacíamos hasta ciento cincuenta horas extras al mes; trabajábamos tanto para tener una buena jubilación y cuando nos jubilamos, en 1964, fue con la mínima. Cuando fuimos a preguntar a ANSES por qué cobrábamos tan poco, nos dijeron que cobrábamos por seis horas y tres cuarto, que éramos peón raso, que no teníamos ninguna categoría. Sin embargo, cuando mí me cambiaron me dijeron que subía de categoría.

El último tiempo como trabajadora mi tarea consistía en controlar la ropa que se llevaba al  lavadero. Un día, bajando  las escaleras me  resbalé, me caí y me accidenté. 

Estuve como tres meses enferma y cuando me dio el alta el doctor Alazard me jubilé. Trabajé durante treinta y dos años en el Frigorífico. Allí hice varias amigas, que lo seguimos siendo hasta hoy”. 

Historia V: Aída Luisa

Viernes 2 de mayo de 2008. Aída Luisa Bogado vive en calles Irazusta y Las Tropas, trabajó los últimos años hasta que cerró la fábrica, tuvo tres hijas: Marcela, Inés y Marina. Esta es su historia:

“Nací el 1º de mayo de 1947. Entré a trabajar por un amigo. Lo principal para mí era criar a mis hijas. El padre de mis hijas trabajaba en el taller, pero no alcanzaba. A mí me encantaba el trabajo. Cuando me hizo una entrevista Ricardo Nieto, antes de  ingresar, me preguntó, entre otras cosas, si sabía manejar el cuchillo, le dije que sí, nada que ver…, y comencé en ‘cortes especiales’ sin saber nada. A los tres meses se dieron cuenta de que no sabía ese oficio y me pasaron a ‘envasado al vacío’, se empaquetaba toda la carne que se exportaba. En aquel momento se trabajaba muy bien con Argelia e Italia. Me encantaba. Hacía muchas horas extras. Todavía tengo amigas hechas  allí. Me  fui  cuando  cerró  la  fábrica. Habré  estado  cuatro o  cinco años. Fui la última mujer que tomaron, creo que fue en el 87, después paró, volvió a abrir… una pena. 

Hoy, si tuviera poder, pondría una granja para tantos chicos jovencitos que no tienen dónde estar… un hogar con su lecherita, sus gallinas, que estén contenidos”.

Historia VI: Blanca

Viernes 9 de mayo de 2008. Blanca Valdez de Melgar vive sobre la calle Presidente Perón, tiene setenta y seis años y con mucho gusto refrió sobre su trabajo en el Frigorífico Gualeguaychú:

“Mi hermana trabajaba en el Frigorífico cuando quedó embarazada, entonces habló con el gerente y le pidió trabajo para mí. Yo vivía con mi mamá y estábamos desamparadas. A los trece años entré a ‘menudencias’, donde estuve poco tiempo porque me pasaron a ‘acción social’. Allí hacía la limpieza y preparaba la merienda para los hijos de los obreros que concurrían a esa sección. También trabajé haciendo guardia en ese sector hasta las dos o tres de la mañana.

En ‘acción social’ nos mandaban a hacer deportes, era sagrado. El profesor Gallemí nos daba gimnasia de tarde. Se hacían reuniones. Gallemí traía un profesor de folklore, porque a él le gustaba, y bailábamos. ¡Qué lindo! Yo no había hecho  la primaria y  la fábrica me pagaba un profesor para que estudiara, no me gustaba ir a la escuela.

Mi mamá me acompañaba hasta  la  calle Pellegrini y ahí nos  juntábamos con los demás compañeros. Se hacía difícil cuando había tormenta, yo cerraba los ojos y creo que los abría recién cuando llegaba. Entrábamos a las cinco de la mañana y salíamos a la una de la tarde.

Íbamos contentas a trabajar. Había armonía. Éramos tan compañeras…

Se hacían bailes muy lindos, pero en uno de ellos una señora se murió y no se hicieron más. 

Con los varones éramos muy compañeras. Nos ayudábamos, sobre todo si había una tarea pesada. Cuando íbamos a tomar el café con leche éramos como diez, nos juntábamos todos, hacíamos cuentos, conversábamos.

Me casé a los veinte años. Con mi marido nos conocimos en el sindicato, yo tenía quince años. Yo entré en el 45 y mi marido, en el 48. Cuando quedé embarazada del segundo pedí  trabajar medio día. Me desempeñé  en  el Frigorífico hasta los sesenta y nueve años. Tuve tres hijos, dos varones y una mujer.

Después vinieron tiempos de cambio, hoscos, malos… Uno entraba al Frigorífico y daba tristeza, aparecieron los mandamás, pero dentro de todo se hizo llevadero.

Yo era muy rebelde. El jefe era Pedro Delmonte y me echó, ahí estaba ese amigo de retar mujeres, se subía a un banco y de ahí mandaba, para entonces ya estábamos divididos a causa de la política, unos éramos blancos y otros, negros. Ya ahí quedábamos pocas unidas. Nosotros dábamos la vida por Ernesto Escalada, era un señor”.

Historia VII: Petrona Liberata (“Tona”)

Sábado 17 de mayo de 2008. Entrevistamos a Petrona Liberata Gómez de Crnich, “Tona”, recomendada por sus compañeras y cuya foto, practicando tiro con arco y fecha, ocupa toda la tapa del libro Una obra social argentina, en el que se cuenta todo lo relacionado con esta área del Frigorífico tan ponderada hasta la actualidad. 

Tona nació en Gualeguaychú el 21 de diciembre de 1924. Después de catorce años de novio se casó con Ángel Crnich, con quien tuvo dos hijos. Esta es su historia:

“En  1942  ingresé al Frigorífico porque  llamaban a  chicas. Me  interesó ya que en  la fábrica se ascendía de categoría y se podía progresar. Entonces vivía con una hermana casada. Cuando entré había pocas mujeres, estaban las secciones ‘tripería’ y ‘menudencia’. Yo entré a ‘menudencia’, donde estaba el señor Álvarez de encargado y pedía chicas y muchachos menores de edad, así que en esa sección había muchos chiquilines de dieciséis y diecisiete años. Allí también trabajaba Elena Bibé, que fue una gran consejera porque yo no tenía ni padre ni madre y ella fue muy buena conmigo. Trabajé más de un año sin aporte jubilatorio porque no tenía dieciocho años. La cuarta parte de los empleados éramos mujeres. El Frigorífico llegó a tener un plantel de mil doscientas personas.

El colectivo salía del Hospital y nos traía al Frigorífico. También iba gente a caballo. Cuando llovía nos veníamos hasta la esquina de Pellegrini y Del Valle, donde se juntaba toda la barra y salíamos todos, rápido para no llegar tarde. Tengo lindos recuerdos del Frigorífico”.

En relación al trabajo y a la remuneración de las mujeres, Petrona nos detalló: 

“El sueldo de  las mujeres era casi la mitad, porque el trabajo de ellos era más peligroso que el de nosotras”. 

Y en cuanto a su historia laboral: 

“En fábrica trabajé poco, pero yo quería aprender todo, porque nunca había visto matar animales. También fui guía cuando los colegios venían a visitar la fábrica, sobre todo cuando no estaba María Rosa Gallemí. Me sabía de memoria todas  las clases de glándulas.  Iban todas en una bandeja, se contaban y enviaban al balancero y a veces el compañero que estaba en la balanza se iba a fumar un cigarrillo y me pedía que me quedara… y Tonita se quedaba. Le tomaba el trabajo, ya tenía los nombres de las glándulas en la cabeza. Cuando me tocó hacer de guía ya sabía todo: de  ‘grasería’, de ‘tripería’, que no había con qué pagarlo, cómo trabajaban las chicas ahí. Y siempre bien limpitas. Si queríamos podíamos dejar la ropa en el lavadero y si no la llevábamos a nuestra casa, teníamos tres equipos por persona.

Yo trabajaba ocho horas, cuatro de mañana y cuatro de tarde. Pero cuando había que entregar carga para exportar y en tal fecha debía estar embolsada y embarcada, nos preguntaban si queríamos ir a trabajar y yo era la primera en levantar la mano, porque hacíamos horas extras y nos pagaban el doble”.

Luego, nos habló sobre la gerencia del Frigorífico: “Primero tuvimos un gerente de apellido inglés que no me acuerdo [Troisse], después entró Federico Birabén Losson, que vino con el fin de organizar ‘acción social’ para varones y mujeres. Fue entonces que me entusiasmé y seguí estudiando con un profesor que vivía haciendo cruz a la Escuela Normal, hermano de una monja. Todos queríamos terminar el secundario, para ello nos daban permiso desde las seis de la tarde hasta las ocho.

También a la fábrica iban chicos de pantalones cortos, hijos de los obreros, porque el gerente quería que cuando terminaran la primaria fueran aprendiendo un ofcio y los empleaban en jardinería, en electricidad y en carpintería, elegían lo que más les gustaba, eran trabajos que les iban a rendir, de ahí salieron grandes electricistas del Frigorífico.

En ‘acción social’ cuidaban a las mujeres desde el embarazo y cuando nacía el chico tenía que ir todos los meses a pesarlo y controlarlo. Además, teníamos una dietista,  la señorita Boretto, que nos enseñaba a cocinar. En esa sección se dictaban además clases de deporte; hice básquet casi diez años y también tiraba la fecha. La joven que está en la foto que se encuentra en la tapa del libro de la obra social soy yo”.

Con respecto al sindicalismo, nos contó:

“El sindicato nació en calle Montevideo, a dos cuadras hacia el norte de la fábrica. Yo era delegada de mujeres, todos los meses les cobraba, con eso y la recaudación de los bailes, que se organizaban una vez al mes, se sustentaba la obra social del sindicato. Yo estaba en la parte social, y por esa época también se hizo una enorme biblioteca. 

Los dirigentes del sindicato eran varones. Las mujeres tenían miedo de  ir y yo las animaba. Todas las trabajadoras éramos muy amigas. No nos sentíamos discriminadas para nada,  los  varones nos  tenían  como  a bebés a nosotras, nos cuidaban, nos defendían y nos respetaban. Ahí también me eligieron reina”.

También nos comentó acerca de la mirada que tenían los trabajadores de otros rubros sobre el obrero de la carne: 

“Había una cierta envidia de otros trabajadores con los obreros del Frigorífico, tanto con los varones como con las mujeres, porque ganábamos más que una maestra.  Conmigo trabajaban maestras y yo les enseñaba”. 

Al mismo tiempo, nos mostró cómo el trabajador del Frigorífico participaba en diferentes eventos sociales, como el desfile de carrozas: 

“Cuando empezó el desfile de carrozas que se realizó en  la Costanera,  la del colegio Villa Malvina se hizo en la fábrica. Como el señor Lyall, marido de la profesora Blanca Rebagliatti, preguntó si podían ayudarlo y la hija del gerente iba al colegio, no podíamos decir que no. Estas manos trabajaron para adornarla, el armazón lo hizo un muchacho de Pueblo Nuevo. Era una orquídea que movía las hojas saliendo de una caja con cintas gruesas. Sacó el primer premio. 

Estuve veinticinco años. Cuando salí, en el año 60, todavía estaba la ‘acción social’. Pero un día, después de un tiempo, fui arriba a buscar las cosas para jubilarme y casi me desmayé: no quedaba nada de lo que se hacía para cubrir las necesidades que un trabajador o una trabajadora debe tener y el patrón debe dárselo. Se estaban cayendo los pedazos de cielorraso. ¡Ya iba a pasar eso con el gerente que nosotras teníamos! Luego llegaron los militares y quemaron todo. A mí me trajeron fotos para que no se perdieran”. 

Historia VIII: María Ángela

Sábado 24 de mayo de 2008. Enterada de nuestra investigación por una ex compañera, María Ángela Lazcano se comunicó con una amiga en común porque no quería quedarse sin contar su experiencia: 

“Nací en Gualeguaychú el  13 de  septiembre de  1950. Entré a  trabajar en 1969 hasta la quiebra, en 1991.

Al principio estaba cohibida, no tenía experiencia en fábrica, yo había trabajado en casas de familias y había cuidado chicos. Después me fui adaptando, ya que la convivencia era buena, familiar. 

Más tarde, me afilié al gremio. En la junta no había mujeres, sí en la farmacia, que era del sindicato”.

Historia IX: Leónidas Natividad

Lunes 26 de mayo de 2008. Leónidas Natividad Andrade se casó con Luis Rafael Romero, también obrero del Frigorífico. Tuvieron tres hijos: Rafael, Eugenio y Luis Raúl. Nació en Gualeguaychú y muy orgullosa nos dijo: 

“Para entrar al Frigorífico había que tener un pariente que te presentara. Yo no tenía a nadie, pero papá era amigo de un señor que trabajaba allí, entonces me presentó como  sobrina de él, en  realidad no éramos nada. 

Conmigo entró una hermana y una vecina. Íbamos las tres a pie. Así fue como ingresé al Frigorífico, no había cumplido quince años cuando comencé en el departamento ‘charqueada’. Allí traían cuartos traseros, se les sacaban las venas y la grasa, se cortaban en tiras de diez por dos centímetros, más o menos. Esa carne se preparaba en unas cocinas enormes y todo olía a puchero, eso se enlataba y se enviaba a Europa en épocas de guerra. 

Entrábamos a las cinco de la mañana y descansábamos a mediodía una hora, pero yo no tenía tiempo de volver a casa porque vivía en el barrio Franco y teníamos que cruzar toda la ciudad caminando porque entonces no había colectivos. Íbamos a comer a la casa de la señora del encargado del Matadero Municipal que cocinaba para varios empleados. Trabajábamos todo el día hasta las cinco o seis de la tarde, solo parábamos si teníamos que ir al baño. En esa época no funcionaba ‘acción social’. 

No se podía faltar. Si faltabas dos o tres veces, te despedían directamente. Cuando entré ganaba $0,25 la hora. Como yo era menor de dieciocho años no me aportaban todavía para la jubilación. A pesar de todo, no me cansaba y estaba contenta porque la situación en mi casa era fea. En ese entonces éramos seis hermanos, después vinieron dos más, y solo papá trabajaba, era albañil. Pero como yo ganaba dinero y  traía  a  casa,  podíamos  comprar  cosas  que  nos  hacían  falta,  yo  estaba chocha. 

Estuve desde julio del 43 hasta febrero del 45, cuando terminó la elaboración de la ‘charqueada’ y entonces nos despidieron a todas, algunas lloraban, yo no me daba mucha cuenta”. 

Al contarnos sobre su experiencia en la fábrica, Leónidas Natividad refexionó sobre los menores y el trabajo: 

“El tema del trabajo de chicos menores pienso que depende de la situación económica. Lo ideal sería que los chiquilines estudiaran, por lo menos hasta el secundario.

En noviembre del 45 me llamaron de nuevo. Mi papá me acompañaba hasta la plaza a tomar el colectivo de Gavagnin que nos llevaba al Frigorífico y empecé a trabajar en el departamento ‘menudencias’, donde estuve solamente tres meses porque en ese ínterin el señor Birabén tomó examen a todas las chicas y el mío, con cuarto grado que tenía a la fecha, fue el mejor. 

Birabén me llamó junto a otra chica que también hizo muy buen examen y nos dijo que nos iba a ir ascendiendo si estudiábamos. El Frigorífico nos pagó un profesor de apellido Mugartelli, que vivía en Gervasio Méndez, entre Pellegrini y Chalup, él nos enseñó a varias empleadas. Cada  tanto, nos tomaban un examen. A mí me mandaron al  ‘computador telefónico’, me desempeñé como telefonista unos cuantos años. La empleada que ya estaba se llamaba Sarita Elizondo, ella fue quien me enseñó el trabajo. 

¡Un lío bárbaro era eso! ¡Las clavijas y las fichas! Después me llevaron a ‘oficina general’, donde estuve en costos, en contaduría y en jubilaciones”.

También hizo referencia a la época peronista:

“Cuando entró Perón vinieron los beneficios de vacaciones, aguinaldo, horas extras y se fundó  la  ‘acción social’, que era una belleza. Las chicas dejaban de  trabajar a  las ocho de  la mañana  y bajaban a  la  ‘acción  social’ a  tomar el desayuno. Se preparaban dulces, mermeladas dirigidas por  la dietista Boretto. Con algo caliente ya estábamos con más energías para trabajar. Como yo no podía dejar el computador, me llevaban allí el desayuno. 

Los turnos eran de seis de la mañana a una de la tarde y de una de la tarde a siete. 

También tuvimos asistencia médica y los remedios gratis para todos los trabajadores y sus familias. Además, a los hijos de los obreros se les controlaba la salud y se los apoyaba en la educación en el contra turno de la escuela. 

Llegaban con los portafolios del colegio, se vestían con la ropa de gimnasia y  los profesores Luis Timone, Tomás Luján y Gallemí  los  llevaban a  las canchas preciosas que había detrás de la fábrica para hacer gimnasia y deportes. Después, los chicos se duchaban y los llevaban a tomar la merienda antes de ir al aula donde estaban las maestras Zulma Lavalle, Berta Almeida de Sciannamea y Laurita Cruz, que les enseñaban y explicaban los deberes. 

Luego, se iban a sus casas con todo hecho para ir a la escuela. Los chicos que iban a la escuela de tarde iban a hacer lo mismo a la mañana. ¡Era divino ver a los gurises!

A mí siempre me gustó leer mucho. María Rosa Gallemí me elegía los libros, me alentaba para que yo leyera. Era divina esa ‘acción social’. Me enamoré de un compañero, 

“Bicho”, y nos casamos en el 66, pero ya no existía más ‘acción social’ y ese mismo año me jubilé”. 

En cuanto a la relación interpersonal en la fábrica, Leónidas Natividad nos dijo:

“Había mucho compañerismo entre varones y mujeres. Con los superiores había mucho respeto. Las mujeres cobrábamos menos que los varones. La conducción del sindicato era de varones. Afiliadas estábamos todas las mujeres y cuando había huelga la hacíamos todas. El 10 de junio era el día del trabajador de la carne y siempre se festejaba.

Fue muy positivo mi tiempo de trabajo, porque mejoró  la situación económica de mi casa, eso es bueno. También me relacioné con muchas personas”. 

En  contraposición,  Leónidas  recordó  la  situación de  la  fábrica durante el período militar: 

“Cuando vinieron los militares se robaron todo de la casa de la compañía donde vivía el gerente y donde estaba ‘acción social’: juegos de loza, cuadros, platería. Se robaron TODO, TODO… Fueron unos personajes que se robaron todo. Esto lo sé por los comentarios de los compañeros, gracias a Dios yo estaba jubilada”. 

Finalmente, nos refrió el recuerdo de personas queridas que conoció en el Frigorífico y con nostalgia se despidió de nosotros: 

“A Rosita la queríamos muchísimo. Ese árbol de Espumilla que tenemos en la vereda fue regalo de don Majim Gallemí, el padre de ella, que era el jefe de los jardines del Frigorífico. A María Rosa la llevábamos y traíamos en el auto de mi novio, que luego fue mi marido. Debe tener más de cuarenta años ese árbol. Qué cosa divina. Lo del Frigorífico todo era lindo, hermoso.

Siento añoranzas, me da mucha pena ver cómo está todo ahora. Es más, el señor Birabén dejó un edificio que está para el lado sur para elaborar conservas, como hacía Liebig’s. Él murió el 25 de abril del 54, fue a votar en unas elecciones y cuando salió de la escuela se cayó muerto. Nadie se ocupó de seguir lo que propuso, a lo mejor hubiera estado trabajando hasta ahora con la fábrica de conservas”.

Historia X: Esilda

Jueves 29 de mayo de 2008. Esilda Cedres nació el 5 de enero de 1929, también fue una trabajadora del Frigorífico Gualeguaychú que, como tantas, conoció a su marido en el trabajo, Juan Vicente Ansalás, con quien tuvo dos hijos varones:

“De chica vivía siempre en el campo, en Larroque. Mis hermanos iban a caballo a la escuela y como mi mamá no quería que yo fuera con los varones a caballo y además tenía una hermana casada en Gualeguaychú, me vine a su casa y fui a la escuela de monjas, enfrente al Hospital, durante cuatro años: desde los ocho hasta los once. 

Después fuimos a Irazusta. Andábamos como linyeras, porque los arrendamientos subían y no se podían pagar. Hasta que dividieron El Potrero en la época de Perón y nos tocó a nosotros y a dos hermanos de vecinos y se puso lindo el campo, a mí me gustaba, pero no a mi hermana de veintinueve años; ella no quería estar más en el campo, no conseguía novio. 

Mi hermana era mayor y quería venirse a la ciudad y decidimos que yo me inscribiría en el Frigorífico porque tenía la edad que tomaban, entre dieciocho y veinticinco años. 

¡Cómo hacía para decirle a papá que me  iba a trabajar! En eso muere un cuñado de mi cuñada y mamá armó viaje y yo también para acompañarla. 

Lo que menos hice  fue  ir al velorio. Me  fui al Frigorífico, me anotaron y tenía que volver a examen médico al otro día, que era viernes, y ya el lunes empezaba a  trabajar. En el viaje  le  conté a mamá. Cuando  llegué a  casa preparé la ropa, mamá sabía, pero me pidió que le dijera yo a papá para que no se enojara con ella.

Se me hacía la hora de tomar el colectivo, tenía que ir a la ruta a esperarlo (venía de Concepción del Uruguay) así que tuve que atropellar y decirle a papá. Me preguntó si me faltaba algo en casa y yo le dije que no me faltaba nada, pero unos pesitos más no me venían mal, total, si no me gustaba me volvía. Me pidió que le dijera a mamá y, como ella ya sabía, agarré el bolso, me despedí y salí que volaba. De casualidad llegué a tiempo, cansada, por que recorrí 2000 metros.

Ya acá (Gualeguaychú) me fui a la pensión, que era la casa de un pariente, ubicada a cinco cuadras de  la fábrica. Tenía un hermano, pero vivía atrás de la estación, me quedaba lejísimos y era muy oscuro para ir a trabajar a la madrugada. Me preparé para empezar el lunes y como había una vecina que también se desempeñaba en el Frigorífico y yo la conocía, nos fuimos juntas; si no, yo no hubiera sabido ni por dónde entrar. 

Cuando llegamos, estaba la jefa, que me dijo que llevara candado para el cofre de la ropa porque robaban mucho. 

Me impresioné cuando me mandaron a la oficina del jefe, por suerte había un  sereno muy amable que me acompañó. Yo abría  los ojos para poder volver después. 

Subimos a un ascensor hasta el segundo piso, después a la oficina, donde me  tomaron un examen dictado para ver  si  sabía escribir, porque a las más educadas las tomaban para las oficinas. 

Un año estuve pagando pensión, después pude comprar una casita y papá, mamá y mi hermana también se vinieron. En el campo quedó otro hermano soltero. 

En el Frigorífico trabajé primero en ‘charqueada’, después en ‘tripería’, que era un trabajo bastante sucio. Las que estábamos en la picada le decíamos ‘las negras  triperas’  y ellas nos decían  ‘las negras de  la picada’  y éramos todas compañeras, porque a la hora del desayuno y de la merienda estábamos juntas, no había problemas. También estuve en ‘bolsería’, que era un trabajo limpio, pero aburrido: se daban vuelta las bolsas, se colocaban en el suelo y se contaban. 

Cuando  llegábamos tarde nos aplaudían, golpeaban tarros o cantaban el arrorró, yo me reía, pero me daba una bronca… Después pusieron tarjetas y nos descontaban quince minutos por cada minuto tarde que llegábamos.

Cobrábamos por hora. Más o menos en 1959 estuvimos tres meses sin trabajar, nos pagaban la garantía horaria todas las quincenas, no nos dejaban sin sueldo. ¡Qué gente buena y trabajadora eran Birabén y Labayén! Un año nos regalaron un aguinaldo por tanta ganancia. El último tiempo, entre el 67 y el 68, entró una comisión nueva, gente joven, y empezó el despiole. Así se terminó el trabajo”.

Como muchas de sus compañeras, en el Frigorífico, Esilda encontró amigos y al que fue su esposo: 

“A mi marido lo conocí en el trabajo, era muy atento, hasta que un día me mandó decir con una conocida de los dos que tenía que hablar conmigo. La cita fue en la esquina de casa y después nos fuimos a la puerta. Había sido compañero de mi hermano en Gendarmería. Papá escuchó toda la conversación y cuando entré me dijo que para  lo que había hablado  lo hubiera invitado a entrar a casa. Hacía dos meses que había perdido con su novia [en esa época era sinónimo de terminar una relación de noviazgo]. Tenía todo para casarse. Yo aproveché  la tela del vestido de novia y  la tela del trajecito de civil. 

Con el  tiempo  fuimos ahorrando para comprarnos una casa, me acuerdo que una  vecina me decía que  trabajando  los dos nos podíamos  comprar un televisor, pero yo le decía que nos alcanzaba para un televisor, pero en techo ajeno no; primero la casa. 

Cuando falleció mi suegro, mis cuñados nos dieron el terreno que nos correspondía y, de a poco, entre  los dos, construimos esta casa. Porque no eran grandes sueldos los del Frigorífico. Lo que más nos ayudaba eran las horas extras que hacíamos. Además, mi marido era cintero o bandera de carreras de caballo y le pagaban por bajar la cinta, iba porque le gustaban las carreras y a la vez eran unos pesitos que traía. Y así, ahorrando, se hizo algo.

En el trabajo tenía un grupito con el que tomábamos mate juntas, íbamos a bailes y hasta ahora nos visitamos y hablamos del tiempo de antes. Me jubilé en 1979”. 

Historia XI: María Rosa 

Sábado 31 de mayo de 2008. Todas las entrevistadas nos hablaron de María Rosa Gallemí. Fue el alma de la “acción social”, querida por todas, trabajadora,  inquieta, preocupada por  la educación de todos  los que concurrían a la fábrica. Nos recibió en su casa con mucha humildad para contarnos lo que se acordaba de su paso por el área más ponderada: 

“Se había trabajado mucho para enviar carne adecuada a Europa durante la Primera Guerra Mundial, pero cuando yo ingresé el trabajo disminuyó”, comentó Rosa María al preguntarle sobre la actividad económica de la fábrica, que fue una fuente de trabajo fundamental para  la ciudad y sobre todo para el barrio de Pueblo Nuevo:

“Hay que  recordar que Pueblo Nuevo  se  formó  con mucho personal del Frigorífico y dependía mucho de este. El club fue ayudado por  la fábrica. Además, casados entre parejas del personal había varios”.

En cuanto a la vida cultural y social del Frigorífico, Rosa recordó: 

“Había una revista de propaganda para los clientes, que tenía una parte femenina. Yamandú Rodríguez, poeta uruguayo muy conocido, dedicó varias revistas al grupo femenino del Frigorífico. Preparó bailes y obras, festas con las mujeres y los varones. Estuvo más de un mes”.

El Frigorífico también representó para las empleadas un lugar de crecimiento personal:

“Las jovencitas jugaban al básquet y al voley, también hicimos muchos paseos. Había un profesor que  les enseñaba a  leer, escribir a máquina y así fueron ascendiendo. Algunas llegaban a trabajar en los escritorios”. 

Historia XII: Berta

Martes 10 de junio de 2008. Quienes se encargaron de ayudar a crecer intelectualmente a los obreros y a las obreras fueron las maestras contratadas para ese fin. Visitamos a una de ellas, Berta Almeida de Sciannamea, para escuchar su experiencia:

“Cuando ingresé, ya estaba el profesor de Educación Física, que daba clases a empleados y obreros. Primero estuve en el escritorio, entraba una hora más tarde y me retiraba una hora más tarde porque les tenía que dar clases a  las obreras que  salían del  trabajo. Estaban  las que querían aprender a leer y escribir y las que querían adelantar, así empecé. Eran muy responsables, me acuerdo de una chica que no faltó ni un solo día, no tenía mucha facilidad, pero era tan constante y tan buena que compraba  la voluntad. 

Después se creó la acción social para los hijos y parientes de los obreros, ya estábamos  todo el día, porque  los chicos que  iban a  los distintos  turnos, mañana o tarde, a  la escuela, hacían también  los deberes. El gerente era un visionario. El trabajo que hacíamos era: cuando el chico iba se le daba el equipo completo, controlado con una ficha para cada uno, se izaba y arriaba la bandera, hacían las tareas escolares y actividad física como marchas, destrezas, gimnasia, juegos, voley, básquet, todo menos fútbol, nunca conseguimos que el profesor enseñara fútbol porque engendraba violencia y yo le decía que instintivamente el chico veía una pelota y le daba un puntapié. Ese era el profesor Gallemí. El gerente lo trajo de Buenos Aires por intermedio de Regina, un profesor que se  lo recomendó. Después vino  la hermana María Rosa y toda la familia, porque el padre también trabajaba los días sábados con un grupo de chicos que seleccionaba y  les enseñaba jardinería. 

Luego de gimnasia, los niños volvían a acción social, se duchaban con agua caliente, que muchos no tenían en sus casas, y se creaban hábitos higiénicos, además de aprender a tratarse con compañerismo a pesar de los distintos gustos y de las distintas edades.

Algunos no iban a la escuela y se los preparaba para entrar directamente a segundo grado. Los que terminaban los deberes primero, para no aburrirse mientras esperaban a los demás, jugaban al ludo, a las damas, al ping pong. 

Las actividades eran de lunes a viernes. La calificación no era como en la escuela, con números, sino por puntajes tenidos en cuenta diariamente, mensualmente y durante el año; sumábamos los puntos a favor y los puntos en contra, según cómo andaban. Cuando un chico era un poco rebelde, en vez de castigarlo se lo puntuaba doblemente cuando hacía una cosa muy bien hecha y eso era un gran estímulo, resultaba más que un pequeño castigo. A los mejores calificados se les hacían flores de regalo a fin de año. Yo ahora los encuentro y me devuelven el cariño que uno les tuvo de chicos. Parece mentira que todavía tengan el recuerdo. Después de la arriada de bandera, salían cantando la marcha del deporte con el profesor, por supuesto. 

Estuve del 47 al 53. Trabajábamos ocho horas. Los sábados también iban los que  tenían problemas en  la escuela o querían adelantar. Se ganaba muy bien, me acuerdo que entré ganando $280 y en el Hospital ganaba $50 en Maternidad. Había muchas ventajas. Cuando nació mi primera hija pasaba casi sin dormir, no había pañales descartables. El gerente se dio cuenta de que yo no andaba bien, entonces lo llamó a mi marido, le dijo que no me veía bien y nos mandó a Buenos Aires recomendándonos su médico”. 

Entre tantas anécdotas de su labor docente en el Frigorífico, Berta recordó una que representó para ella un gran desafío: 

“En esa época empezó a trabajar en el Frigorífico un croata. El hombre había venido disparando de la guerra y había dejado a su señora embarazada. 

Trabajó hasta formar un capitalito para ir a buscarla. Cuando vino su mujer con el chico, este tenía nueve años y no conocía al padre, tampoco sabía el castellano y entonces… ¿cómo nos entendíamos? Y bueno, tuve que empezar con el diccionario que me trajo. En un cuadernito pegaba figuras, él escribía en croata, lo pronunciaba y yo se lo escribía en castellano, empecé con  la  familia, con  lo más cercano al chico. Era muy  inteligente. Después empezó a ir a la Escuela Nº 8 y le enseñó a su mamá. Cuando vendieron los barcos se fue a trabajar a Buenos Aires, tuvieron una hija argentina. Nunca conocí a alguien más agradecido a la Argentina que ese hombre.

Para el Día de la Madre y para fin de año se hacían unas festas enormes. Era una época lindísima. Fue una linda experiencia”. 

Esas palabras podrían resumir todas las historias de las fabriqueras que presentamos para este trabajo.

Si bien esta serie de entrevistas está dedicada a las mujeres trabajadoras del Frigorífico Gualeguaychú, no podía faltar la mirada masculina representada por dos empleados que compartieron sus horas de trabajo con ellas, que seguramente han sido ignoradas por la historia oficial, pero no por sus compañeros laborales: Crisóstomo Oscar Valor y Máximo Humberto Fraccarolli.

Historia XIII: Crisóstomo Oscar 

Viernes 13 de junio de 2008. Crisóstomo Valor nació el 27 de mayo de 1936. Se casó con Francisca María Adela López Pradal, con quien tuvo nueve hijos. Hoy disfruta de sus veintitrés nietos. Su papá era empleado del Frigorífico. Con una verborragia pocas veces vista nos narró:

“Mi padre era el vínculo entre el obrero y el gerente. Tenía la responsabilidad de tomar los empleados para trabajar. Siempre se eligió primero a los hijos de los trabajadores.

Desde el año 1942 hasta 1946 fue la época que entró la juventud que terminaba sexto grado: chicos de catorce y quince años. Papá tuvo la libertad de tomar a la gente. Hoy el trabajo de menores no lo quiero. El menor debe tener su tiempo de estudio, que se prepare.

El  Frigorífico  tenía una obra  social argentina extraordinaria que no  vino con Perón, estaba antes. Lo que hoy conocemos como obra social en Gualeguaychú ya existía. Por $1 se aseguraba a los obreros y a sus hijos, atendiendo a una vida sana desde las embarazadas, el ajuar y el nacimiento del hijo y después, cuando comenzaban  la escuela, se  les brindaba apoyo escolar. 

A los jóvenes también se los estimulaba en el estudio. Las mujeres tenían todas las consideraciones. Terminaban la faena y tenían que ir a hacer ejercicios, deportes, a bordado, a instruirse, todo era obligatorio, en beneficio de ellas, por supuesto. 

El Pensionado del Hospital, manejado por las señoras de la Beneficencia, tenía como principal cliente al Frigorífico, todos los obreros se atendían ahí. 

Faltaba ocuparnos de la muerte, y entonces se creó la Mutual. Se pagaba la cuota de la Mutual Fúnebre por prorrateo. Cuando ocurría un deceso y no había suficientes fondos ese mes, se cobraba a todos para completar el pozo. 

La Mutual funcionaba en el Club Frigorífico, también comprado por la fábrica para afianzar  las relaciones sociales. La relación con  las mujeres y  la convivencia era perfecta. Se practicaba el compañerismo.

Todo esto  fue concretándose en épocas en  las que estaba como gerente Federico Birabén  Losson, un hombre  con una  inteligencia  extraordinaria que había trabajado como apuntador en el frigorífico La Blanca o La Negra en Berisso. Sin este hombre no hubiera sido realidad todo lo que fue el Frigorífico Gualeguaychú”. 

El Frigorífico  influyó  también en  la vida  social y cultural de  la ciudad. En este sentido, Crisóstomo nos contó: 

“Muchos  ladrillos de  la Escuela Fábrica  los puso el Frigorífico, muchas paredes y muchos pisos de Villa Malvina, también. Por otro lado, yo fui socio fundador de la Supervisión. Galileo Puente le dio la personería jurídica a la Supervisión, por eso la farmacia lleva su nombre.

El Primer Convenio Colectivo de Trabajo por la Ley de Paritarias en Argentina  fue del gremio de  la  carne. Papá  fue paritario por el Frigorífico, en 1947. 

El 31 de diciembre del 48 fue la última gran cena y baile en el Frigorífico y de a poco fue perdiendo protagonismo”.

Historia XIV: Máximo Humberto

Jueves 31 de julio de 2008. Máximo Humberto Fraccarolli nació el 5 de julio de  1926.  Se  casó  con Aurora Cecilia Molina.  Tuvieron un hijo, Humberto Luis, desaparecido en la última dictadura militar.

Hoy Humberto tiene 82 años. Entró a trabajar el 16 de septiembre de 1962 a las cinco de la mañana y se jubiló el 2 de enero de 1982. No tiene nada que envidiarle a Valor en el don de la palabra:

“Yo entré al taller mecánico general. A los dos años, un empleado que estaba de mecánico de guardia en ‘tripería’ y ‘menudencia’ salió de vacaciones y me mandaron a reemplazarlo por veinte días, y estuve doce años. 

Conversaba con todas las mujeres. Me decían “Gringo”, me encantaba que me dijeran así. Me gustaba conversar, más con las mujeres que con los varones, pero las respetaba. Yo a la mujer la respeto. Ahora, no me pongas el dedo en la boca porque te voy a morder. Si una necesitaba diez clavitos, un tornillito o que le arreglara una chuchería, yo tenía posibilidades de hacerlo, a eso le llamábamos ‘contrabando’, se le hacía a todo el mundo, hasta al jefe de personal, y yo le decía: ‘Acá le traigo su contrabandito…’.

Con todos tuve buen trato. El taller mecánico fue el mejor pago, porque éramos de oficio, yo me retiré como oficial mecánico especializado, más arriba no había. Vale decir que ganaba unos pesos más que el obrero común, pero la responsabilidad era mucho mayor también, por supuesto, y aparte que yo hacía ocho horas de mañana y tres de tarde que eran extras.

Anteriormente estuve en  ‘menudencia’ y en  ‘tripería’, donde había entre cincuenta y sesenta mujeres. Menudencias son todas las vísceras rojas: quijada,  lengua,  corazón,  hígado,  pulmones,  riñones.  Y  tripería  las  vísceras blancas: chinchulines, tripa gorda, mondongo, cuajo,  librillo. Ahí no se tiraba ni el  suspiro del novillo. Hasta el pelo que  se  le cría en  las orejas al novillo  cortaban, hacían paquetitos y  los mandaban a Buenos Aires para hacer pinceles de fleteo. Antiguamente se hacían con pelos de camellos, pero después descubrieron que ese pelo del novillo era especial para el fileteo. Las guampas, las pezuñas, todos los huesos, la sangre, todo se usaba; lo único que se tiraba era la bosta del novillo. La fora intestinal, que en el animal se llama sarro, la envasaban en tambores de 200 litros, le echaban un ácido, no me acuerdo el nombre, para que fermentara y se la vendían a un contratista que me decía que valía más que el whisky. Qué hacían, no lo sé. Todas las glándulas las mandaban a Buenos Aires. La hiel era deshidratada, le sacaban toda el agua, quedaba como si fuera una pasta dura color casi negra… y a Buenos Aires para la química. 

El páncreas es  como  si  fuera una milanesa  chica,  chatita, que está en el centro del  rollo del  intestino,  cuando  lo  sacaban  lo  tenían que  congelar enseguida, de ahí se saca la insulina. El pellejo de la lengua, que se llama epitelio, lo sacaban con una máquina que yo se las preparaba, de ahí hacen la vacuna contra la aftosa, la despachaban en el día a Buenos Aires en colectivo.

Siempre tuve un respeto inmenso por la mujer, sobre todo la mujer obrera, será porque soy de raíces pobres. La mujer que trabaja, para mí es algo superior, algo especial, por eso merece el respeto total. Yo salía de acá con la chatita a las cinco de la mañana y a todas las compañeras que encontraba las llevaba, días de lluvia, de frío o de calor, a veces iban tres o cuatro conmigo y las dejaba en ‘portería’, después estacionaba. Jamás a una compañera de trabajo le insinué algo fuera de lo legal.

En el Frigorífico se hicieron muchas parejas y se desarmaron muchas otras también.

Toda mujer que trabaja merece más respeto que el varón, porque lo hace para ayudar al marido, para ayudar a  la casa, hay casos que son viudas o solteras y tienen que trabajar.

Tenía algunas compañeras con las que conversaba más que con otras. Había una señorita de treinta y tantos años, Elba Marchesini, con la que daba gusto conversar, porque siempre hablaba de cosas importantes, interesantes, tenía mucha cultura y así se aprende. Yo todavía tengo mucho que aprender.

Antes no había televisor, por suerte; había libros. Yo era muy lector, porque al terminar el trabajo a la tardecita, después de tomar unos mates hasta la cena, en ese tiempo cenaba, ahora solo tomo un café con leche, buscaba un  libro y  leía. Todos  los  libros enseñan. Pero no hay que creerle al autor completamente, porque ese autor puede tener tendencia de un lado o de otro. José Mármol, que escribió Amalia, era totalmente contrario de Juan Manuel de Rosas, tanto que tuvo que exiliarse al Uruguay,  lo pasaron en una lanchita de morondanga desde Dock Sur. Pero uno lee la vida de Juan Manuel de Rosas y algunos escritores lo ponen allá arriba; entonces, ni uno ni otro dice toda la verdad”. 

Conclusión

Todas empezaron a trabajar por necesidad. Muchas eran el sostén económico del hogar, siendo muy jóvenes, algunas menores de edad, pero lo hacían con gran alegría viendo el progreso familiar. Otras  llegaron a construirse su  casa. Mientras  trabajaban  crecían  como  personas,  estudiaban,  hacían deportes, aprendían oficios, todo en un clima digno, de higiene, respeto y amistad, que construían día a día haciendo del lugar de trabajo su segundo hogar, al que hoy recuerdan con nostalgia. No las detenían las madrugadas frías o lluviosas. Muchas tenían que atravesar caminos bordeados de pastizales y el miedo hacía que tuvieran que ser acompañadas por sus madres,  valientes mujeres que con coraje y sacrificio hicieron lo que como madres sentían en su corazón. Otras eran acompañadas hasta el lugar de encuentro con sus compañeras o a tomar el colectivo que venía desde el Hospital. A la vez se ocupaban con responsabilidad de la crianza y educación de sus hijos, a  los que  llevaban a control médico periódico y a apoyo escolar, servicios que les brindaba el Frigorífico.

A fines del siglo XIX, la llegada de las mujeres a las fábricas y talleres fue un cimbronazo en la vida obrera. Las mujeres se incorporaron al trabajo asalariado, fuera del hogar, y en particular en fábricas. Fábricas de alimentos, de la carne, textiles, de cigarrillos, de fósforos… Una nueva experiencia en las mujeres que a lo sumo trabajaban como empleadas de familias o hacían trabajos por distintas labores en sus domicilios, con excepción de las docentes. Seguramente que en  las fábricas  las mujeres fueron construyendo su nueva identidad de trabajadoras, que es lo que intentamos rescatar en esta monografía.

El trabajo fabril contradecía las normas sociales del momento, que establecían que el lugar de la mujer era el hogar. Entonces, en nuestra ciudad, se construyó un establecimiento modelo formado por ganaderos auténticos, que, además de ser el único en su género dentro del país, fue y es motivo de orgullo y satisfacción de toda la población: nuestro Frigorífco Gualeguaychú.

En nuestro trabajo de campo rescatamos principalmente que nada escapaba a la realidad argentina de la época: 

1. Las mujeres salían a trabajar fuera del hogar “por necesidad”. La necesidad de ayuda económica a la familia es el argumento que justificaba entrar a  la  fábrica y  con entusiasmo enfrentar  lo desconocido  sin  saber qué  les esperaba, qué sección les iba a tocar. 

2. Algunas eran muy  jóvenes, casi niñas, pero el esfuerzo y  la dedicación hicieron que aprendieran su trabajo con destreza y habilidad.

3. El número de mujeres era el 30% del total de los obreros.

4. El cuidado del cuerpo mediante la práctica deportiva y la gimnasia fue una premisa importante para el desarrollo de la mujer.

5. También se acompañó a las obreras y a sus hijos en la educación.

6. La habilidad manual fue, seguramente, una condición importante para contratar mujeres.

7. La diferencia de salarios de los varones y de las mujeres fue vista por ellas como natural, pues el trabajo más pesado de los varones justificaba el mayor sueldo.

8. Las mujeres que se afiliaban al sindicato de la carne no integraron la conducción, lo cual no fue sentido como discriminación. 

9. Otro fenómeno visible fue la presencia de niños y niñas en el mundo del trabajo,  lo cual por  los entrevistados es considerado como positivo, dado que aprendían un oficio.

10. La obra social que realizó el Frigorífico mereció la consideración y el elogio de todas las trabajadoras. 

11. Durante el gobierno Justicialista, los obreros y las obreras lograron hacer realidad el sueño de la casa propia.

12. Dentro de  la fábrica había diferencias entre “obreros” y “empleados”: los primeros estaban dedicados a los quehaceres manuales y los segundos, a la actividad administrativa de la fábrica. 

13. Las obreras estaban comprometidas con su trabajo y con su gremio.

14. Mujeres y varones se complementaban en la función laboral, gremial y social. 

15. Dos personas valoradas por todas: el gerente Birabén Losson y María Rosa Gallemí, de quienes aprendieron mucho.

16. Con la Dictadura Militar, gran parte de los bienes materiales del Frigorífico desaparecieron. 

17. Perón permitió el ingreso de los trabajadores y de las mujeres a la vida política y organizó el sindicalismo.

18. Las entrevistadas valoran la preocupación de los dirigentes por la maternidad y los hijos.

A un siglo de los motivos que generaron la conmemoración del Día Internacional de  la Mujer Trabajadora, queremos rendir homenaje a todas  las mujeres que fueron y son ejemplo de lucha en nuestro país y en el mundo. Las  silenciosas  trabajadoras  del  Frigorífico  plantean  nuevos pilares de la identidad femenina: además de madres y compañeras, fueron las primeras trabajadoras, precursoras de un Estado que  intervendría  fuertemente en el reconocimiento de los derechos de los trabajadores, de las mujeres y de los niños, como también en el campo de la educación, de la salud y de la previsión social.

Es justamente a ellas a quienes debemos reconocimiento y agradecimiento en este trabajo: el colectivo de obreras de nuestro Frigorífico. Para ello entrevistamos a mujeres que trabajaron en distintas épocas y en ellas valoramos a todas, desde la primera hasta la última. A todas, ¡GRACIAS! Por el entusiasmo con que narraban su paso por este nuevo mundo, por la sencillez y por la generosidad con que nos recibieron.


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