16 - Año III       C  u  e  n  t  o    I I

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Manuel Cubero

 

 LA GUERRA DE DANI

 

Dani es un niño normal. Dani, como todos los niños de su edad, tiene, además de un balón y una bicicleta, un cajón lleno de juguetes en el que esconde los más sorprendentes cacharros. Algunos de ellos, incluso, se encuentran ya perdidos en el olvido desde su más tierna infancia.

Uno de sus juguetes preferidos era la escopeta de corcho que, al disparar, hacía un ruido similar al de las escopetas de verdad. Y, de noche, hasta se veía una pequeña lengua de fuego. Ni qué decir tiene que esta mínima llamarada hizo más de una vez las delicias de sus amigos cuando, encerrados en su cuarto,  apagaban todas las luces para verla mejor.

Dani solía jugar a la guerra con los amigos del colegio. Lo pasaban fabulosamente bien, pues debéis saber que nuestro amiguito vive en una pequeña aldea, perdida entre montañas y riachuelos. Sus batallas encontraban en aquellos parajes un lugar ideal para correr, saltar de una orilla a otra del arroyuelo, esconderse en las trincheras improvisadas con dos pedruscos detrás de un viejo árbol carcomido, escalar peñascos que, en sus mentes inocentes, se trocaban en abruptas montañas...

Ni siquiera para vestirse de camuflaje encontraban el más mínimo problema:

-Arrancamos un par de matojos y un puñado de hierbas para hacernos un gorro.

Con él se asomaban por encima de las retamas y veían perfectamente al enemigo sin que éste se percatase de su presencia...

Cuando sucedió nuestra historia, la primavera estaba tomando posesión de aquellos paisajes. La nieve dejaba paso, lentamente, al verdor de las hierbecillas que comenzaron tímidamente a manchar el blanco e inmaculado paisaje.  El calorcito de un sol radiante aprovechaba la limpieza del aire para enviar su leve ardor de manera engañosa. Los inocentes rostros de Dani y sus amigos tenían ya unos tonos colorados y sanos que eran la envidia y el orgullo de sus mamás.

El sábado los dos "bandos enemigos" gozaron de lo lindo durante toda la tarde, hasta que el sol, agotado, decidió abandonar aquellos parajes en busca de lugares menos umbríos en los que seguir empleando sus aún débiles fuerzas.

Como tantas otras veces la batalla terminó cuando, a lo lejos, oyó la voz de su hermano que venía con la buena nueva:

-¡Daniiii! ¡La merienda...!

La guerra entró automáticamente en un armisticio que, como de costumbre, suspendía las hostilidades entre la alegría de los contendientes. Los chiquillos hicieron un alto con el fin de reponer fuerzas antes de reiniciar la incruenta e inocente lucha.

Al anochecer, cuando Dani entró en casa, el padre leía la prensa. Su  rostro, naturalmente risueño, evidenciaba una profunda preocupación.

-Esto será un desastre –comentó en voz baja mientras sus ojos se posaron en el arma inocente dormida en brazos de Dani.

-Las guerras... –musitó su madre- sabemos cuando comienzan, pero nunca cuando acabarán.

-¿Vamos a tener una guerra? –fueron las palabras de Dani, alborozado al oír a su madre-. Yo quiero ser un soldado. Seré el más valiente de mi ejército...

-Prefiero un hijo cobarde antes que un hijo muerto –confesó su madre con sinceridad.

-No hijo. No habrá guerra –intervino su padre-. Esperemos que la sensatez se imponga a la soberbia y la locura de algunos gobernantes.

-Y si ganamos... ¿no seremos más poderosos y más ricos, papá?

-No hijo, de una guerra todos saldremos más pobres. Sólo el odio y el rencor triunfan en ella...

Dani, que no quedó muy convencido de aquellas palabras, se enfrascó en sus taras escolares mientras penetraban en sus inocentes oídos las incomprensibles palabras, huecas y altisonantes, que surgían del receptor de televisión.

Era una alocución huera y ampulosa de alguien que, a juicio de su padre, no iba a jugarse ni vida ni hacienda. Palabras de guerra, negras como pájaros de mal agüero, inundaron la habitación.

Imágenes de aviones, barcos, carros de combate y todo tipo de armamento desfilaron ante la mesa durante la cena más tristes que Dani había conocido en su vida.

-Vamos, Dani, a dormir, que mañana hay que ir a la huerta. Debemos levantarnos tempranito para que no nos coja mucho calor -rogó su padre.

Dani apenas pudo conciliar el sueño esa noche, daba vueltas y vueltas hasta que... Un silbido atronador se apoderó de la oscuridad. Sus gritos, desgarrados, se perdieron entre el resonar de las detonaciones. Sólo un eco ensordecedor respondía a su desesperación.

El muchacho intentó levantarse, encender la luz, correr hacia el dormitorio de sus padres... Imposible. El pavor paralizaba todo su cuerpo.

Tras unos momentos de silencio, un destello estremecedor sucedió a aquellos primeros instantes de terror. Dani había cerrado los ojos aturdido por la luz cegadora que invadió su dormitorio.

Parecía como si las paredes se hubiesen convertido en transparentes pantallas incapaces de frenar aquella tormenta de ígneos colores. Inmensas llamaradas anunciaban un fuego destructor que se apoderó de todo el pueblo.

Cayeron sobre su cuerpo cascotes, trozos de muebles, ropa... Y luego, un ruido ronco, eterno y aterrador... Dani se hundió en una pesadilla hipnótica, sentía su cuerpo sumido en una oscura sima de tinieblas y gritos. Estos rebotaron en las paredes, subían y bajaban desde los más profundos abismos hasta la luna negra, preñada de rojizos colores que, mortecina, brillaba entre las brumas.

Pasaron largas horas. Una luz pálida, ensombrecida por extraños olores a azufre, fuego y muerte, fue abriéndose paso entre la oscuridad de la noche... Dani intentó levantarse. Sus piernas parecían más pesadas que nunca. Realizó un esfuerzo supremo y extendiendo una pierna fuera de la cama, trató de erguir su cuerpo...

-¡Mis piernas! ¡He perdido mis piernas!

Lloró desesperadamente. Sólo el silencio respondía a sus llantos.

Fatigosamente Dani se arrastró hasta el dormitorio de sus padres. Allí sólo encontró un inmenso espacio vacío y, al fondo, los restos del pijama que su padre usara la noche anterior. Algo más allá, un reloj de pulsera destrozado y sin hora...  

Las últimas energías de su cuerpecillo debilitado y exánime le sirvieron para  llegar hasta la alcoba de su hermano: nada.

La soledad y la desesperación se apoderaron de su corazón que, lentamente, se sumergía en un pesado sueño.

Entre sollozos y gemidos, Dani llamó a sus padres.

De nuevo, el silencio...

En unos segundos su vida  se convirtió en espuma vacía que flotaba en un mundo en guerra, un mundo convertido en basura, dolor y tristeza... Eso es la guerra: basura, dolor, tristeza y muerte. Pero una muerte de verdad, una muerte definitiva y distinta de aquella que tantas veces ha vivido en sus guerras por los verdes prados, hoy regados de sangre y fuego.

Luego...

Soñó. Soñó que la calle recuperaba la oscuridad de su pacífica noche primaveral.

Soñó que allí, al otro lado del pasillo se oía el rumor de las voces de sus padres.

Soñó que las piernas volvían a moverse obedientes a sus órdenes... 

Soñó que la primavera volvía a sembrar los campos de vida y color…

Soñó que los pájaros, con sus cantos, vencían aquel horrísono estallido de bombas.…

Soñó... que los gritos de dolor daban paso al canto de un gallo que, en la lejanía, rompía el cálido silencio del amanecer...

Soñó que sus alas estallaban en un cielo azul del que habían desaparecido humos y olores de guerra...

De nuevo el silencio. Agotado por todo lo que en tan breve y eterna noche ha vivido, Dani cae en un reparador sueño del que le despertará  una mano cariñosamente apoyada en su hombro...

-Dani...

-¡Papá! -gritó nuestro amigo mientras unas lágrimas de felicidad brillaban en sus ojos.

Después del desayuno Dani emprendió junto a su padre el camino de la huerta. A sus espaldas llevaba una mochila. Cuando llegaron a la huerta, Dani cogió decididamente una azada, y dirigiéndose a uno de los árboles que crecen a la orilla del riachuelo. Cavó un agujero. Sacó su escopeta de juguete, la depositó en el fondo y, cuidadosamente, tratando de borrar cualquier huella, lo cerró de nuevo.