PÁGINA DEL Dr.

GERMÁN MARQUÍNEZ ARGOTE


 

 

AGRADECIMIENTOS Y RECUERDOS

 

(Texto leído con motivo de la recepción del Doctorado Honoris Causa otorgado por la Universidad de Santo Tomás de Bogotá el 15 de noviembre de 2006.)

 

16 años después de mi jubilación como profesor de esta Universidad Santo Tomás, vuelvo a este claustro para recibir el Doctorado honoris causa en Filosofía, título que benévolamente habéis concedido conjuntamente al P. Joaquín Zabalza Iriarte, a Daniel Herrera Restrepo y a un servidor. Esta distinción me complace por múltiples razones: por lo sorpresiva que fue, sinceramente no la esperaba; por lo que representa en sí mismo un doctorado honoris causa en cualquier parte del mundo; por formar parte de este trío de amigos a los que hoy honra la Universidad; y por el hecho de haber recaído sobre nosotros los primeros doctorados en filosofía que la Universidad Santo Tomás otorga después de su etapa colonial, justamente al cumplirse los primeros cuarenta años desde su feliz restauración.

 

Y yo me pregunto ¿Qué méritos he hecho para que se me otorgue tan honrosa distinción? Me imagino que, si alguno hay, tiene que ver con la historia de la Facultad de Filosofía en esta su segunda etapa poscolonial. Permítanme evocar esta pequeña historia, tal como yo la viví y la recuerdo, sintetizándola en tres momentos: primeros años de la restauración, los años conflictivos y, finamente, los años de plenitud creadora.

 

1. Primeros años de la restauración

 

La antigua Universidad Santo Tomás fue restaurada en 1965 con 262 alumnos, de los cuales sólo unos pocos pertenecían a la Facultad de filosofía y Ciencias religiosas. En años sucesivos el alumnado fue creciendo, de manera que cuando ingresé como profesor en enero de 1969 las aulas estaban repletas. Desde su fundación fue decano y alma de la misma el Padre Zabalza, como todos lo llamábamos con afecto. ¡Qué bien le caía el nombre de Padre! Era en efecto amigo paternal de todos, profesores y estudiantes. A cuántas confidencias se hizo merecedor, con cuánta generosidad ayudó a unos y a otros sin excepción tanto para superar problemas humanos, como para aliviar necesidades materiales. Si las conciencias no fueran tan recatadas como casi siempre lo son y si los bolsillos pudieran hablar, cuántas generosidades nos contarían del Padre Zabalza. En 1969 me presenté en la decanatura de filosofía ofreciendo mis servicios a la facultad en compañía mi señora, que acababa de terminar estudios de sociología. Como tarjeta de presentación llevaba en mis manos la tesis doctoral sobre J. Maritain, publicada en 1964. Me comentó el Padre Zabalza que ya la había leído y le había gustado. Así que, sin más requisitos, sin firmar ni un solo papel, empecé mi andadura como profesor en este mismo claustro, en el que convivían apretada y familiarmente las facultades de Ingeniería, Economía y Administración de Empresas, Derecho y Ciencias políticas, Sociología, y Filosofía y Ciencias Religiosas, que posteriormente se desdobló en Ciencias Religiosas y Filosofía y Humanismo. La vida de la Facultad en estos primeros años transcurría familiarmente, la enseñanza era de orientación tomista, de un tomismo abierto del que nos daba ejemplo el P. Zabalza, que además de decano ejercía la docencia, ministerio al que fue siempre fiel durante todo el tiempo de su permanencia en la Universidad. Prueba de este espíritu tomista abierto son mis primeros libros y artículos sobre Maritain, Teilhard de Chardin, Unamuno, Ortega y Gasset, Zubiri, Wittgenstein, etc. Durante esta primera etapa de la reastauración fue rector de la misma el P. Luis J. Torres, hombre de gran corazón, a cuyo entusiasmo se debió en gran parte la transformación del acreditado Colegio Santo Tomás en Universidad Tomista.

 

2. Los difíciles años conflictivos

 

En 1968 estalló en Francia la famosa revolución estudiantil que pretendía cambiar radicalmente el sistema educativo. Este mismo año se reunía en Medellín la Conferencia Episcopal Latinoamericana (CELAM) para poner en marcha los postulados del Vaticano II en América Latina, cuyo pueblo, escribían los obispos, “vive en un estado de pobreza generalizada que clama al cielo”, pobreza causada principalmente por unas estructuras sociales y políticas calificadas por los obispos de “injusticia institucionalizada”. En el plano político internacional capitalismo y comunismo estaban enfrentados a vida o muerte. En Colombia el socialismo mundial presentaba distintas corrientes, según los centros de poder: el comunismo soviético de corte estaliniano, el comunismo chino de Mao y el comunismo cubano de Fidel, cuya revolución aparecía ante muchos como el paradigma a seguir en toda América. Reflejo de estas tres corrientes fueron las distintas ramas de la guerrilla colombiana.

 

Bajo estas influencias se produjo en nuestro país la inevitable insurgencia estudiantil contra el estamento universitario tradicional, considerado como una estructura de saber al servicio capitalismo, que había que cambiar por otra que fomentara una nueva cultura nacional, científica, democrática y social. A partir de 1971 la revuelta estudiantil, promovida por grupos de izquierda (JUPA, JUCO) y otros de inspiración cristiana, se generalizó en las universidades oficiales y pocos años después se extendió a las privadas. 1975 fue un annus horribilis para nuestra Universidad. Grupos estudiantiles minoritarios, pero muy organizados, se tomaron las decanaturas e impidieron la entrada en las aulas a los estudiantes que querían estudiar; asambleas permanentes de agitación sustituyeron a las clases curriculares; la agitación llegó incluso a las calles. Recuerdo una manifestación estudiantil que, partiendo de la sede norte, recorrió la carrera 13 hasta esta sede central, donde se reunieron con un nutrido grupo de estudiantes que les esperaban. Todos juntos intentaron tomarse la rectoral sin conseguirlo; pero hicieron una gran asamblea en este claustro, abrieron un agujero en el suelo y enterraron en él un botellón con el periódico estudiantil y un manifiesto en el que se proclamaba que máximo en una década Colombia sería socialista.

 

En estas circunstancias era muy difícil seguir el currículo establecido. Los profesores eran cuestionados en todas las materias. Tuvimos que aprender por fuerza marxismo en sus propias fuentes para contestar con solvencia a los alumnos más enterados y aguerridos. En 1971 aparecía el libro de Gustavo Gutiérrez, Teología de la liberación, que convulsionó el tranquilo discurrir de la teología europea segura hasta entonces de sí misma. En él aprendimos a distinguir en el marxismo su metodología para el análisis y transformación de la sociedad, que muchos dábamos por buena; y sus contenidos materialistas de origen engelsiano, que no podían ser compartidos desde el punto de vista cristiano ni siquiera por aquellos que decidieron ir al monte a combatir al sistema.

 

¡Cuánta vitalidad se derrochó en estos años conflictivos, hasta que por cansancio de unos y otros se fueron amansando las aguas! De todo esto podría dar fe el Padre Marco Antonio Peña, aquí presente, a quien tanto le tocó bregar, con otros muchos directivos y profesores, para sacar a la Universidad de esta profunda crisis.

 

3. Años de transformaciones y de creación filosófica

 

Como no hay mal que por bien no venga, a partir de 1976, la Facultad de Filosofía se transformó radicalmente. Aprendimos de la crisis y de las nuevas corrientes liberadoras que no había que mirar hacia atrás, sino hacia delante; que no procedía seguir haciendo filosofía en forma abstracta, válida urbi et orbi, sino en forma situada, desde y para América Latina. Con estos nuevos ideales ingresamos en una nueva época de transformaciones y de creación filosófica.

 

Ocurrió que el programa de Filosofía y Ciencias Religiosas se estaba quedando sin estudiantes, debido a la movilidad de sus alumnos, la mayor parte religiosos. En esta situación, después de estudiar diversos modelos internacionales de “universidad a distancia”, se tomó la decisión de desescolarizar Ciencias Religiosas con el apoyo entusiasta del P. José Luís Sanz. La acogida que obtuvo esta experiencia pionera en Colombia llevó dos años más tarde a la desescolarización de Filosofía y Letras, cuyo ejemplo siguieron otras carreras bajo la dirección del Centro de Enseñanza Desescolarizada (CED).

 

Este modelo exigía guías de estudio, que pronto fueron escritas y publicadas, gracias al apoyo del entusiasta grupo de profesores de la Facultad de Filosofía. Surgió así la famosa colección de textos, bajo el eslogan de “Filosofía a distancia” y con la llamativa flecha roja en la portada, que en pocos años se convirtió en una sólida editorial universitaria: Ediciones USTA. Muchos de estos libros tenían la impronta de la nueva orientación latinoamericana y liberadora, tal como se desprende con sólo leer sus títulos: Historia de la filosofía latinoamericana de Jaime Rubio; Introducción a la filosofía latinoamericana de Eudoro Rodríguez; El derecho, Tomás de Aquino y América latina, del P. Joaquín Zabalza; Ética latinoamericana de Luis José Gónzalez; Educación y liberación en América Latina de Juan José Sanz; o mis propios libros Metafísica desde Latinoamérica y Filosofía de la religión. En estos dos libros recurrí a la metafísica Xavier Zubiri para fundamentar mi idea de la liberación, entendida como posibilitación. Incluso, valiéndome de la vieja amistad que con este gran filósofo español tenía un servidor, conseguí autorización suya para que la Universidad Santo Tomás publicara sus Siete ensayos de antropología filosófica.

 

Convencidos de la necesidad bondad de nueva orientación, nuestra facultad creó los Congresos Internacionales de Filosofía Latinoamericana que han venido celebrándose cada dos años desde 1980, de los cuales cabe destacar por su importancia el primero y el tercero. En el primero se discutió aguerridamente entre universalistas y americanistas sobre el nuevo modelo que intentábamos instaurar; en el cuarto la comunidad filosófica colombiana tuvo la oportunidad de reflexionar en un ambiente más sosegado sobre la trayectoria histórica de la filosofía en Colombia y sobre el papel que en el presente debe cumplir. El masivo interés que despertó entre los alumnos la introducción de la problemática latinoamericana en nuestro quehacer filosófico, llevó a crear la maestría en Filosofía Latinoamericana, que ha ido formando grupos selectos de educadores en varias regiones de Colombia. Al mismo tiempo nació la revista Cuadernos de Filosofía Latinoamericana para dar cauce y expresión al nuevo giro filosófico de la facultad. Y, como si todo esto fuera poco, se creó el Centro de Investigaciones, del que fui director, orientado al estudio de las ideas filosóficas en Colombia. Fruto del mismo es la recolección de innumerables fuentes manuscritas de los siglos XVII y XVIII y la creación de la Biblioteca Colombiana de Filosofía que hasta el presente ha publicado 23 volúmenes de los filósofos más representativos de nuestro país. Incluso fuera de la Universidad editoriales como Nueva América y El Búho contribuyeron con sus publicaciones a dar a conocer en los colegios y en la sociedad colombiana el pensamiento latinoamericano. Todo este movimiento creador de gran calado, que ha dado carácter a la Facultad de Filosofía, fue secundado con entusiasmo por las directivas de la Universidad Santo Tomás, por los sucesivos decanos, por el profesorado entero y por los alumnos de esta entrañable Facultad de Filosofía. Por lo cual, aunque este doctorado honoris causa ha recaído sólo sobre tres personas, pertenece en justicia a todo vosotros, a la comunidad filosófica entera, porque gracias a vuestro esfuerzo durante cuarenta años la Facultad de Filosofía es hoy lo que es.

 

En ceremonias como éstas, en las que se confiere un Doctorado honoris causa, suele ser costumbre que el doctorando lea ante el público que lo acompaña su Lectio doctoralis. No ha sido posible en esta ocasión, por ser tres los doctorandos. No obstante, la Universidad ha tenido la feliz idea que presentar hoy nuestros tres últimos trabajos: Santo Tomás, circunstancia y pensamiento, viejo libro del P. Joaquín Zabalza bellamente reeditado para esta ocasión, en el que han estudiado varias generaciones tomasinas desde 1978; El pensamiento de José Félix de Restrepo última obra de Daniel Herrera; y este pequeño libro mío titulado Historia de la palabra realidad desde sus orígenes latinos hasta Zubiri, que redacté en Alcalá de Henares y que hoy pongo en vuestras manos. Me vais a permitir, como punto final, leer la Dedicatoria del mismo:

 

“Dedico esta modesta Lectio doctoralis al

P. JOAQUÍN ZABALZA IRIARTE, O. P.,

fundador, decano y alma de la Facultad de Filosofía

de la Universidad de Santo Tomás de Bogotá

durante más de veinte años,

hoy día 15 de noviembre del 2006

fiesta de San Alberto Magno,

cuando tengo el honor de recibir

juntamente con el P. Zabalza y Daniel Herrera

el Doctorado honoris causa en Filosofía,

conferido por el Consejo Superior

de la Universidad Santo Tomás de Bogotá

a propuesta de la Facultad de Filosofía.

Por ello expreso mi agradecimiento

a las directivas y profesores de esta añorada Facultad

y a las directivas de la Universidad Santo Tomás

que nos honra con tal distinción

en el XL aniversario de su feliz Restauración”.

 

 

GERMÁN MARQUÍNEZ ARGOTE

15 de noviembre de 2006

Aula Magna de la Universidad Santo Tomás