GEORG TRAKL, POEMAS


                        George Trakl. Poeta austriaco nacido en Salzburgo en el seno de una familia burguesa. Estudió la carrera de Farmacia y vivió siempre en su ciudad natal y Viena. Sus mejores poemas aparecieron por primera vez en la revista Der Brenner. Su estilo es abrupto y violento y su obra poética es breve pero de una rara densidad, en ella une la nostalgia de la ternura y el presentimiento del fin del mundo occidental. Su obra poética, influenciada por Rimbaud, se compone de tres obras, Gedichte (1914), Sebastian in Traum (1915) y Die Dichtungen (1919). En 1914 a consecuencia de la guerra es movilizado dentro de los servicios sanitarios y asiste a la batalla de Grodek. Quedó tan horrorizado de esa experiencia que se suicidó la noche del 4 de Noviembre de 1914, con una sobredosis de cocaína                  
Rilke escribía: “la poesía de Trakl es para mí el más conmovedor de los lamentos ante un mundo imperfecto”.
                                            
Y LEEREMOS LA VIDA Y LA MUERTE EN LOS SIMBOLOS QUE LA LENGUA TALLA A PARTIR DEL CORAZON DEL MUNDO DONDE MI CORAZON DESPIERTE.
escucharemos A GEORG TRAKL
Lunes, 21 de Novembro del año 2011, as sete e media do seran

EL OTOÑO DEL HOMBRE SEÑERO

Viene el oscuro otoño con fruta y plenitud
destello amarillento de aquel verano hermoso.
Un puro azul se evade de su viejo ataúd
y de leyendas lleno, suena tan armonioso
el vuelo de las aves. Vino claro. Quietud
colmada de respuestas a un preguntar penoso.

Surcan aisladas cruces la desierta colina
y en el bosque rojizo se pierden las ovejas.
Por el cristal del agua lenta nube camina.
Gesto del labrador, trocado en calma. Cejas
azules de la noche tocan cual ala fina
negruzca tierra y seca paja de pobres tejas.

Vuelve a la tibia casa  un mudo resignarse.
Pronto anidan estrellas en la cansada frente.
De los ojos dolidos, que azules han de amarse,
los angeles se alejan. Del sauce quedamente
cae el rocio negro. Canta el juncal. ¿Salvarse
de aquella muerte fria? Oh mi temor, ¡detente!

                          DECADENCIA
           " Al atardecer, tañen campanas a la paz,
Cuando sigo milagrosos vuelos de las aves
Que, como procesión piadosa, en largo haz,
Se pierden en claras, otoñales vastedades.
Vagando por el jardín crepuscular
Mi sueño va hacia sus más claros destinos
Y la manecilla siento apenas avanzar.
Así sigo, sobre nubes, sus caminos.
De decadencia el hálito allí me hace temblar.
El mirlo se queja en las ramas deshojadas.
Vacila roja vid en rejas herrumbradas,
Mientras, cual de pálidos niños corro mortal
Entorno a un brocal que gasta el tiempo, sombrío,
El viento inclina amelos azules en el frío. "

LOS CUERVOS
Sobre el rincón negro acosa

de los cuervos la sombra a mediodía,

roza la cierva en agria gritería,

y suele verse cuán hoscos reposan.



Oh cómo inquietan la parda calma

en que un campo se extasía,

cual mujer que grave intuición cautiva;

y suele oírse cuando regañan



por carroña, que por allí han de oler,

y vuelven de pronto al norte el vuelo

y cual cortejo piérdense en el cielo,

en aires que tiemblan de placer

                            
                          EN UN ALBÚN ANTIGUO
          " Retornas sin cesar, melancolía,
oh regalo del alma solitaria.
Arde hasta el final un día de oro.
El ser paciente se inclina humilde ante el dolor
resonante de armonía y tierno delirio.
¡Mira! Ya va oscureciendo.
Otra vez vuelve la noche y se lamenta un mortal
y hay otro que sufre con él.
Tiritando bajo las estrellas del otoño,
año tras año se inclina más profundamente la cabeza. "

                                        AL NIÑO ELIS
                    Elis, cuando el mirlo llame en el oscuro bosque
             será tu ocaso.
             Tus labios beben frescura en la pedregosa fuente azul.
             
             Cuando tu frente sangre suavemente
             olvida las antiguas leyendas
             y el oscuro augurio del vuelo de los pájaros.
             
             Pues tus leves pasos se adentran en la noche
             cargada con los púrpuras racimos de la vid;
             mientras el azul hace más bello
             el movimiento de tus brazos.
             
             Se escucha un espino,
             allá donde vuelan tus dos ojos de luna.
             Ah, hace cuánto tiempo que eres de la muerte.
             
             Tu cuerpo es un jacinto
             donde un monje sumerge sus dedos de cera.
             Y una cueva sombría es nuestro silencio
             de la que a veces surge un apacible animal.
             Deja caer lento los pesados párpados.
             
             Sobre tus sienes gotea un oscuro rocío,
             el último oro de las estrellas extinguidas.              
                                                                Versión de               Helmut Pfeiffer

                               Quietud y silencio
                    Pastores enterraron al sol en el desnudo bosque.
             Un pescador sacó
             en su delicada red a la luna del lago helado.
             
             En el azul cristal
             habita el hombre pálido,
             la mejilla apoyada en sus estrellas;
             o inclina la cabeza en sueño purpúreo.
             
             Siempre inquieta al contemplador
             el negro vuelo de los pájaros
             que en el azul sagrado de las flores
             piensa en el cercano silencio del olvido,
             en ángeles extintos.
             
             De nuevo oscurece la frente en rocas lunares;
             y radiante surge la hermana
             en otoño y negra podredumbre.              
                                                            Versión de               Helmut Pfeiffer

                                   Mi corazÓn en el ocaso

                  Al atardecer se oye el grito de los murciélagos.
             Dos caballos negros saltan en la pradera.
             El arce rojo murmura.
             El caminante encuentra el hostal en el camino.
             Magnífico es el vino joven con las nueces.
             Magnífico tambalearse ebrio en el bosque crepuscular .
             A través del oscuro follaje suenan campanas dolorosas.
             Ya sobre el rostro gotea el rocío.              
                                                         Versión de Helmut Pfeiffer

CANCIÓN DE KASPAR HAUSER

Amaba el sol que purpúreo bajaba la colina,

los caminos del bosque, el oscuro pájaro cantor

y la alegría de lo verde.

Digno era su vivir a la sombra del árbol

y puro su rostro.

Dios habló como una suave llama a su corazón:

¡Hombre!

La ciudad halló su paso silencioso en el atardecer;

pronunció la oscura queja de su boca:

soñaba ser un jinete.

Pero le seguían animal y arbusto,

la casa y el jardín de níveos hombres

y su asesino lo asediaba.

Primavera y verano y el hermoso otoño del justo,

su paso silencioso

ante la alcoba apagada de los soñadores.

De noche permanecía solo con su estrella.

Miró caer la nieve sobre el desnudo ramaje

y la sombra del asesino en la penumbra del zaguán.

Entonces rodó la cabeza plateada del no nacido aún.


                           Salmo
                                                            A Karl Kraus
             
                    Hay una luz que el viento ha extinguido.
             Hay una taberna que en la tarde un ebrio abandona.
             Hay una viña quemada y negra.
             con agujeros llenos de arañas.
             Hay un cuarto que han blanqueado con leche.
             El demente ha muerto.
             Hay una isla de los mares del sur
             para recibir al dios del sol. Tocan los tambores.
             Los hombres ejecutan danzas de guerra.
             Las mujeres contonean las caderas
             entre enredaderas y flores de fuego,
             cuando el mar canta. Oh nuestro paraíso perdido.
             
             Las ninfas han abandonado los bosques de oro.
             Sepultan al extranjero.
             Comienza entonces una lluvia ígnea.
             El hijo de Pan surge
             bajo la apariencia de un peón caminero,
             que duerme al mediodía sobre la tierra ardiente.
             Hay niñas en un patio con vestiditos
             de una pobreza desgarradora.
             Hay salas colmadas de acordes y sonatas.
             Hay sombras que se abrazan ante un espejo ciego.
             En las ventanas del hospital
             se calientan los convalecientes.
             Un barco blanco remonta el canal
             cargado con epidemias sangrientas.
             
             La hermana extranjera surge de nuevo
             en los malos sueños de alguien.              
                                                                         Versión de Helmut Pfeiffer

                          A un muerto prematuro
                Oh, él ángel negro, que furtivo salió
             del interior del árbol,
             cuando éramos dulces compañeros de juego en la tarde,
             al borde de la fuente azulada.
             Nuestro paso era sereno, los ojos redondos
             en la frescura parda del otoño.
             Oh, la dulzura púrpura de las estrellas.
             
             Pero aquel bajó los pétreos escalones de Mönschberg
             con una sonrisa azul, y en la extraña crisálida
             de su más tranquila infancia murió.
             En el jardín quedó el rostro plateado del amigo
             atento en el follaje o en las antiguas rocas.
             
             El alma cantó la muerte, la verde corrupción de la carne,
             e imperó el murmullo del bosque,
             la queja febril del animal.
             Siempre tañían desde torres
             las azules campanas de la tarde.
             
             Llegó la hora en que aquel vio sombras en el sol púrpura,
             veladuras de podredumbre en el ramaje desnudo;
             en la tarde, cuando en el muro crepuscular
             cantó el mirlo,
             y el espíritu del muerto prematuramente
             apareció silencioso en la alcoba.
             
             Oh, la sangre que fluye de la garganta del dios,
             flor azul; oh, las lágrimas ardientes
             lloradas en la noche.              
             Nube dorada y tiempo. En solitario recinto
             hospedas con frecuencia al muerto.
             y caminas en diálogo íntimo bajo los olmos
             bordeando el verde río.
                                                                        Versión de Helmut Pfeiffer

                     Verano
                    Al atardecer calla el lamento
             del pájaro en el bosque.
             Se inclina la mies,
             la roja amapola.
             
             Una negra tormenta amenaza
             sobre la colina.
             El antiguo canto del grillo
             perece en el campo.
             
             Ya no se mueve el follaje
             del castaño.
             En la escalera de caracol
             susurra tu vestido.
             
             En silencio alumbra el candil
             en la habitación oscura;
             una mano plateada
             la apaga.
             
             Quietud del viento, noche sin estrellas.              
                                                                                      Versión de Helmut Pfeiffer
                                         SONIA
                              La tarde reina en el viejo jardín;
                    la vida de Sonia, calma azul.
                    Migran aves silvestres;
                    calma del desnudo árbol de otoño.
                    
                    El girasol se inclina suavemente
                    sobre la blanca vida de Sonia.
                    La herida roja indescifrable
                    condena a existir en oscuros recintos,
                    donde azules campanas resuenan.
                    
                    El paso de Sonia y su dulce sosiego.
                    Contempla al animal que muere un
                    y la calma del desnudo árbol de otoño.
                    
                    Brilla el sol de días antiguos
                    sobre las cejas blancas de Sonia,
                    la nieve humedece sus mejillas
                    y la espesura de sus cejas.                     
                                                           PASION
                   Cuando Orfeo tañe la lira plateada
             llora un muerto en el jardín de la tarde,
             ¿quién eres tú que yaces bajo los altos árboles?
             Murmura su lamento el cañaveral en otoño.
             El estanque azul
             se pierde bajo el verdor de los árboles
             siguiendo la sombra de la hermana;
             oscuro amor de una estirpe salvaje,
             que huye del día en sus ruedas de oro.
             Noche serena.
             
             Bajo sombríos abetos
             mezclaron su sangre dos lobos
             petrificados en un abrazo;
             murió la nube sobre el sendero dorado,
             paciencia y silencio de la infancia.
             
             Aparece el tierno cadáver
             junto al estanque de Tritón
             adormecido en sus cabellos de jacinto.
             ¡Que al fin se quiebre la fría cabeza!
             
             Pues siempre prosigue un animal azul,
             acechante en la penumbra de los árboles,
             vigilando estos negros caminos,
             conmovido por su música nocturna,
             por su dulce delirio;
             o por el oscuro éxtasis
             que vibra sus cadencias
             a los helados pies de la penitente
             en la ciudad de piedra.              
                                                      Versión de Helmut Pfeiffer

                                   CANTO DEL SOLITARIO

                    Armonía es el vuelo de los pájaros. Los verdes bosques
             se reúnen al atardecer en las cabañas silenciosas;
             los prados cristalinos del corzo.
             La oscuridad calma el murmullo del arroyo,
             sentimos las sombras húmedas
             y las flores del verano que susurran al viento.
             Anochece la frente del hombre pensativo.
             
             Y una lámpara de bondad se enciende en su corazón,
             en la paz de su cena; pues consagrados el vino y el pan
             por la mano de Dios, el hermano quiere descansar
             de espinosos senderos
             y callado te mira con sus ojos nocturnos.
             Ah, morar en el intenso azul de la noche.
             
             El amoroso silencio de la alcoba
             envuelve la sombra de los ancianos,
             los martirios púrpuras, el llanto de una gran
             que en el nieto solitario muere con piedad.
             
             Pues siempre despierta más radiante
             de sus negros minutos la locura,
             el hombre abatido en los umbrales de piedra
             poderosamente es cubierto por el fresco azul
             y por el luminoso declinar del otoño,
             
             la casa silenciosa, las leyendas del bosque,
             medida y ley y senda lunar de los que mueren.              
                                            
                                  A los enmudecidos

Ah, la locura de la gran ciudad cuando al anochecer,
junto a los negros muros, se levantan los árboles deformes
y a través de la máscara de plata se asoma el genio del mal;
la luz con látigos que atraen ahuyenta pétrea noche.
Oh, el hundido repique de las campanas del crepúsculo.

Ramera que entre escalofríos alumbra una criatura
muerta. La ira de Dios con rabia azota la frente de los  
                   poseidos,                                                       
epidemia purpúrea, hambre que rompe verdes ojos.
Ah, la odiosa carcajada del oro.

Pero una humanidad más silenciosa sangra en oscura   
                   cueva
forjando con metales duros el rostro redentor.
 PRIMAVERA DEL ALMA
Grito en el sueño,
por calles oscuras avanza el viento,
del ramaje aflora el azul primaveral,
el rocío púrpura de la noche adviene
y alrededor se apagan las estrellas.
Verde amanece el río, plateados son los paseos antiguos
y las torres de la ciudad. Ah, la suave embriaguez
de la barca que se desliza y el oscuro cantar del mirlo
en jardines de la infancia. Ya se aclara el rosado velo.
Las aguas murmuran ceremoniosas.
Ah, las húmedas sombras de la pradera,
el animal que avanza; intenso verdor,
los ramajes floridos tocan la frente cristalina;
vívido balanceo de la barca.
El sol murmura sobre las nubes rosadas de la colina.
Grande es el silencio de los abetos,
las graves sombras en el río.
¡Pureza!  ¡Pureza!
¿Dónde están las terribles veredas de la muerte,
del gris silencio pétreo, las rocas nocturnas
y las inquietas sombras? Radiante abismo del sol.
Hermana, cuando te encontré
en el claro solitario del bosque
era mediodía y vasto el silencio del animal;
blanca estabas bajo una encina silvestre
y florecía plateado el espino.
Poderosa la muerte y la llama que canta en el corazón.
Oscuras aguas rodean el juego de los peces.
Hora de la desolación, silenciosa vista del sol.
Es un ser extraño el alma en la tierra.
Sagradamente anochece el azul sobre el bosque abatido
y repica una sombría campana en la aldea;
compañía apacible.
Sobre los pálidos párpados del muerto
florece el mirto silencioso.
Suaves suenan las aguas al declinar la tarde
y en la orilla verdea con intensidad la hierba,
fulgor en el viento rosado;
el dulce canto del hermano en la colina crepuscular.
                            Versión de Helmut Pfeiffer
                       GRODEK
Al atardecer resuenan los bosques otoñales

de armas mortíferas, las doradas planicies

y lagos azules, sobre los que el sol

rueda más lóbrego; ciñe la noche

a agonizantes guerreros, la queja brutal

de sus bocas destrozadas.

Mas, silenciosas en el fondo del prado, recogen

las nubes, en las que habita un dios iracundo,

la sangre derramada, frescor lunar;

todos los caminos desembocan en negra podredumbre.

Bajo dorado ramaje de la noche y estrellas

vacila la sombra de la hermana por la callada floresta,

yendo a saludar a los espíritus de los héroes, las testas sangrantes;

y quedas suenan en los juncos las oscuras flautas del otoño.

¡Oh, más altiva aflicción! vosotros, altares broncíneos,

a la llama ardiente del espíritu la nutre hoy un majestuoso dolor,

los nietos no nacidos.
                                          (Traducción: Héctor A. Piccoli)

Trompetas
Bajo los sauces recortados, donde los niños marrón
están jugando
Y las hojas caen, el blow.A trompetas temblor
de los cementerios.
Banderas de cascabel roja a través de una tristeza de arce
los árboles,
Los corredores a lo largo de los campos de centeno, molinos vacíos.
O pastores cantan durante la noche, y paso a los ciervos
delicadamente
En el círculo de su fuego, el dolor de Grove
inmensamente viejo,
Baile, que asoman de un muro negro;
Banderas de color escarlata, la risa, la locura, las trompeta

HUMANIDAD
La humanidad antes de colocar artefactos explosivos,
Un redoble de tambor, frente guerreros oscuros,
Comenzó por la bruma de sangre, los anillos de hierro negro,
La desesperación, la noche triste en el cerebro:
Aquí la víspera de la sombra, y el dinero de roja caza.
Las nubes, los saltos de luz a través del sacramento.
Vive en el pan y el vino un silencio suave
Y los que están reunidos en número de doce
Por la noche duermen en el santuario bajo las ramas del olivo;
Santo Tomás mete la mano en Wundenmal.
                                                 Traducción de Rodolfo Modern
De profundis
Hay un campo de rastrojos donde una negra lluvia cae.
Hay un árbol pardusco que se yergue solitario.
Hay un viento susurrante que abraza las chozas vacías.
Que triste este atardecer.
De paso por el caserío,
recoge aún la dulce huérfana escasas espigas.
Sus ojos pacen redondos y dorados en el crepúsculo,
y su seno aguarda al prometido celestial.
Al regreso
hallaron los pastores el dulce cuerpo
descompuesto en el zarzal.
Una sombra soy lejos de lúgubres aldeas.
El silencio de Dios.
bebí en el manantial del bosquecillo.
Mi frente pisó un frío metal.
Arañas buscan mi corazón.
Hay una luz, que se extinguió en mi boca.
De noche me hallé en un páramo
lleno de inmundicias y polvo de las estrellas.
Entre los avellanos
Sonaban de nuevo ángeles de cristal.

Infancia
Colmada de frutos de saucos, tranquila moraba la infancia
en una cavidad azul. Sobre un sendero desaparecido,
donde ahora silba pardusca la hierba silvestre,
medita el quieto ramaje; el murmullo de las hojas.
es semejante a cuando suena en las rocas el agua azul.
dulce es la queja del mirlo. Un pastor
sigue mudo al sol, que rueda desde la colina otoñal.
Un instante azul es sólo más fuerza del alma.
En el lindo bosque se muestra un temeroso venado,
y apaciblemente
descansan en el fondo de las viejas campanas y los
pueblos sombríos.
Más piadosamente conocés el sentido de los años

oscuros,

frescura y otoño en aposentos solitarios,

y en el azul sagrado siguen sonando pasos luminosos.

Levemente cruje una ventana abierta. A llanto
mueve la vista del ruinoso cementerio en la colina,
recuerdo de leyendas narradas: pero a veces se ilumina

el alma

cuando piensa en seres felices, los días primaverales de

oro oscuro.


             http://es.scribd.com/doc/47888037/El-Habla-en-el-Poema
           Martín Heidegger a propósito del poeta:
           Todo gran poeta poetiza a partir de una única poesía.

Su grandeza se mide por el grado de fidelidad a ella.

La poesía del poeta queda inexpresada. Ninguna de sus

Poesías, ni siquiera la totalidad de ellas, lo dice todo.

Y, sin embargo, cada poema habla desde la plenitud de

una única poesía, y es a esta a que siempre expresa. (3



TRANSMUTACION DE LO MALO

Otoño: negro caminar por el linde del bosque; minutos

de muda confusión; escucha con atención la frente del

leproso bajo el árbol desnudo. Atardecer ha mucho

transcurrido, que ahora desciende por las gradas del musgo;

noviembre. Una campana toca y el pasto

conduce una tropa de caballeros negros y alazanes a la

aldea. Bajo el avellanar el verde cazador destripa a un venado.

Sus manos humean con sangre y la sombra del

animal gime en el follaje sobre los ojos del hombre, parda y

silenciosa; en el bosque. Cornejas, que se dispersan; tres.

Su vuelo semeja una sonata, llena de acordes

desvanecientes y de viril tristeza; suave se disuelve una

áurea nube. Junto al molino muchachos encienden un fuego.

La llama es hermana del más pálido, que ríe

sepultado bajo su cabello purpúreo; o bien es un sitio para

el asesinato, al que un sendero pedregoso lleva. Las bayas

han desaparecido, y años seguido sueña en un aire

plomizo bajo los pinos; miedo, verde oscuridad, el

gorgoteo de un ahogado: del estanque estrellado un

pescador extrae un gran pez negro, la cabeza llena

de crueldad y locura. Las voces del junco, hombres riñendo

a sus espaldas, balanceándose aquél en roja barca sobre

las aguas heladas del otoño, viviendo en las oscuras

leyendas de su estirpe, y se petrifican los ojos abiertos a

las noches y a los terrores virginales. Mal

¿Qué te obliga a permanecer inmóvil sobre la escalera

ruinosa, en la casa de tus mayores? Plomiza negrura,

¿Qué sostienes con mano plateada ante los ojos, y por qué

los párpados caen como ebrios por la amapola? Pero a

través del muro de piedra contemplas el cielo estrellado,

la Vía Láctea, a Saturno: rojo. Furiosamente golpea

contra el muro de piedra el árbol desnudo. Tú, sobre

peldaños ruinosos: árbol, astro piedra. Tú, un animal

azul que tirita en silencio; tú, el pálido sacerdote que lo

sacrificas en el negro altar. Oh, tu risa en la tiniebla,

          triste y maligna, que hace palidecer a un niño dormido.
          Una roja llama brotó de su mano y una mariposa
          nocturna se quemó en ella. Oh, la flauta de la luz; oh, la
          flauta de la muerte. ¿Qué te obligó a permanecer inmóvil
          sobre la escalera ruinosa en la casa de tus mayores? Abajo
          en el portal un ángel golpea con dedos cristalinos.

Oh, el infierno del sueño; oscura callejuela, pardo

jardincillo. Suave tañe en el atardecer azul la efigie de los

muertos. Verdes florecillas se enlazan a su alrededor y su

rostro lo han abandonado. O bien se inclina pálido sobre la

fría frente del asesino en la oscuridad del zaguán.

Adoración, llama purpúrea de la voluptuosidad,

agonizando se precipitó el durmiente por negros peldaños

en la tiniebla.

Alguien te abandonó en la encrucijada y miras

largamente atrás. Pasos argénteos a la sombra de

pequeños manzanos raquíticos. Purpúreo brilla el fruto

en negro ramaje y en la hierba muda la serpiente su piel.

¡Oh, lo oscuro!, el sudor que corre por la helada frente y

los tristes sueños dentro del vino, en la taberna de la

aldea bajo las vigas ennegrecidas por el humo. Tú, tierra

aún desierta, rosadas islas surgen encantadas de las

pálidas nubes de tabaco, y desde el interior recoge el grito

salvaje de un grifo, cuando caza entre negros acantilados

en el mar, la tormenta y el hielo. Tú, un metal verde, y

dentro un rostro ardiente que quiere desaparecer y

cantar los tiempos tenebrosos de la ósea colina y la caída

llameante de un ángel. ¡Oh, desesperación, que con grito

sordo cae de rodillas!

Un muerto te visita. Del corazón fluye la sangre derramada por uno mismo y en la oscura ceja anida un instante inexpresable; oscuro encuentro. Tu, una luna purpúrea, cuando aquel aparece en la verde sombra del olivo. A esto sigue noche imperecedera.




Canción de Occidente
Oh, vuelo nocturno del alma;
como pastores fuimos otrora hacia bosques
crepusculares,
y nos seguían el rojo venado, la verde flor y el

manantial balbuciente

con humildad. Oh, la melodía antiquísima del grillo,

sangre floreciendo en el altar de los sacrificios,

y el grito del ave solitaria sobre la verde calma del

estanque.
Oh, cruzadas y ardientes martirios
de la carne, caída de frutos purpúreos
en el jardín crepuscular, por donde en otros
tiempos pasaron los piadosos discípulos,
guerreros ahora, despertando de heridas y sueños
estrellados.
Oh, el dulce manojo de ancianos por la noche.
Oh edades de silencio y áureos otoños,
cuando nosotros, monjes apacibles, prensábamos la uva
purpúrea;
y en torno brillaban colina y bosque.
Oh, cacerías y castillos; quietud del atardecer
cuando el hombre meditaba en su aposento acerca de lo
justo
o con muda oración combatía por la cabeza viviente de Dios
Oh la amarga hora del ocaso,
cuando contemplamos un rostro pétreo en negras
aguas.
Pero resplandecientes abren sus párpados argénteos
los amantes:
una estirpe. Incienso mana desde almohadones,
rosados,
y el dulce canto de los resucitados.

                                                 Año

Oscura calma de la infancia. Bajo fresnos reverdecidos

apacenta la suavidad de la mirada azul; áurea quietud.

Algo oscuro se extasía en el perfume de violetas;

espigas que se balancean

al atardecer, soles y las áureas sombras de la tristeza.

Labra vigas el carpintero; en el valle crepuscular

muele el molino; entre el follaje del avellano una boca

purpúrea se curva,

rojamente se inclina lo masculino sobre aguas calladas.

Silencioso es el otoño, el espíritu del bosque; áurea

nube

sigue el solitario, la negra sombra del nieto.

Atardecer en el cuarto de piedra; bajo viejos cipreses

formaron una fuente las imágenes nocturnas del

llanto.

Áureo ojo del comienzo, oscura paciencia del fin.


                 Canción del solitario

A Karl Borromaus Heinrich*

Pleno de armonías es el vuelo de las aves. Los verdes

bosques.

se han reunido al atardecer en cabañas silenciosas;

las praderas cristalinas del ciervo.

Lo oscuro atenúa el murmullo del arroyo, las húmedas

 sombras

y las flores del estío, que suenan bellas al viento.

Ya anochece sobre la frente del hombre pensativo.

Y alumbra una lamparilla, lo bueno, en su corazón, y la paz de la cena; porque     benditos son pan y vino por las manos de Dios, y te contempla desde ojos

nocturnos

silencioso el hermano, que pueda descansar del

peregrinaje espinoso.

Oh, vivir en el azul animado de la noche.

Amoroso abraza también el silencio en el cuarto

las sombras de los antepasados,
los tormentos purpúreos, queja de una magna estirpe,
que piadosamente se extingue ahora en el nieto solitario.

Porque siempre más resplandeciente despierta de los

negros minutos de la locura

el paciente en el umbral de piedra;

y lo abrazan poderosamente la frescura azul y el lumi

noso fin del otoño,

la casa silenciosa y las leyendas del bosque,

medida y norma y las sendas lunares de los solitarios.



El sueño

¡Os maldigo, oscuros venenos,

blanco sueño!

Este jardín tan extraño

de árboles crepusculares

llenos de serpientes, mariposas nocturnas,

arañas, murciélagos.

¡Forastero! Tu sombra perdida

en el crepúsculo,

un corsario sombrío

en el salino mar de la tristeza.

Revolotean blancos pájaros al borde de la noche

sobre ciudades de acero

que se desploman




Revelación y caída

Extraños son los nocturnos senderos del hombre. Cuando

deambulaba de noche junto a pétreos aposentos y ardía en cada uno de

ellos una quieta lucecilla, un candelabro de cobre, y cuando caí helado en

el lecho, se encontraba de nuevo a mi cabecera la negra sombra de la

forastera y en silencio hundí el rostro en las lentas manos. También en la

ventana había florecido azul el jacinto y sobre los labios purpúreos del que

respiraba se posó la vieja oración, cayeron de los párpados lágrimas

cristalinas, vertidas por el amargo mundo. En esta hora a la muerte de mi

padre, era yo el hijo blanco. Con chubascos azules vino de la colina el

viento nocturno, la oscura queja de la madre, muriendo de nuevo y vi el

negro infierno en mi corazón; minutos de brillante calma. En silencio

surgió de un muro calizo un rostro inefable- un adolescente moribundo- la

belleza de una estirpe que regresa al hogar. Blanca como la luna, el frescor

de la piedra envolvió la vigilante sien, fueron extinguiéndose los pasos de

las sobras sobre los peldaños ruinosos, una sonrosada ronda en el

jardincillo.

Me hallaba silencioso en una taberna abandonada bajo las

ahumadas vigas y solitario junto al vino, un cadáver resplandeciente

inclinado sobre algo oscuro, y yacía un cordero muerto a mis pies. Desde

un corrompido azul surgió la pálida efigie de la hermana y habló así su

boca sangrante: hiere, negra espina. Ay aún suenan en mí los brazos

argénteos de salvajes tempestades. Fluya la sangre de los pies lunares, que

florecen sobre sendas nocturnas, mientras la rata chillando se desliza

rápidamente sobre ellas. Centellead, estrellas, bajo mis cejas arqueadas;

          mientras voltea leve el corazón en la noche. Irrumpió una roja sombra con

       llameante espada en la casa, huyó con nívea frente. Oh muerte amarga.

Y habló una voz tenebrosa desde mí mismo: a mi caballo negro

rompí la nuca en el bosque nocturno, cuando la locura brotó de sus ojos

purpúreos; las sombras de los olmos cayeron sobre mí, la risa azul del

manantial y la negra frescura de la noche, mientras yo, un cazador

desenfrenado, perseguía una presa de nieve; en pétreo infierno se abismó

mi rostro.

Y brillando cayó una gota de sangre en el vino del solitario; y

cuando bebí de él, tenía un gusto mas amargo que la amapola; y una nube

negruzca envolvía mi cabeza, las lagrimas cristalinas de ángeles

condenados; y silenciosamente manaba de la herida plateada de la

hermana la sangre y cayó una ardiente lluvia sobre mí.

Caminaré al borde del bosque, un silencioso, a quien el velludo sol

de le cayó desde manos enmudecidas; un extraño en la colina de la tarde

llorando que alza los párpados sobre la ciudad de piedra; un venado,

inmóvil en la paz del viejo sauco; oh, sin descanso escucha la cabeza que

las sombras invaden, o bien siguen los pasos vacilantes de la nube azul en

la colina, también graves estrellas. A un lado la silenciosa compañía de los

verdes sembrados, tímido los escolta el ciervo sobre los senderos

musgosos del bosque. Han enmudecido las chozas de los aldeanos y

atemoriza en la negra clama del viento la queja azul del torrente.

Pero cuando bajaba el rocoso sendero, me acometió la locura y

grité fuerte en la noche; y cuando dedos argénteos me incliné sobre las

calladas aguas, ví que mi rostro me había abandonado. Y la blanca voz me

dijo ¡mátate! Gimiendo se irguió dentro de mí la sombra de un niño y me

miró radiante desde sus ojos cristalinos, de modo que me desplomé

llorando debajo de los árboles, de la majestuosa bóveda estrellada.

Peregrinaje sin sosiego a través de las rocas salvajes lejos del

caserío del atardecer, de los rebaños que regresan; a lo lejos apacenta el

sol poniente sobre un prado cristalino y conmueve su canto salvaje, el

grito solitario del ave, agonizando en una calma azul. Pero

silenciosamente llegas en la noche, mientras yo yacía vigilante en la

colina, o bien bramando delirante en la tormenta de primavera; y cada vez

mas negro envuelve el desconsuelo la cabeza solitaria, atroces relámpagos

asustan al alma nocturna, tus manos destrozan mi pecho jadeante.

Cuando marché por el jardín crepuscular, y la negra efigie del mal

se hubo apartado de mí, me abrazó la calma de los jacintos en la noche: y

navegue en arqueada barca sobre el estanque tranquilo, y dulce paz rozó

mi frente de piedra. Mudo yacía bajo la vieja pradera y estaba alto el cielo

azul sobre mi cuajado de estrellas: y como me aniquilé en su

contemplación, murieron la angustia y el dolor más hondo dentro de mí; y

se alzó radiante la sombra azul del muchacho en la oscuridad, un suave

canto; se elevó sobre alas de luna, por encima de las copas florecidas, de

arrecifes cristalinos, el rostro de la hermana.

Con suelas plateadas bajé los espinosos peldaños y penetré en el

aposento encalado. Silenciosamente ardía allí una palmatoria y mudo

oculté entre lienzos purpúreos la cabeza; y arrojó la tierra un infantil

cadáver, una imagen lunar, que lentamente salió de mi sombra, con brazos

quebrantados cayó a causa de pétrea caída, como coposa nieve.


         QUEJA
 Sueño y muerte, las águilas aciagas

graznan toda la noche sobre esta cabeza:

la áurea imagen del hombre

englutida por la onda helada

de la eternidad. Contra espantosos riscos

se quiebra el cuerpo purpúreo

y se queja la oscura voz

sobre el mar.

Hermana del tempestuoso desconsuelo,

mira una temerosa barca que se hunde

bajo las estrellas,

en el silencioso rostro de la noche.


ATARDECER DE INVIERNO
   A Max von Esterle (pintor de invernales paisajes, le hizo a Trakl una caricatura)
Cielos negros de metal.
Cruz. Las hambrientas cornejas
sobre cenizas y cal
del parque el viento se lleva.

¡Maldiciones de Satan!
En las nubes, luz se hiela.
Siete cornejas a ras
de tierra giran y vuelan.

Podrida, dulce y lunar
carne sus picos ya siegan.
Casas, luz, teatro dan
un aire inquieto a la cera.

Iglesia, puente, hospital,
sombras terribles que esperan,
y vuelan sobre el canal
sangrientas las blancas velas.

        LAS RATAS
En el patio de otoño blanca luce la luna.
La soledad habitan en vacías ventanas
y del tejado se desprende la penumbra.
Entonces aparecen, misteriosas, las ratas.

Ellas van, ellas vuelven, emitiendo silbidos,
un aroma de muerte que traen de las cloacas,
y blanca tiembla sobre los horribles detritos
la endeble luz de luna, dibujando fantasmas.

Avidas chillan las ratas, grises demonios,
asaltando repletos graneros, limpia casa,
devoran trigo y fruta cual indomitos locos...
En lo oscuro, los gelidos vientos lloran y cantan.

           BELLA CIUDAD
La vieja plaza es soleada calma
tejida en oro, envuelta en el azul.
Y cual ensueño, bajo el abedul (haya, seria la traduccion correcta)
pasan las dulces monjas. Turbia calma.

Desde la parda luz de añejas domos,
mira la muerte limpia y miran, mudos
en bellas manos nobles, los escudos,
y fulgen las coronas en los domos

Ya surgen los caballos de la fuente.
El arbol amenaza florecido
y juegan niños, sueño enloquecido,
quedos al borde de nocturna fuente.

Aguardan blancas niñas en las puertas
y miran con temor la vida hermosa.
Húmedos tiemblan sus labios de rosa
y siempre aguardan blancas tras las puertas...

¡Oh vuelo fragil de las campanadas!
La marcha suena. Voces de soldado.
Del órgano los sones han volado
hacia lo alto en graves campanadas.

Con clara voz los violines cantan.
Por los jardines, por las verdes ramas
vuela la risa de las bellas damas.
Con quieta voz, las tiernas madres cantan.

Secretamente exhalan las ventanas
lilas, incienso, aroma alquitranado
y el muerto brillo de un mirar plateado
se oculta tras la flor de las ventanas.

    ENSUEÑO DEL MAL (3ª VERSION)
La muerte toca suave campanilla.
Despierta en cuarto oscuro algún amante.
Junto al fulgor de estrellas, su mejilla.
Y en puerto, velas, mastil llameante.

Entre la turba, un monje, y con toquilla,
una encinta, Guitarras. Excitante
el rojo de las faldas. Muerto brilla
algún castaño en aurea luz menguante.

El mal en blancas mascaras se plasma,
negros palacios anochecen vanos,
y en quedas islas, una voz fantasma.

Leprosos que se pudren, ven malsanos
presagios en las aves. ¡Oh, ese miasma
del parque oscuro! Y tiemblan los hermanos.

                         PAISAJE (2ª version)

Atardecer. Septiembre. Oscuras suenan las llamadas tristes
de los pastores por el pueblo en sombra,
allá en la forja el fuego centellea,
y poderoso se encabrita aquel caballo de azabache.
Furtivos rozan la pasion
de sus ollares,
los bucles de jacinto de la moza.
En el borde del bosque
se hiela silencioso el grito de los ciervos.
Las flores amarillas dle otoño
se inclinan mudas al rostro azul del agua.
Quemóse el árbol en bermejas llamas.
No queda mas que el vuelo lóbrego
de los murcielagos
con rostros
fantasmales.



IGLESIA MUERTA

En los oscuros bancos se amontonan
alzando sus miradas extinguidas
a la cruz y las luces brillan muertas
y turbia y muerta brilla la cabeza herida.
Se levanta el incienso del dorado
recipiente, subiendo a las alturas
cual música que opaca desfallece,
y dulce, incierto, opaco, el gran espacio
es invadido espacio que anochece.
Al altar se aproxima el sacerdote,
practica con espiritu cansado
piadosas costumbres ya vetustas,
an actor deleznable ante oradores
mezquinos que en un juego desalmado
con vino y pan dan a sus corazones
pétrea dureza. Golpes de campana
suenan. La luz es cada vez mas turbia
y cada vez mas blanca la cabeza,
y mas remota y turbia, mas herida...
Y ruge el órgano. En muertos pechos
nace un recuerdo, un rostro doloroso
que en sangre se consume, oculto, oscuro
tras la desesperanza que le mira
muerta por centeneres de ojos muertos,
mas una voz, sonando como todas,
irrumpe sollozando -crece el miedo,
la angustia de morir en el espacio-
¡oh, ten piedad, Señor, de nuestra culpa!


CANTO A LA NOCHE

IX
Bebiendo estoy el caliz de tortura,
mudo portal de mi dolor, ya voy.
¿Ves vomo se desangra herida oscura?
Noche, escucha, aqui estoy,

mi jardin del olvido --horas divinas--
tú cubres la pobreza de fulgor.
marchitando las hojas, las espinas...
¡Oh noche, ven; ven, tiempo de esplendor!

X
Rieron mis demoios algún dia
--antorcha de jardin esclarecido,
la dicha alegre fue mi compañia,
y el ebrio vino del amor vivido.

Lloraron mis demonios algún dia,
fui luz entonces de jardin dolido,
y tuve la humildad por compañia,
envuelta en su claror mi pobre nido.

Se callan mis demonios algún dia
---penumbra entonces de jardin perdido,
yo tengo por oscura compañia
la medianoche, el negro enmohecido.

XII  (con intertextualidades de Poe, en el cuervo, que aqui por mantener la rima se alejan de la traduccion literal)
Soy en alta medianoche
playa muerta y mar callado,
muerta playa, te he olvidado.
Soy en alta medianoche.

Soy en elta media noche
cielo donde estrella fuiste,
cielo sin dios, cielo triste.
Soy en alta media noche.

Soy en alta media noche
de mujer no concebido
sin esencia, jamas sido.
Soy en alta medianoche.