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Breves anotaciones sobre el breve Haiku.

 

El haiku es una forma poética japonesa breve sin título ni rima, con una extensión que oscila sobre 17 sílabas, dispuestas en tres versos de 5-7-5 sílabas cada uno respectivamente. Su longitud y consiguiente simplicidad induce en ocasiones a omitir el uso de mayúsculas y signos de puntuación.

 

A pesar de lo breve de su extensión, el haiku encierra en sí mismo una idea, un sentimiento, un estado de ánimo, la sensación en un momento determinado o incluso un concepto enorme, de la misma forma que los koan o acertijos, utilizados dentro del Budismo Zen, con el fin que el alumno abriera su mente y como un camino para alcanzar la “iluminación” que dicha filosofía persigue. Es esta característica la que lo hizo atractivo y popular entre los seguidores del Zen donde muchos maestros Zen escribieron haikus y muchos Haijin (poetas escritores de haiku) se hicieron a la práctica de la disciplina y filosofía Zen.

 

Al hablar del haiku es inevitable mencionar a Matsuo Bashoo, considerado “el padre del haiku”, quien además da una definición de haiku con tintes Zen, que es probablemente la más aceptada:

 

Haiku es simplemente lo que está sucediendo
en este lugar en este momento
”.

 

Se debe tener presente que no necesariamente el haiku implica un pensamiento Zen, pues muchos de éstos; en particular aquellos que hacen alusión a estaciones climáticas, no guardan especial relación con dicha doctrina, se dice que el haiku no es Zen, pero el Zen siempre es haiku, a pesar que el mismo Bashoo consideraba que el haiku era un camino a la mente Zen, al igual que los koan, la meditación zazen.

 

En ocasiones los haikus eran acompañados por un dibujo o pintura formando lo que se conoce como haiga, una unidad de expresión artística poema-pintura. A éste respecto Matsuo Bashoo dotó a sus poemas con imágenes modestas y sencillas fijando el estilo que la mayoría del haiga sigue hasta la fecha. A pesar de ello, artistas como Yosa Buson, quien inclinado a la pintura, acompaña sus haikus con técnicas más elaboradas de pintura, haciendo del haiga una forma de arte que puede ser apreciada por un público mayor. La evolución de esta forma de expresión hasta nuestros días ha llevado a los haijin a ilustrar sus escritos con fotografías u otro tipo de imágenes.

 

Ya dentro de del ámbito hispano parlante, varios autores y poetas de renombre se sintieron atraídos a esta forma poética, aunque debido a las innegables diferencias en las características de ambas lenguas: japonesa y española, cuando el haiku da el salto a la lengua española, no siempre se mantiene apegado al patrón original de 17 sílabas y en diversas ocasiones se hace uso de la rima, que incluso llega a aparecer en varias traducciones de poemas clásicos, aunque en lengua japonesa no necesariamente se utilizó.

 

Entre los autores hispanos que incursionaron en el haiku , se encuentran Octavio Paz, Julio Cortazar, Jorge Luis Borges, Xavier Villaurutia, entre otros, siendo Juan José Tablada el más prolífico y cercano a la naturaleza original de haiku, no obstante que pocas veces seguía el patrón original de 17 sílabas y en cambio si ocupaba de forma importante el recurso de la rima, tan ignorado e incluso despreciado por los autores japoneses.

 

Debido al carácter de la presente obra, es menester hacer también referencia a una larga tradición de poesía náhuatl, denominada en su propia lengua: “flor y canto” (in xóchitl, in cuícatl). Ésta fue recopilada directamente de la tradición oral por los frailes que acompañaron a los conquistadores españoles y vaciada en diversos documentos.

 

Es gracias a los trabajos de estudiosos como Ángel María Garibay y su alumno Miguel León-Portilla que tenemos una nueva visión probablemente más acertada de la importancia de la poesía en la vida artística de los antiguos mexicanos. En ellos se señala como esta expresión surge de un diálogo con el propio corazón, con lo divino, con el mundo que rodea al artista y con el pueblo en general, con frecuencia la poesía náhuatl hacía reflexión sobre el sentido de la vida y la naturaleza intrínseca de la muerte.

 

Solo por dar un ejemplo se puede mencionar la poesía náhuatl denominada yaocuícatl, que es aquella que trata el tema de la guerra, donde se observa cómo el pensamiento náhuatl influye y está directamente relacionado con la expresión de la poesía, como indica Miguel León-Portilla:

 

En náhuatl el concepto de guerra se expresa muchas veces valiéndose de un difrasismo, es decir la conjunción de dos vocablos de cuya aproximación salta la chispa que ilumina el significado. El difrasismo es aquí atl, tlachinolli, "agua, chamusquina" evocación de dos realidades contrarias por no decir antagónicas.

La guerra es eso: confrontación violenta, choque, enfrentamiento moral. De ella dicen los cantos nahuas que es embriaguez en medio de la llanura. Es encontrar la muerte a filo de obsidiana y, asimismo, es tiempo y espacio donde águilas y jaguares, con toda su fuerza, sacuden a cuanto existe en el mundo. Es, en fin, donde los seres humanos dejan recuerdo de sí mismos, recuerdo que perdurará para siempre en los libros de pinturas.

 

[Poesía Náhuatl, la de ellos y la mía. Miguel León-Portilla. Ed. Diana. 2006.].

 

El aspecto filosófico del origen de la poesía náhuatl evoca cierta semejanza con el Budismo Zen, guardando, claro está, las debidas proporciones, y tratándose de sus disertaciones sobre la vida y la muerte de ambos, cabe mencionar que son considerables los haikus escritos por diversos maestros Zen y poetas en sus lechos de muerte, donde plasman la naturaleza efímera de la vida, de una forma no muy alejada a como lo hacen los antiguos poetas nahuatlacas, aunque por motivos más bien distintos.

 

Sin ningún afán de hacer comparaciones entre la filosofía Zen y aquella de los antiguos mexicanos, esta obra hace uso de la expresión artística del haiga para mostrarla en el entorno de la compleja filosofía náhuatl, que hace gala de un sincretismo de ideas en cuanto a la concepción de su universo y la misión del hombre en el mundo.

 

Para concluir y a manera de dar sentido al título de la presente obra, se debe comentar a propósito del término náhuatl: xiuhmolpilli, que se traduce como “Atadura o gavilla de años”. Ésta gavilla constaba de 52 años y se refiere a un ciclo completo que los arqueólogos denominan “siglo” indígena. El conteo de dicho ciclo se llevaba dentro del complejo tonalpohualli (calendario adivinatorio náhuatl). Se pensaba que, si al final de la gavilla de años el fuego nuevo no se encendía a medianoche del último día, el mundo como lo conocemos sería destruido en medio de cataclismos; el quinto sol, en el cual vivimos, moriría y acompañaría a sus cuatro predecesores, dando paso a una nueva era.

 

Bajo este concepto, ésta gavilla, nos lleva por un ciclo completo, que recorre 52 conceptos, 52 ideas, 52 sentimientos que, apegándose a la definición de Bashoo, estarán congelados en un lugar y momento determinado: probablemente el momento del choque de dos culturas, o tal vez el momento que un tlacuilo (escribano prehispánico) dejó plasmado en un códice, o el momento en que la sangre náhuatl de un novel poeta le recuerda sus orígenes y le suplica que bajo ninguna circunstancia se olvide de sus raíces... formando, al final, una gavilla de haigas que culmina su ciclo encendiendo un fuego nuevo que iluminará el universo y disipará la sombra de la destrucción.


 Francisco Guerra, Junio del 2007