Presentación

        La preservación del patrimonio urbano y paisajístico ha pasado afortunadamente de ser una preocupación de minorías intelectuales y círculos cultivados a ser un reto asumido colectivamente por la ciudadanía, en primer lugar como una responsabilidad ante la historia, pero además como un mecanismo de generación de bienestar, equidad y riqueza.

        Si en España la gestión sostenible del patrimonio urbano tiene ya una considerable tradición y consenso social, en particular desde el fin de la dictadura a mediados de los años 70 del pasado siglo, en Latinoamérica se han quemado etapas en estos últimos decenios, tanto en la toma de conciencia social sobre las amenazas y oportunidades que enfrentaban los centros históricos y los barrios tradicionales de muchas de las ciudades del continente, como en la puesta en pie de programas imaginativos y participativos de revitalización de los mismos.

        De hecho, una gestión avanzada y creativa del patrimonio urbano es hoy no solamente una obligación de las autoridades y la sociedad civil de nuestras ciudades, sino un recurso cada vez más valorado para el posicionamiento de estas como actores globales, en un mercado transnacional donde los destinos para el viajero y el inversor compiten de forma cada vez más sofisticada en base a ventajas diferenciales, materiales e intangibles, entre los que la riqueza y singularidad cultural y patrimonial juegan un papel crecientemente destacado.

        En el caso de los países latinoamericanos, por otra parte, la existencia de sociedades multiculturales, así como una herencia patrimonial viva y diversa que se refleja tanto en diferentes comunidades identitarias, como en estratos y visiones espaciales superpuestos, opuestos, concurrentes o mestizos. Plantea tanto un reto como una oportunidad adicional para los gestores del hábitat hoy compartido.

        Las nuevas tecnologías digitales, en especial en el área de la información y comunicación, dibujan igualmente un escenario de cambios también en el campo de la gestión urbana y en particular del patrimonio construido y el paisaje, tanto para la captura y procesamiento de datos por planificadores y gestores, como para la difusión, interpretación y recreación de la realidad, así como para facilitar la participación de la sociedad civil en la gestión de su hábitat.

        El sentido de este curso no es, en consecuencia, el insistir en la importancia de preservar y poner en valor nuestro patrimonio edificado y territorial, sino dar a conocer estrategias para su aprovechamiento sostenible como recurso para el desarrollo, en base a principios como el respeto a la identidad y herencia cultural, la consistencia y rigor técnico, y la equidad, eficiencia, y apropiación local.

         El curso pretende situarse en la punta de lanza de los desafíos y respuestas en este campo, mostrando y debatiendo en torno a los ejemplos más avanzados disponibles en nuestra comunidad iberoamericana, desde las diferentes facetas de desarrollo en que impacta la gestión urbana, y a través de los distintos actores, públicos y privados, sociales, económicos, institucionales y profesionales, implicados.

        La Carta de Cracovia 2000. Principios para la conservación y restauración del patrimonio construido expone en su artículo 8:
        “Las ciudades históricas y los pueblos en su contexto territorial, representan una parte esencial de nuestro patrimonio universal, y deben ser vistos como un todo con las estructuras, espacios y factores humanos normalmente presentes en el proceso de continua evolución y cambio. Esto implica a todos los sectores de la población, y requiere un proceso de planificación integrado, consistente en una amplia gama de intervenciones. La conservación en el contexto urbano se puede ocupar de conjunto de edificios y espacios abiertos, que son parte de amplias áreas urbanas, o de pequeños asentamientos rurales o urbanos, con otros valores intangibles. En este contexto, la intervención consiste en referir siempre a la ciudad en su conjunto morfológico, funcional y estructural, como parte del territorio, del medio ambiente y del paisaje circundante. Los edificios que constituyen las áreas históricas pueden no tener ellos mismos un valor arquitectónico especial, pero deben ser salvaguardados como elementos del conjunto por su unidad orgánica, dimensiones particulares y características técnicas, espaciales, decorativas y cromáticas insustituibles en la unidad orgánica de la ciudad.

        El proyecto de restauración del pueblo o la ciudad histórica debe anticipar la gestión del cambio, además de verificar la sostenibilidad de las opciones seleccionadas, conectando las cuestiones de patrimonio con los aspectos económicos y sociales. Aparte de obtener conocimiento de la estructura general, se exige la necesidad del estudio de las fuerzas e influencias de cambio y las herramientas necesarias para el proceso de gestión. El proyecto de restauración para áreas históricas contempla los edificios de la estructura urbana en su doble función: a) los elementos que definen los espacios de la ciudad dentro de su forma urbana y b) los valores espaciales internos que son una parte esencial del edificio”.