16- Año III                 DEL   BARRIO

 

Don Humberto 

 

 

 

    Lindo personaje don Humberto. Venía todos los santos días tipo 11, 11 y media, y  compraba medio kilo de pan. Todos los días lo mismo. Se paraba en la puerta y tiraba una frase del tipo: “Al final tenía razón”. Yo nunca tenía ni la menor idea de lo que estaba hablando, ni me importaba. Por lo que, generalmente, ignoraba su comentario. Pero a veces me agarraba distraído y le preguntaba: “¿Con qué tenía razón?”. 

 

    -Con lo de la vieja del quinto. Flor de trola resultó. ¡¿Podés creer lo que me hizo?!

 

    Y yo sabía que una vez que me hacía morder el palito, no había forma de pararlo. Hasta que no largaba todo el chorro, no se iba. Yo le rogaba a Dios que viniera algún cliente y se fuera. Pero no. Se quedaba. Dentro de todo, era ubicado. “Atendé, atendé”, me decía. Podía esperar todo el tiempo del mundo. Se ve que no tenía mucho para hacer. Una vez, que hubo mucho trabajo, calculé el tiempo, una hora y veinte espero el hijo de puta para poder terminar de contarme la historia.

 

    Al principio, me jodía bastante. Pero después comprendí, que el tipo estaba muy solo y necesitaba charlar un poco. Bah, charlar es un decir. Porque una charla es un intercambio entre 2 o más personas, que se escuchan y se responden, siguiendo cierta lógica. Pero lo de Humberto eran monólogos, no le interesaba, ni escuchaba lo que yo decía.

 

    -Qué hacés –me dijo un día-. No gano para disgustos yo.

 

    -¿Qué te paso Humberto? –le pregunté resignado. 

 

    -¿Viste la vieja del quinto? ¿La del perro salchicha?

 

    -Sí, ¿qué hizo ahora?

 

    -¿Sabés cuál te digo no? ¿La del 5 A? ¿La loca?

 

    -Sí, sí, Humberto. ¿Qué pasó?  

        

    -¿Qué pasó? Que es una atorranta, sin vergüenza. Eso pasó. Resulta que  me la encuentro en la vereda. “¿Cómo anda don Humberto? Usted siempre tan galante”, me dice. “Bien, bien, ¿usted que cuenta?”, le pregunto por ser educado nomás. “Bien, bien”, me dice. “¿Vio que caro que esta todo?”. Hasta ahí venía bien, pero después, así de la nada, la chiflada se levanta la blusa y me muestra, no una, porque si hubiera sido sólo una, vaya y pase, pero no, me mostró las dos tetongas.  Si fuera la del 4 B, que no está tan vieja, lo puedo llegar a soportar. Pero esta vieja, por el amor de Dios, no sabés lo que era eso. ¡Qué hija de puta! No sé como graficártelo –dijo y miró para arriba pensando.

 

    -No, está bien Humberto, no hace falta –le dije aprovechando el silencio.

 

    Como siempre, el siguió en la suya.

 

    -Ah, ¡ya sé! Eran como dos sandias flacas, alargadas y encima, mirando pa’ bajo. Porque si vos me decís que por lo menos miran para el frente, ahí la cosa cambia. Pero esta… Mamita querida. ¡Qué espectáculo! A la noche tuve pesadillas. Con eso te digo todo.

 

    Aunque poco me importaban las ubres de la vieja, no voy a negar que era una historia graciosísima.

 

    -¿Y usted que hizo? –le pregunté empezando a interesarme.

 

    -¿Qué voy a hacer? Lo que hubiera hecho cualquier hombre decente en mi lugar. Le grité: “Meta eso pa’ dentro, vieja degenerada. Si no las guarda en 10 segundos, llamo a la policía. ¡Inmunda!”.

 

    -¿Y las guardó?

 

    -¡Sí! Gracias a Dios y a la Virgen. Pero no sabés lo que le costó. Se ve que deben ser pesadísimas. La tuvo que ayudar una señora que pasaba. Encima, te imaginas el gentío que se empezó a juntar. Y pa’ colmo, antes de irse, me dice: “Usted se lo pierde, viejo puto”. ¿Podés creer? Bueno, pibe, te dejo. Otro día la seguimos. 

 

 

    A partir de ese día, empecé a tratarlo un poco mejor. Pobre viejo. Nadie le daba bola. Y la verdad, que sus historias, ciertas o no, eran muy divertidas. Y a mi muchas veces, sobre todo cuando no había trabajo, me hacía pasar un buen rato. 

 

 

    Bueno, ahora, como diría Humberto, los dejo. Otro día les cuento alguna otra historia de las muchas que me contó mi ahora gran amigo Humberto.

 

 

   

 

 

El  Autor:

 

 

 

    Si  no nació  ahí mamó ahí , o se mamó ahí. Explorador y cronista  del alma popular,  inventó  (o rescató  del  anonimato) a el  Juanca  y  la   Edelmira, dos  personajes  que  nadie quiere ser,  pero  que en su virtualidad      tienen    más sangre,  más  espíritu, más humanidad    - digámoslo - que varios reales.

  Y    además    vienen  en episodios.

 

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por

 

Emiliano

            Almerares

 

 

 

 

emialmerares@gmail.com